Envidia
Capítulo 15
CAPÍTULO XV
Helen y yo nos habíamos reunido para almorzar.
—Háblame de Charles Harding.
—¿Por qué quieres que te hable de él?
—¿No sabes que quiere comprar Alpha?
—¿Desde cuándo te importa? Nunca mostraste el menor interés por la empresa.
—Digamos que soy una mujer que no suele hablar de sí misma. —Reí.
—Sinceramente, no lo conozco tanto.
—Lo conoces más que yo. Dame una noción de qué clase de persona es.
—Es un hombre temido.
—¿Quiénes le temen?
—Le temen en el mundo editorial y en el centro financiero de Londres.
—¿Por qué?
—Porque es intelectualmente brillante. Matrícula de honor en Oxford. Se dice
que es un hombre de negocios implacable.
—¿Y es verdad?
—En realidad, no. Simplemente tiene éxito más allá de la ley de las
probabilidades.
—¡Por Dios! Ahórrate las explicaciones matemáticas.
—Te aseguro que no estoy compinchada con Dominick.
—Helen, cuando apareces en la tele y te veo analizar los resultados de esta o
aquella empresa, me acuerdo de la estudiante que cambiaba los exámenes de mates
por el perfume o el carmín que le apetecían.
—Nunca por los tuyos, querida. Siempre fuiste demasiado original para ocuparte
de adornos tan adolescentes.
—Helen, además yo prefería hacer mis propios exámenes.
—Igual que ahora.
—¿Qué quieres decir?
—Que le estás haciendo un examen a Charles Harding.
—Como ya te he dicho, es posible que esté a punto de comprar nuestra empresa.
—Humm…
Helen fue lo más próximo al concepto de amiga que tuve en mi vida. Por eso era
tan cautelosa con ella. Tenía el cabello pelirrojo y rizado, y penetrantes ojos de color
verde grisáceo. Cuando entrevistaba a alguien los abría desmesuradamente y lograba
que las preguntas más letales pareciesen benignas. Poseía cierto poder femenino muy
admirado por las mujeres de mi generación. Utilizaba los dones de la Naturaleza para
realzar una inteligencia perspicaz… sin otro propósito que socavar a los hombres
poderosos. Era extraordinaria en su oficio, amortiguaba la lujuria con cierta picardía y sospecho que sucumbía con poco placer. Nuestra relación contenía un elemento de
admiración y competitividad mutua.
—¿Conociste a su esposa?
—¿A Felicity? Solo superficialmente. La traté en contadas ocasiones, en la época
en que era la esposa mimada. Dicho sea de paso, siempre estuvo a la altura de las
circunstancias. Murió hace cuatro años.
—¿Cómo murió?
—Sufrió una larga enfermedad. Creo que tenía problemas cardíacos. El final fue
muy repentino.
—¿Tuvieron hijos?
—Uno; ya es adulto. Me parece que vive en Estados Unidos. Fue un largo
matrimonio. Que yo sepa, jamás hubo el menor escándalo. Charles Harding no es
material para las columnas de cotilleo. Es muy inteligente. Claro que podría haber
algún secreto, aunque… —hizo una pausa—, aunque superficialmente parece,
querida, que no hay más cera de la que arde. Se trata de un magnate viudo…
Conocía lo suficiente a Helen para reparar en la pausa y en las palabras ambiguas.
—¿Superficialmente? ¿Qué quieres decir?
Helen se repantigó en la silla y me observó con una especie de interrogante en la
mirada. Suspiró y preguntó:
—Ruth, ¿puedo confiar en ti? Lo que voy a decir es muy muy confidencial. —
Asentí con la cabeza. Helen hizo otra pausa y apostilló en voz muy baja—: El año
que precedió a la muerte de Felicity, y recuerda que llevaba tiempo enferma, sir
Charles tuvo una breve aventura con una joven. La chica estaba… perdidamente
enamorada de él. Deduzco que fue un lío muy intenso e imagino que muy pasional.
Sea como fuere, él intentó ponerle fin y la chica… se suicidó. Conozco a los padres
de la joven. Echaron tierra sobre el asunto porque su padre es consejero real y tiene
mucha influencia.
—¿Y Charles Harding?
—Quedó… totalmente desolado. Se consideró culpable. Felicity murió poco
después. Fue un golpe por partida doble para un hombre que, me figuro, se
consideraba capaz de manejar todo y a todos. Imagino que aún se siente responsable.
En ese momento comprendí la atracción que por Elizabeth experimentaba sir
Charles: sería el solaz perfecto de un alma culpable. ¿Y qué decir de la otra faceta de
Charles Harding, la «muy pasional»? ¿También estaba destinada a Elizabeth?
—Tal vez conozca a una buena mujer.
Sonreí a Helen. Deseaba romper la atmósfera de creciente intimidad que se había
formado en torno de nosotras. Mi amiga tragó el anzuelo y se convirtió en la Helen
pública.
—No hay muchas en el mundo —replicó y me sonrió.
—Sí que las hay. Y son igualmente letales.
Reímos y la conversación tocó a su término. Partí habiendo aprendido muchas cosas, aunque también supe que había revelado algo de mí misma. Algo que, en mi
caso, siempre era demasiado.