Extraño verano
Capítulo 31
No se escuchó un solo llanto. Al menos en público, Lola se mostró seria y recogida. Carla, de quien todos esperaban a ver cómo iba a reaccionar, no dijo una sola palabra. Rumiando su dolor, permaneció callada y con la mirada perdida. Quién sabe si recordando a Marco, o si, tal vez, deseando marcharse con él para escapar de aquel encierro. Si quien mató a Marco creía que supondría una liberación para la chiquilla, estaba muy engañado. No solo no le liberó de nada, sino que le condenó al miedo y a la soledad.
Los niños permanecieron en todo momento agarrados a las piernas de su madre. Lola no quiso que viesen a su padre muerto, pero no pudo evitar que viesen el bulto del cuerpo bajo la sábana anudada que lo recubría. Prefirió que se quedaran al margen de todo. No pudo mantenerles a salvo demasiado tiempo, pero prefirió que no se mezclaran con los demás vecinos más de lo que era necesario.
Desde que Manuel y Miguel salieron de los trasteros, los acontecimientos se habían precipitado. Decidieron subir a casa del escritor a poner al corriente de todo a Arancha. No le dieron tiempo a pensar. Tenían que actuar rápido y no podían perderse en explicaciones ni en consolarse entre ellos, muertos de miedo como estaban. Le pidieron que entretuviese a Lola y que hiciese lo posible y lo imposible por conseguir que no saliese de casa. Prefirieron no darle detalles sobre Paco, su disfraz y demás circunstancias de la muerte. Bebieron un gran trago de agua cada uno, y se pusieron en marcha. Creyéndose con tiempo pero sin reducir el ritmo, lo que les ayudaba a mantener la cabeza ocupada, se dirigieron al cuartucho de José.
En las entrañas de aquel edificio, alejado todo lo posible del calor, el conserje leía tumbado en su improvisada cama cuando escuchó un débil toquecito contra su puerta. Pensó que sería el viento que habría decidido despertarse de su letargo y no le hizo mucho caso. Pero no tardó en volver a escuchar el sonido de unos nudillos asustados golpeando su puerta. Se levantó y abrió. No necesitó preguntar demasiado. Aquellos dos hombres tenían la muerte dibujada en cada gesto, en cada gota de sudor que les corría por la cara.
—Iba a deciros si queríais pasar, pero ya veo que no tenemos demasiado tiempo, ¿me equivoco? —Les recibió José.
Le pusieron al día en un momento y segundos después ya estaban los tres en marcha. El plan era claro: tenían que desmontar aquel escenario para presentarle el muerto a Lola de la manera menos dolorosa posible. No podrían reconstruirle los genitales, pero al menos sí vestir al hombre de una manera menos estrafalaria. Si bien, vistas las fotografías que encontraron en aquella puerta metálica, Manuel tenía sus dudas de que no hubiese sido el propio Paco quien se hubiese vestido de aquella manera. Las pasiones que cada uno esconde en su interior, suelen escapar al ojo del observador ajeno.
Miguel se adelantó unos pasos mientras sus dos acompañantes parecían arrastrar sus almas hacia aquella desagradable misión. Desde donde el escritor estaba no podía escucharles.
—¿Tú sabías que algo de esto iba a pasar, verdad? —Escupió José, unas palabras envueltas en bilis que llegaron al corazón de Manuel desestabilizándolo.
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir? —respondió.
—Que tal vez por esto tenías tanto interés en que no tocara nada el otro día. Que no limpiara, que no me pasara por allí. Y ahora me dices que todo estaba limpio cuando «descubriste» el cadáver. ¿Estás diciéndome que alguien se molestó en dejar todo impecable? ¡Pero si aquello era una pocilga y nadie se pasaba por allí!
Manuel sopesó la posibilidad de poner al día a José sobre los hallazgos relacionados con la muerte de Marco, como la extraña ausencia de sangre en ningún sitio, pero prefirió guardárselo para él. No sabía cuándo podría necesitar la información. Era el momento de defenderse.
—¿Acaso insinúas que yo esté detrás de su muerte? —soltó Manuel. «Miguel tenía razón», pensó: «ya está aquí el tiempo de las sospechas».
—Tendrás que convencerme de que no has tenido nada que ver en esto. Y te voy a estar vigilando —zanjó José.
