Extraño verano

Enrique Vidal · Capítulo 8 de 46

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Extraño verano

Capítulo 7

Dormía cuando le despertó un ruido que venía de la puerta. Era algo así como el sonido de unos dedos arañando la madera. Estaba todavía algo aturdido por el vino y el calor. Se levantó de la butaca y se recolocó la camisa. El sonido no cesaba.

Se acercó a la mirilla. El pasillo estaba a oscuras y no consiguió ver quién estaba al otro lado de la puerta. Le dio al interruptor de la luz de la entrada, pero habían vuelto a quedarse a oscuras. Calculó que ya eran más las horas que pasaban sin luz, que las horas en que el suministro funcionaba correctamente.

Abrió la puerta con cautela. Al otro lado, Irene esperaba entre asustada y ansiosa.

—¿Irene? Pasa, no te quedes ahí.

—Espero no molestarte. Yo…

—Pero pasa, de verdad. ¿Te ocurre algo?

—No, no, es solo que todo lo de esta mañana me ha dejado mal cuerpo y necesitaba estar con alguien —balbuceó la chica—. ¿No te importa?

—En absoluto —respondió Manuel—. A decir verdad, a mí también me ha dejado consternado todo.

—Ya, pero es que, es que, ¡estaba allí cuando miré por la ventana! Lo vi, colgado, ¡crucificado!

—No pienses en eso ahora. Pasa y siéntate donde te parezca bien. Voy a subir un poco las persianas para que entre algo de luz. ¿Quieres café? —preguntó—. No tenemos luz, pero ya me he acostumbrado a dejarlo preparado y así, cuando la electricidad vuelve a visitarnos, me sorprende.

»Hoy hemos pasado de los cincuenta grados —dijo sonriendo—. Tengo muchas ganas de que termine este calor, pero puestos a buscarle algo gracioso, hay días que digo: “Ojalá acabe pasado, pero que mañana lleguemos a sesenta, así batimos nuestro propio récord”. Nunca he sido demasiado competitivo, pero en esto me estoy descubriendo a mí mismo.

—Es una forma de consolarse. Estaba viendo esa foto de ahí. ¿Es tu mujer? — preguntó.

—Era, más bien. Falleció hace unos años. Demasiados diría yo, que sigo contando los días cada mañana.

—¿La querías mucho? Perdona si estoy siendo muy preguntona.

Pero Manuel ya no escuchó la petición de perdón. Su mente acababa de salir de viaje a unos años atrás, a un salón algo más grande que ese, donde, sentados en la mesa camilla, escuchaba con Adela las preguntas que les hacía su hija Ana. Siempre tan fantasiosa, siempre queriendo saber. Preguntas sobre lugares lejanos y sobre personas distintas. Preguntas que luego se empeñó en responderse, embarcándose en viajes hacia sitios lejanos que la habían arrancado de las entrañas de su casa. Preguntas para no volver.

—Sí, la quería mucho. Y todavía lo hago. Pensarás que soy un viejo chiflado, pero de vez en cuando le hablo y le comento cosas, de historias que hemos vivido y demás. Y también le digo que me espere, allá dónde esté.

—¡Qué bonito, Manuel!

—¿Tú crees? —soltó él, pensativo—. Irene, me recuerdas a mi hija Ana. Tienes ese brillo en la mirada de quien está siempre despierto, queriendo saber y llegar donde otros no llegan, la mirada de quienes no se conforman con la superficie y tienen que raspar hasta llegar a ver qué se encuentran.

—No sabía que tuvieses hijos. No vienen mucho por aquí, ¿me equivoco?

—La verdad es que no. Cosas de la vida. Cada uno va por su camino. Puede que este calor, que ha reducido la velocidad de la existencia al mínimo, nos sirva para reflexionar y nos volvamos a unir. ¿Quién sabe?

Preparó algo para comer. Seguían sin luz, así que tuvo que recurrir a unos pimientos rellenos de atún, algo de salmón ahumado con queso de untar sobre unos panecillos tostados, y un poco de lechuga deshidratada de guarnición. Para beber, el resto de la botella de vino que Manuel había dejado reposando antes de su cabezada. Menos daba una piedra.

Cuando estaban terminando de comer, les sorprendió el sonido de la cafetera. Había vuelto la luz y el café estaba casi listo. El olor lo llenó todo, reconciliándoles con el mundo por primera vez desde esa mañana.

