Extraño verano
Capítulo 34
Les despertó el sol a través de la ventana. A esas horas el termómetro debía de superar ya los 35.º. Pero no era el calor lo que les mantenía inmóviles. La «era del miedo» se había instalado ya definitivamente entre ellos. Nadie quería salir de aquel agujero.
Manuel, en su autootorgada calidad de hermano mayor, se decidió a preguntar uno a uno cómo se encontraban. La noche, la muerte de Paco y la visita del camión habían hecho mella en la moral de aquel ejército derrotado antes de la guerra.
—Carla, Lola, ¿habéis podido descansar algo? —preguntó. Las dos mujeres asintieron casi al tiempo, buscando la mejor manera de ocultar su mentira—. ¿Y los niños?
—Les costará todavía un tiempo volver a hacerlo —respondió por ellos su madre —. Son buenos chicos. Han aguantado más de lo que deberían. Eso les ha hecho fuertes, pero ninguna herida deja de sangrar y se cura sin el paso del tiempo. La vida les ha puesto a prueba desde hace demasiado y ya es hora de que se haga justicia con ellos.
Esas palabras volvieron a sumirles a todos en el silencio. Dentro de aquel cuarto, era como si la vida se hubiese detenido por completo y cada suceso necesitase un largo proceso de digestión.
Cuando Manuel le preguntó a José sobre cómo se encontraba, la respuesta no fue tan civilizada como esperaba, y a la semilla del miedo, le siguió la del odio.
—¿Comparado con quién? ¿Comparado con cualquiera de esos dos por los que estabas tan preocupado y que ahora, milagrosamente, ya no están? ¿Esa es tu pregunta? ¿Quieres saber si preferiría estar como ellos?
Si iban a seguir allí encerrados, era el momento de que Manuel cortara aquella situación de raíz. Se levantó y se dirigió hacia el portero con tono amenazador.
—¿Estás insinuando algo? —bramó mientras su corazón se aceleraba. Un pequeño pinchazo en el pecho comenzó a acompañar cada palabra que pronunciaba —. Sí que es cierto que le pregunté por ellos —se giró para asegurarse de que todos les estaban prestando atención—. Bajé un día a los trasteros y me encontré aquello hecho una auténtica pocilga y le dije, simplemente, que no tocara nada. Quería hablar con… —se contuvo al pensar en aquellos dos chiquillos que bastante habían tenido que padecer a su padre en vida como para tener que hacerlo ahora que estaba muerto —, bueno, para decirle que no era normal cómo se encontraba el lugar. No quería quedar de fisgón, y por eso prefería encontrarme aquello como estaba. Pero Miguel y él mismo pueden contaros como se encontraba todo cuando bajamos: impecable. Y tened por seguro que ninguno nos pusimos a limpiar. Quién sea que hizo «eso», se preocupó por dejarlo todo recogido —terminó. Su corazón volvió poco a poco a calmarse, y el pinchazo que había estado notando se convirtió en un leve cosquilleo primero, para desaparecer después.
Clavó su mirada en José. El conserje era el único que podía haber recogido todo aquello, y a Manuel se le ocurrió la idea de diversificar las sospechas entre varios. Era la mejor manera que tenía de escapar de la encerrona que le había preparado José. Y le ayudaba a ganar tiempo.
Se sentó, ya más calmado, pero no lo suficiente como para escuchar llegar a «la joven de la perla», que se sentó a su lado y se dejó caer, apoyando la cabeza sobre su hombro.
—Yo siempre te voy a creer a ti, viejo chiflado —le dijo mientras le dedicaba la más franca de sus sonrisas. Era lo que Manuel necesitaba.
El tiempo fue pasando y ninguno quería moverse de allí. Era como si el encierro en que se encontraban, ya de por sí pequeño al verse reducidos a deambular por aquel edificio, se hubiese acotado todavía más. Diez personas en aquellos escasos treinta metros cuadrados. No tardarían demasiado en estallar.
