Envidia
Capítulo 25
CAPÍTULO XXV
Durante todo un mes Charles Harding me privó incluso de verlo. Ciertas cosas —a
las que no pude identificar— parecieron aletear y morir en mi seno. Incesantes
muertes cotidianas en alguna pequeña cavidad interior, situada en algún punto cerca
de mi corazón. Creo que el dolor surgió de allí.
El viernes por la mañana se suspendió el fin de semana en Lexington aduciendo
problemas de trabajo. Fue la voz de Elizabeth. La sinceridad de sus disculpas
retumbó en los salones vacíos de mi mente y en Lexington. No nos invitaron a
Frimton Manor.
Me hacía falta un plan. Necesitaba verlo. ¿Podía tenderle una celada para que me
visitara? Utilicé el arma más asequible y poderosa: la familia y, sobre todo, mi hijo.
Telefoneé a Elizabeth. Las palabras correctas manaron fluidamente de mi boca,
frases como «encuentros familiares», «los chicos están tan unidos», «todos juntos» y,
por último, «la soledad de mamá». Elizabeth accedió con entusiasmo a pasar las
breves vacaciones escolares con la familia reunida en Lexington. La oí arrancar a
Charles su consentimiento.
«Charles, ¿de verdad que no te apetece ir a verme a Lexington?». Su voz lejana,
distorsionada por el teléfono a medida que respondía a las preguntas de Elizabeth,
provocó un respingo de deseo en mi cuerpo. Me aferré a los barrotes de mí misma y
no cejé.
Vacaciones en Lexington. Días otoñales. El lago cubierto de hojas semejaba un
caldo de colores invernales: pardos, dorados, rojos rubí. Y el cielo era de un azul
excelso, gélido y canturreante. Y la ferocidad había trazado algo excelso, gélido y
azulado en mi rostro.
Charles era un animal acorralado, alguien que sabía que había caído en la trampa
porque tuvo que hacerlo. ¿Porque quiso caer? Cuando nos reunimos en el salón
principal decidí ser implacable.
Maldito seas, Charles. Suponías que podrías escapar. Maldito seas. Te prefiero
muerto antes que dejes de ser mío. Al verme, su cuerpo voluminoso hizo
movimientos bruscos, sorprendentes, realmente insólitos. Me acerqué decidida a él,
que estaba junto al bar.
—Charles, ¿estás en el infierno? —Pregunté en voz muy baja—. Espero que sí.
—¿Qué esperabas?
—Esperaba que te alegrases de pasar más tiempo en Frimton.
—Siempre sueño con pasar más tiempo junto a Elizabeth.
Venganza.
—Y yo contigo, Charles, y yo contigo —aseguró Elizabeth.
—Sois una pareja feliz.
Dominick, ¿has captado el aire irónico?
—Como nosotros —sonreí a Dominick.
—¡Exacto! —replicó.
—Dominick, ¿has decidido definitivamente que el estudio no te interesa?
—Sí, de verdad que no lo necesitamos.
—Me alegro. Si he de ser sincera, no quiero venderlo. Allí he sido muy feliz, ha
sido un refugio maravilloso.
Me acordé de un complejo y lascivo ballet de extremidades y cuerpos
contorsionados para no dañar los cuadros. Recordé el ballet que el marido de
Elizabeth y yo bailamos en ese refugio. ¿He de dejarla azorada ahora? ¿Doy el golpe
definitivo? Si lo hago, perderé para siempre a Charles.
—Brannington Orchard publicó en el Daily un laudatorio artículo sobre ti. Yo
diría que te puso por las nubes.
—Te lo agradezco, Dominick. Me resulta imposible relacionar con mi obra lo que
se escribe, incluso las críticas favorables. Cada vez más la pintura se convierte en
algo que tengo que hacer.
La compulsión artística. Hasta los artistas de tercera se sienten obligados a
desarrollar su limitado talento, acompañándolo a menudo de ostentosas muestras de
temperamento.
—Elizabeth, ¿tienes que hacerlo? ¿El arte es el único Dios? ¿De sus labios
siempre mana la expresión «Te absuelvo»?
Hasta esos extremos llegaba la amargura de mi alma. ¿Mi alma? A lo largo de los
años la había alimentado con una dieta tan magra que hacía mucho que se había
apartado, pequeña y hambrienta, de mis acedas ofrendas.
