Extraño verano

Enrique Vidal · Capítulo 41 de 46

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Extraño verano

Capítulo 40

Tenía tiempo para pasarse por casa de Irene antes de la cena. Desde que terminaron el encierro no la había vuelto a ver. Recluida en su casa, Manuel supuso que «la joven de la perla» estaría lamiéndose las heridas que, inevitablemente, todos se habían hecho desde que la locura comenzó.

Antes incluso de llegar a la entrada de su vivienda, pudo sentir que «la joven de la perla» volvía a ser una suerte de tigre encerrado que luchaba por vencer su ira. Llamó a la puerta.

—¿Quién coño será? —La escuchó bramar desde el salón. No era el recibimiento que estaba esperando. Se acercó a la puerta y Manuel notó como separaba la pestaña metálica que recubría la mirilla—. ¡Eres tú! —dijo en un tono no mucho más conciliador.

—¿Quién iba a ser si no? ¿Acaso recibes tantas visitas en este triste edificio como para ponerlo en duda? ¿Puede que alguien se esté haciendo la interesante? —rio.

—¡Pues yo qué sé!, cualquier desgraciado que venga a molestarme. O a asesinarme, que por estos lares se estila bastante la tontería de ir matando…

—¡Relájate! No vas a solucionar nada con esa actitud de plañidera —intentó consolarla Manuel con una medio sonrisa.

—Si ya lo sé, ya lo sé. Es que todo es un desastre.

Parecía que en cualquier momento fuese a ponerse a llorar. Estaba compungida y superada por los acontecimientos. Manuel intentó que se calmase, pero no parecía que fuese a ser tarea fácil.

Irene le invitó a entrar con un ademán. La casa estaba patas arriba, con ropa manchada y tirada por las esquinas, pinceles en el suelo y sobre la mesa y una mezcla de olores extraños. Varios cuadros sin terminar llenaban los espacios que dejaban el resto de objetos. Cuadros en todos rojizos que mostraban dolor y desconsuelo.

—Deberías empezar por recoger un poco esto si quieres que las cosas empiecen a mejorar —le dijo.

—Deberías empezar por meterte en tus asuntos si de verdad quieres que mi vida comience a mejorar —replicó una cada vez más enfadada Irene. No iba a ser fácil calmarla en esta ocasión.

Llegaron hasta el salón después de recorrer el pequeño pasillo que hacía de recibidor. No sin dificultad. Era tal la cantidad de cosas que había por allí tiradas que Manuel se alarmó. Era como si su amiga, su protegida, estuviese perdiendo la cabeza ante aquella locura.

El salón no estaba mucho mejor. Como si de un enorme sauce llorón se tratase, del techo colgaba una ingente cantidad de cuadros. Apilados unos contra otros, casi todos a medio terminar, mostrando todavía los trazos del lápiz que había servido de guía para las pinturas. No le fue fácil percibir qué guardaban aquellas obras, creadas utilizando tonos rojizos y oscuros. En algunas se veían sombras que salían de caras con bocas desencajadas, como si el alma se estuviese marchando al infierno. En otros niños, huyendo dejando tras de sí un reguero de miedo.

Manuel movió uno de los cuadros y fue como si, de golpe, todos iniciasen un baile coordinado, con el sonido seco de la madera que sostenía los lienzos sonando de fondo. Un mundo de locura al que acompañaba un olor fuerte, mezcla de otros tantos. Temió que alguno se descolgase con el vaivén, pero Irene se había preocupado de sujetarlos bien. Manuel no se cansó de observar el baile de arte que se acababa de desplegar ante él. No perdió detalle. «Si la locura de un artista es esto, bendita locura», pensó. Los olores y aquellos cuadros danzando se metieron en su cabeza sumiéndolo en un estado de trance.

—¿Es que vas a seguir pasmado mucho tiempo? —Irene lo sacó de su aturdimiento.

—Perdona. Desde que se desató la locura, he perdido la costumbre de sentarme a mirar sin hacer nada más. ¿Podrías traerme un poco de agua? No me encuentro demasiado bien —recordó el güisqui que acababa de beberse hacía muy poco tiempo con Lola y se le revolvió el estómago.

«La joven de la perla» le hizo un gesto indicándole que le acompañara a la cocina. Allí también había llegado el huracán. Restos de bolsas tiradas por el suelo y platos apilados en el fregadero, mostraban un aspecto realmente aterrador de aquella estancia.

—La comida que nos trajimos después del encierro se me perdió casi toda. Mi frigorífico debe de estar estropeado y no pude hacer gran cosa. ¡Joder! Todo se ha perdido. Como cuando me vine a este lugar asqueroso. Ya nada me sirve y no sé si podré arreglármelas.

—Irene, necesitas ayuda —dijo Manuel, mientras aceptaba el vaso que la joven pintora le ofrecía—. Esto está siendo una auténtica prueba de fuego para todos, pero sola es muy difícil que lo superes.

—¿Y qué te hace creer que quiero superarlo? Nunca entiendes nada. ¡Ahora quiero seguir con mi vida y no puedo! No podré terminar nada de lo que he empezado. Perderé el trabajo y todo lo demás. Pero tú no entiendes nada…

Manuel le dejó hablar, desahogarse. Irene necesitaba ayuda, ayuda de verdad, pero ese no era el momento de insistir. Mañana la intentaría sacar del fango en el que se había metido, con luz y paciencia, dos de las cosas que más le habían ayudado a él a lo largo de su vida.

La seguía escuchando de lejos. Una retahíla de quejas desconectadas unas de otras. Un tambor de guerra permanente. Prefirió marcharse sin despedirse. Fue alejándose de los gritos hasta que llegó a la puerta mientras seguía sorteando cuadros.

«¿Cómo habrá hecho para seguir pintando todo este tiempo?», pensó mientras cerraba la puerta del piso de Irene.