Envidia
Capítulo 29
CAPÍTULO XXIX
Soy una excelente conductora. Conduzco de prisa, con gran concentración. No me
agradan los coches con cambio de marchas automático porque estoy convencida de
que se pierde un ritmo fundamental. Charles, que ahora está más ocupado que nunca
en sus actividades benéficas, en calidad de miembro de un comité asesor, tuvo que
asistir durante una semana a una investigación que la Comunidad Europea realizó
sobre los derechos de los refugiados.
Escogí esa semana para ir a Escocia a visitar a Elizabeth. Tenía que verla.
Transcurridos dos años el recuerdo se diluía y mi disfraz de Elizabeth ya no era
satisfactorio.
Aunque estaba segura de que Charles tenía sus señas, pedírselas me pareció
indecoroso. Con mentiras y subterfugios conseguí la dirección en la galería, que tenía
cada vez más éxito con la obra de Elizabeth. Ahora todos la consideraban con
seriedad. La tragedia había acrecentado su reputación. Y el vivir sola en Escocia
también le dio fama, lo mismo que su férrea negativa a ser entrevistada. No basta con
producir la obra, también es importante vivir la vida que se espera de un artista:
soledad y si es posible, sufrimiento y pobreza. En este último aspecto Elizabeth
decepcionó las expectativas.
Decidí correr el riesgo de desencadenar sus iras y las de Charles. ¿Elizabeth se lo
contaría? Supuse que perduraría lo suficiente de la Elizabeth de toda la vida para que
fuese improbable. Yo tenía que ir. Tal vez me limitara a mirar la modesta casa.
Necesitaba un entorno físico en el que situar la vida actual de Elizabeth. En mis
pensamientos, ya que pensaba diariamente en ella. Tal vez a cada hora. Una arraigada
obsesión.
Llegué a la hora del crepúsculo. Su casa estaba a cinco kilómetros de una pequeña
población dominada por una gran extensión montañosa. Un vasto terreno de juego
para la luz, que competía con las nubes a ver quién ganaba. Era un buen lugar para
Elizabeth la pintora, un sitio bello y prístino.
Creo en el factor sorpresa. Sin anunciarme, conduje el coche hasta la casa. A
ambos lados de la puerta había ventanas bajas. Llamé. Luego de pasar varios minutos
de pie en medio del silencio, intenté mirar por una ventana.
—¿Sí?
Me di la vuelta, sorprendida. ¿Me habían pillado en pleno… en pleno espionaje?
Qué palabra horrible. En la puerta había un muchacho alto, de poco más de veinte
años.
—¿Está Elizabeth?
—¿Quién eres?
—Su… su hermana. —Bien dicho, Ruth.
—Elizabeth no tiene hermanos.
—¿De veras? Y tú, ¿quién eres?
—No tengo por qué responderte.
—Eres un encanto. ¿Dónde está Elizabeth?
—No está en casa.
—¿Volverá?
Supongo que el trabajo de los detectives discurre de esta guisa. Probablemente yo
habría sido una buena investigadora.
—No lo sé.
—Oye, creo que te resulto bastante amenazadora. Una desconocida de metro
setenta y tres que se enfrenta con tu musculoso físico de metro noventa. Tal vez he
venido a robar, incluso a violarte. Comprendo perfectamente tu recelo ante mi
llegada, pero soy la hermana de Elizabeth Ashbridge. Me llamo Ruth Garton. Me
gustaría entrar y esperarla. No espero que me sirvas un té ni una copa de vino y,
menos aún, que me des la bienvenida. ¿Puedo pasar?
—No, no puedes pasar.
—Empecemos de nuevo. ¿Cómo estás?
—¿Cómo estás? —repitió el joven.
—¿Eres inglés?
—Desde luego que no.
—Pues tienes un buen acento.
—Caramba, eres muy amable.
—¿Dónde perfeccionaste lo que intuyo que en otra época fue un lenguaje
barriobajero?
—En Londres.
—¿Y qué hacías en Londres?
—Estudiaba.
—¿Qué?
—Arte.
—Ya. ¿Dónde?
—En St. Martin’s.