—Ruth, francamente no creo que hables en serio —replicó Elizabeth—. Sé que
suena anticuado, pero a mi juicio el arte debe estar al servicio del bien.
—Deberías desarrollar la fórmula de la bondad, Dominick. Si x es igual a
amabilidad e y equivale a… Veamos, en realidad no hay muchas palabras que
describan intuitivamente la bondad… ¿no es así, Charles? —Me volví sonriente hacia
Charles, que me miró sin verme.
—¿La valentía? —propuso Stephen.
—Admirable, Stephen. —Charles se volvió aliviado hacia su hijastro.
—Con frecuencia los perversos han sido muy valientes.
—¿Y la justicia?
—Ajá, parece que las virtudes paganas te atraen —dije. Charles, escúchame con
atención.
—Tía Ruth, ¿qué son las virtudes paganas? —Stephen me miró fascinado.
—Las virtudes que existían antes de Cristo. Virtudes sólidas y masculinas —
respondí severamente, porque las palabras lo exigían.
—Oye, mamá —intervino William—, ¿Stephen y yo tenemos virtudes paganas o
cristianas?
Adoro la delicadeza con que William se expresa. Un nuevo Dominick. Dominick
domina.
Stephen se volvió hacia Elizabeth.
—Los dos sois buenos chicos —dijo Elizabeth.
—Puaj, puaj. Por favor, mamá, ni se te ocurra repetir esa frase en público.
Stephen dio vueltas por la sala como si lo hubieran herido.
—Os pido disculpas. Lo siento, Stephen. Lo siento, William. —Elizabeth rio.
—Elizabeth, has metido la pata —le sonrió Dominick.
—Lo sé, Dominick, lo sé.
—Tal vez Jesús se hartó de tanto machismo y empezó a predicar la mansedumbre,
la paciencia, etcétera. Y el amor con mayúscula. Mamá, ¿consideras que Jesús fue el
primer «hombre nuevo»?
—Stephen, lo que acabas de decir es sacrílego —aseguró Elizabeth con delicada
sonrisa. Todas sus sonrisas eran delicadas.
Charles centró la mirada en los chicos y dijo:
—Las virtudes cristianas y las paganas son prácticamente antagónicas. ¿Dócil
valentía? ¿Humilde, justicia? El destino decide de qué virtud depende tu vida.
Stephen, podrías descubrir, por ejemplo, que solo la valentía te permitirá salvar el
alma. Que eres amable, generoso y amoroso… y que las virtudes cristianas no te
hacen falta, que el arrojo es la virtud necesaria.
Mírame, Charles. Charles, mírame. Si no hay otro remedio, mírame así. Yo tengo
arrojo. ¿A ti te falta?
Dominick se volvió hacia Elizabeth y preguntó:
—Elizabeth, ¿cuál es la máxima virtud?
Háblame de la virtud, Elizabeth.
—Por Dios, estas cuestiones son muy espinosas.
—Venga ya, mamá —insistió Stephen.
—No existe una sola cualidad que excluya las demás. Como acaba de decir
Charles, se puede ser cruel y valiente o veraz y altanero. Lo siento mucho, no sirvo
para las afirmaciones categóricas.
Ya está bien, Elizabeth, deja de despertar compasión. Te las apañas bastante bien.
—A los chicos les gustaría que dijéramos… que es importante —dije y, con la
mirada encendida, me volví hacia ella.
—Se trata de una actitud ante el mundo —replicó Elizabeth—, ante los demás
que están en el mundo y ante ti misma. Es una actitud de… es una creencia que se
basa en el compromiso personal de hacer lo correcto en todas las circunstancias de la
vida. Supongo que mi filosofía de la vida se basa en prepararse para la acción… a
través del pensamiento. Los malos actos emanan de un pensamiento perverso. Es
necesario desarrollar en uno mismo la «bondad de pensamiento». Los buenos actos
emanan de ella. Yo… Carece de importancia que a veces no funcione. Casi siempre
es difícil.
Charles se acercó a ella, se sentó en el borde del sillón y apostilló:
—Ya lo creo que es difícil, Elizabeth.
—¿Reposa en el alma, en el corazón o en la mente? —quise saber, ligeramente
interesada. Ruth, sé respetuosa. Ruth, esta mujer es sincera.
—Sí, claro —asintió con la cabeza—. Hace falta… hace falta todo.
