Envidia

Josephine Hart · Capítulo 24 de 31

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Envidia

Capítulo 24

CAPÍTULO XXIV

 

—Lo siento, pensaba decírtelo.

Charles y yo, un rato compartido, habitualmente en mi casa. Es tan fácil cuando

confían en ti y conoces las obligaciones de los «otros». Cuando sabes dónde están y a

qué hora volverán.

—¿A qué te refieres?

—A mi conversación con Dominick sobre el estudio.

—Ah, no tiene la menor importancia. Esta mañana Elizabeth y yo hablamos del

asunto. Por lo que he entendido, le construirás un estudio en Frimton y pasará menos

tiempo en Londres —sinteticé con tono gélido.

—Así es. —Hubo una pausa—. Si es que puedo.

—¿Crees que podrás?

—Me propongo intentarlo —replicó con firmeza.

—¿Por qué?

—Para mi sorpresa, he descubierto en mí mismo el deseo de…

—¡Vaya!

—El deseo de hacer las cosas bien, por mucho que cuesten.

—La pasión por lo difícil.

—Es posible.

No estoy dispuesta a aceptarlo, pero no lo diré, mantendré la calma.

—Charles, eres mi única posibilidad de… de ser buena.

—¡Ruth!

—Es verdad. Jamás te he traicionado.

—¿Ni siquiera con Elizabeth?

—No.

—Ni lo harás jamás.

Parecía una orden. ¡Acátala!

—Desde luego que no. —Presta atención, busca un punto de debilidad en su

decisión—. Charles, en nuestro propio mundo he intentado ser, y creo que he sido,

leal. —¿Leal a qué? Leal a lo que hemos hecho, a ti, a lo que escondes.

Charles desvió la mirada. Yo conocía su alma secreta. Estaba oculta en su cuerpo.

¿Qué haría cuando tuviera el deber de matarla? ¿Sería capaz? Charles es peligroso

para mí, es fuerte, podría matar su alma. Para mí sería la muerte y para Elizabeth un

regalo. Otro más. ¿Y por qué no? No, en este caso venceré. Debo triunfar. Piensas en

echarte a llorar. No, serían mentiras líquidas, Charles me heriría.

Me volvió la espalda.

—¿Qué ha decidido Dominick con respecto al estudio?

—No lo cogerá. Habíamos pensado convertirlo en mi despacho, pero no es necesario, puedo trabajar en casa.

«Apela a la normalidad, Ruth, hazle perder tiempo».

—¿En qué piensas trabajar?

—Prepararé una antología titulada Rechazos.

—¿A qué te refieres?

—Investigaré los rechazos sufridos por los grandes escritores. ¿No te parece una

idea interesante?

—El título me gusta.

—Sí, es excelente.

Charles sonríe ligeramente. Bien, Ruth, vas por buen camino.

—¿Y Dominick?

—Dominick está… contento —contesté.

—Creo que lo sabe.

—¿Saberlo? Claro que no, Charles.

—Pues algo hay en la forma en que me mira.

No, Charles, no tiene el menor conocimiento de ti.

Se ha relajado. Es consciente. Desea pronunciar palabras fatídicas. Detenlo. Tiene

que acorazarse para hablar con sentimiento. Impídeselo.

—Tengo… tengo rabia, Charles.

—¿Rabia?

—Estoy rabiosa contigo.

De repente el fuego se inflamó entre nosotros y Charles quedó rodeado por las

llamas. Lo avivé con el pelo, los pechos y los muslos. Lo hice rodar, estremecido,

hasta una apacible oscuridad.

Cuando todo acabó, estalló la cólera. Una cólera espantosa, una rabia distinta,

interior, contra sí mismo y después contra mí. La percibí en sus ojos, en el rictus

amargo de su boca. Charles se dirigió a la puerta, puede que con aspecto avejentado,

sin volverse, dijo:

—Solo hay un camino. No volveré a estar a solas contigo, nunca más. Si alguna

vez se presenta la ocasión, me retiraré. Debo hacerlo. Eres… —Se pasó la mano por

la boca para frenar las palabras.