—Me sorprendes. Veamos: admiras la obra de Elizabeth y has decidido venir a
adorar a la artista, ¿no es así?
—Sí y no.
—¿No? Aclaremos esa negativa.
—¿Haces siempre lo mismo? ¿Te ocupas primero de las negativas?
—Sí. De ese modo se ahorra tiempo. ¿Y bien?
—En realidad no sabía nada acerca de Elizabeth. Estaba de vacaciones por este
valle y la conocí por casualidad. La primera vez que la vi estaba metida en el río con
botas altas hasta los muslos… —Hizo una brevísima pausa—. En cuanto a su obra, la
admiro hasta cierto punto, aunque no demasiado.
Para empezar no estaba nada mal.
—Y el sí, ¿a qué responde?
—Venero a Elizabeth como persona.
Lo dijo tan repentina y tiernamente que, por unos momentos, las emociones se
colaron en la rápida sucesión de réplicas y la zahirieron levemente.
—¿La veneras?
—Sí. —Sonrió lenta y provocadoramente—. ¿Cómo has dicho que te llamas?
—Ruth.
—Bien, Ruth, creo que deberías marcharte por dónde has venido.
—¿Por qué?
—Porque en ti hay algo que reconozco, y no me gusta.
—¿A qué te refieres?
—No sé cómo definirlo. Algo perturbador… Olvídalo… No me gusta tu estilo ni
tu modo de hablar, con eso basta.
—Entiendo. Elizabeth debió de hablarte de mí, de mi estilo, ¿no?
—Elizabeth jamás te ha nombrado, pero puedo advertirlo.
—¿Con qué sentido?
—¿Cómo?
—¿Con qué sentido? ¿Con la vista? ¿Con el olfato? No creo que sea con el tacto.
—Nunca cambiarás, ¿no es cierto, Ruth?
Su voz pareció martillear las palabras en mi nuca. Me volví. Se me congeló la
expresión y no atiné a nada.
«Claro que cambio, Elizabeth, pensé yo, cambio constantemente. A veces, a
veces, Elizabeth, soy tú. Pero estoy perdiendo el contacto y necesito volver a
analizarte».
Vaya si la analicé. Seguía siendo la misma. El cuerpo delgado y alto. Jersey crema
y camisa blanca. Tejanos. Gruesas botas de agua en lugar de mocasines. Agobiada,
casi curtida, pero todavía seguía siendo la misma.
—Daniel, te agradezco tu intervención… pero Ruth es… —Aguardé a que
Elizabeth diese alguna pista sobre mí—. Hasta cierto punto te esperaba, ¿sabes?
Supuse que vendrías.
—Supuse que debía hacerlo.
—Entonces, entra y fisgonea todo lo que quieras.
—¡Elizabeth! Esa frase ácida parece mía.
Meneó la cabeza, incrédula.
Entré en una larga habitación blanca de techo bajo. Había una gran chimenea de
piedra en la que ardía un fuego de leña. Una pesada mesa de madera algo
descentrada. Sillones grises distribuidos por todo el espacio y cubiertos con mantones
de cachemira. Todo lo que cabía esperar. A lo largo de la pared trasera de la casa
había una especie de mirador con alto techo de cristal, pared de piedra y una puerta
sólida. Supongo que era el taller de Elizabeth.
Miré hasta el hartazgo.
—Me apetecería una copa de vino.
Elizabeth suspiró.
—¿Tinto?
El joven… ¿cómo se llamaba? ¿Daniel? Daniel sacó una botella del armario y
sirvió tres copas de borgoña. Por lo menos bebía.
Basta, Ruth. Maté la visión de William como joven que nunca llegó a ser. Basta.
—Elizabeth, ¿nunca le has hablado de mí a Daniel?
—No.
—¿No sabe nada?
—Nada.
—¡Qué extraordinario! He de reconocer que todo resulta extraordinario.
—Sí que lo es. Daniel, Ruth te está… absorbiendo. Ten cuidado.
¿Elizabeth había perdido su inocencia? Tal vez los buenos deberían armarse para
defenderse del exceso de inocencia.
Daniel sonrió y me preguntó:
—¿A qué has venido?
—A ver a Elizabeth.