Charles la contempla como a un dios… como a una diosa. Tal vez contra esto no
pueda luchar, pero presentaré batalla.
—Mamá, siempre supe que eras un ángel —afirmó Stephen desde su asiento—.
Cada vez que hablas de ser bueno solo me apetece ser malo. ¡Hagamos una carrera
hasta el lago! William, tía Ruth, ¿queréis venir? Vamos, os mostraré lo veloz que soy.
—Me ofreció la mano.
—Iré más tarde —contestó William—. Subiré al cobertizo para reparar la bici.
En ocasiones, a William le gustaba estar solo. Era un niño independiente y serio.
—Tía Ruth, ¿quieres dar un paseo conmigo? —preguntó Stephen.
Vacilé, porque no podía responder «Prefiero quedarme con Charles, tu padrastro,
para tratar de doblegar su voluntad, su deseo de dejarme».
—De acuerdo, Stephen. Sal que en seguida te alcanzo.
—Magnífico. Hasta luego, tía Ruth.
Los chicos salieron disparados. El alboroto de la salida hizo temblar las
puertaventanas. Se fueron: la juventud había abandonado el salón. Guardamos
silencio unos minutos y nos miramos como suelen hacerlo los adultos: con
indulgencia.
—Charles, me pregunto si tienes algún impedimento en llevarme a Barnham —
dijo mi madre—. ¿Podrás soportarlo? Solo está a diez minutos en coche. Prometí a
Claude que le llevaría algunos tomates. Ben los arrancó esta mañana y me gustaría
entregárselos personalmente.
—Encantado, Aileen, estoy a tu servicio.
—Vaya, os acompañaré, hace siglos que no veo a Claude —dije.
Seguramente en presencia de las dos ancianas, algo sordas y lentas, habría tiempo
de… cruzar unas palabras. Tal vez.
—Ruth, a ti Claude nunca te ha caído bien.
¡Hay que ver cómo son las madres! Las cosas que saben, lo que recuerdan. Toda
una vida antes de la propia memoria. No es extraño que anhelemos escapar. Si
pudieran nos devorarían.
—Mamá, no exageres.
—¿Pasaréis por el pueblo? —inquirió Dominick.
—Dominick, ¿cuántos años hace que vienes a Lexington? De todas las personas
que conozco eres la que tiene el peor sentido de la orientación.
—Muchas gracias, Ruth. Cuando estamos aquí casi no salimos de Lexington.
Puesto que nunca he estado en casa de Claude, ¿cómo demonios pretendes que sepa
dónde vive?
Bromas conyugales, Charles, eso es todo, no pongas cara de preocupado.
—Iniciemos hoy mismo tu educación —dijo Charles—. Acompáñanos. Claude es
una mujer fascinante. Estuvo en el servicio secreto durante la Segunda Guerra
Mundial.
Charles es pacificador.
—A sus actividades durante la guerra hay que sumar tres maridos,
convenientemente difuntos, y una considerable lista de amantes.
—Mi querida Ruth, yo no llamaría «convenientemente difuntos» a tres hombres
que traté y aprecié.
—Era un chiste, mamá, solo un chiste.
Las cosas no discurrían como yo me había propuesto.
—Francamente, aparte de la fascinación que Claude pueda tener, me gustaría
ponerle gasolina al coche. Os llevaré a los tres. —Dominick se puso en pie.
—Oye, Charles, si Dominick va al pueblo no es necesario que tú también te
desplaces —intenté ganar tiempo.
—Ruth, me encantaría ver a Claude y, además, puedo guiar a Dominick.
Se marcharon. Elizabeth fue a la cocina a preparar el almuerzo con Alice. Caminé
hacia el lago en busca de Stephen.
—Hola, tía Ruth. —Hubo una breve pausa—. ¿Sabes que en la escuela estamos
leyendo Madame Bovary? —Quería impresionarme.
—¿Y qué piensas de esa mujer? —pregunté.
—Bueno, me parece que estaba atrapada, ya me entiendes, atrapada dentro de sí
misma. Nadie la puso en libertad.
—Stephen, acabas de decir algo muy interesante.
El chico se ruborizó. Jugueteé con la expresión de su mirada.
—A veces me siento atrapado… por el asma. —Volvió a mostrarse varonil, pues
no quería que pareciese que buscaba mi conmiseración—: Tía Ruth, ¿sabes qué dijo
Flaubert en su lecho de muerte?
