Extraño verano
Capítulo 45
Los pocos vecinos que quedaban no tardaron en arremolinarse en torno a aquel pasillo estrecho. Los llantos de Arancha, todavía abrazada a Miguel, se entremezclaban con las expresiones de estupor de los demás. Todos eran conscientes de que convivían con un asesino, pero ¿quién era quién de sospechar de alguien en concreto? ¿Por qué aquella chica y no cualquier otro?
A la sorpresa y el asco, se les iban sumando la tranquilidad de saber que todo había terminado, y la calma que sigue a la tormenta. Lola y Carla lloraban abrazadas sin poder decir nada. Nadie había imaginado un final así. Si el calor definitivamente había pasado, era el momento de echar a correr sin mirar atrás y quemar aquello definitivamente. Era el momento de que cada cual luchara por el futuro soñado.
Lola y Carla fueron las primeras en salir de allí. Una para reunirse con sus hijos y la otra para buscar, cuanto antes, con quién juntarse. No eran buenos tiempos para quedarse solo.
Miguel y Arancha les siguieron. Había llegado el momento de poner a prueba lo suyo lejos de aquellas paredes y de aquel secarral. Tal vez lejos podrían olvidar y empezar a construir sin tanta ceniza debajo. Manuel prefirió dejarles a solas. Ya bastante habían hecho por él sin saberlo.
José era el más reticente a moverse. No es fácil matar a alguien, sea quien sea esa persona. A la adrenalina que le emborrachó en los primeros momentos, le siguió la pena y el asco por la condición humana. No era a José a quien le correspondía juzgar aquello, pero el precio a pagar para él no iba a ser pequeño. Antes de ponerse en marcha, se dirigió a Manuel.
—Creo que te debo una disculpa.
—¿Al fin me tuteas sin miedo? Eso vale más que cualquier disculpa, José. Hiciste lo que tenías que hacer. No tienes nada por lo que pedir disculpas —dijo Manuel—. Sospechar unos de otros nos salvó la vida. Así de raros somos los humanos.
—¡Qué razón tienes!
—Ahora toca pasar página y olvidar.
Salieron a la calle. Como surge la primavera y la mañana, surgió la alegría. Vestidos como estaban, acabaron todos saltando a la piscina. A celebrar que estaban vivos y juntos.
Manuel fue el único que no saltó al agua. Se retiró sin que le viesen y se metió en su portal. Se acercó a la puerta de la casa de Alonso y la acarició. No era necesario decirle que no había sido tarde. Él ya lo sabría y lo estaría festejando.
Había echado de menos a Carlos en la celebración. Subió hasta su casa y llamó al timbre. Nadie respondió. Abrió con la llave que este escondía detrás del extintor. Carlos yacía con los ojos cerrados y las manos entrelazadas sobre su cama, y con una sonrisa de medio lado en los labios. Sea lo que sea que se lo llevó, lo cogió preparado y en paz.
«Adiós, amigo. ¡Ojalá la muerte te depare tantas lecturas como te mereces!», se dijo a sí mismo Manuel.
Subió las escaleras hasta su piso con un sabor extraño en la boca. Abrió su casa y se paró bajo el dintel de la puerta. Por algún motivo, sintió que ese nunca había sido su hogar. Y donde otro se deprimiría, él vio una oportunidad de empezar de cero.
En esos pensamientos estaba cuando, a su espalda, le sorprendió el sonido del teléfono. El corazón se le aceleró.
—¿¡Papá!? ¿Eres tú, papá? —Escuchó nada más descolgar. Y rompió a llorar.
Terminaste Extraño verano
Enrique Vidal
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