Extraño verano

Enrique Vidal · Capítulo 3 de 46

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Extraño verano

Capitulo 2

Superado el miedo al lienzo en blanco, al abismo que se abre ante la mente del creador cuando las ideas no aparecen, una nueva serie de cuadros estaba empezando a tomar forma.

Sería un trabajo duro y complicado. Las condiciones no eran las mejores y poco a poco, arañando las paredes de su estómago, iba creciendo en ella el miedo a quedarse sin material para pintar.

La serie que se traía entre manos requería de rojos, grises y marrones, además del imprescindible lienzo. No podía pensar en ello; en otro caso, la angustia volvería a dominarle y a sacar lo peor de ella. Y no podía perder la calma. Al menos, no en aquellas circunstancias.

El aparato de aire acondicionado intentaba mantener una temperatura aceptable en el piso, luchando contra los constantes cortes de luz. De todos modos, ni en las mejores rachas de funcionamiento continuado, lograba hacer bajar la temperatura del salón de los 28.º. De noche no podía hacerlo funcionar. Las restricciones eran claras y temía que le cortaran el suministro para siempre.

De todos modos, no era de las que peor llevaban ese horrible calor. Tal vez, porque pertenecía al sector que se sentía culpable, que se odiaba por pertenecer a la raza humana, causante de tanto dolor y, posiblemente, de aquel calor tan insoportable. Así, ese horno en el que se cocían casi era una manera de expiar sus pecados, un pequeño «vía crucis» de redención.

Irene, aprovechando que la luz había vuelto, hirvió agua para prepararse un té y puso música. Esa mañana, la voz melosa de Barry White le acompañaría mientras daba forma a la mueca del niño de su cuadro. Los tonos rojos adornaban los pómulos marcados y la sombra densa de los párpados inferiores. El marrón lo reservaba para darle profundidad y dureza a los labios resecos. La boca era la representación misma de la muerte, dejando ver una campanilla desgarrada. En las manos sostenía un rosario de cuya cruz, Cristo había descolgado un brazo para poder señalarle con un dedo acusador. Aquel niño sufría. Como casi todos los niños que Irene pintaba.

Se había levantado temprano y se había puesto un pantalón blanco que, poco a poco, había ido tiñéndose de rojo y marrón, fundamentalmente, salpicado por minúsculas gotas que saltaban desde el pincel. Por arriba, una camiseta ligera, que provocaba la sensación de que se moviera como si de una danza se tratase.

No había descansado bien. El calor y otra de esas horribles pesadillas, le mantuvieron en vilo casi toda la noche, agarrada a las sábanas cuyos bordes mordisqueaba. En esta ocasión, los niños de sus lienzos habían decidido bajarse y trepar por las paredes de su cuarto, dejando pequeños regueros de sangre a su paso. Una sangre que, lejos de secarse, iba acercándosele, hasta rodearle y adentrarse en la caverna de su boca. Se despertó cuando la cantidad de líquido que acumulaba en su boca era tal que a punto estuvo de morir ahogada. Corrió al baño a escupir, pero no logró echar más que un mínimo hilillo de baba. Con la boca seca y el corazón en un puño, asaltó la nevera en busca de un buen trago de agua. Luego se dejó caer en la cama, pero, por experiencia, sabía que la noche estaba perdida y que lo mejor que podría depararle el mundo, era un temprano amanecer.

Entre pinceladas, observó al vecino del 3.º del bloque de enfrente. Solía fumar en la ventana, aunque no sabía a quién podría molestarle si vivía solo. Cuando sabía que estaba concentrado y que no podría verle, le gustaba observarlo. Pasaba las horas escribiendo y hablando solo. A veces se reía, a veces se enfadaba. Parecía feliz, o al menos tranquilo, que casi es lo mejor que a uno puede pasarle en esta vida. No sabía qué era lo que escribía, pero sí que la montaña de folios que apilaba, era cada vez más y más alta. Se quedó un rato pasmada, jugando a vivir la vida que pasaba por aquella cabeza que fumaba en pipa y que, de vez en cuando, escuchaba algo de música. Desde que había llegado al edificio, tan solo habían tenido ocasión de cruzar algún saludo. Bastante para lo que eran hoy día las relaciones vecinales.

