Envidia
Capítulo 10
CAPÍTULO X
Es posible que la maternidad me embotara. Me desplacé por el tiempo como en
medio de la bruma y transcurrieron cinco años hasta la llamada telefónica.
Fue una llamada a Lexington, donde Elizabeth y yo habíamos decidido pasar el
fin de semana porque nuestros maridos estaban fuera por negocios.
Atendí el teléfono, escuché y colgué cuidadosamente el auricular. Permanecí
largo rato a solas en el salón. Por último, con suma lentitud, salí a buscar a Elizabeth.
Estaba en el jardín, cortando rosas.
Se volvió y reparó en mi expresión. Algo le aconsejó que huyera de mí. Corrió
desde la terraza a través del césped. Caminó y corrió por el parque, salvó a duras
penas los arbustos, trastabilló y continuó hacia el lago. Intentó escapar del
conocimiento que yo tenía, del conocimiento que le transmitiría cuando la alcanzara o
cuando dejase de huir. ¿Qué ocurriría primero? Era una cuestión de coraje, de su
coraje.
Al final, magnífica como siempre, me encaró.
Pronuncié las palabras en voz baja.
—No. No… —gimió.
Se desmayó: la verdad del cuerpo en los grandes momentos de la vida.
De todas las personas que podrían haberle transmitido semejante noticia fui yo la
mensajera. Me eligió el azar: el viaje de Dominick a California, la visita de mis
padres a Londres. Permanecí en pie y la observé a medida que el conocimiento se
enroscaba a su alrededor. La escuché cuando emitió esos sonidos agudos y chillones
de una mujer de duelo, esos sonidos afilados como navajas que cortan el aire.
Después, todavía de rodillas, golpeó el suelo para llamarlo, pero este se resistió.
Si se ablandó, solo lo hizo más tarde para acoger su cuerpo.
Estaba derrotada. Fue una derrota tan instantánea y absoluta que su vida pasada
murió en un segundo y la nueva cobró existencia a gritos. Volvió a la vida gracias a
una experta y la muerte la desprotegió. Lo vi todo en la compasión implacable del
instante. Me arrodillé a su lado y consolé a la viuda trágica. Pensé que ya nunca
podría separarlos ni llegaría a conocer a ella a través de Hubert. Hasta cierto punto
me habían robado la presa.