Extraño verano

Enrique Vidal · Capítulo 4 de 46

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Extraño verano

Capítulo 3

Las palabras, que le salían solas, parecían brotar como las flores en la primavera, y los recuerdos se apilaban en su memoria, empujando por salir. Cuando eso le sobrevenía, necesitaba apuntar en sucio las ideas, por miedo a que después, con el reposo que sigue al frenesí, se le olvidaran. Porque esos recuerdos, difícilmente volvían, y ese compañero de la mili o el nombre de aquel bar, pasaban a ser, tan solo, datos sueltos e inconexos en el baúl de los misterios.

Por eso estaba tan concentrado, enfrascado en recrear una escena que le había venido entre frases sueltas: la de aquella vez que viajó en tren entre dos fugitivos y tuvo que hacerse pasar por concejal para que los grises no intentaran ir más allá de un simple «¿adónde se dirige, señor?». De golpe, recordaba sus nombres y sus verdades. Y recreó el miedo que pasó, y pudo escribir como se imaginó a sí mismo en una cárcel dando explicaciones no pedidas sobre su inocencia a gente que no tenía ninguna intención de escucharle.

Cuando acabó de recopilar los datos se dirigió a la cocina para hacer recuento de víveres. Desde que aquello había comenzado, su menú se había visto reducido a las latas de conserva y los alimentos no perecederos que había podido juntar cuando las autoridades les informaron de que se preparasen para lo peor. Pero ni lo peor que habían imaginado era tan malo como eso, ni nadie les hubiese podido preparar.

O el helicóptero les tiraba algo en unos días, o la cosa se iba a poner muy fea. Y esa escasez saca el lado más cruel de los humanos, y ya todo vale para subsistir. Y claro, nadie podría achacarle nada a nadie.

Se sentó a darle forma a todos aquellos recuerdos que, sueltos, flotaban en el ambiente. De pronto su despacho se convirtió en un viejo y gastado vagón de tren, donde el miedo se podía respirar. Podía recrear el olor a naftalina de los abrigos y el del desinfectante. Solo tenía que cerrar los ojos para escuchar el silbato que despedía cada pueblo que se quedaba atrás. Escribió durante un rato, que era su manera de viajar.

Cuando acabó el pasaje se acercó a la ventana y se preparó otra pipa. Fumar después de cada sesión de escritura le ayudaba a fijar las ideas y le preparaba la mente para el siguiente viaje.

En la piscina, «la joven de la perla» ojeaba con desgana uno de esos libros que cada poco ocupaban los mejores expositores de las librerías, abrigados por la pegatina de best seller que lucían en sus portadas. Cortados por el mismo patrón, hacían las delicias de millones de lectores.

Unos metros más atrás las persianas del bajo del bloque «b» continuaban cerradas. Probablemente, por unas cuantas horas, días tal vez. Dentro, aquella chica guapa que siempre estaba triste, se estaría esmerando por malvivir.

Mientras tanto, Irene pasaba las hojas sin prestar demasiada atención a nada. Casi como excusa para no tener que relacionarse con nadie, el libro le mantenía entretenida viviendo vidas en las que el calor no lo era todo. Porque su mundo había superado con creces, en las últimas semanas, cualquier ficción. A veces se reía pensando en que, en el mundo donde habitan los protagonistas de las grandes novelas, ahora mismo, les estarían leyendo a ellos.

José, cumplidor como siempre, pasaba una fregona con el agua tan fría como le era posible para intentar aliviar un poco la sensación de calor. Nadie ideó aquellas moles de ladrillo para un momento así, y se habían convertido en auténticos hornos donde los ancianos a duras penas podían sobrevivir. El termómetro que la comunidad había instalado al lado de la portería marcaba a esas horas 48.º. Las autoridades habían advertido que, por encima de los 42, no se debería estar fuera de casa salvo que fuese totalmente imprescindible, pero era imposible cumplirlo. La mejor solución que encontraron fue colgar, de entrada a entrada de cada portal, una especia de sábana gigante que habían elaborado cosiendo muchas otras más pequeñas, para dar sombra a toda la zona de la piscina. Así, y estando dentro del agua, se podía sobrevivir mínimamente. De todos modos, nadie aguantaba allí más de unos minutos, y se puede decir que iban, más que nada, a airear un poco sus cabezas saliendo de casa.