—Y ahora, ¿cuál es la estrategia? —Fue Carla quien rompió el hielo. Nadie supo qué contestar—. ¿Qué será de nosotros? Yo lo tengo claro —exclamó—: ¡no deberíamos volver a nuestras casas! ¿A qué? ¿A seguir muriendo uno a uno? ¿Quién será el siguiente? —gritaba, mientras los dos chiquillos se agarraban a las piernas de Lola, y el resto de los presentes se miraban asustados—. Cuando mataron a Marco, puede que alguno de vosotros pensaseis que era lo mejor, que acabaríamos siendo o él o yo. No lo conocíais de nada. Me arruinaron la vida. —Miguel tuvo que contener la ristra de reproches que dormía en su interior—. Y ahora, ¿quién me va a proteger? Si volvemos a nuestras casas, nos encontrarán. Será imposible mantener la guardia alta en todo momento, y cada descuido puede ser fatal. Yo me quedo aquí. Si vienen a por mí, podré al menos intentar gritar y tal vez alguno se atreva, esta vez, a protegernos.
Se hizo el silencio. Carla no había dicho sino lo que todos estaban pensando: nadie quería marcharse. No tardaron en decidir que sería lo mejor para intentar garantizar sus vidas. En el fondo de sus corazones seguía residiendo la duda, pero en la práctica habían decidido olvidarse de que, casi con total seguridad, el asesino iba a estar igual de encerrado que ellos.
De golpe les invadió un miedo atroz. Uno de esos miedos paralizantes que impiden avanzar y pensar. Como por instinto, José, comenzó a empujar las mesas que habían sostenido los cuerpos de los dos difuntos contra la puerta de acceso. No tardaron en sumarse manos a la maniobra. Casi sin pensarlo, habían inhabilitado su única vía de salida. Allí, sin agua ni comida, se sintieron ridículos. Y no tardó en aparecer la tristeza.
Fue Miguel, una vez más, quien puso algo de cordura. No tenía sentido quedarse encerrados allí, condenados a morir de sed en tan solo unas horas. La temperatura en aquel cuarto debía de superar los cuarenta grados, y el sudor y el vaho que exhalaban entre todos al hablar, habían creado un efecto sauna que hacía aún más difícil el respirar.
Si no querían abandonar su encierro, tendrían que organizarse. En los vestuarios de la piscina encontrarían el agua que necesitaban. Estaban lo suficientemente cerca como para poder ir a aprovisionarse en grupo sin que nadie se quedase solo. Utilizaron las botellas de plástico que casi todos llevaban permanente encima desde que aquella ola de calor había comenzado y no tardaron en poder beber todos de manera abundante. Las visitas a los vestuarios serían constantes, pero al menos tendrían agua y estarían algo ocupados. Eso consiguió relajar los ánimos siquiera un poco.
Desde detrás de la cortina de su salón, Alonso presenciaba la escena mientras parecía gritarles algo, asustado. Le miraron, moviéndose entre la duda de si estaría amenazándoles o advirtiéndoles de algún peligro. Con cada grito, minúsculas partículas de saliva salían disparadas de su boca, hasta ir a estamparse contra el cristal de su ventana. A Irene le dio un vuelco el corazón y tuvo que cogerse de la mano de Miguel para superar el miedo y la impresión de ver a aquel loco desatado.
Justo después, de nuevo Miguel tuvo la idea de organizar turnos de vigilancia. Alguno de ellos, en todo momento, estaría pendiente de vigilar el exterior desde la ventana. De ese modo, si volvían los hombres del camión, tendrían tiempo de intentar esconderse. Y, a lo mejor, una oportunidad de salvarse.
En esas estaban cuando les sorprendió un ruido que hizo retumbar el edificio y que casi tira a más de uno al suelo. Corrieron a esconderse bajo las ventanas para no ser vistos. Pero esta vez, no se trataba del camión y sus hombres armados. Casi no les dio tiempo a reconocer el sonido familiar del helicóptero cuando este ya había dejado caer su mercancía y había emprendido la huida. Una cosa estaba clara: había un ángel de la guarda allá afuera que seguía acordándose de ellos. Esta vez no hubo ni mensajes amenazadores ni delicadeza al dejar caer las cosas. En esta ocasión, la descarga más pareció una maniobra militar que buscase coger por sorpresa al enemigo. Entrar y salir casi sin ser vistos. Algo quirúrgico.