Lo sabía, pero preferí dejar que me lo contara.
—¿Qué dijo, Stephen?
—Dijo: «Me estoy muriendo y esa zorra de Bovary vivirá eternamente». —Rio
entusiasmado consigo mismo—. Tía Ruth, lamento haber dicho «zorra». Lo aprendí
del profesor de francés. —Volvió a reír, sonoras carcajadas. Stephen tenía una risa
maravillosa. Me cogió del brazo—. Tía Ruth, te considero sorprendente. —Hizo una
pausa y miró el suelo—. Eres realmente… realmente guapa. Puaj. Este comentario
suena… puaj. Lo siento, tía Ruth, lo siento. —De pronto dio un salto y se detuvo
delante de mí—. Tía Ruth, atravesaré el lago a nado. Lo haré por ti, para que veas…
lo valiente que soy. Lo haré por ti.
—Stephen, déjate de tonterías. Sube al cobertizo y ayuda a William a reparar la
bici.
Stephen me miró con expresión inquisitiva. Se encogió de hombros, pateó algunos guijarros y replicó:
—De acuerdo, tía Ruth, creo que tienes razón.
Me volví y emprendí el regreso a casa. Estaba obsesionada con Charles, con el
modo de recuperarlo.
Cuando llegué a la casa vi que Elizabeth hacía rodar limones para ablandarlos.
Piqué olivas negras y las extendí sobre el rosa y el beige cremoso de la carne de
cangrejo. Enfrié el vino y calenté el pan.
Fui a mi habitación para arreglarme en vistas al almuerzo con Charles. Luego me
reuní con Elizabeth y Alice en la cocina.
Di la espalda a las ventanas, momentáneamente cegada por la súbita ferocidad
sesgada del sol de octubre. Un hombre bloqueaba la puerta de la cocina. Era Ben. No
podía pronunciar palabra. Lo agarré, lo sacudí y lo arrinconé contra la puerta. De
nada habría servido preguntarle «¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido?». El rostro
demudado por el pánico y la agonía prácticamente ahorra el pronunciar palabras.
Entonces dijo un nombre:
—Stephen… en el lago. Un ataque… de asma.
Pensé un instante. No era William. Oh, Dios, aunque no creo en ti… gracias a
Dios.
No soy un monstruo. Elizabeth gritó que no, que no podía ser, y yo corrí a salvar
a su hijo.
Corrí por el césped, por el jardín, a través del parque y hacia el lago. Alguien
había llegado antes que yo: William, mi hijo, que hizo denodados esfuerzos por
salvar a Stephen. Los vi desde lo alto de la colina. Estaban juntos en el agua. Parecían
elevarse lenta y graciosamente, cual bailarines, como si una gran fuerza los
propulsara a través de la superficie del agua, hacia el cielo.
Stephen parecía aferrarse a William como un amante, dispuesto a no soltarlo,
firme con su presa. Se hundieron. El lago fangoso los cubrió. ¿Cuántas veces?
¿Cuántas veces los cubrió el agua del lago?
«William, sálvate», fue el grito que pareció escapar de mí y el viento transportó la
palabra «Suéltalo». La arrastró hacia la nada. El lago fangoso los cubrió otra vez.
Seguí corriendo, con Elizabeth pisándome los talones, por la larga colina. Me
lancé al agua y nadé hasta donde me pareció que se habían hundido. Me zambullí en
la negra nada, en las tinieblas. ¿Por qué para ellos no hubo aguas azules y cristalinas?
Volví a sumergirme. Y otra vez. Y, una vez más, la nada. Suciedad. Sedimento. Y
negrura. Y después dolor, dolor físico, algo que me asfixiaba. Salí a la superficie. Y
volví a sumergirme. Y otra vez. Una y otra vez. No encontré el lugar secreto.
Elizabeth nadaba frenéticamente lejos de mí. Se sumergía una y otra vez.
Nadamos hasta la orilla y nos dejamos caer en ella.
Elizabeth abrió los brazos con afecto y compasión. Volvió a derrotarme.
