Envidia

Josephine Hart · Capítulo 5 de 31

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Envidia

Capítulo 5

CAPÍTULO V

 

Los hombres apuestos nunca me han interesado. No se debe a que los considere

vanidosos irremediables ni incapaces de amar profundamente, como suele creerse.

Nada de eso. Sé que la Naturaleza no es pródiga y que, si te dota de belleza,

seguramente no se siente obligada a ser generosa con otras cualidades.

Un día de estío en que Elizabeth se aproximaba a la treintena, llegó a Lexington

el motivo de sus asiduas visitas a Francia: Hubert Baathus.

Cruzó el jardín hacia mi tumbona, con su rostro sonriente y distinguido

exhibiendo la verdadera topografía de equilibrios y planos de claroscuro que vuelven

apuesto a un hombre.

Reconozco que, con un mínimo de originalidad, me planteé la seducción del

amado de Elizabeth; fue un plan concebido en la fracción de segundo de su llegada.

Empero, esta trivialidad no disminuyó ni podía disminuir, en modo alguno, el dolor

que ella padecería.

Sonreí a Hubert a pesar de la luz del sol y ofrecí mi mano a su perfecta

inclinación y al beso de caballero que evitó el contacto real.

—Elizabeth habla de ti con tanta admiración… que soñaba con conocerte.

—Eres muy amable —repliqué.

—¿Muy amable? ¿Se puede ser muy amable?

Helen, mi listilla invitada de aquel fin de semana, intervino:

—Hubert, has entendido la expresión al pie de la letra. En Inglaterra solemos

responder «eres muy amable» cuando queremos decir otra cosa.

Hubert me miró con ligero desconcierto.

—Estoy seguro de que he entendido bien lo que Ruth quiso decir. Me expreso con

excesiva torpeza. Soy algo pomposo… hablando en inglés.

—Nada de eso, hablas un inglés encantador —repliqué.

—Sí, claro, encantador. Ahora comprendo a qué se refieren los ingleses cuando

dicen «encantador». Capto el «matiz».

Hubert soltó una carcajada y Elizabeth sonrió delicadamente ante el ligero triunfo

de su enamorado.

—Es posible que Hubert se traslade a vivir a Londres durante tres o cuatro años

—dijo Elizabeth.

—¿De veras? ¿Para qué? —pregunté.

—Hemos abierto una sucursal del banco en Londres. Me quedaré una temporada,

hasta que todo esté encaminado, y luego regresaré a París.

—¿Supones que te gustará vivir en Inglaterra?

—Sí, estoy seguro. —Dirigió una mirada cariñosa a Elizabeth.

—¿Ya has vivido en Londres? —quise saber.

—Vivir, lo que se dice vivir, no, pero he realizado frecuentes visitas. Londres me

encanta, sobre todo el teatro… es el mejor del mundo. Da la sensación de que os

estoy halagando demasiado, ¿no?

—Nos agrada que nos halaguen.

Helen también sonreía a Hubert, pero su inteligencia perdía terreno frente al

encanto de Hubert.

Elizabeth estaba fascinada. ¿Por qué le interesaba a Hubert? ¿Acaso él deseaba su

alma? ¡En qué arma potente se convierte el alma cuando se la observa con la agudeza

necesaria para apreciarla! ¿Se lo habían tomado en serio? Elizabeth sí. ¿Y Hubert?

—Ruth… —Sobresaltada, me volví hacia mi madre—. Ruth, querida, pareces

ensimismada. Cariño, deberíamos pasar a la terraza, el almuerzo está servido.

Observé a Elizabeth y a Hubert mientras andaban hacia la casa. Él la había cogido

por la cintura y Elizabeth se apoyó contra el hombro de su amado, al que miró como

si esperara que le iluminase el sendero, incluso en un día de verano.

Caminé tras ellos. Mi sombra los alcanzó. Se detuvieron y se volvieron sonrientes

hacia mí. Me situé al lado de Hubert.

—Espero verte los fines de semana en Lexington cuando te traslades a vivir a

Inglaterra.

—Hubert empieza el mes próximo —explicó Elizabeth.

—¿Has comprado una casa en Londres?

—No. El banco posee un piso en Mayfair. Viviré allí, al menos en el futuro

inmediato.

Habíamos llegado a la casa. El almuerzo estaba servido en la terraza. Pliegues de

hilo blanco —una de las obsesiones de mi madre, cuyo armario de ropa blanca

irradiaba una pureza casi alpina— colgaban de la mesa rectangular y caían sobre la

piedra gris de la terraza. Estudié a Hubert mientras comía. Tenía mucho apetito pero

era discreto: una tensión interesante. Elizabeth sonrió regocijada cuando Hubert

felicitó a mi padre por la elección del vino, del que bebió bastante, aunque sin

pasarse. Pensé que rozaba el límite.

Elizabeth jugueteó con la comida, y prácticamente no bebió una gota. Elizabeth

nunca se acerca al límite. Su pintura no contiene peligros ni emociones. Hubert habló

como si me hubiera leído el pensamiento:

—Admiro profundamente la pintura de Elizabeth. Se ha comprometido con la

belleza. Está muy familiarizada con la tradición francesa. Nosotros no celebramos la

fealdad por el mero hecho de que resulte impactante. —Se volvió hacia mí y preguntó

—: ¿Comprendes?

—Sí, claro que sí —intenté ser diplomática—. Sin embargo, el arte con

mayúsculas siempre ha impactado, n’est-ce past.

—Así es, Ruth, pero Elizabeth no se considera una gran artista. No obstante, su

mirada es realmente penetrante. Es posible que con el tiempo os sorprenda a todos.

Intuyo que…

—Hubert, por favor, ya está bien —lo interrumpió una ruborosa Elizabeth—. En

realidad, es muy sencillo. Pintar es lo único que sé hacer y solo tengo una pizca de

talento, pero me hace muy feliz y mis modestos éxitos me alientan a proseguir con

mí…

—¿Con tu fascinación? —La ayudó Hubert.

—¡Maravilloso! —Exclamó Helen—. Formáis una pareja fascinante. Dios sabe

que no existen muchas.

—Ruth, ¿dónde está Dominick? —preguntó mi madre.

Si por un momento olvidaba rogarme que me casara con él, ocasionalmente

Dominick se convertía en una compañía amena durante los fines de semana en

Lexington.

—Está en Estados Unidos, mamá. Dará una serie de conferencias en Berkeley —

respondí.

La especialidad de Dominick —las matemáticas— era tan elevada que impedía

toda conversación relativa a su trabajo. Todas las preguntas que se le formulaban al

respecto estaban cargadas de temor —temor de que Dominick cayera en la tentación

de dar una explicación—. Leía ávidamente novelas modernas y despreciaba la

mayoría. Solía decir burlonamente: «Así tengo de qué hablar».

Pues sí, Dominick poseía sus encantos, a pesar de que conmigo había errado el

camino. Cualquier día tendría que quitármelo de encima. Yo abrigaba la esperanza de

que supiera marcharse con elegancia.