Extraño verano
Capítulo 6
Le despertó un grito. Un alarido intenso y profundo que procedía del patio. Casi no había podido pegar ojo. Después de su charla con Irene se quedó dormido enseguida, pero tardó poco en despertarse y desvelarse, y desde entonces no había sido capaz de volverse a dormir hasta casi entrada la madrugada. Había sido una nueva noche de calor sofocante, sin bajar en ningún caso de los treinta y pico grados. Otra noche en el infierno, que al parecer, había sido más infierno para otros.
Se asomó corriendo a la ventana. En el patio, la joven del bajo gritaba y se tiraba del pelo. Frente a ella, José se movía nervioso sin saber si abrazarla o dejarla tranquila. Los gritos no cesaban y el portero se movía de un sitio a otro pensando qué hacer. Los vecinos comenzaron a arremolinarse en las ventanas. Manuel distinguió a «la joven de la perla» y a Miguel el escritor; vio a la madre del primer piso asomada a la ventana mientras le gritaba a su marido que por nada del mundo dejase asomarse a los chicos. En su bloque, bajo su ventana, comenzaron a aparecer, también, las cabezas de sus vecinos. Solo Alonso parecía permanecer impasible ante todo aquel estruendo.
Sin saber todavía qué había sucedido, dudó si vestirse rápido y bajar a echar una mano con aquella chiquilla que estaba ahora incontrolable, golpeando la pared del edificio. Echó un vistazo alrededor y, tal y como aparecen los personajes olvidados en las películas, el motivo de tanto alboroto le estalló en la cara.
A su derecha, atado a la verja que delimitaba la propiedad, el musculitos yacía crucificado y, aparentemente, sin vida. Manuel reaccionó rápido, se vistió y salió a la carrera hacia el patio.
Nada más llegar, se abrazó a la chiquilla, apretándola fuertemente contra su cuerpo para intentar calmar lo incalmable. Sin dudarlo, le pidió a José que la metiese en el portal y pidió ayuda a Miguel, que, ante la escena, ya estaba llegando a la carrera al portal. El resto de vecinos, espantados, continuaban asomados a sus ventanas, inmóviles.
Los dos hombres se acercaron a la verja y le tomaron el pulso al chaval. Era innecesario. Por la rigidez corporal, supieron enseguida que llevaba un buen número de horas muerto. Antes de descolgarlo, Manuel le echó un vistazo.
—Tiene un buen corte en el cuello, Miguel. Ha tenido que ser con algo muy afilado para atravesarle la tráquea de lado a lado con esa facilidad, en una línea casi perpendicular al suelo. El corte parece muy profundo —siguió contando—. Llega casi hasta la nuca. Debió de seccionarle todo lo que encontró a su paso. Tal vez por eso no le escuchamos gritar.
—Es verdad. ¿Y qué son estos agujeros? —dijo Miguel, mientras señalaba dos muescas que parecían dos pequeñas estrellas a ambos lados de la tráquea.
—Es muy extraño. ¿Por qué habrían querido hacer esos agujeros, innecesarios para matarle? Le cortaron la yugular, como se suele decir. Debía de estar muerto antes de que se los hiciesen porque no se aprecian restos de sangre —dijo Manuel, buscando algunas gotas perdidas, que no aparecían por la escena.
Sobre el terreno que estaba justo antes de la verja, Manuel buscó gotas de sangre que descansasen al sol de la mañana. Se alejó para contemplar la escena.
Atado a la verja por las muñecas, con los brazos en cruz, y llevando puesto un vestido de mujer, el joven que había atormentado a su novia durante todo ese tiempo, y que se mostraba altivo frente a las miradas de réplica de sus vecinos, colgaba ahora como un trozo de carne lo hace en la cámara frigorífica de una carnicería. Manuel era incapaz de sentir pena por ese chico. A lo sumo, se culpó por haber sido un cobarde y no haberle dicho en vida cuatro cosas cada vez que le pegaba una paliza a su joven y guapa novia. Y ahora, alguien había tomado la determinación de sacarlo del medio y lo había dejado allí, expuesto a las miradas de todos, vestido con un traje de playa de mujer, floreado y corto, con los genitales al aire.
Los dos hombres se miraron sin saber muy bien qué hacer. Desde el portal llegaba el ruido de los vecinos que habían ido bajando. Irene y el hombre del primero, Paco, que había bajado por orden de su mujer, intentaban consolar a la chica con ayuda de José.
Manuel se acercó hasta el cuarto del conserje. Descolgó el teléfono, pero seguía sin haber línea. Comprobó que la luz aún no había vuelto y se desesperó. Se acercó de nuevo al portal.