Irene solía bajar cuando estaba cansada de pintar. Se sentaba, leía un par de páginas de su novela, se remojaba y volvía a esconderse en su madriguera. Si acaso, alguna noche en la que las pesadillas se habían hecho más insoportables de lo normal, había aguantado algo más, al refugio de la pequeña tregua que daba el calor.

Desde el bajo del portal de enfrente, aquel hombre huraño la observaba. Siempre desde detrás de las cortinas, agazapado como un depredador, cada día más desaliñado y sucio, el enfermo Alonso, gastaba las horas entre susurros, desvelando complots, escondido de sus propios fantasmas. Víctima de todo tipo de chascarrillos, su salud había ido empeorando en los últimos años, pero se negaba a recibir cualquier tipo de ayuda. Que si la pérdida de un hijo, que si el abuso de aquello de lo que no se debe abusar, que si un trauma por una estancia en la cárcel… Mil historias se contaban. A Irene no le gustaba que le observase. Le daba miedo, siempre susurrando y escupiendo contra sus propios cristales. Parecía que estuviese a punto de cometer cualquier locura. Incluso con ese calor insoportable no se sacaba su sucia chaqueta de lana, tan ajada y raída. Cuando tenía que comprar algo, se lo encargaba a José dejándole una nota y el dinero. Después, le compensaba dándole una propina generosa. Cuando hubieron de aprovisionarse para lo que estaba por venir, hizo acopio de ingentes cantidades de comida, más de la que una familia normal hubiese necesitado para sobrevivir tres meses, y se recluyó más si cabe, eliminando el pequeño contacto que tenía con el mundo exterior. Y pareció ser el más feliz, y el más preparado.

Pero a Irene seguía sin gustarle, siempre pareciendo que tramaba algo grave y que toda la humanidad le molestase. Prefirió girarse para no verle más.

Le sobresaltó el sonido del portal cerrándose. Un «¡clac!» estruendoso. Por un instante, pensó que aquel hombre raro había abandonado su cueva para matarlos a todos. Se giró asustada. Pero lo que vio era a esa pobre mujer, Arancha, que había sido abandonada por su familia unos años antes.

Cubierta por completo con una especie de camisón fino, se acercó al borde de la piscina y saludó con un leve gesto de mano a Irene y a José, que se encontraba algo retirado. Sonrió a los pequeños con cierto aire de nostalgia y se sumergió del todo en la piscina tras despojarse del vestido. No hizo si no entrar y salir. Sin siquiera esperar a secarse un poco, se volvió a poner la ropa y, con un nuevo gesto de despedida exactamente igual que el primero, se dio la vuelta y se marchó.

Su andar, su elegancia y cierta belleza, llevaron a Irene a pensar que, aquella nube de tristeza podría largarse de una vez por todas para dejar paso a la mujer que debería ser. Pero, tal vez, eso no estuviese en su mano, y fuese necesario un largo proceso de sanación.

En esas estaba cuando la madre de los pequeños asomó su cuerpo por la ventana y les pidió, a gritos, que subiesen a casa. No era calor para que unos chiquillos estuviesen en la calle. Antes de que la madre se metiese de nuevo en casa, el padre de los chavales salió del portal mientras, sin girarse si quiera para comprobar si seguía allí, le grito:

—¿¡Pero si ya había dicho yo que bajaba a buscarlos!? ¡Es qué nunca se me escucha cuando hablo!

—¡Si alguna vez dijeses algo normal!

Tambaleándose, sosteniéndose como buenamente podía, agarró a sus hijos de las camisetas y los fue llevando, como a dos asustadas ovejas, hacia el portal.

Era todo lo que Irene podía ver por esa mañana. Unos minutos de vida en común entre tanta locura, daban para sacar lo peor de cada uno. Necesitaba dormir la siesta un rato antes de comer, ordenar sus ideas para poder seguir pintando.

Subió a su casa. Abrió la puerta con la esperanza de que el aire acondicionado hubiese podido trabajar durante un rato. No hubo suerte. El termómetro marcaba 38.º en el interior de la vivienda.

Le costó dormirse, pero acabó cayendo rendida por el sueño, acompañada por las voces que llegaban por el respiradero del baño. En el primero, una madre enfadada, reprochaba a su marido que bebiera tanto y que se pasase el día borracho delante de sus hijos. Y que le avergonzase. Y que no le hubiese dado esa vida que le prometió.