Extraño verano
Capítulo 13
La luna nueva se había aliado con Manuel y su plan, otorgando a aquella noche de verano el aspecto tétrico que la ocasión merecía. Una noche sin luna es como un mundo sin referente, e impedía que una mirada curiosa se cruzase con esa figura que, encorvada, se desplazaba buscando no ser visto.
Sin hacer el menor ruido, avanzando pegado a la fachada de su bloque, Manuel se acercó a la verja en la que había aparecido colgado el muchacho. Si quería llegar al final, tenía que partir del principio.
Se detuvo a observar el entorno. La aparición había dejado a los vecinos tan consternados que ninguno se había atrevido a volver a acercarse por el cierre metálico, que se ideó como barrera para los intrusos y había terminado por convertirse en el muro de una cárcel. De ese modo, las posibles pistas que allí pudiese encontrar, no habrían sufrido el mal actuar de algún intruso indeseado.
Lo primero que llamó su atención fue la altura a la que el cuerpo había estado suspendido. Recordó el cuerpo colgando a unos veinte centímetros del suelo. Algo menos, puede, pero lo suficiente para pensar que quien lo dejó allí debía de contar con una fuerza importante. Un peso muerto, y aquel estaba muerto del todo, no era fácil de mover.
Se dedicó en primer lugar a observar el entorno. En la verja se encontraban dos trozos largos de una brida de plástico, separadas por la distancia que tenían los brazos del chico abiertos en cruz. Un material resistente para soportar el peso. Con una pequeña navaja, cortó un fragmento de una y se lo guardó.
Después se dedicó a echar un vistazo por los alrededores. La hierba se encontraba aplastada en algunas zonas y se veía claramente que, aunque José se esforzaba en paliar los efectos del calor, un verano tan achicharrante, era demasiado para aquellas hierbas pequeñas y finas. Estuvo un rato largo dando vueltas sobre sí mismo hasta que descubrió unas huellas. Unas huellas inusualmente grandes. Ya tenía por dónde empezar.
Cortó también un poco de hierba de varios sitios y se lo guardó todo en una bolsa de plástico, que posteriormente metió, meticulosamente, en su mochila.
Cuando creyó que había terminado, echó un vistazo a su alrededor. Todo seguía en calma. El edificio parecía una cuna gigante que abrigaba los sueños de todos los que allí dormían, o al menos lo intentaban. No se escuchaba un ruido en todo el entorno de la urbanización, y hasta los grillos, tan dados a amenizar las noches de verano con su canto, parecían haberse tomado un respiro.
Con todo a su favor y determinado a cumplir con su misión, se fue acercando a la entrada de la urbanización, sin descuidar sus precauciones. Cuando se encontró cerca de la portería y de la sala de usos comunitarios, agudizó el oído para ver si percibía algún movimiento en el cuarto de calderas que José había convertido en su refugio. Posiblemente, por encontrarse siempre a la sombra, era uno de los lugares más frescos y, por consiguiente mejores para poder dormir, así que dedujo que el portero se encontraría descansando. Una vez comprobado por parte de Manuel que de allí no venía sonido alguno, se acercó al portalón de entrada y lo abrió, tomando la precaución de dejar la puerta bloqueada para que no pudiese cerrarse a su antojo, lo que provocaría un ruido estridente de desconocidas consecuencias.
Miró a ambos lados. Nadie. La prohibición de salir se le venía constantemente al pensamiento, adoptando la forma de uno de esos mensajes que les llegaban desde el helicóptero y que hablaban de las graves consecuencias de saltarse las normas. El corazón se le aceleró. La adrenalina comenzó a recorrer su cuerpo y tuvo que sujetarse para controlar el temblor traicionero que atacaba sus piernas. Echó un último vistazo y comenzó a avanzar.
Para sentirse más seguro, tanto por su flojera como por el miedo a ser visto, decidió reptar. El proceso de avanzar sería lento y difícil, pero de algún modo le permitiría ir pensando en el siguiente paso que habría de dar y le dejaría bajar un poco la guardia.