—Buenos días, Irene —dijo.
—Hola, Manuel.
—Tengo que pedirte un favor. ¿Podrías quedarte con la chica un rato dentro de su casa? Voy a pedirle a Arancha, mi vecina, que te eche una mano. Es importante.
—Por supuesto. ¿Qué pretendes hacer?
Pero Manuel ya no la escuchó. Mientras se dirigía a avisar a Arancha, iba pensando en los siguientes pasos a dar.
Cuando las tres estaban ya a resguardo dentro del bajo, reunió a Miguel, a Paco y a José. A los dos hombres mayores prefirieron dejarlos al margen.
—Seguimos sin teléfono. No vamos a poder avisar a nadie, y no sabemos hasta cuándo va a durar esto. Vamos a tener que descolgarlo.
—¡No debemos tocarlo! —exclamó José.
—¿Y qué pretendes hacer? ¿Dejarlo ahí colgado hasta que venga alguien? Pueden tardar horas, días incluso. No podemos dejarlo allí colgado. Está su novia, hay niños, etc. ¿Qué otra cosa se te ocurre? Yo también creo que sería mejor no tocarlo, pero no tenemos otra opción. ¿Alguien tiene una idea mejor? —Todos guardaron silencio. Nadie sabía qué hacer. Un hombre allí colgado, por poco hombre que hubiese sido en vida, no debería estar ni un minuto más expuesto, eso era cierto, y el teléfono llevaba ya varios días sin funcionar. No era cosa de la luz. Algo más debía de haber pasado, y no parecía que se fuese a solucionar en poco tiempo.
Miguel fue el primero que se acercó. Le pidió una escalera a José y, con ayuda de todos, se dispuso a bajarlo. Desde abajo, el cadáver todavía daba más impresión. Con el vestido de mujer puesto y los ojos vueltos con la cabeza apuntando hacia el cielo, con gesto de dolor, como implorando clemencia. No sabía por qué, pero tenía la convicción de que había sufrido. Y de que sabía quién era su verdugo. Tal vez hasta los motivos. Lo llevaba escrito.
Con la ayuda de unas tijeras, cortó la brida que le sostenía el brazo derecho, y, luchando contra el rigor mortis, se lo echó literalmente por encima. Mientras aguantaba el peso del cuerpo, Manuel se encaramó a la verja y cortó la otra brida. Miguel perdió el equilibrio, quedando encajado entre la red de metal y el cadáver. Rápidamente, Manuel y José se lo sacaron de encima, dejándolo postrado en el suelo. Miguel bajó de inmediato de la escalera y tuvo que contener las ganas de vomitar.
Lo trasladaron entre los tres hasta el cuarto de reuniones que la comunidad tenía justo al lado de la entrada. Desde su ventana, envuelto en su chaqueta gris, Alonso no perdía ojo de todo lo que estaba pasando. Cuando pasaron frente a su ventana, Manuel juraría que le vio sonreír.
Lo postraron en una de las mesas grandes y se sentaron, sin saber muy bien qué hacer.
—Deberíamos insistir telefoneando a emergencias —dijo Miguel—. ¿Puedes encargarte tú de comprobar si hay línea cada poco, José? Manuel, ¿tú puedes acercarte a ver cómo está la chica? Este tipo era un cabrón. Ya lo sé, no es el momento de decirlo, pero lo era. De todos modos, deberíamos preguntarle a la chiquita qué quiere hacer con él.
Se miraron. Habían pasado un calor infernal descolgando el cuerpo y estaban exhaustos. El ejercicio, los nervios y los más de cuarenta grados, les habían dejado derrotados.
—Paco, tú puedes ir a casa y traer algo de bebida fresca para todos. Yo iré preparando un poco todo esto por si tenemos que tener el cadáver aquí un rato. Iré a por hielo para intentar mantenerlo frío. Con este calor, tardará más bien poco en empezar a darnos problemas.
Manuel salió del cuarto algo mareado. La impresión, el calor y los años, que no perdonan, le habían dejado agotado. Entró en el portal del bloque «b», y tuvo que sentarse un rato hasta recuperar un poco el sentido. Después, llamó al timbre del bajo.
—Hola, Manuel —le saludó Irene, que se lanzó a sus brazos a darle un beso en la mejilla—. Perdona, es por esta situación.
—No tienes que excusarte —le dijo, pasándole la mano por encima del hombro, llevándola contra su pecho—. ¿Cómo está la chica?