Esperaron un rato más a cubierto, como queriendo asegurarse de que nadie podría verles cuando saliesen de su encierro. Tímidamente, fueron acercándose a la ventana. Entre ellos y la piscina, descansaban, prácticamente hechas añicos, tres cajas enormes de madera. En las proximidades de estas, distintos paquetes dejaban ver su mercancía como si de estómagos abiertos tras un harakiri se tratase. Como por instinto, casi sin pensarlo, salieron a la carrera hacia las cajas y tiraron de ellas como pudieron hasta que estuvieron las tres dentro del cuarto.
El contenido era el esperado. Conservas, algo de bebida, pasta y demás alimentos no perecederos, etc. Nada demasiado allá, pero lo suficiente para sobrevivir. Con el contenido de las cajas y el suministro de agua relativamente cerca, podrían pasar allí una temporada si deseaban mantener su encierro voluntario.
Esta vez no hubo reparto. No tenía sentido si todos se mantenían unidos. Comieron en silencio y se dejaron llevar. El sol iba poco a poco metiéndose y sumiéndoles en una penumbra no querida. Por algún motivo, pensaban que la luz del día les mantendría más seguros y alejados de los peligros que intuían si volvía el camión.
Manuel se acercó a una de las ventanas que dejaban ver el interior de la urbanización. Echaba de menos su pipa y sus cuadernos, escribir sus memorias, que era su manera de salir de allí siquiera con su mente y mantenerse algo atado a la cordura y sentarse a charlar con su Adelita. ¡Tenía tantas cosas que contarle! Deseaba preguntarle si ella, tal vez, sabía algo de los chicos, que de la muerte nada se conoce y pudiera ser que te diese esa oportunidad de saber. Se moría de ganas de sentarse a leerle poemas y relatos cortos, de esos de amor.
En esas ensoñaciones estaba cuando vio moverse ligeramente la cortina del salón de casa de Alonso. Acababa de caer en que ninguno se había preocupado por él. ¿Y si no tenía víveres? Sería su fin. Se dirigió a los demás.
—¿Qué vamos a hacer con Alonso? —preguntó—. Si se queda fuera del reparto, tardará poco en ir a hacerle compañía a los otros detrás de la colina.
Se hizo el silencio. Nadie sentía ni el menor aprecio por ese viejo loco. Ni siquiera su enfermedad había logrado que dentro del corazón apagado de alguno de sus vecinos, se despertase la más mínima sensación de solidaridad con él. Excepto en Manuel, que consideraba que ya bastante iban a tener que cargar toda la vida con los recuerdos que allí se estaban gestando, como para tener encima que pelearse con la conciencia, que es de lejos el juez más implacable que hay.
—Si quiere, que venga a buscar su parte. Bastante nos exponemos ya. —Carla rompió el silencio. Cada palabra que acababa de pronunciar, había dejado un poso pesado en el corazón de los demás. Esperó un poco a reponerse—. No me entendáis mal, pero algunos de los que aquí estamos, hemos perdido ya demasiado —dijo mirando a Lola y a los críos—. Y el resto… el resto tampoco sabéis que habrá sido de aquellos que estén lejos y soportando lo que aquí aguantamos. No le deseo ningún mal, pero no podemos permitirnos fallos a estas alturas. De momento, los fallos se han pagado a un precio muy elevado. No seré yo quien diga que Marco y Paco se merecían lo ocurrido, pero todo aquel que se salió del guion establecido de «espera en casa a que pase la tormenta», ha pagado cara su osadía. Si tenemos que esperar aquí a que todo termine, tendrá que adaptarse.
—Pero ¿y si no lo resiste? —Irene parecía asustada—. ¿Y si las muertes han surgido como castigo a determinadas conductas «indeseadas»? Nos estaríamos condenando todos. Si vamos a morir, lo vamos a hacer de todos modos, con reparto de comida o sin él. Al menos con él, no lo mereceremos.
El calor era insoportable. Según el sol iba descendiendo se colaba por las ventanas de manera más horizontal, cortando sus rayos la estancia como si de una espada láser se tratase. Mientras tanto, tan solo unas horas después de que hubiesen iniciado esa extraña y no deseada convivencia, la sombra del proceder correcto, acababa de instalarse entre ellos. Nadie replicó a «la joven de la perla», porque nada había que reprocharle de sus palabras. Pero el miedo a moverse, a llevar a cabo cualquier actividad que pudiese enfadar a los dioses, les impedía tomar otra actitud.