Cuando terminaron, Irene se sentó a su lado en el sofá, a escucharle contar historias de cuando era más joven y vivía en el pueblo y el calor les impedía salir hasta que el sol caía un poco. Por mandato materno, que era ley en aquellos tiempos. Fue cerrando los ojos al irse dejando caer sobre el hombro de Manuel. Durmió profundamente.

Manuel aprovechó para sentarse a escribir otro rato. No se había dado cuenta hasta ese momento de cuánto necesitaba la compañía de alguien.

Cuando Irene se despertó, lo encontró ensimismado trabajando en sus memorias.

—¿Qué escribes? —le soltó sin darle tiempo siquiera a asimilar que la chica ya estaba despierta y que su rato de escritura estaba llegando a su fin.

—¿Has descansado algo?

—Un poco, pero desde que empezó este calor, siento que nunca es suficiente.

—Normal. No creo que nadie pueda descansar con este tiempo —sonrió—. Estoy escribiendo sobre la primera vez que vi un muerto de cerca. Antes me vino a la memoria ese instante, pero ahora he sido capaz de recordar algunos detalles con una nitidez asombrosa, cosas que no quería dejar pasar y que pedían tinta para acabar siendo parte de esta especia de tatuaje que es un manuscrito.

—¡Qué bien traído ese recuerdo! —contestó una Irene mucho más calmada, a quien la siesta había sentado de maravilla—. Veo que tienes una buena colección de libros. A mí no me gusta demasiado leer. Leo cosas sencillas, novelas de esas que están de moda cada poco tiempo, pero prefiero pintar. Me hace sentir más libre, y ocupa mi mente de una manera, digamos, más sana. ¿A qué te dedicabas antes?

—Fui profesor de literatura y de historia. Donde viven los sueños, guardo una caja con el proyecto de marcharme a algún país lejano, Estados Unidos, tal vez, y dar clase de literatura en alguna universidad de allí, de una asignatura de postgrado, a la que la gente venga por pasión. Estudiaríamos la influencia de los clásicos europeos en la literatura norteamericana y acabaríamos el año publicando un libro de relatos escrito entre todos. Pero esa caja está ahora cerrada y bien cerrada. La edad no perdona, así que soy carne de marcharme a un pueblo pequeño donde acumular deseos no cumplidos.

»De todos modos, disfruté mucho dando clase. Recuerdo el nombre de un buen puñado de alumnos que me marcaron. De esos, créeme si te digo que aprendí más de lo que les enseñé.

»Releer libros de Historia, me hace culparme poco por el presente —se encendió una pipa que acababa de preparar.

—Eso es muy útil, ¿sabes? —Manuel le escuchaba atentamente—. Yo en cambio sí me siento culpable. Puede que tenga que leer esos libros que dices.

Estuvieron charlando un rato, hasta que Irene le dejó seguir con sus quehaceres, mientras ella le echaba un vistazo a los libros de las estanterías.

Seguía apretando el calor, pero esa tarde, con la compañía que se hacían mutuamente, pareció ser menos. Por primera vez se habían invertido los papeles. A Irene le resultó gracioso y estuvo un rato reflexionando sobre el frío que desprenden los cuerpos. Pensó que aquello valía un cuadro. Un cuadro con dos cuerpos azules frente a frente, en un mundo que ardía a su alrededor, en rojo sangre.

Manuel miró el reloj. Eran casi las siete de la tarde y tenía que bajar a hacer su guardia delante del cuarto donde descansaba el cuerpo del muchacho.

—Puedes quedarte aquí si crees que te sentirás mejor —le dijo a Irene, mostrándole su sonrisa más franca. En el fondo, él quería que se quedara.

—No, necesito que me dé el aire, aunque sea este aire asqueroso que tenemos. Bajaré contigo.

Manuel volvió a bajar las persianas un poco para dejar la casa en penumbra y crear, con ello, una falsa sensación de frescor que le agravada al regresar. Fueron hasta el portal.

Paco había abandonado su puesto de centinela. Ni estaba ni se le esperaba. Los dos sabían que, a esa hora, y con todos recogidos en sus casas, Paco andaría por la zona de los trasteros, lamiendo los restos de alguna botella de vino. Pobre hombre.

Dentro del cuarto de la comunidad, Carla dormía apoyada contra una mesa. Frente a ella, un reguero de agua, fruto de los hielos que, periódicamente, iban vertiendo sobre el cuerpo de su novio para mantenerlo fresco. Le despertaron con cautela.

—Chica, será mejor que te vayas a casa a descansar —dijo Manuel—. Descansa un poco que te hará falta. Si quieres, Irene puede acompañarte —le guiñó un ojo a esta buscando su complicidad.

