Extraño verano

Enrique Vidal · Capítulo 34 de 46

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Extraño verano

Capítulo 33

Regresaron al cuarto donde estaban los demás. Nadie quiso preguntar. Solo Lola pareció mostrar cierta cara de agradecimiento. El silencio se rompía, únicamente, cuando desde la cueva que eran los pulmones de Carlos se le escapaba alguna tos, larga y seca, que le llevaba, en ocasiones, a tener que golpearse el pecho para poder recuperar un ritmo de respiración normal.

Ya no pintaban nada allí. Aquel cuarto, antes lugar de reuniones en las que se decidía la fecha de apertura de la piscina o en las que se confabulaban para ir a reclamarle al concejal de turno que ampliara el recorrido de algún autobús o que plantasen algún árbol en la zona, había pasado a convertirse, en el imaginario colectivo, para siempre, en un lúgubre tanatorio. Pero nadie hizo nada por marcharse. La etapa de las sospechas que Miguel le había comentado a Manuel en su monólogo ante el cuerpo de Paco, había dado paso a la «era del miedo».

Reinaba el silencio en el exterior y ni siquiera era roto esta vez por la depuradora de la piscina que, a falta de luz, había tenido que dejar de funcionar. Los rostros de los allí presentes dejaban entrever muestras de cansancio y miedo, de frustración y angustia. Nada les impedía irse a sus casas, encerrarse entre aquellas paredes que guardaban, en muchos casos, los recuerdos de toda una vida y donde, con los cierres echados, deberían estar a salvo. Pero no se atrevieron. La compañía les hacía sentirse protegidos, miembros de una manada que, si bien no pensaba hacer nada por protegerles, al menos serviría de testigo si a alguien se le diese por cometer un nuevo crimen.

«Un encierro de las víctimas y el verdugo juntos», pensó Manuel. «El sueño de todo delincuente, que ve como sus víctimas potenciales se autocondenan a una cárcel que, en buena ley, debería corresponderle a él y solo a él. Por haber aumentado, de la manera más cruel posible, el dolor de una gente que, ya de por sí, está llegando a su propio límite».

Allí estaban todos a excepción de Alonso. Las palabras de Miguel, rememorando el día en que se lo cruzó en las escaleras de acceso al trastero, rebotaban en la cabeza de Manuel. Jamás pensó que ese viejo loco saldría por ahí de excursión. Ese dato ampliaba un poco el elenco de sospechosos. ¿Y si Alonso, enajenado y sin ningún tipo de control, fuese quien estuviese detrás de esa colección de horribles crímenes? ¿Tendría la fuerza suficiente para acabar con Marco? De nada serviría hacerle una visita. Alonso era de todos, con diferencia, quien llevaba muerto más tiempo. Fueron pasando las horas. A los niños terminó por vencerles el sueño. «La joven de la perla» cayó a continuación. El resto se debatían entre las luces y las sombras, sin prisa aparente por dejarse llevar. De pronto, como si de un sueño se tratase, comenzó a escucharse un sonido suave y lejano. Un «run run» constante y en cierto modo placentero. En un primer momento, pensaron que sería la depuradora volviendo a funcionar al regresar la luz. La tranquilidad del engaño duró solo unos segundos.

—Eso que suena no es la depuradora —dijo José, leyendo las caras de sus compañeros de encierro—. ¡No! Eso es un motor.

Tuvieron el tiempo justo para dejarse caer al suelo y reptar hasta refugiarse al lado de las ventanas que daban al exterior. El miedo que flotaba en el ambiente se podía cortar. La tos de Carlos o el inesperado despertar de alguno de los niños, podría convertirse en un auténtico problema para ellos. No cabía duda: el camión, con los hombres armados a cuestas, estaba justo al otro lado de la pared.

Una luz, tal vez proveniente de un foco gigante de esos que a veces se portan en los jeeps cuando los furtivos van de cacería, entró como una bola de fuego a través del ventanal, cortando la estancia en dos partes y proyectándose hacia el interior de la urbanización. Fueron segundos que parecieron años. Carlos comenzó a estremecerse y Miguel reaccionó justo a tiempo de meterle de lleno en la boca el pañuelo entero que este utilizaba como depósito de sus propias flemas. Fue en ese instante cuando Miguel se dio cuenta de que el trozo de tela estaba completamente ensangrentado.

No escucharon voces, pero sí como uno de los ocupantes saltaba del vehículo y caminaba hacia ellos. Si se asomaba, pudiera ser que fuese el fin. Sintieron como se abría el pantalón y orinaba en el otro lado de la pared contra la que estaban apoyados. Después, se dirigió de nuevo al vehículo. Miguel y Manuel se miraron. Si descubrían los cadáveres, era casi seguro que entrarían a pedir explicaciones, y, si fuesen ellos los que habían provocado esas muertes, tal vez porque Marco y Paco se hubiesen saltado alguna absurda norma que desconociesen, podría producirse una auténtica carnicería.

Pero no ocurrió. Tan solo unos segundos después, el motor del camión volvió a rugir con fuerza y escucharon cómo se alejaban en la oscuridad. Esta vez, el silencio lo rompieron las lágrimas cayendo contra el suelo y los sollozos de los que allí estaban.

A salvo del peligro, Carlos se guardó el pañuelo después de toser un buen rato, mientras miraba de reojo a Miguel pidiéndole que le guardara el secreto.