Comieron cada uno por su lado. Casi sin ganas, como si en lugar de estar alimentándose, estuviesen prolongando su agonía. Fue cuando les sorprendió la noche. Sin que nadie tuviese que organizar nada, fueron haciendo turnos para vigilar por si el sonido del motor del camión volvía a perturbar su paz.
Cayó la noche, se oscureció el cielo y se quedaron del todo a oscuras. Manuel no tardó en darse cuenta de que José no le perdía de vista ni un segundo. Para sí, sin necesidad de sentirse fuerte con la aprobación de otros, iba juzgando cada gesto y cada palabra que pronunciaba. Cualquier cosa servía para que se reafirmara en su idea de un Manuel asesino, recorriendo los pasillos oscuros, haciendo cumplir las normas de la comunidad a su manera. Allí, desarmado y bajo la mirada atenta de los demás, no podría hacer nada. Tal vez fuese el momento de José, de hacer por una vez en la vida algo grande, algo que le ayudase a ganarse, de golpe, el respeto de todos.
José había nacido para hacer algo importante, o eso le habían contado desde pequeño en la escuela. Hijo de una familia adinerada, tuvo más oportunidades que las que habían gozado mayoría de los chavales de su generación. Buenos colegios, toda la ayuda necesaria en casa y un buen número de comodidades, etc. Todo con la mente puesta en lograr llegar al lugar que sus padres habían elegido para él. Hasta que todo se truncó.
Y así estaba ahora. Podría levantarse sin ser visto y, aprovechándose de su menor edad y su mejor estado físico, asestar una puñalada a Manuel que lo dejase desangrándose al instante. Allí mismo, con el cuchillo todavía ensangrentado, no encontraría quién se opusiese a su teoría de que, sin duda, ese hombre había causado todo el mal que les estaba condenando. Y, por primera vez, el mundo tendría algo que agradecerle.
Solo la tos de Carlos, cada vez más fuerte y frecuente, conseguía sacar a cada uno de sus ensoñaciones. Los turnos de vigilancia iban pasando sin más novedad que la ansiedad creciente, con la esperanza de la llegada de un nuevo día que creían era la llave para permanecer a salvo al menos unas horas más.
A Manuel le correspondió el último turno, el que debía terminar con la rotura de la noche por los primeros rayos de sol. Le pesaban los párpados y tuvo que concentrarse para no quedarse dormido. Se imaginó a sí mismo en aquellas vacaciones con Adelita y los niños, lejos de todo. ¿Quién le iba a decir que el cuerpo de su esposa, a sus ojos perfecto, escondía aquel terrorífico secreto? Si el paraíso existía, debía de parecerse bastante a la ignorancia.
Los demás dormían. El sueño había vencido hasta a los más reacios a quedarse dormidos. Por miedo, tal vez, o por darse el placer de que la muerte les sorprendiese vivos, fueron tardando en caer. Pero a esas horas, ya solo Manuel era el centinela de su futuro. Eso le daba tiempo para pensar y para trabajar. Comenzó a recopilar algo de alimento y a juntarlo sobre el resto de la caja que mejor había resistido a la caída desde el helicóptero. Un poco de cada cosa, el reparto que consideró justo para entregarle a Alonso.
La cabeza de Manuel comenzó a funcionar. Miguel se había encontrado a Alonso deambulando por el edificio. Ya había meditado sobre ello. Sabía que de Alonso poco podría sacar, pero ¿Miguel había mencionado alguna vez que él también anduviese de paseo por los trasteros? Era difícil imaginar que alguien con el carácter del escritor, hubiese estado por allí y no hubiese puesto en el grito en el cielo ante aquella acumulación de porquería que, por otra parte, iba a ser un reclamo, más antes que después, para las ratas y demás bichos asquerosos. No, Miguel no se hubiese callado. Además, por algo que parecía escaparse al conocimiento de Manuel, su vecino llevaba tiempo teniéndole ganas a Paco. Aquella escalera y sus ocupantes parecían esconder algún secreto. Tal vez, podría empezar por ahí.