Se acordó de cuando iba con Adelita y los chicos de acampada, y de los juegos nocturnos con estos mientras su madre preparaba la cena. Correteaban jugando al escondite, o creyéndose tropas de un ejército imaginario que tenía la misión de tomar al asalto alguna loma. Cada vez los echaba más de menos. Aquel retiro del mundo había conseguido que Manuel cambiase por completo su orden de prioridades.
Cuando les confinaron, pensó en primer lugar si echaría o no de menos sus excursiones hasta la ciudad, donde visitaba los principales museos y aprovechaba para ir a alguna librería antigua a husmear entre las curiosidades que allí guardaban. Le encantaba montarse en el tren de cercanías e ir leyendo mientras el convoy avanzaba con calma hacia la estación del Norte. Desde allí, caminaba hacia el centro de la ciudad, empapándose de sus olores, de su ambiente, de la libertad que le garantizaba el anonimato. Luego se dejaba llevar, absorto en sus pensamientos, entre jóvenes que discutían en las puertas de las antiguas tascas que ahora volvían a estar de moda, entre madres que empujaban carritos y señoras mayores que esperaban haciendo cola en los bancos. La ciudad se había convertido en un lugar maravilloso que se desarrollaba y transformaba a una velocidad mayor que aquella a la que Manuel podía adaptarse, de modo que, sintiéndose a salvo de la vorágine en su refugio en medio de la nada, podía acercarse a ella para descubrir, cada vez, un mundo nuevo.
Ahora proliferaban cafeterías en las que sentarse a leer o a escuchar música baja, tiendas de diseño y chicas que abrían comercios en calles empedradas, hasta hace poco casi abandonadas. Ya no era su ciudad, pero seguía encantándole.
En esos pensamientos estaba enredado Manuel cuando comenzó a percibir un olor extraño. Era olor a carne en proceso de descomposición lo que le llegaba, golpeándole como un puñetazo en la mandíbula. Se concentró para no empezar a toser y para contener las ganas de devolver, con el riesgo que entrañaba de alertar a algún vecino que no hubiese podido conciliar el sueño. El calor sofocante que achicharraba aquel lugar había acelerado el proceso de descomposición de la carne e iba a hacer más difícil su tarea.
Se sacó la camisa y se la envolvió alrededor de la cara para poder respirar. Avanzó lentamente, mientras arrastraba su cuerpo y notaba como los guijarros y algún cardo iban desgarrándole la piel, produciéndole cortes pequeños. Se paró al lado del cuerpo inerte. Comprobó, echando un vistazo hacia el edificio que las luces del mismo seguían apagadas, y sacó una pequeña linterna de su mochila. Comenzó su tarea sin saber muy bien qué buscaba.
El cuerpo estaba duro y la expresión del joven había cambiado por completo. Manuel comenzó el examen desde los pies hasta la cabeza. Apoyándose en la escasa luz que tenía e intentando no elevar su propio cuerpo del suelo más de lo necesario, fue palpando el cadáver, levantando la ropa en la medida en que le era posible. No encontró nada raro. Ningún signo de lucha previa, ningún rasguño. De haberse producido algún encontronazo violento con alguien, estaba claro que la pelea iba ganándola él hasta que le sobrevino la muerte.
Llego a la altura del cuello. Allí, de arriba a abajo, se divisaba un corte profundo y fino, algo hecho con un cúter o semejante. Sin moratones aparentes, sin muestra de que el chico se hubiese resistido y alguien hubiese tenido que sujetarle la cabeza para realizar aquello. Un corte sorpresivo que le había seccionado, en menos de un segundo, la garganta. Es posible que hubiese muerto por asfixia.
A ambos lados de aquel estropicio, se observaban dos agujeros a la altura de la yugular. Se paró a observar. No sabía bien dónde ni cuándo, pero algo había leído sobre ese tipo de marcas que aparecían en algunos cadáveres. Intentó retener en su mente todos los detalles posibles y se dejó caer boca arriba para coger aire y descansar.