Nada había cambiado en el pasillo de los trasteros en aquel rato. El asesino no se había vuelto a pasar por allí. Paco seguía vestido de mujer, con una media sonrisa que, en cierto modo, trasmitía paz, una paz de la que no debió de gozar en vida. Manuel y Miguel iban preparados para lo que allí encontraron, pero José no pudo contener las lágrimas y se desmoronó. Sollozando, maldijo la suerte de todos ellos por estar allí, encerrados, rodeados de tanta muerte, por si no tuviesen ya demasiada desgracia. No tardó demasiado en calmarse.
Rebuscaron en el trastero y encontraron la ropa con la que se suponía que Paco debía de haber salido de casa esa tarde. Le desvistieron y escondieron las ropas de mujer. Desmontaron las fotografías que formaban la palabra «SUCIO» y Manuel se encargó de esconderlas un poco entre los trastos viejos que acumulaban allí, intentando alejarlas de las miradas curiosas de algún posible intruso. No podrían evitar que Lola, movida por la curiosidad o el morbo, que todo puede ser, las acabase encontrando, y tampoco eran quienes de impedírselo, pero al menos espaciarían un poco su dolor. Sabiendo que Miguel y José estarían entretenidos moviendo el cuerpo, asegurándose de no ser visto, Manuel se guardó una de aquellas fotografías. Las caras que allí se veían, las miradas perdidas… Tuvo que contener una arcada enorme y dolorosa, como venida desde lo más profundo de la tierra. «Tanta paz lleves como aquí dejas», rumió para sí.
Tuvieron cuidado de dejar el cuerpo en una posición que resultara creíble. A Manuel se le ocurrió que podrían mencionar un infarto como causa posible de la muerte, y encomendarse a la suerte, rezando para que Lola no se empeñase en observar con detalle el cuerpo. La mala vida de Paco justificaba de sobra eso y más. Pero no podían arriesgarse a que ella descubriese la verdad y contribuir así a incrementar su dolor.
—Y así nadie sino él tendría la culpa de nada —rumió José, casi susurrando, pero asegurándose de que Manuel escuchara sus palabras con claridad.
Manuel prefirió dejar correr el comentario. Ya tendría tiempo en un futuro de hacerse cargo de José, y no le venía mal convertirse en el principal sospechoso. Eso daría sensación de impunidad al verdadero asesino, y actuar era la mejor manera de que cometiese un error. Eso sí, esta vez no podría fallar.
Tuvieron que parar en la mitad de las escaleras. El calor era tan intenso que impedía llevar a cabo cualquier actividad con normalidad y mover un peso muerto como era Paco, no había sido sencillo. Y eso que lo peor estaba por llegar.
Subieron hasta el piso de Irene. Desde el pasillo, la escucharon trastear y canturrear, desenfadada. Manuel supuso que estaría preparándose para la cena que le había prometido. De ahí tanta alegría. Llamó con cuidado a la puerta. La «joven de la perla», presumida, tardó aún un rato en abrir.
—¿A qué vienen esas caras? —preguntó mientras terminaba de atusarse el pelo. No le llevó más de unos segundos darse cuenta de que aquella cena para la que había estado arreglándose, no se iba a celebrar.
Se había vestido con una falda plisada con vuelo y una camiseta negra ajustada. Estaba realmente preciosa. Llevaba pendientes dorados y zapatos de tacón que estilizaban y realzaban mucho sus largas piernas. Incluso en aquellas circunstancias, los tres hombres se le quedaron mirando. La belleza tiene esas cosas y cuando irrumpe, nada puede frenarla.
Le pusieron enseguida al corriente. Cuando hubo superado el shock del primer momento, Miguel tomó la palabra y le pidió un favor.
—Irene, necesitamos que te quedes con los niños mientras… bueno, mientras llevamos a Lola a que descubra a Paco. Arancha está entreteniéndola ahora y le vamos a pedir que salga con ella un momentito.
—¿Y no puede ser Arancha quién se quede con los niños? —protestó Irene, traicionada nuevamente por los celos. Todo le parecía una excusa para mantenerle alejada de Miguel.
