Extraño verano

Enrique Vidal · Capítulo 33 de 46

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Extraño verano

Capítulo 32

Decidieron deshacerse del cadáver tal como habían hecho con Marco. No hubo duelos innecesarios. No tenía sentido elevar el sufrimiento de aquellos niños más de lo debido. Cuando llegó el momento de que se despidiesen de él, ni los pequeños ni Lola derramaron lágrima alguna.

Manuel e Irene se miraban. Sin saber muy bien porqué, los dos tenían claro que, a las paredes que formaban la vivienda de aquellos cuatro vecinos, pocas veces se les había podido llamar hogar. Las sombras de cada cual se muestran más profundas en la intimidad, donde nadie espera que una nariz fisgona se cuele a remover las cenizas de pasados no tan lejanos. Era seguro que en aquella familia, una sombra alargada y pesada había recorrido el largo de aquel pasillo y se había postrado más de una vez en el sofá de aquel salón; puede incluso que lo hiciese mientras la banda sonora de algunos lloros llenase los huecos más recónditos de la casa.

Debían de estar a más de 45.º. Manuel, ensimismado, flotaba enfrascado en sus pensamientos, en averiguar la relación que podría haberse dado entre aquellas caras y la muerte de Paco, cuando Miguel dio la orden de ponerse en marcha. No tenía sentido alargarlo más.

Con la ayuda de Arancha y de José, trasladaron el cuerpo fuera del cuarto y lo arrastraron hasta la entrada de la urbanización.

—Prefiero no ir —dijo el conserje—. Tengo un mal presentimiento. La otra vez, cuando… cuando lo del otro chaval, la cosa no salió mal, pero esta vez creo que es mejor no salir. Dejémoslo aquí tirado. Con no pasar por delante de él, bastará.

—¿Me lo estás diciendo en serio, José? —replicó Miguel, que de nuevo tenía que enfrentarse a la voz discordante de un vecino a la hora de deshacerse de un cuerpo—. ¿Es que no piensas en esos chiquillos, en que tendrán que pasar por aquí si son capaces de recuperar algo de la normalidad que nunca han tenido en sus vidas y ver el bulto inerte que un día fue su padre? ¿De verdad querrías eso?

El momento tan tenso que en su día le tocó vivir con Paco no llegó a repetirse, pero el resultado estaba siendo el mismo: José no salió a echarles una mano. De modo que entre el escritor y el viejo profesor tuvieron que cargar aquel bulto hasta detrás de la loma, donde descansaba el cuerpo de Marco, si se le podía llamar descansar a yacer a merced de los bichos, tirado al sol abrasador. Irene y Arancha se habían ofrecido para ayudar, pero necesitaban que al menos una se quedara a sujetar la puerta, y prefirieron no volver a abrir la caja de los truenos de los celos si se equivocaban en la elección de cuál iría con ellos a arrojar al cuerpo terraplén abajo.

Pesaba mucho. El calor era asfixiante y la tierra les cobraba el peaje de desprenderse de todo el calor acumulado durante el día. Ni siquiera los grillos, otros veranos tan presentes en las noches cálidas, parecían tener fuerza para seguir canturreando. De manera que, cuando no habían avanzado siquiera un par de metros mal contados, optaron por arrastrar el cuerpo. La maleza y los cardos que, aun secos, habían logrado sobrevivir al infierno, iban enredándose en la sábana que cubría el cuerpo, haciéndola jirones, desgarrando el cuerpo de Paco, abriéndole la piel como si de una caricia con cuchillas se tratase. Poco a poco, irremediablemente, la tela fue cediendo hasta dejar a la vista, primero una mano, que, pareciendo implorar piedad, se arrastraba por la tierra seca, para más tarde dejar asomar una pierna. Los dos hombres se miraron. El dolor se reflejaba en sus caras. Aquella alma ya no podía sufrir, pero los dos eran incapaces de no pensar en la ruina en que se puede convertir una vida en un instante.

A Manuel le vino a la mente la imagen que se veía en la fotografía que se había escondido entre sus cosas. Aquello le dio fuerzas para continuar arrastrándolo. Desde donde estaban, ya se percibía el olor que desprendía el cuerpo putrefacto de Marco. No pudieron soportarlo. Dejaron caer el bulto al suelo y se retorcieron sobre la tierra, vomitando una mezcla asquerosa de agua y bilis. Se desprendieron de sus camisetas y se taparon la nariz con ellas como buenamente pudieron, intentando impedir que aquel olor nauseabundo se colara por algún pequeño agujero. Hicieron acopio de las fuerzas que les quedaban y arrastraron el cuerpo de un tirón. Con una mezcla de valor y desesperación, elevaron a Paco hasta la altura de sus cinturas y lo arrojaron tan lejos como pudieron, buscando que rodara tanto como fuera posible. No avanzó demasiado. En su periplo ladera abajo, cuando no llevaba más de unos metros de caída, se detuvo. La idea primera de los dos hombres de inaugurar una fosa común en aquel lugar, acababa de verse frustrada en un instante.

Se miraron dudando qué hacer, pero al final la curiosidad pudo más y se acercaron. Un temblor les hizo estremecerse al comprobar qué era lo que había frenado el descenso de Paco al infierno del agujero. Aquel hombre, ya completamente desprendido de la sábana que cubría su cuerpo, había ido a parar al pequeño hoyo que se había formado por la rodadura de lo que parecía ser la rueda de un camión. Y de allí no pasó.

Manuel y Miguel se miraron asustados. Los dos sabían qué significaba aquello. Si quienes fuese que andaban por la zona haciendo fechorías habían descubierto el cuerpo de Marco, sabrían que alguien se había saltado la prohibición de salir de la urbanización, y perfectamente podrían volver en cualquier momento. Tenían que escapar de allí.

Agotados, asustados y al borde del desmayo, llenos de polvo y vómito, consiguieron llegar hasta el portal. Arancha e Irene, que habían estado esperando mientras sujetaban la puerta de la finca como dos viudas que esperan a que sus muertos vuelvan de la guerra, les vieron llegar a lo lejos. No necesitaron preguntar demasiado. Lo que fuese que allí hubiese ocurrido, sería suficiente para llenar un nuevo capítulo del particular libro de pesadillas de aquellos dos hombres.

Cuando cerraron la puerta, por primera vez, alguien lloró de verdad por la muerte de Paco. Aquellos dos manojos de nervios, se abrazaron como lo harían dos chiquillos en la oscuridad. Nunca volvieron a ser los mismos.