—Ruth y yo compartimos fantasmas —explicó Elizabeth—. Y un conocimiento
que nadie llegará jamás a comprender. Ni siquiera yo lo entiendo muy bien después
de…
—Es un vínculo muy sólido, Daniel, espero que nunca lo descubras.
—¿No podéis vencer a los fantasmas?
—Son ellos los que nos han vencido. Parecemos soldados heridos en un campo de
batalla abandonado por los fantasmas.
—¿Abandonado? ¿Lo dejaron voluntariamente?
—Jamás lo sabremos. El último momento. ¿Qué discurre por la mente en el
último instante…? Bien, ¿no hay más preguntas? —Me volví hacia Daniel.
—Solo algunas más.
—¿Por qué eres tan reticente?
—¿Por qué tendría que dejar de serlo? Se trata de una costumbre.
—Eres demasiado joven para tener tanta… tanta disciplina.
—No es disciplina.
—¿Y qué es?
—Amor.
Desvié la mirada. Elizabeth se sentó en un amplio sillón próximo al fuego.
Reclinó la cabeza y habló serenamente:
—Ruth, sé que luchar contigo no sirve de nada. ¿Sabes que esa fue la razón por la
que decidí quererte?
—No. ¿Decidiste quererme?
—No fue algo espontáneo. Ya te lo he dicho. Creo que desde el principio supe que luchar contigo podía ser peligroso, podía enfurecerte todavía más.
—¿Enfurecerme?
—Sí. Estabas llena de ira encubierta hacia mí.
—Nunca lo dijiste.
—¿Qué pretendías que dijese? Abrigué la esperanza de que, con el tiempo, si me
mostraba amable y solícita contigo… Intenté vivir al margen de ti, pero estabas
siempre presente en los bordes… en el fondo.
—Creía que no te habías dado cuenta.
—Pues te has equivocado. No parecía tener importancia y entonces… con Hubert.
En Francia estuvimos a punto de lograr la convivencia. Ay, se trata de una vida que
no llegué a vivir. Por si no lo sabes, a veces la vivo… en sueños. Una vida paralela en
un sueño. Del mismo modo que todavía sueño con los chicos.
—Sí, yo también conozco ese universo onírico. —Miré a Daniel, que estaba
sentado frente a Elizabeth—. Elizabeth, no me has preguntado por Charles.
—¿Quién es Charles? —preguntó Daniel a Elizabeth.
—Mi marido.
—Ah.
—Ahora vive con Ruth —dijo Elizabeth.
—¿Es… es ese hombre que viene a veces?
Elizabeth se pasó la mano por la boca como si ella hubiera formulado la lacerante
pregunta.
—¿Charles viene a esta casa? —pregunté—. ¿Viene Charles a esta casa? Debo
saberlo.
—¿Debes saberlo? Ruth, es tan típico de ti ese «deber». Y va acompañado de la
certeza de que te responderé. ¿Por qué?
—Porque eres… porque eres Elizabeth.
—Tienes razón. Siempre esperas determinado comportamiento de mi parte. He
coqueteado… he coqueteado con tu estilo, pero prefiero el mío.
Volví a ser consciente de su fuerza, de la razón por la que Elizabeth perduraría
definitivamente en las vidas de los otros y por qué su pérdida sería muy dolorosa.
—Charles me visita una vez al año. Se trata de una cuestión personal.
Daniel se levantó y se acercó a Elizabeth.
—No sabía que era tu marido.
—¿Os habéis conocido? —pregunté a Daniel, incrédula.
—No, solo lo vi una vez por la ventana. Había regresado demasiado pronto.
Había quedado con Elizabeth en que los dejaría en paz. No sabía quién era.
—¿Y qué viste?
Se hizo un breve silencio.
—Vi un hombre arrodillado delante de una mujer.
Del mismo modo que antaño mi padre se había arrodillado ante Elizabeth.
—Elizabeth le acariciaba la cabeza y lo estrechaba contra su vientre. Permanecieron así… puede que media hora. Luego él se marchó.
Lo sabía, por supuesto, pero había preferido ignorarlo. En este aspecto, el pasado
no había sido tan imprevisible.
—¿Charles te ha hablado de mí? —preguntó Elizabeth.