Irene se había mudado hacía unos meses, cuando se acabó su relación con su novio. Le había tocado a ella poner fin a aquella colección de desventuras que no tenía a dónde ir. No fue duro. Ella no era de esas. Cuando la cosa estaba acabándose y ya ni humo salía de lo que antes había sido una hoguera, sí que lo había pasado mal. Pero cuando tomó la determinación de terminar con todo, ya había puesto a cero su contador y empaquetado sus recuerdos. Se puso en marcha y no volvió nunca más a esa vida.

Los últimos tiempos habían sido duros. Roces de convivencia que se convirtieron en faltas de respeto, alejamientos que terminaron en camas ajenas, silencios, vacíos. Una llamada a deshora y la verdad que aparece escondida entre las tristezas del día a día. Insultos, gritos, y la determinación final tomando forma.

Arrastraba poco equipaje, así que rápido convirtió ese piso en su hogar. Tenía más de lo que hubiera deseado: un salón que servía de estudio de pintura, con una cocina americana que estaba separada del resto de la estancia por un murete que hacía las veces de mesa de comedor y que era el centro neurálgico de sus operaciones vitales, y un colchón sobre unos palés, separado del resto del estudio por una estantería llena de libros de arte. No era una gran lectora, pero sí que disfrutaba bastante cuando el tiempo se lo permitía. Prefería ocupar su tiempo pintando, algo que le mantenía la cabeza ocupada y alejaba sus fantasmas. Aun así, y como adaptación a ese verano extraño, había comenzado a bajar a la piscina con un libro, casi siempre como parapeto para no tener que hablar con los vecinos. Unos vecinos que, ante el nuevo orden mundial, habían decidido que lo mejor era relacionarse entre ellos y comentar las últimas noticias, casi todas inventadas, que tenían sobre el fenómeno.

Irene era distinta. Si no se habían hablado antes, ¿por qué hacerlo ahora?, ¿solo porque iban a morir? No le encontraba sentido. Pero nunca pensó que aquello acabaría como acabó.

Desvió su atención hacia la ventana del segundo donde, el viejo gruñón que allí vivía y que siempre encontraba un motivo para quejarse mejor que el anterior, regaba las plantas luchando contra los elementos, ajeno a la realidad de que, aquellos potos, llevaban días muertos. Aquel hombre nunca hablaba con nadie, salvo que tuviese una queja concreta contra alguno de tus comportamientos. En ese caso, podía llegar a ser implacable, y gastaba su tiempo y sus escasos recursos en destrozarte, ya fuese por sacar la basura diez minutos antes de la hora permitida o por apretar el botón de la luz de la entrada de la urbanización cuando él consideraba que había luz para poder moverte sin necesidad de iluminación extra.

Se quedaron mirando el uno a la otra. Irene se acercó a la ventana y comenzó a hacer que regaba unas plantas que no tenía, imitando cada movimiento del anciano. La representación duró escasos segundos. Un golpetazo al cerrarse la ventana del salón del hombre, puso fin al conflicto.

Por el respiradero del baño, le llegaron los gritos de la discusión que se estaba produciendo en el bajo. En tono de súplica, la chica le rogaba a su novio que parase, mientras él, a gritos, la forzaba en el baño. Los quejidos llegaban al tercero escalando cada centímetro de pared hacia el cielo. Entre los «¿ves lo que me obligas a hacer?» se colaba algún inútil «no volverá a pasar». Segundos después, el bloque se quedaba en silencio y, a su manera, cada vecino cerraba las cortinas de su indiferencia. Hasta la siguiente pelea.

Recordó las disputas con su novio, la ira que sentía, la rabia. A su manera, volvía a sentirse culpable. La culpa de nuevo, la cristiana culpa.

Estaba tan absorta en sus pensamientos que pasó por alto que la luz había vuelto a irse. Solo se percató cuando, al volver, la música sonó de nuevo y lo llenó todo.

Todavía tuvo tiempo de escuchar los gritos que, desde la piscina, sus vecinos pequeños le hacían llegar, en la eterna disputa entre hermanos. Con los mismos motivos de siempre, con las mismas treguas.