Envidia

Josephine Hart · Capítulo 9 de 31

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Envidia

Capítulo 9

CAPÍTULO IX

 

¿Es posible seducir a un hombre felizmente casado durante los primeros tiempos de

su matrimonio, sobre todo a aquel que ve en su nueva esposa cualidades a las que

hasta entonces apenas daba importancia?

Sin duda las estrategias al uso no darían resultado: nadar pegada a él en la piscina

discretamente privada de Lexington o agacharme con demasiado entusiasmo con un

vestido muy escotado que, dicho sea de paso, casi nunca me ponía. Ataques tan

frontales no iban con alguien como Hubert.

Durante la cena de celebración del aniversario de mis padres exhibí una curva

perfecta de terciopelo rojo oscuro. Aunque sirvió para poner de relieve la madurez de

mi cuerpo, supe que no había surtido efecto por la falta de tensión en la respuesta

franca y sonriente de Hubert. Con sinceridad, yo también desdeñé la ligera vulgaridad

de mi exhibición.

No, Elizabeth no se había casado con un imbécil. La luz que veía a su alrededor

no tenía puntos de acceso. Lentamente reconocí que, en el caso de Hubert, tal vez

solo daría resultado una paciente malevolencia.

Cierto día, en Lexington… Por alguna razón, estábamos solos en el jardín. Intenté

retenerlo con la mirada. Me acerqué sutilmente. Hubert me miró con frialdad.

¿Deliberadamente? Se puso en pie.

—Me parece que allá está Elizabeth. Disculpa, Ruth.

¿Hubo cierta ambigüedad en las palabras o quiso indicarme que guardara las

distancias? ¿Hubert me había comprendido o, simplemente, había intuido mis

intenciones?

Poco después caí enferma. Cuando salí del hospital estaba agotada. Como

Dominick insistía con sus súplicas, pensé en rendirme y casarme con él. ¿Por qué no?

Mi vida íntima, con sus laberínticos derroteros emocionales y su ensordecedora

cacofonía —mi propia voz superficial, su eco contradictorio y la voz imaginada de mi

víctima—, me fascinaba y me debilitaba.

El trabajo, que nunca constituyó el centro de mi vida, se volvió cada vez más

marginal. «Abrirme paso» en el mundo editorial no me era económicamente

necesario ni entrañaba un profundo interés intelectual. Me había demostrado a mí

misma que poseía capacidad y disciplina para alcanzar el éxito en el terreno elegido.

Sin embargo, la ambición de mi vida estaba en otra parte.

A su manera, Dominick era atractivo. Yo gozaba de su adoración. Lo tenía

totalmente subyugado. Una vez evaluada, la idea adquirió fuerza. Al percibir la

victoria, Dominick lanzó un súbito ataque de gran intensidad. Sucumbí halagada y

bastante agotada.

Nos casamos en Londres sin mucha alharaca. Lexington ya había celebrado su gran boda y yo no deseaba convertirme en novia de segunda.

Después, Elizabeth volvió a ganarme de mano porque quedó embarazada. Su hijo,

Stephen, nacido de cesárea, supuso una alegría extraordinaria tanto para ella como

para Hubert. Reorganizaron el piso para el recién nacido y el regreso de Hubert a

París se postergó. El orgulloso padre —el feliz marido— se mantuvo puro.

Stephen se convirtió en catalizador de William, que nació de parto natural casi

dos años después: hijo mío y de Dominick. En ese momento Dominick tuvo cuanto

anhelaba: la mujer amada y un hijo. ¿Es extraño que a veces intentara castigarlo?

A pesar de todo, fui una buena madre, una madre dedicada. Cuando miraba a

William dejaba de pensar. Descubrí en mi fuero interno el deseo de adorarlo. La

perfección de porcelana, bañada y vestida por mí. El misterio insondable de llantos y

silencios, de ojos que te devolvían la mirada con descarada complicidad.

Más adelante se convirtió en una sólida y robusta movilidad que se desplazaba

hacia mí. Luego sonaron viejos sonidos renovados, dirigidos sobre todo a mí.

