Extraño verano
Capítulo 8
Después de una noche prácticamente en vela, le despertaron los primeros rayos de sol que se colaron por debajo de la puerta de su habitación. Por primera vez desde el comienzo del extraño fenómeno, había dormido con todo cerrado para poder aislarse, y se despertó empapado en sudor, acalorado y con un fuerte dolor de cabeza, producido tal vez por la deshidratación.
No se oía ni un ruido. Tras el despertar tan agitado de la mañana anterior, nada le podía reconfortar tanto como el silencio. Respiró un par de veces, controlando el ritmo, antes de decidirse a abandonar la cama.
Abrió la puerta del dormitorio con cuidado, como no queriendo romper la paz que parecía reinar en todo ese mundo. Se dirigió a la cocina, escondiéndose entre las sombras que poblaban la casa. Sin poder explicarse del todo el motivo, prefería que nadie le viese desde fuera, que no pudiesen detectar su presencia.
Preparó café, aliviado al ver que seguían teniendo luz eléctrica. Abrió su último cartón de leche y se coló hasta la ventana del salón para poder ver sin ser visto.
Frente a él, Irene pintaba en su salón, moviéndose de un lado a otro como en trance. Parecía estar hablando sola, o, para ser más preciso, hablando con la imagen que se veía en el lienzo. Desde su posición, Manuel no podía distinguir en qué estaba trabajando «la joven de la perla», pero tuvo la sensación de que no estaba siendo ni placentero ni reconfortante para ella. Excitada, casi en ebullición, se encaraba cada poco tiempo con aquella imagen. Cada pincelada nueva le hacía revolverse y luchar.
Un piso más abajo, Miguel ocupaba su mesa de trabajo escribiendo, como cada día desde que llegó a aquella urbanización. Con oficio, con un horario y una pauta de trabajo que permanecía inmutable, siempre en la misma postura. No sabía en qué estaba metido, pero no hacía demasiado tiempo, Manuel había leído el libro que le llevó a la popularidad entre los especialistas y los críticos más exigentes; y le gustó. Entre el público generalista, la cosa no había ido tan bien, pero al menos le daba para vivir de escribir en exclusiva, algo con lo que siempre había soñado. Era una novela oscura, una especie de tratado sobre los dolores del alma y la necesidad de acostumbrarnos a ellos. Con un personaje principal que, por familiar, atraía la curiosidad de un lector que podría distinguir en él rasgos que se había cansado de ver en otras personas y que, en muchos casos, los había pasado por alto. Cuando lo leyó, Manuel tuvo la tentación de preguntarle cuánto de autobiográfico había en todo ello, pero lo dejó pasar. En ocasiones, los misterios son más felices viviendo entre sus sombras.
En el patio, unos metros más abajo, José se esforzaba por recuperar el tiempo perdido el día anterior, como si la rueda implacable del mundo que marcaba el tránsito del descanso al trabajo, no se pudiese detener ni un solo día. Desde que aquel fenómeno comenzó, incluso en los días más calurosos, no había abandonado su tarea, aferrándose a ella como quien se aferra a un tablón mientras flota en el medio del mar. Era su carné de acceso a la cordura y, en cierto modo, un golpe de realidad que les venía muy bien a todos, algo así como un: no detengan su tarea, que el mundo seguirá cuando todo esto haya pasado. Lo que no podía garantizar es que estuviesen allí para verlo.
Observó que José llevaba puesto su cinturón de herramientas, con un martillo grande colgando. Se preguntó si estaría preparado para arreglar algo o si, tal vez, lo llevase para defenderse de una posible amenaza. O para atacar, que también podría ser el caso.
Todo seguía en silencio. Hasta el portero parecía ser todavía más sigiloso de lo que acostumbraba a ser. ¿Habría cundido ya el pánico entre los vecinos? ¿Habrían empezado ya los recelos y las sospechas? Manuel no dudó en que no tardaría en comenzar la caza de brujas y la búsqueda del culpable, o del tonto útil. Y aquella comunidad, hasta ese momento relativamente bien avenida, se convertiría en una jungla de sentimientos y de miedos.
Miró su estación meteorológica. Eran las siete y media de la mañana y ya superaban los treinta grados. Les esperaba otra jornada de calor abrasador.
Terminó su café y se preparó una pipa. Se alejó un poco de la ventana para poder fumar sin ver visto. Después, se dirigió a su mesa a trabajar un rato en sus memorias.
Ese silencio y ese calor tempranero, más que a cualquier mañana, le llevaron de viaje a las tardes de verano en el pueblo, cuando de niño penaba las siestas mientras los adultos fallecían unas horas hasta que la temperatura bajaba y el mundo volvía a ser un lugar habitable. Ahora se reía de aquel calor, pero en aquel momento, parecía que se acabase de abrir una zanja al infierno y que el fuego de este se escapase. Tumbado sobre la cama, las más de las veces, vistiendo tan solo unos calzones de tela y una camiseta sin mangas, leía historietas de vaqueros y libros de aventuras. Con la mosquitera manteniendo a raya a todo cuanto bicho volante hubiese, dejaba pasar las horas sintiéndose parte de aquellos paisajes del lejano oeste donde, en cualquier momento, podías ser asaltado por alguna banda de malhechores. Siempre terminaban bien, y el vaquero volvía al pueblo, a beber en el salón y a enamorar a la dama que le había entrado por el ojo al héroe. Era una vida feliz, donde los buenos y los malos interpretaban a la perfección su papel. Sin confusiones.
Aquella dama, no demasiado tiempo después pasó a llamarse Adela, y ya no se separaron más. Y se hizo mayor, y la siesta pasó a ser un consejo más que un deber, y cambió la cama y la mosquitera por la orilla del río, cerca de un remanso donde poder remojarse cuando apretaba el calor. Y conoció los besos y las caricias, y supo de la vida.
Se giró hacia una de las fotos que tenía en su pequeño estudio. Sabía que, allá donde estuviese, Adela también recordaba esos momentos. Con menos lírica y más pragmatismo, pero con una sonrisa en los labios.
El día fue gastándose, lentamente. Cada poco tiempo, Manuel consultaba la temperatura y se acercaba a la ventana a ver si todo seguía igual.
Nada pareció ocurrir esa mañana. Nadie entró ni salió de los portales. No se escuchó una voz. Carla no subió las persianas de su bajo, atrapada seguramente por su dolor y su soledad. Arancha no se dio su baño. Ni rastro de los niños.
Irene continuó pintando, cada vez más cansada y menos activa. Miguel escribía y escribía. Como un reloj que diese la hora con precisión.
Pensó en ese Miguel enfadado y fuera de sí de la noche anterior. Jamás lo había visto así; ni siquiera parecido, siempre tan educado y respetuoso. Afable diría él.
¿Qué habría querido decir cuando le soltó a Paco eso de «bebiendo o… o vete a saber haciendo qué»? ¿Qué escondía aquel interrogante? Manuel no pudo reprimir una sonrisa al darse cuenta que, justo con ese calor tan insoportable, en ese mundo antes maravilloso, estaban apareciendo cada vez más nubarrones.
Comió algo de arroz con una lata de conservas y decidió perder un poco el rato intentando dormir la siesta. Afuera, todo seguía en silencio.