—No, Irene. Créeme si te digo que es mejor así. Arancha sacará a Lola de casa y tú te colarás para hacer compañía a los niños. Pero es mejor darle la noticia fuera de casa. Ella sabrá mejor que nadie cómo contárselo a los pequeños —le explicó Miguel con dulzura—. ¡Pobres chicos!
Irene sonrió y se estremeció cuando la mano ardiente de Miguel acarició su mejilla. No tardaron en ponerse en marcha. Los tres hombres y aquella chiquilla enamorada, iban a enfrentarse a uno de esos acontecimientos que se recuerdan toda la vida. Porque muchas veces los acontecimientos dolorosos se quedan grabados con más fuerza que los felices, y así, en la oscuridad de la noche, en esos días en los que cuesta conciliar el sueño, nos atacan nuestros fantasmas de juventud con la misma fuerza que si se hubiesen instalado ese mismo día en nuestra memoria.
Fue Arancha quien abrió la puerta. De fondo, la voz de Lola daba órdenes a sus hijos. «Recoged la habitación, preparad la mesa para cenar, portaos bien». Frases hechas y vacías, pensó Manuel, quien no era capaz de hacerse a la idea de lo que se les venía encima. Ni en sus peores pesadillas hubiese imaginado lo que desde ese instante se desencadenó. Las desgracias son así, y parecen crecerse cuando menos fuerza tiene uno para enfrentarse a ellas.
Irene aprovechó para colarse en la vivienda con la vaga excusa de ver a los niños, mientras Arancha consiguió sacar a Lola y cerrar la puerta tras de sí, invitándola a que le acompañase un segundo hasta casa de Miguel. Pero no llegaron. En el descansillo, y ya a salvo de los pequeños, le esperaban los tres hombres, portadores de la noticia que cambiaría para siempre su vida.
No lloró. No preguntó demasiado. Tan solo, les pidió que le llevaran ante él. Miguel y Manuel se ofrecieron a hacerse cargo de todo. Le dijeron que ellos podían preparar el cadáver y llevarlo a la sala de uso comunitario en la que, no hacía casi nada, habían estado velando a Marco. Pero fue imposible parar a Lola.
Sus planes de culpar al corazón o al destino de la muerte de Paco, se desmoronaron tan pronto Lola comenzó a preguntar. Arrinconados los cuatro por sus palabras, solo pudieron engañarle sobre la ropa que llevaba puesta cuando lo encontraron. Si estaba en su mano paliar tan siquiera un poco su dolor, se iban a esforzar en hacerlo.
Quiso saber si había sangre, si parecía haber sufrido, si pudo defenderse. Y después, prefirió no saber nada más. Se hizo el silencio durante un rato. Aquellas cinco imaginaciones independientes, comenzaron a volar libres, buscando cada cual un nido en dónde esconderse y cobijarse. Fue la misma Lola quien lo rompió.
—Lo único que tengo claro es que Paco no será el último en caer. Sea quien sea que esté haciendo esto, nos va a joder bien a todos.
Decidió subir a contárselo a los niños mientras los demás ayudaban a trasladar el cuerpo. No entraría en detalles con ellos. Una hora después, los tres entraron en aquel cuarto que se había convertido en un improvisado velatorio.
Les esperaban todos los vecinos, a excepción de Alonso, quien ni siquiera abrió la puerta cuando intentaron ponerle sobre aviso de lo ocurrido. Carlos sostenía un pañuelo y tosía compulsivamente, mezcla de malestar y nerviosismo. El resto de vecinos, cabizbajos, se mostraban con una mezcla de desolación y miedo. Solo Carla permanecía sentada y con la mirada perdida.
El ambiente era irrespirable. En aquel local la temperatura debía de superar los cuarenta grados y el olor era nauseabundo. Se esforzaban por rellenar las jarras de agua, pero todo lo que hacían se antojaba insuficiente.
Nadie dijo nada. El tiempo fue pasando como pasan las estaciones del año y los cometas del cielo. Sin nada que hacer, sin nada que decir, sin manera de paliar el dolor de aquel conjunto de corazones rotos.
Nadie quería irse de allí. El miedo a deambular en soledad por aquella urbanización que se había convertido en su tumba, les atrapaba. Acabaron sentados alrededor de la mesa en la que descansaba el cuerpo de Paco. Unos dormitando, otros aguantando los nervios como buenamente podían. Pero todos juntos.
Y la noche fue pasando.