—Todavía no se ha dado cuenta de nada. Tiene que procesar todo lo ocurrido. Le llevará mucho tiempo recuperarse de esto. Repite todo el rato que ella no ha sido. No es tonta. Sabe lo que sabemos —prosiguió Irene—, y teme que pensemos que ella haya podido hacer algo así.
—No es el momento de eso, Irene. Vamos a ver qué podemos hacer por ella.
Manuel se sentó en la silla que estaba libre junto a la joven. Rebuscó por la habitación. Sobre la mesa, un sobre del banco en el que se leía su nombre. Se llamaba Carla.
—Carla, necesito que me escuches un segundo —le pidió, midiendo cada palabra, intentando que su voz sonase familiar y cercana—. No va a ser fácil, pero te vamos a ayudar con esto. No tenemos a nadie que nos pueda echar una mano fuera, así que vamos a tener que tomar algunas decisiones mientras esto se arregla. Él… está en el cuarto de reuniones. El resto le hacen compañía mientras tanto. ¿Quieres ir a verlo? —La chica asintió, con la mirada perdida en una foto que estaba en la pared del salón, en la que se les veía agarrados a la salida de un cine—. Date una ducha, vístete y te esperaremos allí. Si quieres, ellas podrán quedarse contigo.
Manuel salió y se cruzó en el portal con Paco, que llevaba unas cervezas frías y una botella de vino. No era lo más apropiado para la ocasión, pero necesitaban tomar algo si no querían desfallecer.
En el cuarto, Miguel y José habían preparado cubos con agua helada y unas toallas húmedas para intentar mantener el cuerpo frío. Sería imposible conseguirlo con los más de cuarenta grados que hacía ya a esa hora a la sombra.
Carla no tardó en llegar. Se derrumbó al verle postrado, tapado por unas toallas viejas humedecidas. Poco podían hacer los demás. Les dejaron un rato a solas. Parados allí, junto a la garita de José, Manuel levantó el auricular del teléfono, casi como un acto reflejo. Había línea.
Tecleó nervioso el teléfono de emergencias.
—¿Hola? ¿Hola? ¿Alguien me escucha?
—Emergencias, ¿en qué puedo ayudarle?
—¡Señor!, le llamo desde la urbanización «Cielo del Sur», ¡necesitamos ayuda!
—Ya. Mucha gente necesita ayuda hoy día. ¿Ha notado usted que hace mucho calor?
—No me está entendiendo. ¡Tenemos un muerto! Han… —le interrumpió.
—¿Sabe usted cuántos muertos hay cada día desde que empezó esta locura? ¿Sabe que llevábamos un montón de días sin teléfono? ¿Sabe que desde que esto comenzó no hemos podido irnos a nuestras casas? Mire. —Manuel le devolvió la jugada.
—¿Me lo está diciendo en serio? ¿Quiere decirme que nadie va a venir? No es que se haya muerto alguien, ¡lo han matado!
—¡Para eso tendría usted que haber llamado a la policía y no a este número! Pero le voy a ahorrar el trámite: están sin teléfono. Así que le daré un consejo: ¡Tiren ese cadáver por la ventana, tan lejos como sean capaces! ¡Desháganse de él antes de que les dé más problemas! Y esperen a que todo pase.
—¿Pero?
—¿Señor, señor?
Pero nadie le escuchaba. Al otro lado de la línea, el silencio. Tardó en reaccionar. Llamó a la policía por si ellos también hubiesen recuperado la línea. No hubo suerte.
Por primera vez desde que se había desencadenado la crisis, se sintió incapaz de superar aquello. Se vio viejo y cansado, y temió por su salud. El calor era insoportable e imaginaba que habrían superado ya, a esa hora, los 50.º.
Descolgó el teléfono, pero aquella falsa sensación de contacto con el mundo se acababa de esfumar. Volvían a estar igual que antes. Quería hablar con sus hijos. Simplemente escuchar su voz, saber que estaban bien, decirles que, cuando todo pasase, podrían contar con él. Y soltarles que les echaba de menos y que había estado recordando aquellos veranos juntos, los cuatro, cuando Adela todavía vivía. Quería saber si todavía les gustaban los helados y cenar juntos escuchando música y contando historias. Quería ser su padre, y tenerlos por hijos.
Se le nubló un poco la vista. Respiró con calma hasta recuperar sus sensaciones habituales y se levantó.
Reunió a los vecinos, a excepción de Carla, a quien prefirió mantenerla al margen de todo, y que se quedó velando el cuerpo en aquel cuartito.
