Envidia

Josephine Hart · Capítulo 28 de 31

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Envidia

Capítulo 28

CAPÍTULO XXVIII

 

Ahora vivimos en Lexington. Vendimos el piso de Londres, mi hogar con Dominick y

William.

El estudio de Elizabeth ha sido alquilado a una joven pintora, Beatrice, cuyo

apellido he olvidado, una joven que poseía un aire interesante. Jamás la visitamos. La

agencia inmobiliaria se ocupa de cobrar el alquiler.

Charles ha cedido Frimton a su hijo Christopher. Regresó a Inglaterra casado y

con dos hijos pequeños. No lo visito.

Volví a Lexington por mi madre. Fue un acto de bondad repentina… ¿o acaso una

expiación? Elizabeth se había despedido de ella. Su última crueldad fue

extraordinaria, pero mi madre no quiere oír una sola palabra en su contra y siempre

dice «Comprendo». Yo también… hasta cierto punto. De todos modos, de la

comprensión a la aceptación hay un largo trecho y yo ni siquiera me he puesto en

camino.

La posibilidad de divorciarse de Elizabeth está descartada. Charles dice que no le

importa. Por lo que sé, ella no espera su opinión al respecto. Así que este hombre y

yo vivimos en Lexington. Nuestros cuerpos se entienden. Aún se mueven juntos… de

una forma que tal vez fue programada antes de que naciéramos. Después de hacerlo,

Charles me da la espalda, tranquilo, experimentando dolor y placer.

Continuamos embotados hasta cierto punto. La superficie de nuestras vidas es

tensa, pero ahora la conocemos y produce menos angustia de la que cabría esperar.

Cuando me mira con odio, cosa que a veces hace, yo encajo el golpe. Y me cubro

cuando mi desnudez lo ofende. Hubo un tiempo en que yo era una diosa.

Donde otrora busqué pistas para comprender a Elizabeth, ahora tengo cuanto

necesito para estudiarla: fotos, cartas, ropa, perfumes, jabones, libros. Y a su marido.

Pero sigo sin conocerla.

Cuando Charles no está en casa —algo que ahora ocurre menos a menudo—, voy

a la habitación de Elizabeth. Me miro en el espejo y uso su pequeño conjunto de

cosméticos y artículos de tocador. He comprado una peluca rubia. Metamorfosis.

A veces llevo durante horas su ropa, su cara y su pelo. Me miro largamente en el

espejo y recuerdo que una profesora decía que el diablo nos devuelve la mirada… si

nos contemplamos demasiado en el espejo. El diablo no me devuelve la mirada, pero

si lo hiciera, ¿sería capaz de reconocerlo? Elizabeth no me devuelve la mirada, por

muy limitada y artificialmente que me parezca a ella. Ruth tampoco me devuelve la

mirada. No soy Ruth ni Elizabeth, sino simplemente una imagen, fragmentos de mí y

fragmentos de ella.

Jamás se me ocurrió construir este mutante en presencia de Charles. Temía que él

viera su horror y pudiera matarlo.

Pero mi creación, como la de Frankenstein, descubrió su propia vida. A pesar de

que suponía que no estaba en casa, en cierta ocasión, mientras cumplía mis puntuales

y cotidianos recorridos de penitencia en torno del lago, uno por William y otro por

Stephen, Charles se encontró con mi creación.

Rompió a sollozar y se abalanzó sobre el mutante para poseerlo.

Todo fue distinto: los movimientos, los suspiros, el ritmo.

Después tuve la impresión de que conocía mejor a Elizabeth.

Mientras Charles regresaba en silencio a Lexington, a orillas del lago me quité la

peluca rubia, los tejanos azules y la camisa blanca. Humedecida por las lágrimas, me

sumergí y nadé en medio de las amargas aguas de abril hasta el otro lado, ida y

vuelta.

Experimenté reminiscencias, desde luego, de la estatua que representa la

adolescencia humana. Pero ya la conocía bien.

Aún tengo momentos en los que soy magnífica, voluptuosa, en los que yo, Ruth,

retozo apasionadamente entre las sábanas o en el suelo, y lo hago por él.

Pero son menos frecuentes. No guardo resentimientos.

¿Y Dominick? Bueno, Dominick se marchó. No lo hizo en silencio, sino con toda

la ira y la amargura de que su alma agotada pudo hacer acopio. No se lo reprocho. Se

instaló en California, regresó a la vida universitaria. Es muy apreciado en su

ambiente. ¿Habéis sabido algo de él? Pasó por un corto período de intensa

promiscuidad. Me escribió sobre esta faceta de su nueva vida. He quemado la carta

por si en su nueva vida tiene otro hijo.

Hace unos años Dominick se casó con una mujer estereotipada, alta, rubia e

inteligente, quince años más joven que él. A veces lo pienso y sonrío. Me figuro que

es adorado como antaño me adoró él a mí. Ha conseguido la armonía. Por fin ha

alcanzado el equilibrio.

Sin duda cuenta historias acerca de mí. ¿Quién sabe? Tal vez dice la verdad.