Extraño verano
Capítulo 18
Mientras tanto, Arancha estaba ya lista. Enfundada en su vestido blanco, se detuvo un rato a mirarse con calma en el espejo. Volvía a sentirse mujer. Necesitaba saber que algunos ojos podían posarse en su cuerpo sin sentirse sucia ni despreciable. Dejó caer unas gotas de colonia por su cuello y echó un último vistazo a la casa antes de salir. Allí, en la estantería de obra que ocupaba una de las paredes del salón, repleta de libros y de recuerdos de viajes, descansaban las últimas fotos que tenía de sus hijos. Vestidos de verano ellos también, con las piernas al aire y el pelo revuelto, jugaban despreocupados en la plaza del pueblo, ajenos al fatal destino que la vida les tenía reservado. Allí, ante la atenta mirada de su padre, disfrutaban como tantas otras veces lo habían hecho en la vida. Cogió aire y cerró la puerta tras de sí.
Miguel tenía ya todo listo y esperaba a sus invitados bebiendo una copa de vino, echando en falta tener luz para poder escuchar algo de música. Por si esa noche el suministro no volvía y se empeñaban en dejarles a oscuras, tenía velas preparadas para alumbrar, siquiera ligeramente, aquella velada. No había querido encenderlas todavía, en parte, por reservarlas para luego, también, por disfrutar de una penumbra que, debido a la incompatibilidad con su vicio de escribir, pocas veces paladeaba.
Apurada, Irene se metió en la ducha para sacarse los restos de pintura que le salpicaban la cara y los brazos. Con el agua todo lo fría que pudo, se dio una ducha rápida, que era la mejor forma que conocía de engañar a sus sentimientos, en especial a la rabia, que solía marcharse por el sumidero después de un buen baño. De todos modos, sabía que iba a necesitar algo más que una ducha para relajarse. Se vistió a la carrera con lo primero que encontró y rebuscó por casa intentando acertar con lo que llevaría a la cena, por no aparecer allí sin nada. En ausencia de postre, y sabiendo que vino iban a tener de sobra, porque tanto Manuel como Miguel eran un seguro de que no faltaría un buen caldo, cogió un pequeño lienzo en el que había estado trabajando hacía no demasiado tiempo y lo preparó para llevárselo al anfitrión como regalo. Un lienzo que representaba una herida profunda en un costado, como la que se supone lucía Cristo en la cruz. Le pareció una buena recreación de su estado anímico.