Les puso al tanto de todo y esperó. Nadie dijo nada. Cuando se quedó a solas con Miguel, decidieron que esperarían a que el día pasase para darle a la chica la posibilidad de despedirse a su manera. Ya por la tarde verían qué hacían.
Decidieron irse poco a poco. Harían turnos para estar pendientes de si Carla necesitaba algo, pero el resto volvería a sus casas. Irene se ofreció para ser la primera en esperar. José se recluyó en el cuarto de calderas y el resto se fueron marchando a sus casas.
Ya en el portal, Manuel decidió pasar por el segundo para informar a Carlos de todo lo ocurrido. Su relación con el vecindario no era buena, pero tenía derecho a saber lo que iba a pasar.
Carlos llevaba allí desde el día en qué se entregaron los pisos. Fue el primer propietario en entrar. Al parecer había trabajado como contable y se había jubilado poco tiempo antes de mudarse. Compró la casa sobre plano. Dedicó muchas mañanas a pasarse por la obra a ver cómo iba y a meterle prisa a los trabajadores. Tan pronto estuvo lista, vendió su vieja vivienda y se instaló allí. No salía más que lo imprescindible y no tenía trato con nadie. Sus problemas con la comunidad no tardaron en llegar. No le gustó que algunos pisos se hubiesen destinado al alquiler, ni que se instalara allí, tan lejos de todo, una familia con niños. La piscina y el ruido que generaba en verano, le habían desagradado desde el primer momento. Incluso, cuando le tocó por turno presidir la comunidad, planteó que se cerrara ese año, alegando la realización de unas obras de mejora que eran del todo innecesarias. Fue el detonante para que creyese que nadie le quería allí. Desde entonces, se alejó del todo. Solo intercambiaba alguna frase suelta con Manuel si este le tiraba de la lengua, algo cada vez menos frecuente.
Cuando Manuel se tomó la molestia de acudir a su piso a informarle, Carlos mostró la más absoluta de las indiferencias. Le permitió entrar, pero sin ningún asomo de confianza ni de hospitalidad. Alegó que aquel joven y su forma de tratar a su novia no habían traído más que problemas, y que él no quería saber nada. Con la misma, cerró la puerta y dio por terminada la conversación. Parado en el pasillo, lejos de enfadarse, Manuel se apiadó de aquel hombre que estaba tan solo en la vida.
Ya en casa, abrió una botella de vino. Bajó un poco las persianas, lo suficiente para dejar la casa en penumbra, y se preparó una pipa. No tenía hambre y notó que el vino no le estaba sentando demasiado bien. Aun así, se puso otro vaso y lo fue saboreando despacio. Muchos recuerdos le vinieron a la mente. Recuerdos de sus abuelos, de sus padres, de cuando era niño. Y recordó la primera vez que había visto un muerto.
En el pueblo era normal dejar las cajas abiertas para que cada cual se despidiese del difunto a su antojo. Su padre le había obligado ir a casa de unos vecinos a darles el pésame. A ojos de su padre, aquel niño con pantalón corto y las rodillas peladas, ya tenía que empezar a ser un hombre. Y un hombre debía estar dónde debía estar, y en este caso, su sitio era a su lado, frente a aquel cadáver que permanecía con la boca entreabierta y los ojos vueltos, pidiendo, tal vez, un poco de soledad.
En un momento en que su padre había salido a fumar, se quedó a solas con el muerto. La habitación le pareció más pequeña de lo que en realidad era y creyó que acabaría obligándole a meterse en el ataúd. Le impresionó el olor a naftalina que desprendía el traje que le habían puesto, y el brillo de sus zapatos. Se sintió tentado a tocarlo, pero no fue capaz. Cuando su padre lo encontró allí, le felicitó por haber aguantado los nervios.
Tardó días en poder volver a dormir del tirón. El miedo le atenazaba. Le entraban ganas de orinar, pero no era quién de levantarse solo al baño. Terminó por hacérselo en la cama. Su padre tomó la determinación de llevarlo a la ciudad, a visitar la morgue. Vio, de golpe, todos los muertos que un pueblo ve a lo largo de cien años.
De vuelta a casa, su padre le obligó a irse a dormir sin cenar. Cuando Manuel ya estaba en la cama, desde la puerta, su padre le habló:
—Algún día ese muerto no será alguien ajeno. Será la abuela, será el abuelo, o seré yo. No te asustes. Morirse es lo único natural que hay.
Se le cerraban los ojos, vencido por el sueño, el vino y la tensión. Decidió dejarse llevar, pero antes, descolgó el teléfono una vez más para llamar a sus hijos. Todo seguía igual.