Envidia
Capítulo 27
CAPÍTULO XXVII
¡Qué envejecidos y arrugados estábamos la mañana siguiente! No hubo tregua. La
muerte exige una nueva vida. Después de la muerte no puede caer en la misma rutina
de siempre. Obtiene un doble triunfo: roba la vida y hiere fatalmente a los que
permanecen en este mundo. ¡Cuánto poder!
Y se sirvió del débil Dominick para despojarnos de cualquier esperanza de paz.
Como la armonía se había truncado para siempre en su vida, Dominick quiso ser
«recto» conmigo, con todos nosotros… por primera vez en años.
¿Dominick recto? Tal vez una línea. Parte de algo. ¿De un rectángulo? No, de un
triángulo. Aunque quizá no. Al fin y al cabo, éramos cuatro.
—Elizabeth, ¿sabías que Charles tenía una aventura con Ruth? —preguntó
Dominick.
Estaba tan quieta, sin moverse ni un ápice, que pensé que no lo había oído.
—Elizabeth, ¿me has escuchado? ¿Lo sabías?
—No.
—Dominick, ¿qué te propones? —pregunté.
—Revelar una verdad. Después de todo, acabamos de experimentar la verdad sin
tapujos. Todo esto es patético.
—En ese caso, ¿por qué lo haces?
—Porque lo necesito, Ruth, lo necesito. Ahora soy más valiente.
¿Valentía? ¡Por Dios!
—Hace poco caí en la cuenta de que era Charles. Ruth, antes de… antes de que
ocurriera esto pensaba que sin ti me moriría. Por aquel entonces no sabía nada del
dolor. Hace tres días no sabía nada. No quiero que lo que queda sea una mentira.
Deseo desesperadamente que en mi vida haya algo… real.
—Elizabeth, lo que Dominick ha dicho es verdad. —Confirmó Charles.
—Te agradezco que me lo digas —dijo Elizabeth. Se volvió hacia Dominick y
añadió—: Es sorprendente la cantidad de personas que podemos destruir con la
verdad.
—Lo siento, pero he tenido que hacerlo —dijo Dominick—. Al final cada uno
intenta salvar su propia vida.
—No todos, Dominick —dije—. William no lo hizo. —Recordé la última imagen
que tuve de mi hijo.
—Llevó a cabo un acto de arrojo y perdió —afirmó Charles.
—Ojalá no hubiera sido tan arrojado. Ojalá se hubiera salvado.
—Estoy de acuerdo, Ruth, estoy de acuerdo. Perder a Stephen y saber que su
asma provocó la muerte de William… es insoportable. —Elizabeth se echó a llorar.
Guardamos silencio. Luego prosiguió con voz queda—: Cuántas vueltas da la vida. Aquí, en Lexington, todo está roto. En esta casa en la que he estado tan callada. Toda
mi vida he permanecido callada, muy callada porque sabía… desde muy pequeña
supe que en realidad este no era mi sitio. Llegué aquí… a causa de una muerte. Había
heredado una pena. Pero fui aceptada y querida, y yo, por mi parte, quise mucho. Sin
embargo, nunca tuve la confianza necesaria para… para mostrarme caprichosa o
desagradable. Cuando Ruth nació me pareció todavía más importante. Cuanto más se
convertía en Ruth… en Ruth la salvaje, Ruth la peligrosa, Ruth la genial, más
necesitaba yo ser buena y callada. Esa fui yo: Elizabeth la buena. Ahora se ha
convertido en mi estilo de vida. El hábito se ha desarrollado. No conozco otro modo
de ser. Como podéis ver, me falta valor. Ni siquiera tengo arrojo para afrontar la
crueldad de Dominick. Y tampoco sé engañar… como has hecho tú, Charles. Y tú,
Ruth. Me falta… me falta valor… Me falta valor para asumir lo que habéis hecho.
—Te quiero, Elizabeth. Por favor, por favor, compréndelo… te lo ruego. —
Charles se acercó a ella y le suplicó.
Vi cómo le suplicaba. Díselo, Elizabeth, cuéntale cómo te ataqué. Díselo.
—Charles… querido Charles. No insistas. Algo me dice que no debemos seguir
juntos. Puede que estés hecho para Ruth y no para mí. Antaño tuve una relación
perfecta con Hubert. Es posible que, si continuara con vida, habría dejado de ser
perfecta… No, estoy segura de que no habría dejado de ser perfecta. Conservaré ese
recuerdo… si me lo permitís. Ruth, ¿puedo quedármelo?
—¿A qué te refieres?
«Ay, Hubert, perdóname. Te ruego que me perdones». —Elizabeth se dirigió a
Hubert por primera vez en años.
—Hubert es… fue tuyo y solo tuyo.
—Ya lo sé, Ruth, no necesito tu confirmación.
—Ya está bien, Elizabeth, te lo suplico. No quiero pasar por todo esto. —Charles
se aferró al borde de la mesa como si necesitara apoyo.
—Yo tampoco, Charles, pero debo hacerlo.
Todos la miramos y supimos qué haría. Al final hay algo pétreo en el corazón de
la bondad. Tal vez sea la causa por la cual, con demasiada frecuencia, evitamos la
bondad.
Más tarde se realizó la investigación de la muerte. Fue inútil porque la muerte
siempre comete el crimen perfecto. Nunca la han pillado. Utiliza infinitos disfraces:
el rostro de la enfermedad, un accidente, la violencia. La lista es interminable. La
muerte es cruel, divertida, macabra, desaforada, delicada. Es secreta. Y famosa. Se
oculta y de repente aparece. Es magnífica, patética, realmente patética. Y siempre,
absolutamente siempre, triunfa.
Hechos establecidos por medio de preguntas y respuestas. Un ataque de asma: el
de Stephen. Alguien que no sabía nadar: Ben. Un héroe: William; pedaleó a toda
velocidad en la bici en un valeroso intento de salvar a Stephen, que se sumergía en el
agua, desesperado, medio asfixiado a causa del asma… William fue un héroe fracasado. Y hubo dos muertes prematuras. Me formularon ciertas preguntas que no
quise oír pero a las que di respuesta, aunque no dije la verdad.
Elizabeth se marchó después de la investigación.
A los ojos de Charles me convertí en Judas Iscariote. Aquella noche, él también
abandonó Lexington. Y yo me desgarré las vestiduras.
Regresó meses después. Supongo que por debilidad. Elizabeth fue inflexible,
absolutamente sorda a todas sus súplicas. Se había ido a vivir a un lugar perdido de
Escocia, en una casa a las afueras de un pequeño pueblo. Para pintar. Pensé que era
paradójico que su modesto talento pudiera sustentarla.
Recibí a Charles agradecida, porque sabía que me amaba hasta los límites que era
capaz de alcanzar. No es culpa de él que yo superase esos límites. Me sentía sola y
había descubierto que lo anhelaba… constantemente. Decidí ser fiel a algo. El deseo
era muy real. Entonces me pareció —y todavía me parece— suficiente.