Extraño verano
Capítulo 23
De vuelta a casa se sentó a descansar. Tantas emociones lo habían dejado baldado, y la edad empezaba a ser un hándicap en su nuevo trabajo de detective.
Ya tenía un sospechoso y un posible móvil. Ahora necesitaba relacionar al sospechoso con el crimen. Y no sabía por dónde comenzar.
Como no tenía muy claro qué hacer ni por dónde seguir, fue a intentar solucionar el otro asunto que se movía por su cabeza como un gato encerrado en una urna de cristal. Bebió un buen trago de agua, bajó las persianas para intentar que aquello no se convirtiera en un horno cuando el día avanzase algo más y salió cerrando la puerta tras de sí.
Un piso más abajo, Carlos, el vecino gruñón que siempre estaba enfadado por algo, continuaba tosiendo sin cesar. Manuel llamó a su puerta con cuidado de no molestar.
—¿Ha pasado algo? —Así fue como recibió Carlos a su vecino, con una actitud mezcla de hostilidad y del recelo que se muestra ante la adversidad—. ¿Con qué tragedia tenemos que lidiar hoy?
—Pero, hombre, ¿no ves que te va a dar algo si sigues así? —bromeó Manuel—. ¿Pues qué va a pasar? Además de estar solos, aislados, a cincuenta grados, incomunicados, y cargando con un muerto, ¿qué más se le puede pedir a la vida?
—Ese optimismo patológico no sé adónde esperas que te lleve.
—¡A sobrevivir! —replicó Manuel, quien, sin esperar a ser invitado, ya estaba colándose en la vivienda de su vecino.
La decoración, el ambiente que se respiraba, la sobriedad. Todo parecía desprender un aspecto tétrico, como si se tratara de la casa de alguien que lleva años esperando para morirse, y que lo tiene ya todo organizado para ello. En las estanterías no había ningún libro, ni tampoco fotos. No había cuadros decorando las paredes ni objetos decorativos sobre las mesas. Un cuartucho de pensión parecería mucho más acogedor que aquel espacio. Ni qué decir del cuarto que ocupaba José, que al lado de esta vivienda, pareciera una revista de decoración de interiores.
«La casa es como Carlos», pensó Manuel, sorprendido de cómo alguien en tanto tiempo podía haber acumulado tan poca cantidad de cosas. «Debe de tener el trastero hasta arriba de cachivaches», imaginó él, sin conseguir impedir que se le revolvieran las tripas.
—Solo quería ver cómo estabas, hombre. Somos cuatro gatos, y viejos, estamos tú y yo, así que me parecía normal acercarme aquí para ver cómo iba todo, y para ver si te las apañabas bien. Últimamente, he estado juntándome con Miguel, el escritor, Arancha, nuestra vecina del bloque, y con Irene («la chica de la perla», pensó), la jovencita que vive enfrente. A veces, se necesita compañía y un hombro en el que apoyarse. Ni que decir tiene que te puedes venir siempre que lo desees.
—Gracias, Manuel, pero yo ya no estoy para esas jaranas —dijo Carlos, quien acababa de sentarse, invitando a su vecino, con un ademán, a hacer lo mismo—. Bastante que esté sobreviviendo a esta catástrofe y que no me deje llevar. Mi reino ya no es de este mundo —rio.
—Pero mientras lo habitemos, tendremos que adaptarnos a él, ¿no es cierto? Carlos, no me quiero meter donde no me llaman —meditó cada palabra, cada gesto —, pero, últimamente, ya sabes que yo no cojo el ascensor, te he escuchado toser al pasar. Y no me pareció la tos de un acatarrado, ni la de un griposo. Yo…
—¿Pero es que nadie más tose en el mundo? —Carlos no estaba cómodo con el derrotero que acababa de tomar la conversación.
—Todos lo hacemos, pero ninguno así. Los dos nos estamos entendiendo, ¿o no? —Manuel sabía que aquello no iba a durar mucho más.
—Manuel, mi tos no viene de ahora. Yo, yo ya no tengo nada que perder, ni con la tos ni sin la tos. De todos modos, te agradezco el gesto.
Se levantó, despacio, sereno, dejando claro con su comportamiento, que aquella conversación había terminado. Manuel le siguió hasta la puerta sin saber qué más decir.
—Bueno, pero que no te falte una conversación o una ayuda si las necesitas, que nadie nace preparado para esto. Para esto ni para ninguna otra cosa. —Manuel ya había franqueado la puerta.
Se quedaron unos segundos mirando, y Carlos cerró la puerta con un gesto casi se diría que amable.
«Yo ya no tengo nada que perder», se fue pensando Manuel mientras volvía a su casa.