—En realidad, no, pero lo sé. Sé… sé lo que siente en su fuero interno.
—¿Y cómo lo sabes?
—Lo sé. ¿Por qué lo abandonaste? —pregunté a Elizabeth.
Silencio.
—¿Por qué permitiste que me quedara con él?
Silencio.
—Porque es… porque es tuyo, Ruth. Yo ya había conseguido lo que buscaba.
—¿Qué quieres decir?
—Me refiero a Hubert. Hubert fue leal a mí y a su promesa. Charles lo intentó…
y fracasó. Me temo que en este aspecto soy muy estricta.
—¿Y Daniel?
—Entre Daniel y yo no hay promesas.
—Si lo permitieras, yo te daría mi promesa y la cumpliría —puntualizó el joven.
—Pero no te lo permito, Daniel.
El joven me miró como si adivinara mi pensamiento.
—Ruth, estás pensando en cuerpos, ¿verdad? Yo soy joven y Elizabeth no.
Piensas en cuerpos jóvenes y en por qué no me relaciono con ellos. En cuerpos. Ruth,
solo piensas en cuerpos.
—No soy tan superficial como te figuras.
—Puede que no. Pues te hablaré de cuerpos, de mi experiencia. Crecí en
California. Tenía quince años cuando por primera vez me volví loco por una chica.
Era hermosa, alta y de largos cabellos rubios. Tenía cintura de avispa, que se
angostaba y formaba una especie de cáliz, caderas estrechas, piel tersa en el vientre y
vello púbico de color rubio. La pinté con lo que mis profesores llamaban «mi ojo
avizor». Supongo que fue mi primera modelo. Cada día adoraba su cuerpo, sabía que
siempre sentiría lo mismo. Y entonces conocí a Oona. Oona tenía el pelo negro, corto
y grueso. No era alta. Sus pechos no guardaban proporción con el resto de su cuerpo.
No lograba apartarlos de mi mente. Hasta que apareció Catherine. —Daniel se mesó
el pelo y nos sonrió. Era… era joven—. Catherine era deportista. Francesa a medias.
Ojos pardos, pelo negro y un cuerpo cimbreante. No había nada inarmónico en ella.
Reía mucho. Es lo único que recuerdo de Catherine. Aunque también me acuerdo
perfectamente de su cuerpo. Desde que cumplí quince años he poseído cuerpos…
cuerpos juveniles. Sé todo lo que hay que saber de los cuerpos, del sexo, de las
oleadas de ardiente placer.
—¿Y después?
—Después te vuelves codicioso.
—¿Qué codicias?
—Quieres más. A esa altura no te alcanza con los cuerpos. Anhelas juegos
mentales, juegos de poder, rechazo, celos falsos. Al final hasta los adolescentes
necesitan un afrodisíaco.
Empezaba a hartarme. La visión de Charles suplicando a Elizabeth me torturaba.
—Diga lo que diga, algún día Daniel se irá —sentencié.
—¿Eso es lo que quieres, Ruth? —Preguntó Elizabeth—. ¿Que sufra otra
pérdida? ¿Quedarás satisfecha? ¿Tal vez deseas mi muerte? —Tal vez—. Ruth, te
comportas como una niña. Te sientes obligada a destruir lo que no puedes tener. Ese
hábito destructivo ha devastado todo lo que tuviste y lo que tienes. Echarás a perder
lo que compartes con Charles por tu cólera ante la ligerísima necesidad que él tiene
de mí. También la quieres para ti. —Elizabeth me miró con afecto y compasión y su
obstinada y testaruda bondad brilló como el sol.
Mi odio acendrado hacia ella asomó como un sabueso en mi expresión. Me habría
gustado herirla con mis lágrimas. Una vez más. Y verla llorar por Hubert. Una vez
más. Y ser testigo de su tristeza cuando abandonó a Charles. Una vez más. Que el
sabueso la desgarrara en venganza por la agonía que jamás me abandonaría: su hijo
había matado a mi hijo.
Elizabeth, si pudiera te mataría. Si pudiera. Ojalá pudiese elegir el modo. Te
estrangularía. Te clavaría un cuchillo. Te dispararía entre los ojos. Luego
contemplaría tu cuerpo inerte y, por fin, me sentiría liberada.