—Lo agradezco, pero prefiero estar sola. Iré a ducharme y vendré dentro de un rato. Me vendrá mejor que dormir. Quiero guardar las pocas ganas que tengo para esta noche.

Se marchó y los dejó allí a los tres.

—¿No prefieres irte a descansar tú también, Irene? Ha sido un día difícil para todos.

—Me quedaré contigo, Manuel.

Se sentaron un poco alejados el uno del otro. Allí, postrado sobre aquella mesa, descansaba el cuerpo del joven.

Manuel lo estuvo observando durante un buen rato. Pensó en aquel como un joven que no le había dado descanso a su novia en vida, y que ahora era injustamente llorado, a ojos de todos los demás. Pero ¿quiénes eran ellos para juzgar y entender lo que ocurría de puertas para adentro de aquella casa? Quizás Carla no había sabido separarse a tiempo de él. Y ahora estaba muerto, con un tajo profundo en la garganta y dos agujeros a los lados del cuello, y ella, que era la verdadera víctima de una vida que no se merecía, parecía estar desolada y sentirse culpable. ¡Qué injusticia!

Carla tendría que hacer un esfuerzo enorme por salir de ese agujero, pero ni siquiera Manuel tenía claro cuánto tardaría en poder salir de aquella urbanización. «Cielo del Sur» era ahora el infierno.

Las cosas iban a ponerse todavía más difíciles. Si el calor no remitía pronto iban a volverse todos locos. Aquella chiquilla necesitaba cuanto antes salir de allí. Irene tenía miedo de estar sola, el problema con el alcohol de Paco se estaba agravando, y él se sentía cada más viejo y cansado. Y echaba de menos a sus hijos. Tenían que haber llegado a superar los cincuenta grados para que se diese cuenta de que necesitaba verles. ¿Estarían bien?

La tarde empezaba a caer y el cuarto iba, poco a poco, sumiéndose en penumbra. Antes de que cayera la noche, tenían que tomar una determinación.

Llamó a José, que en toda la tarde no había salido del cuarto de calderas. Le pidió que reuniese a los vecinos y esperó en el portal de acceso a la urbanización.

Miguel y Arancha no tardaron en aparecer. Lola, la mujer de Paco, tardó un poco más. Le excusó diciendo que había preferido quedarse él al cuidado de los niños. Todos sabían que no era verdad. Alonso y Carlos, como era de esperar, no dieron señales. Le tocó improvisar.

—¿Estamos todos? No sé cómo deciros esto, pero tenemos que tomar una decisión. Hay que aprovechar que la chica está descansando. El cadáver no puede seguir aquí por más tiempo. Ya sabéis. Debemos de estar a unos cuarenta y muchos grados a esta hora, y la cosa no parece que vaya a mejorar. Los de emergencias no van a venir. Que nadie se lleve a engaño. Ahí fuera, la gente debe de estar cayendo como si de una epidemia se tratase. Y este es un muerto más. Como tantos otros. Así que todo está en nuestras manos —dijo Manuel, con rostro serio.

—Entonces, ¿qué propones que hagamos? —susurró Lola, como si no quisiese despertar al muerto.

—Creo que está diciendo que nos deshagamos de él. ¿Me equivoco? —recalcó Miguel.

—¿Y qué otra cosa podemos hacer? —preguntó Manuel, ya más calmado viendo que su plan no había calado tan mal entre los vecinos—. Cuando todo pase, ya tendrá el entierro que le quieran dar, pero ahora no tenemos más margen de maniobra.

Se miraron en silencio. Sabían que Manuel tenía razón, pero nadie estaba seguro de dar un paso tan arriesgado.

—Estoy de acuerdo contigo, Manuel —dijo Miguel, apoyándole una mano en el hombro para darle apoyo en un trance así—. Iremos a ver a Carla para decirle que tiene que despedirse de él. Esta noche nos desharemos del cadáver.

Todos parecieron estar de acuerdo. Después, algo conmocionados, se dirigieron al bajo a contarle a Carla el plan. Se ahorraron los detalles innecesarios y esperaron a que fuese sola a despedirse. Fue una media hora enormemente larga.

Cuando Carla salió del cuarto, envuelta en lágrimas, le dejaron meterse en su casa y se pusieron en marcha.

