Extraño verano
Extraño Verano
Enrique Vidal
ePub r1.0
Titivillus 21-08-2018
Enrique Vidal, 2018
Editor digital: Titivillus
ePub base r1.2
EXTRAÑO VERANO
Fue el verano más extraño de cuantos haya visto el ser humano. Si antes de que pobláramos este planeta, hubo otros veranos así, eso no lo sabe nadie. La tierra pareció haber cobrado consciencia de su poder y, cada día que pasaba, demostraba su furia con más ímpetu, si cabía, que la jornada anterior. El sol abrasaba todo lo que tocaba y, hasta que las televisiones dejaron de emitir y las radios cortaron su programación despidiéndose sin dar más explicaciones, tras unos días de radiar música ligera, se contaba que, en algunas regiones del centro de África, muy próximas a la línea del ecuador, la vegetación llegaba a arder por sí sola en las horas centrales del día. Grandes extensiones de terreno que habían sido abandonadas.
Por aquí, las cosas no estaban tan mal, pero el temor se había apoderado de todos. Las autoridades, incapaces de encontrar una explicación a tan curioso fenómeno, ordenaron el confinamiento de los ciudadanos en sus hogares. Agruparon a los mendigos y a los indigentes en las profundidades de las líneas de metro, lejos de la furia del sol, y recortaron los servicios públicos dejando solo en funcionamiento aquellos que, por urgencias debidamente justificadas, fuesen imprescindibles.
Hasta que dejaron de serlo, porque fue imposible seguir intentando sostener su actividad. Cuando nada más se pudo hacer, acabaron por cerrar ellos también, y la gente quedó condenada a una espera, sin saber muy bien de qué, sin garantía de que las cosas fuesen a mejorar.
Con los víveres que hubieren podido almacenar, solos, abandonados a su suerte, rodeados de incertidumbre y de miedo. Con una ola de calor para la que nadie encontraba justificación.
En mitad de la nada, en lo que en su día fue la promesa inmobiliaria de un lugar de ensueño, rodeado de zonas verdes y servicios al alcance de unos pocos privilegiados, un gran bloque de hormigón en forma de herradura, resistía los embates de un viento que parecía venir del mismísimo infierno. Ardiente, seco, constante. En los alrededores, la nada más absoluta. A lo lejos, en los días más claros, se podía divisar la silueta de una ciudad que parecía derretirse. Los termómetros alcanzaban en las horas centrales del día los cincuenta grados. Y de noche, en las jornadas en las que el tiempo se había mostrado más benévolo, no habían bajado de los treinta.
Aparecieron los cortes de luz. Intermitentes, sin seguir un patrón establecido y sin previo aviso. Nada. De golpe, una caída de los plomos alertaba en las casas de que, en las dos, tres o seis horas siguientes, casi nada iba a funcionar. Y era cuando morían más ancianos y más niños, y cuando, entre la penumbra que acompaña habitualmente a la tristeza, se escuchaban los lamentos más sentidos, los alaridos más profundos. Una vuelta a los días antes del Génesis en pleno apogeo del Apocalipsis.
De vez en cuando, nuevamente sin seguir un orden establecido, algún helicóptero del gobierno sobrevolaba los alrededores de la ciudad pidiendo tranquilidad, rogando a los asustados vecinos que no perdiesen la calma. Si había suerte, dejaba caer víveres sobre el patio de la urbanización mientras recordaba por megafonía que la prohibición de salir seguía en pie, y que ya conocían las consecuencias de desobedecerla.
Por si, preso del pánico, algún iluso se plantease incumplir tan rigurosa norma, no tenía más que echar un vistazo hacia la loma que separaba la llanura del siguiente pueblo hacia el sur, para darse cuenta al divisar los cadáveres que allí yacían, de que no podría resistir el calor mucho tiempo sin tener dónde resguardarse. Desde el helicóptero, cuando comenzó todo, prometieron hacerse cargo a la mayor brevedad posible de aquellos inocentes. Pero pasaron los días y ya no parecían importarles a nadie. Las prioridades eran otras.
Y así, entre el miedo y la esperanza de que todo terminase, iban pasando los días, debatiéndose la gente entre quienes creían que eso era el fin, y quienes tenían fe en que todo pasase.
Porque todo pasa.
O no.