Extraño verano

Enrique Vidal · Capítulo 31 de 46

Páginas del PDF

Extraño verano

Capítulo 30

No se escuchaba nada más que los pasos de aquellas cuatro piernas temerosas. Sin cruzar palabras, diciéndolo todo con las miradas, con las dudas de unos pies que se trastabillan al avanzar. No era ningún misterio lo que allí se iban a encontrar, y aun así, ninguno quería entrar el primero. Miguel, otras veces tan decidido, el mismo que tan solo unos minutos antes parecía estar dispuesto a matar a Paco si les hubiese hecho algo a los niños, se mostraba ahora como un chiquillo asustado que no quiere enfrentarse a la realidad. Pero esta siempre termina apareciendo y no tenía sentido retrasar la cita más de lo debido.

Allí abajo, el olor era todavía peor que hacía tan solo un rato. La mezcla de lejía y otros productos con el calor creaba una atmósfera totalmente irrespirable. No podía ser que el cuerpo hubiese comenzado a descomponerse, pero cualquiera hubiera afirmado que ese hombre llevaba semanas allí ajusticiado.

Todo estaba como Manuel lo había dejado. Prefirió omitirle a Miguel los detalles de lo que había estado haciendo desde que descubrió el cadáver hasta que se decidió a ir a avisarle. Y, por supuesto, tampoco le confesó los auténticos motivos que le habían llevado a adentrarse en tan desagradable excursión.

El escritor tuvo que apoyarse contra una pared para no venirse abajo; mientras, Manuel tuvo que fingir menos familiaridad con el lugar del crimen de la que en realidad tenía. Y así estaban aquellos dos hombres, enfrentados a una realidad que ninguno había buscado, tentándose con la mirada. La imagen de aquel Paco travestido, con los genitales cortados, rodeado de toda aquella parafernalia con las fotografías formando la palabra «SUCIO», les impedía pensar. Tal vez, si hubiesen tapado el cuerpo, habrían podido pensar con claridad, pero aquel trozo de carne muerta lo llenaba todo.

Se terminaron sentando en el suelo. Por no caerse y por buscar una excusa para retrasar lo inevitable. Las imágenes de Lola y de los niños, y de una Carla condenada a revivir su desgracia, se agolpaban en sus cabezas. Una enorme nube de tristeza cubrió aquel pasillo helador.

—Es lo único que sabemos seguro que va a ocurrir, y nos tiramos toda la vida intentando no pensar en la muerte —comenzó, Miguel—. Nos olvidamos de prepararla, nos sorprende, nos asusta. Y, en realidad, es más natural que vivir. Porque vivir, amigo Manuel, uno puede vivir o no, y no llegar nunca a ser y no pasar de nube o de suspiro. Pero, tan pronto uno nace lleva en su alma su propia sentencia de muerte. Ya veremos el motivo, ya sabremos el qué y el cuándo, pero va a llegar. Inevitablemente…

—Es la esencia misma del ser vivo —le interrumpió, Manuel.

—No, es más que eso —siguió Miguel—. Tal vez nos deberíamos llamar «ser muerto». Lo otro viene de regalo y dura poco. Pero cuando sucede, mutamos a un estado que dura por toda la eternidad. Y ya nunca pasas de ser más que otro muerto, hasta que te olvidan para siempre.

»Y después, la nada. Hasta que terminas por diluirte entre los recuerdos de los que viven con miedo a llegar a ser aquello en lo que tú ya te has convertido, y que prefieren olvidarte. No por olvidarte a ti. Eso les da igual. Lo hacen por intentar olvidar que ellos acabaran muriendo también.

»Nosotros vivimos así ahora, Manuel. Llenos de miedo. Porque todos sabemos lo que no queremos creer: que entre nosotros, en esta pequeña comunidad de tristezas, vive la muerte. Y me la trae al pairo que la muerte se llame cuchillo jamonero, accidente o cómo cojones quiera que se llame. La cosa es que vive entre nosotros, y se entretiene seleccionándonos. Y nunca podremos saber cuándo va a volver a aparecer, pero sí que lo hará.

