Extraño verano

Enrique Vidal · Capítulo 2 de 46

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Extraño verano

Capitulo 1

Seguía haciendo el mismo calor. Nada hacía prever que el sol diese un respiro, y el aire continuaba siendo irrespirable. Proyectado por una especie de secador de pelo gigantesco, seguía abrasando todo a su paso, secando las gargantas, matando las plantas.

Manuel se despertó temprano. Volvió a no necesitar despertador. Era imposible dormir con ese calor. Se acercó a su estación meteorológica; la mínima de la noche había sido de 33.5.º. Otra noche más en el infierno, otra noche menos.

Pero Manuel pertenecía al sector de quienes creían que ese extraño fenómeno no duraría demasiado. ¿Un mes, dos tal vez? Los que resistiesen hasta el final, solo tendrían motivos para celebrarlo. Que quedase con quién hacerlo, ya era otra cosa.

Salió de la cama disparado. Era imprescindible hidratarse cuanto antes, si no quería que la garganta le empezase a picar y los ojos se le pusiesen rojos como dos cerezas. Abrió el grifo y celebró que, un día más, el agua siguiese manando. Hasta cuándo, era una incógnita, pero de momento, tocaba agradecerlo. Bebió, disfrutando de cada gota de agua que descendía por su garganta. Notó como su barriga se hinchaba lentamente. Se le escapó una sonrisa y exhaló con fuerza tras terminar el último sorbo.

Preparó una cafetera y se dispuso a arreglarse mientras tanto, pero su gozo duró poco. Un «puf» acompañó a la enésima caída de la tensión eléctrica. Los cortes comenzaban cada día antes, y cada vez eran más frecuentes. El café tendría que esperar.

Se dispuso a ducharse aprovechando la luz que entraba por la puerta del baño. Si algo había traído esa situación, es que había podido disfrutar de pequeños placeres olvidados, como ducharse en tinieblas, dejándose guiar tan solo por el tacto y el olfato, como cuando, en las mañanas tranquilas de los fines de semana, con las Variaciones Goldberg de Bach sonando de fondo, compartía ducha con Adela. Antes de que Adelita se marchase para siempre. Ella, que tan poco disfrutaba con el calor, y pedía siempre el agua tibia.

En sus últimos años, la relación había variado. El sexo de los primeros tiempos, había dejado paso a las caricias tranquilas y sosegadas, los besos a las miradas, y las prisas a la calma. Ni peor ni mejor. Tan solo distinto. Hasta que a ella se le agarró el bicho ese y se fue apagando. Y ya no hubo tiempo para las caricias ni los besos. Y el sexo pasó a ser una tarde tranquila, con un café caliente entre las manos leyendo poemas de Neruda y fragmentos de obras que habían disfrutado en conjunto.

A falta de electricidad, terminó la ducha canturreando él, intentando entonar. Se vistió con un pantalón de tela fina y una camisa azul de lino. Lo más fresco que encontró. Se arregló la barba con cuidado de no estropear el perfil y se peinó frente al pequeño espejo que tenía a la entrada de su apartamento, con la luz que entraba por las ventanas del salón como aliada.

Sabía que era mejor no abrir las ventanas, pero necesitaba que entraba aire en casa, aunque fuese esa bola de fuego irrespirable. Le golpeó nada más abrir. Echó un vistazo a su estación meteorológica: 41.º. Y eran solo las 9 de la mañana. El día iba a volver a ser muy duro.

Hizo la cama y recogió las cosas que estaban tiradas por el suelo. No soportaba el desorden, pero era incapaz de vencer en su lucha contra este. Solía mantenerlo a raya, pero la batalla era diaria.

Se sentó cerca de la ventana y se preparó la pipa. El humo ascendió lentamente mientras saboreaba cada calada. Dejaba el aire en sus pulmones unos segundos y lo expulsaba provocando un pequeño silbido con sus labios.

Fuera, el mundo seguía girando despacio, ralentizado por el peso del calor. La plaqueta del suelo del patio humeaba y hasta el edificio parecía sudar. La herradura que describía el mismo y que dejaba la ventana de Manuel al sol, permitía, por las mañanas, un pequeño respiro al bloque de enfrente, orientado hacia el oeste, y que se moría al llegar el mediodía. Desde allí, como tantas otras mañanas, llegaban los gritos de una discusión. En el bajo, una chica jovencita, rubia y que, no tanto tiempo atrás, lució orgullosa el resultado de una operación de cirugía que le había dejado un pecho de revista, se esforzaba en darle explicaciones innecesarias a quien no quería escucharlas. Mientras tanto, su novio, prototipo de usuario de gimnasio y de esas salas de rayos UVA que dejaban la piel de tantos niñatos de color naranja, iba incrementando el tono de sus quejas cada vez más. Que si le miraste, que si te vistes así, que no pintas nada en la piscina… que fuiste tú quien me pidió que te acompañase, que yo no miré a nadie, que no, por favor, que no lo haré más. Y de aquellas súplicas llegaron estos golpes. Y otro día de encerrarse en casa para camuflar los moratones y el miedo. Y otra vida que comienza destrozada entre lágrimas en un baño oscuro, donde él la encerraba hasta que decidía que había cumplido con su pena, y se quitaba el traje de carcelero y se ponía el de novio que, un día, hace ya demasiado tiempo, le enamoró.

