Extraño verano
Capítulo 11
Le despertaron los primeros rayos de sol. Estaba intranquilo. Fuera, todo parecía seguir en calma, y el calor continuaba siendo sofocante. Había perdido la cuenta de cuántos días llevaban así. Por inercia, casi sin querer, descolgó el teléfono con la intención de llamar a sus hijos. No tenía línea y la luz había vuelto a irse. Una nueva jornada de aislamiento y soledad. Tan solo el recuerdo de la cena de la noche pasada le alegró un poco la mañana.
Salió del dormitorio después de ponerse una camisa y de contar hasta diez.
—¡Lo que daría porque estuvieses aquí, Adelita! Si estuvieses a mi lado, no me sentiría tan incapaz de superar esto. Con los chicos, juntándonos para volver a comer todos juntos.
Se movía con cuidado de no marearse por los restos de vino que todavía bailaban en su interior. El cáncer le había arrebatado a su mujer, y le había dejado sumido en una profunda tristeza, de la que salió escribiendo, leyendo, e imaginando que su momento tampoco tardaría demasiado en llegar, y que sería la hora de juntarse con ella, allá dónde estuviese.
Su inquietud estaba lejos de desaparecer; eso le causaba una incómoda sensación, como si su cuerpo y su mente no estuviesen demasiado compenetrados. Ya la conocía, así que sabía que solo tendría que descubrir el motivo. La edad iba haciendo que se conociese cada vez mejor, y dejar de afrontar los problemas, no había sido jamás una solución para él.
Manuel se paró en el umbral de la puerta. Lo había olvidado por completo, pero en el sofá seguía descansado Irene. La contempló desde lejos, ralentizando su respiración para no despertarla. Desde que aquel volcán imaginario había estallado, era seguro que había tenido muy pocos momentos para dormir. El aire acondicionado, aun cuando funcionaba a intervalos, no conseguía calmar el calor reinante, y era muy difícil conciliar el sueño.
Irene, «la joven de la perla» respiraba de manera suave, y Manuel podía ver como se le hinchaba el pecho con cada inhalación. El pelo, alborotado, le caía sin ningún sentido a ambos lados de la cara, formando una maraña que producía calor con tan solo verlo. Estuvo unos segundos observándola, recordando las mañanas de los fines de semana en las que era su hija Anita la que ocupaba el salón de la casa familiar. Echaba de menos su vitalidad, pero ella era un alma libre y nada pudo retenerla allí.
Después, cuando se quedó del todo solo, se decidió a vender aquella casa llena de recuerdos que le impedían avanzar, y se marchó, se alejó para no volver a lo que había sido su vida. Desde aquel entonces, vivía en aquel pequeño apartamento, alejado del mundo.
Irene abrió los ojos y sus miradas se cruzaron. Tardaron unos segundos en hablar y fueron intercambiando sonrisas.
—¿Con quién hablabas, loco? —La chica fue la primera en romper el hielo—. ¿Siempre tienes un despertar así?
—¿Con que me estabas escuchando? —respondió Manuel casi entre risas—. Los viejos tenemos estas cosas, jovencita. No trates de comprendernos: estarías perdiendo el tiempo. Ya te llegará el momento de entendernos, y hasta serás uno de nosotros.
—¿Y si nunca llego a vieja? ¡Qué sabrás tú! —Irene se moría de risa—. O peor, ¿y si ya lo soy? Yo creo que este calor de locura, nos ha envejecido a todos un poco, ¿no crees?
El aparato de aire acondicionado volvió a funcionar. La luz había vuelto, y eso no se podía dejar escapar.
—¡Déjate de cuentos! ¿Quieres un café? —Siguió Manuel—. Hay que aprovechar que tenemos luz. De sobra sabes que desconocemos lo que puede durar.
Preparó café y unas tostadas, manjares que el helicóptero había traído para alegrarles la existencia y darles unos días más de margen. Por inercia, Manuel encendió la radio. El silencio seguía reinando en las ondas. Pocas cosas pueden causar una mayor sensación de desánimo que encender la radio y escuchar el silencio. Es como si la humanidad, más allá de aquello que puedas ver u oír de primera mano, hubiese desaparecido. Se resignó, a sabiendas de que la compañía de Irene le iba a ayudar a soportar ese regusto amargo.
—¿Cómo se presenta el día? —le soltó la chica, que parecía estar, de golpe, llena de vitalidad, como si todos los problemas que les acechaban hubiesen pasado de golpe.
—Pues, la verdad, no tenía pensado hacer nada especial —mintió—. Intentaré escribir un rato y después descansar. Si eso, puede que me pase un rato por la piscina. Nunca he sido yo demasiado de piscina, pero este nuevo orden mundial, hace imposible no remojarse de vez en cuando.
—Yo me iré a mi apartamento a seguir pintando. Cuando toda esta mierda pase quiero marcharme una temporada a Francia. Pero para eso tengo que tener un buen número de cuadros pintados para presentarme allí con algo consistente. Espero que esta sea mi oportunidad de poder mandar a… Bueno, espero que sea mi oportunidad y punto —zanjó—. ¿Sabes? Para mí, Francia ha sido siempre un sueño. Un lugar donde el arte está por todos lados, y donde todo parece arrancado de un lienzo impresionista. Así que si quiero decirle al mundo «¡joder si he triunfado!», tengo que hacerlo allí. Es mi tierra prometida.
—¡Adelante en ese caso! —le animó un Manuel que cada vez estaba más absorto en sus propios pensamientos y al que le costaba ya seguirle el ritmo a Irene.
—¡Pues no se hable más! —dijo ella—. ¿Nos veremos más tarde?
—Seguro que sí. Escribiré un rato y luego bajaré a tomar el aire, por caliente y seco que este sea.
Se despidieron e Irene emprendió el camino de regreso a su casa. Manuel no tuvo ni tiempo de decirle que no cogiese el ascensor, que con aquellos cortes casi constantes de luz era una locura, pero Irene estaba ya dentro y las puertas cerradas. Le deseó suerte en voz baja y con una media sonrisa.
Se metió en la ducha e intentó aprovechar que todavía seguía habiendo electricidad para escuchar algo de música. Mientras el agua fría recorría su cuerpo, la voz de Nina Simone llenaba toda la casa. Estuvo así un rato largo, disfrutando de cada gota que resbalaba por su cuerpo, y de cada nota que llegaba a sus oídos. Su cuerpo se fue arrugando y no pudo reprimir una sonrisa imaginándose así dentro de no demasiado tiempo.
Salió y se secó dejándose escurrir sobre una pequeña toalla. Nina seguía sonando, pero igual que pasó con Irene hacía tan solo unos minutos, había dejado de escucharla. Mientras se duchaba, bajo aquel manto de agua fría, Manuel descubrió qué era aquello que le tenía inquieto desde que se levantó.
La noche anterior había cenado con un grupo de vecinos, en una velada realmente agradable, consciente de que, entre aquellas sonrisas podía haber un asesino. No eran todos los vecinos del inmueble, pero ciñéndose a una probabilidad estadística, no sería raro que fuese uno de ellos. Y eso le tenía del todo intrigado. Ahora sabía que no podría parar hasta encontrarlo, que no podría volver a descansar hasta dar con el asesino.
Se vistió a toda prisa y salió hacia su estudio. Los folios con sus memorias seguían sobre la mesa, pero podían esperar. Tenía un plan y no podía dejarlo escapar.