»Ese miedo, querido Manuel, rige nuestras vidas. Podemos camuflarlo con cenas más o menos amistosas, con chapuzones en la piscina o contándonos historias que en cualquier otra circunstancia, nada nos interesarían. Pero es miedo, nada más que miedo. En realidad, sabemos que en esa cena, o en esa charla desenfadada, puede que esté participando el asesino, aquel que maneja el reloj de nuestro pase al otro barrio, y puede que tan solo estemos intentando agradarle, creyendo que, de ese modo, escaparemos a sus ansias de matar.

—¿Y la soledad, y la búsqueda de la amistad, y.?

—Ganas de agradar. No son más que ganas de agradar. El miedo nos lleva a convertirnos en auténticos animales sociales. La manada: esa idea de refugio y de seguridad. Pero en esta manada que se disfraza de jauría de lobos, todos somos corderos salvo uno.

»Empezará ahora lo peor, y no te voy a decir que haya que estar preparados, porque no se puede. Viene el tiempo de las sospechas. De dudar todos de todos, de sacar conclusiones precipitadas y aceleradas. Y de fallar. De cometer errores de cálculo que pueden ser fatales. Porque a nadie le gusta que le acusen de matar, y menos a un asesino.

»Manuel, este será nuestro fin. —Miguel acababa de adoptar un tono solemne y algo lúgubre—. Grábate esto en la cabeza: de aquí saldremos muertos o locos. Y una opción es tan mala como la otra. Porque el muerto no sufre, pero si alguna vez salimos de esta, empezarán las pesadillas, y las noches sin dormir, y en esa sombra que se forma al moverse la cortina, veremos un cuchillo y un ser que camina hacia nosotros. Y entonces solo podremos esperar a morirnos, que será lo mejor que nos pueda pasar.

Miguel se levantó y se alejó despacio. Con cuidado de no tropezarse con el cuerpo de Paco, se acercó a su trastero y lo abrió. Desde su posición, Manuel no podía ver qué estaba haciendo su vecino. Su corazón se aceleró y volvió a sentir un frío intenso. Miguel no tardó en darse la vuelta.

—Sabía que tenía esto por aquí —llevaba una botella de vino francés, un abridor y dos copas—. Tendrás que soplar un poco la copa, que lleva demasiado tiempo cogiendo polvo. Pero la ocasión lo merece, ¿no?

—No sabría yo qué decirte. —Manuel intentó cambiar de tema.

—Pues no digas nada y bebe. Nos espera otra noche larga y complicada.

Los dos bebieron y fumaron en silencio. Hacía mucho que Manuel no fumaba un cigarrillo, pero no quiso despreciárselo a Miguel. Puede que ya estuviese en la fase de intentar agradarle.

—Te voy a confesar una cosa —dijo mientras rellenaba las copas—: el otro día os mentí.

—Explícate mejor, Miguel.

—Pues que no estoy trabajando a lo loco, recopilando cosas sin sentido para ver si de esta sale una novela que valga la pena. No. Estoy escribiendo una. Y la cosa marcha muy bien.

—¿Ah, sí? —Los temblores de las manos de Manuel aumentaban por momentos.

—Cada vez estoy más convencido de que esto no va a terminar nunca.

—¿Nunca? ¿Acaso sabes qué estás diciendo?

—¡Pues claro que lo sé! Llevo casi trescientas páginas y créeme que sé lo que te estoy diciendo. Y te lo repito otra vez: no vamos a salir de esta.

»Al principio, todos creeremos que sí, como lo hacemos hoy. Es nuestro mecanismo para agarrarnos a la cordura. Pero pronto todo cambiará. Un día, más antes que después, aparecerá otro cadáver, y otro más. Pero la peor de nuestras pesadillas, querido amigo, no vendrá del filo de una navaja, ni del frío metal de un estilete. No: vendrá del silencio. Porque el helicóptero, cuando menos lo esperemos, dejará de venir. No tenemos ni idea de qué coño estará pasando ahí fuera, pero te aseguro que no será nada bueno. Cuando el mundo estalle definitivamente, tendrán gente más importante a la que socorrer que a este pequeño rebaño de locos condenados. Y cogeremos al asesino entre todos. O tal vez, no. Pero nuestro futuro estará escrito.

