Envidia
Capítulo 13
CAPÍTULO XIII
Desde el vestíbulo principal de Lexington las puertas de madera desembocan en un
salón amplio, de techos altos y con una enorme chimenea de piedra francesa.
A ambos lados de la chimenea reposan, enfrentados, dos sofás forrados en tela de
Aubusson, que guardan cierta precisión castrense, como si montaran guardia sobre la
mesa baja, de mármol verde casi negro. En cada extremo de la estancia dos conjuntos
de puertas dobles de madera se vislumbran tras dos arreglos exactamente iguales de
rosas rojas de tallo alto, colocadas en mesas redondas cubiertas por tapetes. Diversas
sillas negras de respaldo alto y con adornos de clavos en los reposabrazos desafían a
cualquiera a que se siente.
Los oscuros cortinados que penden a uno y otro lado de la chimenea reflejan, en
su verdor, la lejana panorámica más allá del patio, bajando hacia el parque y el lago
casi oculto. Las paredes que se alzan entre las puertaventanas están peladas salvo por
los pliegues de las cortinas de grueso terciopelo verde. Se trata de una estancia
austera y oscura.
El extremo norte del salón principal se convierte en una suerte de salita-biblioteca
. Se utiliza para jugar a las cartas y al ajedrez y para leer.
Con su larga mesa de caoba oscura, los candeleros de plata y el enorme cuadro de
tema religioso, el comedor es una estancia que fácilmente podría haber sido una
capilla.
Todas las habitaciones son un modelo de oscuridad. Aunque las puertaventanas
sugieren la bienvenida, la luz se detiene amablemente antes de entrar.
Fue a través de esas estancias que sir Charles Harding siguió a mi padre y se
instaló en nuestras vidas.
Era un hombre próximo a la cincuentena, muy alto y de rostro grande, casi
primitivo. No sonrió cuando le ofrecí la mano para que la estrechase fugazmente.
Se volvió hacia Elizabeth, que, como de costumbre, vestía de negro. ¿Sabía hasta
qué punto ese contraste resaltaba su palidez? ¿Sabía que la dotaba de un poder que no
poseía? No, esa intuición no era de Elizabeth, sino mía. La cara lavada y la
simplicidad del peinado le conferían un aspecto monjil. Cuando sir Charles la miró,
advertí en él una ligerísima mueca de sorpresa.
Llegó mi madre, que se había ocupado de los detalles de último momento en la
cocina. Sir Charles le dedicó una inclinación y un amable reconocimiento a su mano
extendida.
Sir Charles Harding alabó a mi madre por la belleza de las rosas. Mamá se
derritió ante ese homenaje a su pasión secreta.
De la misma manera que delineaban ciertos parámetros de la estancia, las rosas
también parecían configurar la semana de mi madre. Los lunes y los jueves las colocaba ritualmente en su prisión de porcelana verde oscura. Eran rosas Parkdirektor
Riggers, de floración perenne, tan masculinas en la alta erección de su tallo como en
el nombre.
Dos veces por semana y protegida con guantes de lona, en un cuartito contiguo a
la cocina, mamá escogía de su quirúrgica disposición de instrumentos la podadera
que cortaba, de un largo exactamente predeterminado, cada víctima impotente que
yacía en la brillante mesa de operaciones cromada. Acto seguido asía un cuchillo
pequeño, afilado y semejante a una daga y con gran esmero practicaba una incisión
de un centímetro en la base de cada tallo.
Con sus suaves jerséis de cachemira y sus faldas sencillas —a veces con el
panamá todavía puesto—, debió de presentar ante una hija amorosa la visión de una
serenidad madura consagrada a la más apacible de las actividades: los arreglos
florales.
Convertida en la anfitriona perfecta, nos guio a todos al comedor.
Sentado a la derecha de mi madre, sir Charles dijo:
—Les aseguro que no tengo la menor intención de continuar con esta puja si les
resulta inaceptable. —Hizo una pausa—. No es mi estilo.
Su voz sonaba rara, tenía una entonación algo tajante y seca.
—Por supuesto, sir Charles —replicó mi padre—. Agradecemos que nos lo diga,
pero hemos evaluado la cuestión y estamos satisfechos con la decisión que tomamos
la semana pasada.
—¿En lo referente al nombre?
—Sí.
—Como le he dicho a la junta, ese asunto no plantea problemas —prosiguió sir
Charles—. Nunca los planteará. Podemos convertirlo en una cuestión fundamental
durante la elección de los directores. Me hago perfectamente cargo de los vínculos
familiares con los negocios. Los Buddenbrook es uno de mis libros predilectos.
