Extraño verano
Capítulo 42
Manuel salió casi dando tumbos de casa de sus amigos. Con la vista nublada, el andar errante y una sonrisa en los labios. Aquella cena de exaltación de la amistad y de futuro, le había hecho reconciliarse, si quiera un poco, con la condición humana. Miguel y Arancha eran buena gente y se merecían que la carretera de la vida les pintase, por una vez, alguna recta en su recorrido. Puede que al salir del encierro descubriesen que la vida no era como entre aquellas cuatro paredes, pero era innegable que no habían podido encontrar mejor flotador.
En esos pensamientos se ocupaba intentando no desmayarse por culpa del alcohol cuando salió del portal. A su derecha, iluminado desde detrás por la luz de la garita que solo permitía ver su silueta, José, armado con su cinturón de herramientas y con los brazos apoyados en las jambas de la puerta, silbaba entre dientes una versión muy libre de «La mala reputación».
Manuel apuró el paso. No era ni la hora, ni el lugar, ni el estado deseado para tener una trifulca con un hombre bastante más joven y físicamente preparado que él, además de que un martillazo en la cabeza era lo que le faltaba para rematar la orgía de alcohol que recorría sus entrañas. Caminó los escasos metros que separaban un portal del otro conteniendo la respiración. El sonido de serpiente del silbido de José se hacía cada vez más incesante y estridente. Ya con el portal abierto y sintiéndose casi a salvo, se giró. El portero seguía sin perderle de vista y había incluso avanzado un par de pasos hacia él, mientras, con su mano, hacía giros con el martillo dentro del cinturón de herramientas.
Era el todo o la nada. Manuel, exagerando el gesto, comenzó a silbar justo en el punto en el que José acababa de dejar la canción, mientras avanzaba hacia el medio del patio de la urbanización. Desafiante, con el poder que solo a veces el miedo concede.
De golpe, pudo ver la cara de José a la perfección. Un potente foco alumbraba al conserje desde la verja en la que, no hacía demasiado, un Marco crucificado había pagado el precio de sus pecados. Un foco que nacía desde la espalda de un Manuel perplejo.
Tardó en darse cuenta. El alcohol y los nervios le habían impedido escuchar la llegada del camión. Así, en aquel lugar que en ese momento le parecía frío y ajeno, su vida se debatía entre la ira de José, de un lado, y la incertidumbre de aquellos hombres de los que nada sabía, de otro. Optó por darle la espalda al conserje y, allí plantado, encargándose de romper el silencio, continuó silbando donde lo había dejado. Unos segundos eternos. Después continuó.
Cerró la puerta y respiró. No se sentía alejado del peligro, pero sabía que si aquel chalado pretendía ponerle en aprietos, tendría el tiempo justo para intentar escapar o al menos dar la voz de alarma.
Se apoyó en la pared del portal. Su mano comenzó a palpar la pintura, sus imperfecciones, sus pequeños bultitos, sus desconchados. En ese momento lo entendió todo.
Frente a él, la puerta de la casa de Alonso. Casi se tropieza al girar sobre sí mismo para alcanzar esta. Dudó si llamar al timbre o golpearla con los nudillos, pero antes de que pudiese resolver esa duda, la puerta se abrió. Estuvo a punto de caerse para atrás del susto. Delante de sus narices, aquel chiflado, con el pelo todavía más enmarañado de lo habitual y desprendiendo un olor nauseabundo que ponía a prueba su estómago ya de por sí revuelto, le sonreía dejando al aire una dentadura mugrienta e incompleta. Alonso estalló en una risa incontrolada.
Extrañamente, Manuel se sintió en paz delante de aquella cara que hacía años que había perdido el norte. El desconocimiento algunas veces, los prejuicios en otras o el temor, nos hacen perdernos cuánta verdad vive detrás de esos ojos perdidos que vemos demasiado a menudo. Y ahora sabía que sin aquel loco, no habría sido capaz de solucionar el enigma que llevaba tanto tiempo rondándole en la cabeza. Le debía un favor que no sabía cómo pagar.
Se paró frente a Alonso e, imitando su comportamiento de días atrás, repitió, en un tono de voz mucho más alto de lo deseable para la hora que era:
—¿Dónde van a parar las gotas… dónde terminan?
Rieron juntos esta vez. La puerta de la casa se cerró, mientras Manuel escuchaba a su vecino repetir: «¿Dónde, dónde, dónde?».
Pero el momento no había llegado todavía, primero tocaba destilar todo ese alcohol y enfrentarse a una nueva madrugada.