Tan pronto se repuso, echó un último vistazo al joven y emprendió el regreso. A lo lejos, la ciudad parecía tener cierta vida, entre el sonido de helicópteros que la sobrevolaban y el ruido que procedía de ella. No querría verse allí en un momento tan delicado.
Cuando estaba llegando al portal, casi creyéndose a salvo de los extraños y desconocidos peligros que acecharían a todo aquel que abandonase el edifico, creyó escuchar un ruido. Un vehículo se acercaba. Se tiró al suelo tan rápido como pudo y se arrastró hasta dejar la espalda pegada a la pared del inmueble.
Intentó contener la respiración y controlar sus nervios, pero el corazón, emborrachado de adrenalina, le latía con tanta fuerza que creyó que si los del vehículo se mantenían alerta y en silencio, no tendrían problemas para escucharlo. Porque estaba seguro: el ruido que había creído escuchar era el sonido del motor de un vehículo grande que circulaba a baja velocidad y aproximándose por el descampado que, en su día, había sido un precioso proyecto de parque con un estanque, zonas de juego y una cuidada colección de árboles autóctonos. Parque que no había pasado de ser una cinta inaugural en manos de un concejal al que nunca habían vuelto a ver.
Permaneció callado y quieto. La mochila, con las cosas que contenía, se le estaba clavando entre la columna y los omóplatos, y le costó contener un quejido. Cada vez más cerca, creyó distinguir voces que venían del vehículo. Entre los claroscuros de aquella noche sin luna, divisó, a unos cuarenta metros de su posición, una camioneta de techo descubierto ocupada por, al menos, tres personas. Cuando estuvieron más cerca, pudo percibirlos mejor. En la cabina, un chico de no más de veinte años, conducía intentado sortear las imperfecciones del terreno, mientras bebía lo que parecía ser una litrona. En la parte trasera, otro joven sostenía una gran linterna. Era el tercero el que le preocupaba; sentado en una plataforma giratoria, un hombre de unos cuarenta años, manejaba una metralleta de un tamaño considerable. Gotas de sudor frío recorrieron la dolorida espalda de Manuel.
Intentó concentrarse para percibir mejor los detalles. En un momento en el que los ocupantes de la parte trasera del vehículo se encendieron unos cigarrillos, tuvo la oportunidad que necesitaba para verlos mejor. Sus sospechas se confirmaron. Aquellos no eran policías ni militares ni nada parecido. Eran más bien un grupo de delincuentes que deberían estar aprovechando el caos reinante para saquear y campar a sus anchas sin vigilancia alguna. En realidad, nada les impedía entrar en la urbanización y llevar a cabo cualquier barbaridad que se les ocurriese. Nadie lo sabría nunca, o al menos hasta que aquel fenómeno espantoso pasase. Rezó para que se marcharan, para que pensaran que allí no tenían nada que ganar.
Circulando entre las sombras, se aproximaron tanto al lugar en el que estaba el cadáver que Manuel llegó a temer que lo descubriesen y que entrasen en la urbanización a pedir explicaciones. Pero terminaron alejándose y perdiéndose en la noche como habían venido. Sin acelerar, sin hablar.
Respiró tranquilo pero tardó un rato largo en reponerse. Cuando recuperó las fuerzas, se arrastró de nuevo hasta el portal y se adentró con cuidado de no hacer ruido con el portalón de hierro. Desbloqueó el cierre y aproximó la puerta tan despacio como pudo.
Unos minutos más tarde estaba en su casa, temblando acurrucado en su cama. Comenzó a recordar cada uno de los acontecimientos del último día, a revivirlos en su mente para grabar cada recuerdo. Le asaltaba una duda: ¿dónde había visto él algo parecido a los agujeros que ese chico presentaba en el cuello? Pensó en ello hasta que el sueño le venció.