Ciertamente tendría que haber sido suficiente para mí o para cualquiera, pero nunca

lo fue.

Cuando la niñera se fue, me ocupé enteramente de William. Dominick estaba

sorprendido y dichoso.

Sabía que mi amor por William lo extasiaba. Para Dominick supuso un consuelo.

Mantuve el equilibrio para él. Me pareció que era de justicia.

Después de comprar el piso contiguo al estudio y de poner gran cuidado en

mantener su querida armonía de las dimensiones, Dominick creó un espacio de orden

y simetría para su bella esposa y su hijo.

Contra un fondo de paredes blancas desplegó, con meticulosas pautas, una

geometría de muebles. Acomodó en ángulo sillones color crema que se tocaban, un

círculo de sillas negras, un rectángulo perfecto de mesas bajas de madera con las

patas de hierro forjado, según me dijo, viejas mesas indias. Un antiguo globo

terráqueo dominaba un extremo del salón y en el otro se alzaba un magnífico

telescopio.

La habitación de William era pequeña, de color amarillo. Sobre la cama, vacas y

vaqueros indescriptiblemente pintados de verde parecían perseguirse por un campo

de flores amarillas. A William lo tranquilizaban y abrazaba su mullido edredón como

si fuera una amante de trapo, alguien que no ofrece resistencia.

Nuestro dormitorio albergaba un sutil contraste de azules celeste y marino. Tras

una puerta disimulada —de la que tengo la llave—, Dominick creó para mí un largo

cuarto de vestir. A un lado, en perchas, colgaban las prendas que cubrían el cuerpo

que Dominick idolatraba. Mis zapatos formaban ordenados batallones codificados

por colores. En los estantes abiertos reposaban mis jerséis cuidadosamente doblados,

uno encima del otro: un organizado arco iris en negro, crema y rojo. El pequeño

tocador contenía una bonita combinación de cremas y polvos; los objetos menos

atractivos estaban guardados en los cajones.

Era allí, en esa estancia estrecha y oscura, donde yo guardaba las cosas que

pertenecían a Elizabeth: los zapatos de charol negro; dos combinaciones de seda, una

verde oliva y la otra negra, a las que había hecho algunos arreglos para adaptarlas a

las medidas de mi cuerpo; medias; un cepillo de pelo que había adquirido

recientemente, y una boina, también nueva.

Era consciente de las connotaciones sexuales de muchos de esos objetos y del fin

al que podía destinarlos. Sin embargo, ni siquiera las pertenencias más íntimas

aludían al deseo del cuerpo de Elizabeth. Nada de eso, yo era mucho más exigente.

Elizabeth no parecía echar de menos esas cosas. ¿Notaríais vosotros la desaparición

de objetos tan nimios a medida que pasaban los años?

Al principio, en los primeros tiempos de mi matrimonio, fui muy sigilosa y oculté

esas cosas bajo montones de prendas o las guardé con cuidado en el fondo de los

cajones. Con el paso del tiempo el tocador se volvió cada vez más mi reino privado y

nunca era invadido. Dejé de ser tan estricta. Esos «objetos» no eran para usar todos

los días.

Estaban destinados a ocasiones secretas, momentos en que observaba fascinada

mi cuerpo ataviado de Elizabeth y deambulaba por mi oscuro dominio como si

estuviera en trance.

La pauta de mi relación con Dominick se perpetuó en el matrimonio. El poder que

ejercía sobre él me fascinó cada vez más. Yo sabía que era un logro modesto, un

pequeño arte, pero he de reconocer que nunca fui ambiciosa. Pocas personas lo son.

Tal vez existe en nosotros un conocimiento ancestral heredado. La mayoría no desea

el mundo y a un nivel primitivo sabe que se llevará un chasco. La mayoría se da por

satisfecha con dejar que unos pocos ciegos escruten el camino de la sabiduría. Les

basta con observar a los que, atrapados por el genio, se ven obligados a sacrificarse, y

a los que, cautivados por el talento, los emulan. Pero es mejor formar parte del

público y ver cómo los actores descubren el sorprendente final.