Capeado el temporal por el momento, lleno de ira y de frustración, Manuel se alejó de la ventana no perdonándose, como casi siempre, su falta de valor.

Se sentó en la mesa alargada de su estudio y comenzó a girar el bolígrafo en su mano. Si las circunstancias no cambiaban, puede que llegase a echar en falta haberse provisto de material para escribir. La verdad, no esperaba que desde el helicóptero les arrojasen libretas, lápices y demás. Tendría que apañarse con lo que había.

La casa, en un primer momento, estaba pensada para tener dos habitaciones pero, no demasiado tiempo después de que Adelita se marchase, Manuel entendió que los niños no volverían más. A pasar el día, acaso. Pero no volverían a dormir allí. Cosas de la vida. Así que, un buen día, desmontó la cama nido, y se compró una mesa enorme de madera en la que poder escribir, leer y dibujar sin problemas de espacio. Le sangró un poco el corazón, pero fue lo mejor que pudo hacer. Desde entonces, pasa la mayor parte del tiempo allí, leyendo, escuchando viejos vinilos, garabateando y escribiendo sus memorias. Unas memorias que, probablemente, nadie leerá jamás, pero que son su hilo de Ariadna atado a la cordura.

Lo había dejado cuando estaba empezando a contar cómo aprendió a cocinar en un cuarto de pensión en el que pasó sus años de universitario, siguiendo las enseñanzas y atendiendo a las regañinas de la gobernanta de todo aquel tinglado. Y no le fue mal.

«A día de hoy, me defiendo con los guisos y los platos de cuchara. Los

pescados y sus salsas también son otras de mis especialidades. La pasta, la de

verdad, se puede decir que la tengo dominada. Tal vez para concurso no esté,

pero podría defenderla ante el público más exigente.

De aquella mujer aprendí lo mejor de lo que puede empaparse un

principiante de cocinillas: a amar los alimentos. Todo. Ir a comprarlos y

seleccionarlos entre tantos otros en el supermercado, tratarlos en casa con el

respeto y el cariño que cada uno se merece. Preguntarles. Saber qué quieren y

porqué han venido a este plato.

Sigo disfrutando de cada minuto entre fogones…».

Leyendo lo escrito en alto, al amparo de la soledad, se le apareció al alma de Adela que, de vez en cuando se dejaba caer por aquel lugar, y recordaron juntos la comida de Navidad que habían preparado entre los dos muchos años atrás y que resultó ser un fracaso. Un fracaso del que nadie se acordó jamás, salvo ellos, que, tiempo después seguían recordando con nostalgia los fallos entre tanta perfección que parecía reinar en el mundo.

El sol comenzaba a ascender en el cielo cada vez más, señal de la pequeña tregua que le daba a su piso por las tardes. Se acercó otra vez a la ventana, a fumar otro poco. Enfrente, en el salón del tercer piso del bloque B, la chica que él conocía como «la versión morena de la joven de la perla», en referencia al cuadro de Vermeer que tanto le había fascinado, retocaba, pincelada a pincelada, ganando toda la perspectiva que el largo de su salón le permitía, el retrato de una niña, pintado en un rojo intenso, y que parecía llorar un dolor muy profundo. Allí, protegida por la inocencia de su juventud, aplaudía cada golpe de muñeca que sabía genial.

Le distrajeron las primeras voces que provenían de la piscina. José, el encargado de mantenimiento, que se vio obligado a quedarse cuando se desató el desastre, preparaba todo como si nada hubiese ocurrido. Mientras, los hijos del matrimonio del primero b, los únicos de la urbanización, discutían sobre quién se había ganado el derecho, el día anterior, a bañarse de primero.

Y en esas estaba cuando volvió la luz y la cafetera comenzó a funcionar, dejando caer el café sobre la taza que, paciente, llevaba esperando tanto tiempo.

Descolgó el teléfono, por si esa vez hubiese suerte, pero nada, seguía sin haber línea.