—Maldita seas, Elizabeth. Stephen lo arrastró. Lo sé. Stephen lo arrastró. Mi
William intentó salvarlo y Stephen lo arrastró. Oh, Dios… Oh, Dios. —¿Por qué en este momento apelo a Ti?—. Oh, Dios. Elizabeth, no imaginas cuánto te odio. Dios
mío, Elizabeth, finalmente has podido conmigo.
Me acerqué a ella y la mojé con agua. Busqué piedras y se las arrojé. Convertí mi
mano en un arma. Giré la palma de lado, como si fuera el filo de un cuchillo, y le
pegué en la mandíbula. Me acerqué a su cuello. Me acerqué dispuesta a matar. Vi un
pájaro muerto en el suelo, lo cogí y se lo aplasté contra el pecho.
Elizabeth permaneció sollozante y murmuró:
—Ruth, no lo hagas, piensa en nuestros chicos, en nuestros chicos.
Finalmente me detuve y la miré. ¿Le había roto algo? Había tanta sangre que me
resultó imposible saberlo. No supe si había llegado hasta el hueso o si, una vez más,
solo herí tejidos blandos. ¿Y el olor? Podía deberse al cuerpo putrefacto del ave,
fragmentos del cual se adherían a su vestido. Tal vez no fuera algo podrido de
Elizabeth lo que yo había abierto. Y no lo había abierto exquisitamente, como había
imaginado, sino con un dolor intenso, malsano, derrotado.
Los de la ambulancia bajaron la colina presurosos, portando las inútiles camillas.
Corrí hacia ellos y grité:
—Están en el fondo del lago, no he podido encontrarlos. Las camillas no son
necesarias, no hay cuerpos. —El rostro de Stephen surgió en mi mente—. No hay
cuerpos.
Los solícitos camilleros se detuvieron, impotentes. Sin un cuerpo, los que
supuestamente estaban preparados para hacer frente a una muerte dramática parecían
perdidos. Se desplazaban con sumo cuidado y montaban su precioso altar de lona.
—Los bomberos… los submarinistas del cuerpo de bomberos vienen hacia aquí
—dijo una joven de uniforme que acababa de llegar.
—¿Es usted la señora Garton? —intervino otra mujer.
—Y usted, ¿quién es? —Escupí a la cara de la intrusa.
—Soy la doctora Sarah Duncan… Y usted, señora, debe de ser… —Se dirigió a
Elizabeth.
—Soy Elizabeth Harding, la madre de Stephen.
—Por teléfono avisaron que se trataba de dos chicos…
—Sí, de Stephen y William.
—¿Sus hijos?
—Sí.
—Estoy tan… tan…
¿Compungida?
—Señora Garton —insistió la mujer—, me parece aconsejable que vayamos a la
casa.
—No —repliqué.
—Señora Garton… por favor.
—No.
—¿Lady Harding? —preguntó a Elizabeth.
Elizabeth negó con la cabeza. Su sangre goteaba y se mezclaba con los restos del
pájaro. La camisa de Elizabeth era azul, en lugar de blanca, como de costumbre.
Antes no me había dado cuenta. La médica se inclinó y extrajo gasas y desinfectante
del maletín. Se aprestó a curar las heridas que yo había infligido al rostro de
Elizabeth.
—Tuve una mala caída —explicó Elizabeth—. Mientras corría hacia… hacia los
chicos. Caí sobre ese cadáver de pájaro. Y luego en la orilla del lago, cuando salí del
agua.
No dije nada. Alguien me entregó una manta para que me cubriera los hombros.
—Señora Garton y lady Harding, sería mejor que se quitaran la ropa mojada.
—No —replicamos al unísono.
Al personal sanitario no le gusta sentirse inútil. Detesta reconocer que nada sirve.
Al igual que los curas, necesitan demostrar su poder. Sobre todo en los casos
extremos. Pero, a diferencia de los curas, el personal sanitario no tiene nada que
ofrecer a un cadáver. Ciertamente no puede ofrecer lo que pregonan los curas: una
nueva existencia desencarnada. Los muertos siguen con nosotros aunque no los
veamos. Pero ¿por qué querrían quedarse con nosotros? Verían a los deudos sin poder
unirse a ellos. Al fin y al cabo, fueron sus vidas las que se perdieron. No hay futuro.
Para ellos el tiempo se agotó. No hay nada más.
Las vidas de los chicos. Un cuento corto. Su futuro abolido. No hay futuro.
