Envidia
Capítulo 16
CAPÍTULO XVI
Charles Harding nos invitó a todos a comer en su casa de Gloucestershire el domingo.
Nos presentamos con regalos o, más concretamente, con el regalo que era Elizabeth.
Sir Charles debería haber tenido cuidado.
Dominick y yo viajamos en coche en silencio. Un rato antes habíamos sostenido
una discusión sobre nuestro matrimonio. Dominick se había tendido a mi lado,
físicamente satisfecho o extenuado —lo que prefiráis—, mientras de su rostro
desaparecía cierta sensualidad solitaria. El cabello rubio le caía sobre la frente. Sin
gafas, sus ojos me parecieron desenfocados cuando me acarició la cabellera y
susurró:
—Ruth… me estás partiendo el corazón.
Suspiré.
—Ya tienes lo que querías: a mí.
No deberíamos tratar de apoderarnos de lo que sabemos que no nos pertenece,
aunque a través de un milagro se nos pueda volver accesible.
—Ruth, ¿sabes qué es una catástrofe?
—Creo que sí.
—No, quiero decir si sabes lo que significa en términos matemáticos. ¿Sabes lo
que significa la palabra catástrofe en matemáticas?
—No.
—Quiere decir que «un sistema perturba a otro». Tú me has perturbado, me has
invadido.
—Ya lo creo. Pero también existen otras invasiones.
Me levanté para ducharme después de la invasión: una mujer moderna,
movimientos modernos. Todo muy higiénico.
—Hemos tenido demasiadas conversaciones de este cariz.
Mi recuerdo de la mañana se esfumó y ahora estábamos en el coche.
—Es posible. Dominick, tú me perseguiste y yo no he incumplido ninguna
promesa. Mira, hace un día hermoso, disfrutemos de él. Será muy interesante ver a sir
Charles en su territorio.
Estaba deseosa de que entre Dominick y yo no hubiera ninguna tensión palpable.
Sería muy chocante, muy vejatorio delante de Charles. Por eso lo apacigüé.
Una mujer idolatrada —y por descontado que yo lo era— puede hacer lo que
quiera, sobre todo si comete poquísimos errores. Guardábamos el equilibrio: su amor
y mi frialdad. Me pregunté si Dominick comprendía hasta qué punto necesitaba ese
padecimiento. Probablemente no lo comprendía.
Frimton Manor Farm, la casa de sir Charles, me desconcertó. Se trataba de una mansión del siglo XVII, de piedra y de construcción baja, en las afueras de un pueblo
de Cotswold. En lugar de la grandeza y la opulencia que esperaba, la casa transmitía
arraigo y sosiego. Se alzaba tras una hilera de castaños que delimitaban una especie
de patio al cabo de una corta calzada de acceso bordeada de álamos.
Sir Charles salió a recibirnos al porche de piedra. Nos guio hasta un salón de
techo bajo en el que el fuego chisporroteante, los mullidos sillones y la vieja alfombra
que cubría el suelo de madera oscura dibujaban la imagen de la amorosa seducción de
otras épocas… y la recreaban con autenticidad. Esa casa no era falsa. Existía por sí
misma en estructura, decoración y olor. Me dije que, en caso de que hubiera
fantasmas, estarían allí porque se sentían cómodos. Y tal vez porque el paraíso les
había resultado algo aburrido.
Compartimos las habituales frases manidas.
—¿Hace mucho que vive aquí? —pregunté.
—Desde niño.
—Qué bonito. ¡Ay, por Dios!
—¿Cuándo adquirió su familia la mansión?
—La compró mi padre cuando se casó.
Se imponía una pausa.
Sir Charles fue amable pero se aburría. No lo censuré.
Llegó otro coche y un minuto después Elizabeth subió al porche. Noté cómo se
despejaba el rostro de Charles Harding. Ya no estaba aburrido. Ojalá no me enterase
de estas cosas. Elizabeth, de negro una vez más, le estrechó fugazmente la mano y
luego me besó. Ah, esos falsos besos fraternales de una falsa hermana.
Mis padres llegaron quince minutos después. Tomamos un almuerzo sencillo,
servido por una pareja que parecía formar parte de la casa tanto como la plata antigua
y las sencillas servilletas de hilo blanco. Tomamos el café en una sala pequeña. Nos
contempló el retrato de una mujer morena ataviada con un vestido de terciopelo azul.
Por sorprendente que resulte; fue Elizabeth quien hizo un comentario sobre su
belleza.
—Ese retrato es de mi esposa —explicó sir Charles. Reinó un breve silencio—.
Han transcurrido… cuatro años desde su muerte.
Sonaron amables murmullos de solidaridad. No albergaban mayor calor ni
sinceridad que las disculpas por haber molestado a alguien que dormía. «Lo siento
mucho. ¿Te he molestado?». Ya nada podía molestar a la modelo del retrato. Me
pregunté si, salvo en la muerte, alguna vez Felicity había molestado a sir Charles.
—Felicity adoraba esta casa y la vida rural. Casi nunca iba a Londres.
—¿Y usted?
—Por aquel entonces me gustaban los aplausos. En mis años mozos pensaba que
Londres era un sitio más adecuado que este para recibir aplausos.
—Ciertamente ha sido muy aplaudido —afirmó mi padre.
—Un poco, en mi mundo.
—Y también internacionalmente. Su trabajo para… —Papá mencionó una
organización internacional de defensa de los refugiados.
Se desarrolló una charla incoherente sobre el éxito y su compañera infaltable: la
adhesión a una buena causa. Paulatinamente sir Charles dio pie a que se dibujara un
retrato —un retrato muy atractivo— de sí mismo. Un retrato para Elizabeth, rodeada
por su familia.
A medida que sir Charles acechaba a Elizabeth, yo lo acechaba a él. Mientras lo
estudiaba no supe cuál de los dos tenía más práctica.
¿Acaso Elizabeth le recordaba a Felicity? El parecido físico no existía. El retrato
de Felicity representaba a una mujer menuda, morena y vestida de azul. ¿Tal vez
evocaba otras cualidades? ¿Cualidades de índole espiritual? Es imposible saberlo.
Los recuerdos —la convivencia con ellos y su muerte— emborronan buena parte
de nuestra vida cotidiana. Cogemos el ramo de sentimientos, sonidos y olores de hoy
para contemplarlos mañana. Y mañana Charles Harding añadiría la miscelánea del
presente a las imágenes del pasado. Imágenes que quizá me incluirían.