Extraño verano

Enrique Vidal · Capítulo 27 de 46

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Extraño verano

Capítulo 26

La tarde pasó como pasan las cosas que se esperan sin mucho ansia, dejando un reguero de huesos y arena a su paso. El sol seguía su curso a lo largo del cielo, haciendo dibujos extraños en las paredes con las sombras, proyectando su luz y un calor que derretía todo lo que tocaba. El agua de la piscina solo se movía mecida por las abrasadoras olas de viento que llegaban de pascuas a ramos. Nada se oía.

En la penumbra de su salón, Irene estiraba los últimos restos de pintura, dando forma en el lienzo a una mano enorme y envejecida que parecía querer mostrar el camino a otras dos manos, más menudas y delicadas. Con una media sonrisa en la boca, tarareaba una canción de Roy Orbison mientras le iba dando forma a cada tendón que sobresalía de esa mano enorme, usando la suya propia como improvisado modelo. Cada mancha en el dorso, cada arruga, eran el reflejo de un recuerdo que se le había quedado grabado en la piel. Vistas sobre aquel lienzo, le traían imágenes de un pasado lleno de errores de los que quería redimirse. Un pasado que le había estallado en la cara hacía escaso tiempo y que ahora se desparramaba sin orden por sus obras. Cada poco, bebía agua y se tiraba un chorrito por la cara y los brazos, creando un charco informe bajo sus pies salpicados por gotitas minúsculas de pintura. Después de ese enorme esfuerzo intelectual, le era difícil descansar y ya se estaba acostumbrando a vivir debiéndose horas de sueño. Algo a lo que nadie debería acostumbrarse jamás, porque es la primera etapa del viaje hacia la depresión.

Una planta más abajo, Miguel y Arancha deshacían la cama entre gemidos y arañazos, ajenos al calor, o tal vez adaptándose a él. Recién subidos de la piscina, se desnudaron y, aprovechando la luz que se colaba por las rendijas de la persiana, contemplaron sus cuerpos imperfectos y algo ajados por el paso del tiempo. Se miraron el uno al otro, estudiándose, intentando memorizar cada lunar, cada marca que la vida había dejado en sus almas. Se pasaron las manos por la espalda, se olieron el pelo y se dejaron caer enmarañados sobre la cama. Como dos adolescentes novatos, disfrutaron de cada error, aprendiendo con cada movimiento. A ratos, cuando el chorro del aire acondicionado les llegaba desde la espalda, Miguel se sentaba a contemplar el pelo de Arancha, que volaba recorriendo sus pechos y salía disparado hacia él. Proyectaban sus sombras contra la pared y el descenso del sol iba alargando su marca. Se daban descansos largos, pero siempre volvían a empezar donde lo habían dejado hacía una vida entera.

Un piso más abajo, Paco dormitaba, la boca seca contra los cojines del sofá, aguantando el vómito que le atacaba en forma de arcadas cada vez más profundas. Con los pantalones a medio subir y la camiseta enrollada bajo sus axilas, un reguero de baba blanquecina iba descendiendo por su mejilla sin que pudiese hacer nada para evitarlo. Con las pupilas dilatadas por el alcohol, el sol lo cegaba casi por completo. Al final del pasillo de la casa, tras la puerta atrancada de una habitación oscura, Lola lloraba abrazada a sus hijos pequeños, intentando consolarles, pasando la mano por sus cabellos alborotados. El temblor que intentaban controlar los tres, era lo más parecido a sentir frío que iban a vivir a lo largo de sus vidas. El olor de aquel cuarto, el tacto de las manos de su madre pasando por sus cuerpecitos asustados, el dolor. Eran sensaciones que no iban a poder olvidar jamás, y que desde ese momento vivirían para siempre tatuadas en sus corazones. Sin casi espacio para la esperanza ni para la salvación.

Del otro lado, más refugiado del sol de la tarde, el otro bloque del edificio se dejaba llevar con más parsimonia. Carlos, quien había conseguido controlar siquiera un poco la tos que le atacaba casi de continuo, se había estado arreglando para subir a ver a Manuel a su casa. Se ducho con esmero, recordando cuando, de niño, su madre le lavaba el cuerpo entero explicándole el porqué de cada gesto. Se afeitó con tino, intentando no cortarse y repasando minuciosamente cada pliegue de su cara. Se vistió, con camisa y corbata, que era de la única manera de la que sabía vestirse, en realidad, y se sentó en una butaca en el salón a esperar el momento adecuado. Pero no subió. El sueño le venció en aquella tarde en que la temperatura superaba los cincuenta grados. Y soñó con los tiempos en los que, los fines de semana, se arreglaba para ir a visitar a alguna chica e invitarla a tomar chocolate con churros y a pasear por las calles de tiendas. Así, sábado tras sábado hasta que todo se torció. Soñó también con esa maleta vieja y gastada en la puerta de su casa y con la ropa planchada y los gestos serios. Y el sueño siguió como siguen las tardes de los domingos, dejándose llevar.

Mientras tanto, José descansaba en su cuarto. Y lo hacía tirado sobre su catre, ideando la manera de decorar aquellas paredes tristes y vacías. Tal vez un poco de color a las calderas les viniese bien. Puede que si dibujase algún pájaro no llegase a sentirse tan solo en las noches en vela. Porque José llevaba demasiado tiempo sintiéndose muy solo. En aquel cuarto perdido, se había dado cuenta de que no era más que una tuerca del decorado. Dejaba volar su imaginación buscando abstraerse, y su mente le llevaba de la casa en la que se había criado a la playa de Almería en la que había pasado algún verano de joven. Por lo menos, en aquellos sueños, tenía con quién charlar.

Carla pasó la tarde haciendo yoga en casa. Intentaba dejar la mente en blanco tanto como le fuese posible y dejarse llevar tan solo por el sonido de su respiración. Entre tanto, peleaba por borrar las imágenes que, como proyectiles de mortero, le llegaban desde lo más profundo de su subconsciente. Imágenes de todo tipo: de su familia, de Marco, de la verja exterior de la urbanización en la que había estado colgado. Y de gusanos, principalmente esas. De miles de gusanos que se arrastraban, produciendo un ruido que más podría parecer el de una risa maliciosa y que se dirigían al banquete que les ofrecía un cuerpo caliente y putrefacto que se derretía al sol, tirado en un secarral. Y volvían una y otra vez las imágenes, y se reproducían los gusanos.

Tras la cortina raída y roñosa del bajo que se encontraba enfrente, Alonso, presa de sus peores delirios, se enfrascaba en una colección de insultos y maldiciones hacia todo lo habido y por haber. De vez en cuando, escupía con fuerza contra su propio cristal, augurando un futuro de sufrimiento para todos. Cada poco, se acercaba a la cocina a ordenar, sobre la mesa de esta, una importante cantidad de cuchillos que antes se había dedicado a afilar. Si el fin del mundo estaba cerca, Alonso parecía preparado para él.