Mientras Lola y Arancha hacían compañía a la chica, José y Miguel sostuvieron el cuerpo en alto para que, entre Miguel e Irene, que hacía esfuerzos por contener las ganas de vomitar, pudiesen envolver el cadáver en sábanas grandes. Pasándose la tela por encima y por debajo del bulto, lo enrollaron hasta que adquirió el aspecto de una cápsula de enormes dimensiones. Cuando terminaron la tarea, ataron cada extremo con unas cuerdas que José encontró en el cuarto de mantenimiento y lo depositaron de nuevo en la mesa.

Entre los cuatro, lo cargaron hasta la puerta. Fue cuando apareció Paco. Borracho, manchado y tambaleándose, se apoyó contra la puerta de salida y les dijo:

—¿No se os ocurrirá salir con él?

—¿Tienes otro sistema? —replicó Miguel, encarándose con él—. A lo mejor, como te has escaqueado toda la tarde, has tenido tiempo para pensar un plan. Puede que estemos todos equivocados y no hayas estado bebiendo, o vete a saber haciendo qué —dijo, mientras los ojos de los demás se posaban en él. Nadie había visto jamás a Miguel enfadado, y en su tono de voz parecía esconderse algo más que un mero reproche por haberse ausentado toda la tarde; al fin y al cabo, no se podía obligar a nadie a estar allí.

—¡Déjame en paz, idiota! —balbuceó Paco—. Solo digo que nos vais a condenar a todos como violéis la norma de salir al exterior.

Paco se mostraba cada vez más vehemente, y fue imposible detener a Miguel.

—¿A ti nunca te han roto los dientes, verdad? —Casi no hubo tiempo de sujetarlo. Cuando Manuel y José consiguieron darse cuenta, Miguel ya lo tenía sujeto del cuello. Quiso el azar que Paco resbalase y el puñetazo que lanzó Miguel, le pasase por encima de la cabeza, impactando contra la puerta de metal de la urbanización. Un «gong» resonó por todo el portal.

Miguel blasfemó, quejándose del fuerte golpe que se había llevado al golpear de ese modo la puerta, y soltó a Paco.

Todo quedó ahí. Cuando se quisieron dar cuenta, Paco estaba ya a punto de entrar en su portal. Desde la puerta, tuvo tiempo de volver a gritar:

—¡Nos vais a condenar a todos!

La verdad es que nadie había planeado demasiado bien qué hacer. La idea de arrojarlo a lo lejos empleando todas sus fuerzas, se desvaneció al darse cuenta del peso del bulto en cuestión.

—¿Me acompaña alguien? —La voz de Miguel sonó convincente y segura—. Lo dejaremos detrás de aquella loma. Así, no tendremos que verlo a diario y tal vez esté lo suficientemente lejos como para no olerlo… demasiado.

Abrieron la puerta y miraron a ambos lados. Era ridículo. Nadie podría estar allí controlándoles, observando cada movimiento, y aun así, tenían miedo de salir. Se sentían como aquellos que cumplen prisión durante una larga, larguísima temporada y, cuando les llega el momento de recobrar su libertad, se ven incapaces de hacerlo. Les atenazaban los nervios y comenzaron a dudar.

—No lo pensemos más —dijo Manuel, a quien un sudor frío recorría la espalda y parecía faltarle el aire por el esfuerzo.

Ayudándose entre los tres hombres, mientras Irene sujetaba la puerta, salieron al campo y se aproximaron a la loma elegida. Pudieron escuchar con nitidez cómo la chica vomitaba cuando tiraron el cadáver y este rodó por el terraplén. Era indudable que la tierra le sería leve.

Volvieron hacia el edificio sin decir palabra. Los metros se les hicieron eternos y no pudieron evitar girarse sobre sus pasos y mirar atrás en varias ocasiones. Cuando entraron, el termómetro marcaba cuarenta grados y ya era de noche.

No dijeron nada. No era el momento ni el lugar. Se despidieron con leves muecas que intentaban pasar por sonrisas y cada uno se fue a su casa.

Manuel abrió la puerta del portal y se giró. A su lado, detrás de los visillos raídos, Alonso contemplaba toda la escena sin parecer comprender demasiado qué demonios ocurría. Manuel esperó a estar solo y se quedó un rato observando el agua de la piscina, que había comenzado a moverse por el viento formando olas.

Cuando se metió en el portal, echó un último vistazo al bloque de enfrente. Había luz y se veía la vida de cada piso. Se le encogió el estómago y no casi no pudo contener un grito.

Por primera vez desde esa mañana, acababa de ser consciente de que había, por lo menos, un asesino entre ellos.