»Un día nos daremos cuenta de que ya no nos queda comida. ¿Agua? Con suerte seguirá manando de los grifos, como en el milagro que contemplamos a diario. Si no fuese así, nos tendremos que beber el de la piscina para durar más de un par de días vivos. Y vendrán las infecciones y las epidemias. —Miguel mantenía el tono solemne, pero acompañado ahora de una media sonrisa, que parecía querer decir que sabía que todo lo que estaba contando, acabaría definitivamente por ocurrir—. Empezará una competición a sangre y fuego por los pequeños restos de comida que puede que se encuentren escondidos en alacenas y trasteros no suficientemente explorados. Entonces, será irrelevante quién demonios es el asesino, porque todos seremos asesinos en potencia. No te quepa duda: nos mataremos por un mísero mendrugo de pan.

»Terminará por quedar solo uno. Una especie de náufrago en una isla de cadáveres calientes. Pero no será ese tipo que el cine nos ha vendido en tantas ocasiones: nuestro náufrago estará, desde tiempo antes, muerto en vida, sin esperanza. Morirá de hambre. Unos días después. Tal vez semanas si tiene estómago suficiente para comerse el cadáver descompuesto de alguno de nosotros. Pero nada más.

»La escena final de la novela, será la del narrador ascendiendo al cielo mientras ve, a lo lejos, aquella escena dantesca. Un narrador que se bate en retirada al no tener ya, nada más que contar. Tan solo quedará el último superviviente allí, condenado a morir solo, desparramando su alma con cada exhalación, tirado en el fondo de la piscina, seca, intentando arañar con la lengua una gota de agua que hubiese buscado refugio en lo más recóndito de la inmensa bañera.

»Y en eso gasto mis días, amigo Manuel: es adelantarme a escribir un futuro que, en realidad, ya está negro sobre blanco. Tan solo me falta una cosa por hacer: recoger los olores y el calor. No es fácil para el escritor describir el hedor que se me metió en la nariz el día que trasladamos el cuerpo del musculitos ese, ni otro día que me crucé con Alonso en el pasillo de los trasteros. Por supuesto, ninguna palabra sirve para contarle al mundo, si es que alguien nos sobrevive en un futuro y me lee, este asqueroso calor que nos va a hacer enloquecer a todos. Me despierto de noche asfixiado, dando inmensas bocanadas de aire, buscando que siquiera un poquito de oxigeno se meta en mis pulmones y me libere de esa angustia. Me pica la piel todo el rato por el sudor, y tengo que pasar algunas noches en pie, sin soportar el contacto de mi espalda contra la sábana. Todo eso, se escapa a cualquier descripción. Porque la muerte, no se puede describir.

—¡No seas así, Miguel! —le replicó, entre cansado y asustado por el relato que acababa de escuchar con atención—. Ni todo es tan horrible, ni todos somos asesinos en potencia. Saldremos de esta. No sé si hoy o si mañana, pero saldremos. Y puede que aprendamos una lección de todo esto y dejemos de jugar con fuego y de creernos invencibles. Tal vez, el planeta nos esté diciendo que somos para él una presa fácil.

—Tendrás mucho tiempo para pensar en todo eso en la otra vida, amigo. No podemos quejarnos: llevamos un buen entrenamiento para el calor que vamos a pasar en el infierno —dijo Miguel, mientras pasaba la mano por el hombro de Manuel y le miraba fijamente.

Salieron de allí cabizbajos sabiendo que les tocaría pasar un nuevo mal trago. Mientras tanto, una imagen rebotaba en la cabeza de Manuel como una pelota de goma en las paredes acristaladas de una pista de squash: la de Miguel y Alonso cruzándose en los oscuros pasillos de los trasteros.