—Sí, claro, Thomas Mann —comentó mi padre con tono ambiguo. Era imposible
saber qué opinaba de Los Buddenbrook o si su actitud se relacionaba con algún
prejuicio antialemán que hasta entonces no había expresado—. Personalmente
prefiero La montaña mágica —añadió sin demasiado entusiasmo.
—Sir Charles, esta conversación es demasiado literaria —intervine—. De todos
modos, estoy convencida de que comprende nuestros sentimientos de propiedad con
respecto a Alpha porque su propio apellido ha perdurado. Y prosperado hasta el
extremo de que ahora compra nuestra empresa. Tal vez se trata de un modo de
comprensión más profundo que el que puede ofrecer incluso la lectura más penetrante
de Thomas Mann.
—Tiene razón.
La brusquedad de su respuesta convirtió la coincidencia casi en un rechazo. Se
volvió hacia Elizabeth. La hermana Elizabeth, la viuda trágica, infinitamente más
interesante que Ruth por el hecho mismo de su pena y la integridad con que la sobrellevaba.
—Madame Baathus, ¿y usted qué opina?
—Por favor, llámeme Elizabeth.
—Gracias, Elizabeth.
La voz de sir Charles casi añadió una e a su nombre y un fuerte acento en la
última sílaba. El nombre se tornó musical, mientras que el mío sonaba como un golpe
seco y cortante.
Como de costumbre, Elizabeth habló serenamente:
—Me alegro de que el apellido perdure. A nuestros abuelos les habría gustado. Mi
padre nos ha dicho que la administración considera que su empresa es la adecuada.
—¿Tal vez una especie de matrimonio? —pregunté porque quería romper la… la
comunión entre ellos.
—Exactamente. —Sir Charles era un hombre de pocas palabras.
—Pero con un cónyuge dominante —insistí.
—Por supuesto.
—¿Esta es su filosofía de los negocios y del matrimonio?
—Así es, señora Garton.
—Por favor, llámeme Ruth.
—Gracias, Ruth.
Ruth. Un golpe rápido y cortante.
—Hablamos de cuestiones mundanas y en este terreno me gusta dominar. —Sir
Charles esbozó una sonrisa.
—Pues no se trata de una actitud en boga —dije.
—Claro que no. Sin embargo, el matrimonio no solo es un terreno mundano. Las
mujeres mandan en este reino concreto.
—Prosiga —pidió mi padre.
—Según mi modesto entender, a veces las mujeres se confunden y lo arrojan todo
por la borda. Son el centro de la vida, sustentan su núcleo, pero luchan por estar en la
periferia del mundo.
—¿Y si con el tiempo llegaran a dominar el mundo? —inquirí sonriente.
—Entonces descubrirían que es una victoria pírrica.
—«¿Quién de nosotros tiene ese deseo o, si lo ha tenido, lo ha satisfecho?» —
cité. Sir Charles me miró con perplejidad. Añadí—: Es de Thackeray.
—¿Me equivoco si digo que de La feria de las vanidades?
—No se equivoca, sir Charles.
En aquel momento no supe quién se había llevado el gato al agua.
—Es una expresión más cínica que la de Mann.
Tengo la impresión de que Thackeray le gusta más.
¡Maldita sea!
—¿Qué opina lady Harding de su sitio en el mundo y en la vida?
—Lady Harding ha muerto.
Elizabeth se volvió ligeramente hacia sir Charles Harding. Fui testigo del
encuentro de sus miradas y, una vez más, reparé en la trivialidad del poder del dolor.
—Lo siento muchísimo —me disculpé.
—Estoy segura de que sir Charles se hace cargo de que Ruth no podía saberlo.
En silencio di las gracias a Elizabeth.
—Por supuesto. Huelgan las disculpas.
—Sir Charles quiere que la familia le venda todas las acciones, no solo el
porcentaje que necesita para controlar la empresa.
Como siempre, mi padre estaba ansioso por abordar un tema menos espinoso que
el referente a los hombres, las mujeres, la vida y la muerte. El mundo cotidiano era
para él un sitio que podía y sabía manejar.
La conversación se prolongó, con discreción, cortesía y mucha firmeza por parte
de sir Charles.
Dominick llegó a la hora del té. Vino a buscarme. Habíamos quedado en ir
aquella tarde a un concierto con sus padres, que pasaban unos días de visita en
Londres.
—Sir Charles, lo siento pero tengo que abandonar el ruedo —anuncié.
Estrechamos nuestras manos.
—Usted, Ruth, ha dejado muy clara su posición. Supongo que lo hace
habitualmente.
Esbocé una fugaz sonrisa y me retiré. Me había referido a un ruedo que no tenía
nada que ver con los negocios. ¿Se había enterado?
Horas después Dominick se echó sobre mí, me susurró palabras de amor y volvió
a hacerlo. Tal vez la música que resonaba en su cerebro le impidió oír mi silencio.