—¿La ocasión de pecar?

Charles dejó caer la mano y la cerró.

—Lo haré, Ruth, lo haré.

¡Maldito seas! ¡Maldito seas, Charles! Serénate, Ruth. Lo intentarás, ¿no? En este

momento es evidente que lo intentarás. Pues no te ayudará en lo más mínimo. No te

ayudaré. Procuraré socavarte como sea. Recuerda que aquí estoy expectante,

vigilante, siempre lista.

Charles se apoyó en la puerta. Era tan grande que la cubrió, como hacía conmigo

generosamente. Ay, Dios. Se ha marchado.

Grité en silencio por toda la sala, la estancia de Dominick. Choqué contra el globo terráqueo, semejante a un vientre, y me golpeé el estómago. Sobre el color miel

claro de mi piel apareció una mancha más oscura: un morado. Un color frío. Me puse

a temblar. Noté el frío. Me cubrí con un mantón de lana roja. Color sangre. Quería

entrar en calor. Caminé durante horas por mi prisión. Entonces recordé un pacto que

todavía existía, cuya realidad yo había creado. Asustada, me di cuenta de que estaba

obligada a mantenerlo.

Me dirigí al cuarto de baño para arreglarme y esperar a mi esposo.

Aquella noche y la mañana siguiente no delaté nada. Las mujeres montamos

rápidamente una apariencia —una pista insignificante de la realidad— para engañar.

Aunque en Inglaterra hay que hacerlo con sumo cuidado porque es más aceptable

alimentar el cuerpo que vestirlo. Sin embargo, ninguna de estas dos actividades se

considera importante. Nosotras, como todo el mundo, sabemos interpretar los signos:

el cárdigan es una prenda tan poderosa como el chaleco azul que Goethe le regaló a

Werther. Un regalo fatal.

Horas después, mientras esperaba la llegada de Dominick, estaba sencilla y

perfectamente vestida. Me había puesto un vestido azul marino con cinturón, el collar

de perlas y zapatos bajos de piel azul. Había cepillado mis cabellos hasta alcanzar su

habitual brillantez. Después de ponerme cremas hidratantes y de maquillar con sumo

esmero una leve máscara, mi rostro presentó a los ojos de mi marido la apariencia de

su bella esposa.

Quedó oculto que hacía poco me había enfurecido como un animal, que me

habían herido en lo más íntimo, que las ideas de violencia y ferocidad habían

rebasado los límites normales, que mi vida se había inclinado agonizante y se había

partido.

Porque yo era soberbia. Me habían rechazado y no podía permitirlo, jamás lo

permitiría en estos menesteres.

El conocimiento de la continuada traición a Elizabeth no había sido desagradable.

Aguardaba con ese conocimiento que yo podía transmitir o no transmitir. Lo

mascullaba en silencio durante los fines de semana y las comidas. Solo me lo decía a

mí misma, lo que había supuesto una satisfacción profunda. Y ahora también lo

perdería. Sin saberlo, Elizabeth me había derrotado, me había robado lo que me

pertenecía, porque sin duda Charles era mío.

Supe de la agonía de Charles. ¿Podría él soportarla? Tal vez resistiría un tiempo.

¿Se fortalecería el hábito de la abstinencia o se acrecentaría la desesperación hasta

suplicar como yo le había suplicado, en silencio? Seguramente algo debía sentir, algo

que azotaba las murallas de su cuerpo.

¿Suplicaría? No, no suplicaría, ya que de esa manera reduciría su necesidad. Yo lo

conocía. En semejante empresa era indefectible conocer al enemigo. Charles apartaba

de mí aquello que me pertenecía y, por tanto, era mi enemigo. Jamás. Orgullo.

Fortaleza. Paciencia. Las semillas estaban plantadas en él y crecían en mí. Charles

acudiría a recoger los frutos.