Envidia

Josephine Hart · Capítulo 21 de 31

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Envidia

Capítulo 21

CAPÍTULO XXI

 

Yo, que me consideraba maestra en casi todo, inicié mi aprendizaje de Charles

Harding.

Había creído que él era mi víctima, pero estaba más dispuesto de lo que me

imaginaba. Había intentado atraparlo y acabé atrapada en un universo de mi propia

creación que Charles terminó por dominar.

Nada me preparó para esas ansias que, si no se saciaban, seguramente me

devorarían.

Charles no quedó incólume ante mí porque él también tenía sus necesidades, pero

era capaz de poner límites a su deseo, mientras que yo no tenía fronteras. Por eso

aprendí a temer. Jamás le hablé de mi miedo a Charles. ¿Para qué armar a tu propio

amo? Ya era bastante fuerte.

Charles era el más fuerte, y el más fuerte siempre es temido. ¿Es mejor ser temido

que amado? Es mejor ser temido y amado. ¿Pueden coexistir estos sentimientos? Casi

siempre conviven.

¿Por qué ama el niño? Por temor al abandono cuando aún necesita sustento.

¿Ocurre lo mismo con el «amor»? No es la palabra correcta. ¿Cuál es la palabra

adecuada para decir que un cuerpo se alimenta de otro? Yo había sido idolatrada por

Dominick y había percibido su miedo de ser abandonado.

Ahora me tocaba a mí. Siempre se vuelve al punto de partida. Te toca el dolor, el

conocimiento, el conocimiento que lamentas haber alcanzado, pero que llega porque

nadie puede aprender por ti.

El estudio de Elizabeth se incorporó a la rutina de mis anhelos. En una ocasión,

solo en una, conduje a un Charles acorralado hasta los lienzos vacíos y montados y

con mis actos ridiculicé los ciegos cielos azules que ella había pintado. Me burlé en

silencio, por medio de suspiros. Las cosas de Elizabeth se introdujeron todavía más

en la rutina de mis necesidades.

Con el correr de los años la mentira se convirtió en un hábito que lucíamos

garbosamente. Toda una vida de pequeños engaños me convirtió en habilísima

experta en un arte ambiguo.

¿Charles había desarrollado de joven su capacidad para la traición o había

florecido de sopetón en aquella fugaz y fatal relación de hacía tanto tiempo, en el año

de la muerte de Felicity?

Tal vez en su caso era un talento innato. Le temía demasiado para explorar el

tema.

A veces me preguntaba si Charles no temía que se desencadenara otra tragedia, o

si la inocencia y la bondad de Elizabeth eran su gran protección.

Los momentos compartidos, fácilmente organizados —al fin y al cabo, disponíamos de «información privilegiada»—, eran compulsivos, impetuosos y

siempre insatisfactorios. Se convirtieron en una escalera de caracol que daba a

habitaciones cuyas puertas nunca debimos abrir. Fui yo quien allanó el terreno porque

mi primera obsesión condujo a la siguiente.