En mi cuerpo se desataron cosas espantosas: sonidos semejantes a gritos
estridentes resonaron en mi cabeza y me impidieron oír lo que Elizabeth expresaba;
una niebla roja cubrió el rostro de Daniel, que pareció flotar conmocionado junto al
mío; mi boca se llenó de algo venenoso, ponzoñoso. Corrí aullando por el pasillo de
mí misma. Busqué la última salida. Una fuerza ajena sacudía mi cuerpo. Mis huesos
se licuaron. Elizabeth y Daniel intentaron coger el líquido que se derramó al suelo.
Me hice pedazos. Me aborté a mí misma. El rojo se volvió negro. Stephen y William
volvieron a ahogarse, por segunda vez. ¡Ay, qué crueldad! Se vieron obligados a
tragar agua una vez más. Ay, chicos, ay, los dos. Gritaron: «Otra vez, no; otra vez,
no». ¿Se ahogaron en mi cuerpo líquido? ¿Nadie podía recogerlo y darle solidez?
¿No había recipiente que me contuviera? ¿Algo que me albergara? Palabras y más
palabras resonaron y ahogaron los gritos de mi rumor interno. No puedo
pronunciarlas ni las pronunciaré. Las únicas palabras que estoy dispuesta a decir son:
«No tengo culpa».
Otras palabras, otras palabras se abrieron paso hasta la superficie. Ruth, detén las
palabras. Aterrorizada, escupí el veneno contra el rostro de Elizabeth. Levanté el
brazo, que ya no era líquido, para golpearla. Necesitaba un arma. Cogí un cuchillo de
la mesa. Vi sus ojos… y todo el dolor. Y todo el amor. Y toda la bondad. Como era de
esperar, al final volví el filo contra mí.
Daniel se puso repentinamente a mis espaldas y me desarmó. Me atenazó con su
brazo. Rodamos torpe y obscenamente por el suelo, mientras Daniel intentaba dominarme. Por último, se situó sobre mí y finalmente me sosegué.
Daniel —ese chico— había puesto fin a mi delirio. Su cálido vientre aplastó el
mío. Sus piernas inmovilizaron las mías. Sus brazos sojuzgaron los míos. Sus manos
me acariciaron la cara y susurró:
—Tranquila. Estás bien. Estás bien.
Palabrejas. Palabras que carecían de significado. ¿Fueron las palabras de mi
absolución? «Tranquila. Estás bien. Estás bien». Nimias palabras.
El chico-hijo de Elizabeth estuvo a punto de sonreírme.
Me soltó lentamente: los brazos, las piernas, sus manos se alejaron de mi cara. Al
final se apartó de mi pecho y de mi vientre. Sin duda la fiera estaba domada. Tenía la
ropa manchada por mi vómito, por mi orina. Miré a Daniel y a Elizabeth. No parecían
sentir repulsión.
Me llevaron al cuarto de baño. Me ayudaron a meterme en la bañera. Mi
desnudez no representó nada para ellos ni para mí. Luego me acosté en su cama. Y
ellos se tendieron a mi lado hasta que concilié el sueño.
Cuando desperté, la mañana tocaba a su fin. El pequeño reloj de viaje marcaba las
once y media. Se abrió la puerta. Elizabeth traía té y tostadas con miel. Permaneció
en silencio a mi lado mientras desayuné. Fue un silencio amoroso que llegué a
percibir y del que no me aparté. Me ofreció ropa suya. ¡Qué paradoja! Elizabeth
había guardado mis prendas en un bolso. Me vestí con sus tejanos, que arremangué, y
con su grueso jersey, que casi me llegaba a las rodillas. Elizabeth me vistió con las
prendas de Elizabeth.
Más tarde tuve la sensación de que me veía a mí misma mientras me marchaba de
aquella casa. Los tres sabíamos que yo podía hacerlo y que estaba preparada.
Los vi por el retrovisor cuando se dieron la vuelta y emprendieron el regreso a
casa: un joven alto y una mujer de largas piernas. De espaldas era imposible precisar
su edad.
Supe que me habían salvado la vida.