Envidia
Capítulo 3
CAPÍTULO III
Ahora creo que a una edad demasiado temprana me vi expuesta a la bondad y nunca
me recuperé.
Atrapada en el feroz dominio de la solicitud de Elizabeth y constantemente
consciente del magnetismo de su mirada, me asfixié a causa del enrarecimiento del
aire que la rodeaba. El poder corrosivo de su generosidad aniquiló mis modestas
aproximaciones a la bondad a medida que fueron surgiendo.
Me parece que llegué al reino de Elizabeth rodeada por un saco amniótico de
oscuridad e ira. Era su reino, se lo habían dado por afecto y conmiseración.
Elizabeth quedó huérfana cuando solo tenía nueve meses y era hija de Astrid —la
hermana de mi madre— y de Oliver Ord Ashbridge, joven matrimonio que encontró
la muerte en un accidente de automóvil. Elizabeth fue trasladada a Lexington. Los
antiguos muros se constituyeron en un refugio de piedra para ella, y los célebres
jardines y el lago confirieron a sus actos una belleza formal y mesurada. Por eso vivió
en Lexington, querida y amparada, como hija de mis padres. Antes de mí.
Pero yo fui la única hija que ellos tuvieron, un derecho de sangre que me
arrebataron.
No hubo culpables. Mis padres hicieron lo que consideraron atinado y correcto.
Proporcionaron un hogar a Elizabeth —mi hogar— y me depararon el dolor de algo
irrecuperable, de una auténtica pérdida.
Yo sería para siempre, falsamente, la segunda. No solo la segunda, sino una de un
par: menos valiosa sin la otra.
Mis padres no repararon en las consecuencias que su afecto diligente y ecuánime
ejercería en mí. Ante mis ojos, componían escenas de amor y ternura. Escenas que
acabé por detestar: los suspiros de mi madre mientras trenzaba con esmero la larga
cabellera rubia de Elizabeth, tarea que llevaba más tiempo que el enérgico cepillado
de mis rizos negros y cortos. «Mamá, hay una solución —me habría gustado gritar—.
Córtale el pelo a Elizabeth, tíralo, quémalo». Pero guardaba silencio porque por aquel
entonces aprendí a ser paciente: a tener una paciencia lenta y soterrada.
Mi padre volvió a arrodillarse ante Elizabeth el día de su partida al internado,
cuando ella sollozaba sentada en la cama. Le palmeó la mano para consolarla y
murmuró:
—Ay, mi niña dorada, mi dorada luz.
Mi corazón quiso gritar que dejaran de organizar esas escenas, que ya era
suficiente. «Papá, jamás te arrodillaste ante mí. Conmigo nunca te arrodillaste. Papá,
Elizabeth no es tuya, no te pertenece».
Las escenas no cesaron.
Todavía puedo ver el gesto triste con que me miraban la semana posterior a la partida de Elizabeth, durante la cual imité cosillas que le había visto hacer y que
habían provocado elogios. Con un suspiro, me dijeron:
—Vaya, Ruth, tú también la echas de menos. Lo sé, cariño, lo sé.
Veo a mi madre sentada ante el escritorio de la directora, suplicando que nos
pusieran en el mismo dormitorio, práctica que en el internado solían desaprobar.
—Es imprescindible que estén cerca. Ruth, que tanto depende de Elizabeth, se
sentirá menos sola.
Las dos niñas dieron la felicidad a mis padres: Elizabeth y Ruth, la una detrás de
la otra, sembraron la magia.
Una magia creada por Elizabeth. Y yo, desde pequeña, incitada a imitar la dulzura
de su comportamiento y sus incontables actos de generosidad, a tomar nota de su
generosidad. Seguí con fría envidia la senda que a través de los años Elizabeth abrió
delante de mí. Como Lucifer antes de la caída, acabé por odiar la esencia misma de la
bondad, por temer su poder.
Durante la infancia me faltó valor para rebelarme y pasé a la clandestinidad.
Busqué modos secretos de ser y de denigrar a Elizabeth.
A veces, tal como me habían enseñado, me apropiaba de su conducta y la imitaba.
Y después… de sus cosas. Las escondía. Cosas pueriles de la infancia: su tazón de los
conejitos rojos, su muñeca preferida, el perro de peluche con la boca amarilla, cintas.
Sonreía cuando la veía buscar esas cosas. En cierta ocasión la encontré llorando por
su muñeca.
A veces imitaba su sonrisa, pero no iba conmigo.
Más adelante, cuando la adolescencia nos encontró en el internado, acumulé una
modesta colección de nuevos objetos: ropa interior, pasadores para el pelo, medias,
objetos insignificantes. Casi nunca los usaba; y si lo hacía, siempre era en secreto.
En aquellos años de impetuoso descubrimiento había momentos en que aspiraba a
ser yo misma y suspiraba, pero lo acumulaba para un futuro enfrentamiento.
Todo empezó con nimiedades. Puede que siempre ocurra así: pequeños hurtos,
mezquindades de poca monta, placeres maliciosos, ligeras crueldades.
¿Y si yo hubiera llegado antes que Elizabeth? ¿Y si yo hubiera nacido antes?
¿Elizabeth habría sido… como yo? ¿Y si Set, el tercer hijo después de Caín y Abel,
hubiese sido el primogénito? ¿Y si el Señor se hubiese dado por satisfecho con el don
de Caín? ¿Alguna vez habría despertado el monstruo que dormía en el interior de
Caín?
Elegí mi hábito. Comprenderéis que yo no tenía grandes planes porque no era
ambiciosa. Los aplausos del público no me hacían falta. Mi naturaleza era espiritual y
malévola. Estoy convencida de que en el mundo hay muchas criaturas como yo.