«Nunca, nunca, nunca, nunca, nunca». Cinco veces nunca. Siempre me pareció una
expresión significativa. Como «matar, matar, matar, matar, matar, matar». Lear
necesitó seis martillazos para su cólera. Ambas expresiones están entrelazadas, como
es obvio. Nadie se ha lamentado sin enfurecerse una y otra vez.
En ese momento, de la cima de la colina bajaron figuras oscuras con trajes de
submarinista.
Nadé junto a ellos hasta el punto en que tuve la última visión de mi hijo. Tal
como me dejó. Otro chico se aferró a él con demasiada fuerza. Cuánto odian las
madres a quienes abrazan con demasiada fuerza a sus hijos. Saben lo fácil que es
quitarles la vida. Pero el que abraza continúa con vida.
Los restos de mi hijo, el cuerpo que yo tanto había amado emergió finalmente a la
superficie. Unido al otro. Cual troncos de árboles, las piernas de los chicos estaban
entrelazadas. Como amantes dormidos, inmóviles. Los brazos de Stephen rodeaban la
cintura de William. El rostro de William parecía aplastarse contra el pecho de
Stephen, como si formara parte de su cuerpo. Stephen tenía la cabeza echada hacia
atrás. Su último acto, antes de arrastrar a William, había consistido en abrir la boca
para tomar aire. A lo largo de su vida Stephen había sabido perfectamente lo que
significaba abrir la boca para tomar aire.
Súbitamente sentí qué era lo que tenía que hacer. No se trataba de llorar.
Repentina y convulsivamente abrí la boca para tomar aire. Sobreviví.
Los cadáveres pesan. Como guerreros en el campo de batalla, los jóvenes submarinistas intentaron separar a los chicos.
—¡No! —exclamé.
—¿Perdón?
—No.
—Señora Garton…
—Déjenlos como están, no los separen.
—Pero…
—No los separen.
Depositaron los cadáveres en la orilla como si se tratara de una estatua. Parecía
una sola muerte. Semejaban el vivo retrato de la escultura de un joven larguirucho y
apuesto. Su cabeza era la de Stephen y sus piernas las de William.
Los hombres pusieron manos a la obra. Dos bomberos separaron delicadamente
los cuerpos y sus compañeros intentaron en vano introducir oxígeno en sus pulmones.
Aquellos desconocidos pretendían embaucar a la muerte.
Pero la muerte había sido inteligente. Con la debilidad de uno y el afecto del otro,
la muerte se cobró a los dos. Y el sol seguía brillando con su debilidad de octubre. No
se replegó apenado, ni siquiera cuando al final se reconoció el triunfo de la muerte.
Mientras caminábamos lentamente hacia la casa con nuestros hijos muertos,
Lexington nos aguardaba. Los chicos, nuestros hijos, los que ya no ocuparían el ala
este o la oeste. Tal vez Lexington se regocijó porque, por fin, quedaría en paz.
Franqueamos las puertaventanas y por la terraza corrieron Charles y Dominick.
Mi madre estaba inmóvil y con los ojos cerrados.
—Oh, Dios mío… Oh, Dios mío —gimió Dominick.
No se acercó corriendo a mí. Se volvió y vomitó contra el seto que separaba la
terraza del jardín. Charles se detuvo a mirar a los camilleros, escoltados a ambos
lados por Elizabeth y por mí. Se cubrió la cara unos segundos. Se volvió y apartó a
mi madre del camino de los camilleros y su pesada carga.
En la fachada de la casa la ambulancia aguardaba para recibir su macabro
cargamento. La seguimos lentamente con nuestros coches. Aún no estábamos
preparados para una separación más prolongada. Un joven policía se quedó con Ben
para tomarle declaración.
En el pequeño hospital del pueblo, un amable sargento de policía y un médico
solícito nos hicieron preguntas. Como si buscando la respuesta del cómo llegáramos a
saber el porqué.
En algún momento, por acuerdo tácito, regresamos a Lexington en medio del
crepúsculo. Llegamos a un Lexington que no reconocimos. Nos había tendido una
trampa. Todos esos años nos hizo sentir seguros. En mi tenue entramado de odio yo
jamás había tenido miedo. ¿Acaso había profanado Lexington? No. No. El hijo de
Elizabeth mató al mío.
No me sentí culpable. No por esto. No acepto ni puedo aceptar otra interpretación
porque por ese camino se llega a la locura.