Extraño verano
Capítulo 4
La tarde sorprendió a Manuel fumando mientras miraba por la ventana. Desde hacía una rato el sol había dejado la fachada de su bloque a la sombra y eso reducía, aunque solo ligeramente, la sensación de calor. En el exterior, la temperatura debía de rondar los 50.º. Mientras que las emisoras de radio siguieron con su actividad, las autoridades iban informando de la previsión diaria y de las máximas que se esperaban para las jornadas siguientes, pero desde que las emisiones se cortaron, cada uno tenía que imaginarse qué día podría ser que aquello se terminase. Aunque de momento, no tenía pinta que fuese a ocurrir.
Se dedicó a mirar durante un rato más allá de la verja que marcaba los límites de la urbanización hacia el sur. Aquella extensión de lo que la constructora vendió como el futuro del desarrollo urbanístico de la capital, se había quedado en lo que siempre había sido: un páramo. Ni un solo edificio había aparecido para cortar el horizonte. Ninguno de los prometidos comercios. Nada. Solo el polvo se arremolinaba en aquella enorme extensión de tierra yerma.
De golpe, como surgido de la tierra en suspensión que bailaba al otro lado de la verja, remontó el vuelo un pequeño helicóptero. Manuel se excitó, pero la alegría duró poco. Cuando se fijó bien en aquel pájaro de hierro, supo que, por su tamaño, no estaba allí para dejar una bolsa con víveres, sino tan solo para soltar algún mensaje de esos encaminados a tranquilizar a la población que tan solo servían para poner más nerviosa a la gente, y que siempre terminaban con el recuerdo de la prohibición, total y absoluta de abandonar los hogares, con la amenaza de que, quién osara saltarse las normas, y fuese sorprendido deambulando por un camino o intentando aproximarse a alguna población o vivienda que no fuese la suya, sería ejecutado sin sentencia previa.
Ni siquiera esperó a escuchar el mensaje. Le dio una última calada a su pipa, y se dirigió a su mesa. La luz acababa de volver, así que quería aprovechar el momento para hacer otro café y escuchar algo de música mientras escribía un poco.
Sonó un fado mientras vertía el café caliente en una taza. No sabía si le llegaría la leche, así que prefirió tomarlo solo y con una piedra de hielo. Recordó lo mucho que le gustaba a Adela tomar café en verano mientras veía a los niños jugar.
—Fuimos felices, ¿verdad, Adela? Ahora, ya sabes, los chicos tienen su vida. No les culpo. Si acaso, me hubiese gustado pasar juntos la Navidad, o tu cumpleaños. Más incluso que el mío. Pero bueno, tal vez mis rutinas mentales sean más del siglo pasado que de este, y tengan más de ruinas que de rutinas. ¿Estarán bien? No hubiese imaginado hace meses que quién sabría de ellos serías tú. Los chicos de Gabriel serán los que estén pasándolo peor, en ese piso tan céntrico, rodeados de asfalto. ¿Podrán salir a la calle? Allí en la ciudad todo es tan distinto que puede que les dejen salir a comprar, o incluso al cine. ¡Qué sabré yo!
»Ya sabes que la cosa no funcionó. Se quebró como se quiebran estos temas: por el roce. Yo pasé de ser un padre a un trasto, y preferí hacerme a un lado, con mis manías y mis vicios. Pero no le achaco nada. Cada pájaro debe cuidar de su nido. Solo le reprocho, con la boca pequeña, que no haya venido a traer a los chiquillos alguna vez. Para ellos soy tan solo un extraño que, con suerte, sale en alguna foto del salón. Y nada más.
»Y Ana… Ana es distinta. Tan Ana, tan poco yo.
Descansó un rato. De vez en cuando, esos pensamientos le obligaban a detenerse y respirar con cuidado de no herirse más de lo que ya estaba. Se concentraba en la música y dejaba el tiempo pasar.
Se dio una nueva ducha y preparó una palangana con agua. Poner la lavadora era una odisea con aquellos cortes de luz tan frecuentes. Miró el termómetro. No había tregua.
Se acercó a la ventana. En el salón de la segunda planta del bloque contrario, Miguel rellenaba folios con ahínco, como quien aprieta tornillos. Desde que ganó aquel premio, pudo dedicarse a escribir a tiempo completo, sin ahogos económicos. A cambio, ahora era su editor quien le ahogaba asfixiándole con la mano de los plazos de entrega y con la mano de las ventas. Pero era feliz. Era lo que siempre había querido ser.
Miguel fue el único que se marchó a la urbanización con la esperanza de que todo aquello que contaban sobre el desarrollo urbanístico de la zona fuese mentira. Incluso guardó la ilusión de que las cosas empeorasen y la constructora no fuese capaz de vender todos los pisos. Se quedaría así, si cabía, más aislado. Fue lo único en que se equivocó. No obstante, le gustaba aquel lugar recóndito y tranquilo donde salir a pasear por las mañanas, muy temprano, durante horas, para luego encerrarse a escribir y a leer en su casa, rodeado de su enorme biblioteca y de su interminable colección de libretas. Por las noches se permitía un par de vasos de vino, y se acostaba cuando el sol justo acababa de ponerse. Verano e invierno.
Por exigencias del guion había abandonado sus paseos, así que, de vez en cuando, se le veía subiendo y bajando las escaleras de madrugada. Un ejercicio para no volverse loco.
Un piso más arriba, «la joven de la perla» se peleaba con un lienzo en blanco mientras le daba los últimos retoques al retrato de un niño.
Había podido dormir la siesta un par de horas, más por puro cansancio que porque las condiciones acompañasen. Se preparó un té y se dispuso a iniciar un nuevo cuadro.
Comenzó a tararear, dándole la espalda al lienzo en blanco. Cerraba los ojos unos segundos, jugando a visualizar formas y figuras. Respiraba en busca de olores evocadores y palpaba el aire para alcanzar a sentir aquello que fuese que habitase en su memoria. Después, abrió los ojos y se enfrentó a aquella extensión desafiante en blanco, dejando que su mano, libre, disparara la primera bala. De ese gesto surgía el primer trazo, algo pequeño e informe, que acababa dando lugar a una forma abstracta que después podría ser cualquier cosa. Cosas que, en los últimos tiempos, eran casi siempre dolores de una infancia dura.
En el segundo piso del bloque contrario al de Irene, un viejo gruñón abrió las ventanas para quejarse del calor en alto, como si el resto de la humanidad no lo padeciese. Tuvo tiempo de adelantarse a los acontecimientos, criticando el ruido que estaba por llegar.
Irene siguió dando forma a lo que ahora parecía una mandíbula marcada, que daba paso a una cara en la que unos ojos inyectados en sangre, contenían una lágrima de rabia.
La tarde ya estaba avanzada cuando comenzaron a verse los primeros atisbos de vida. Baldeando cubos de agua helada, salpicando el suelo y las paredes, José intentaba refrescar un poco su micro mundo. Cuando la tragedia llegó se quedó atrapado en tierra de nadie, lejos de su casa y de su gente. Todos le apoyaron, pero ninguno se ofreció a hacerle un hueco en su casa. Desde entonces, había hecho del cuarto de calderas algo así como un apéndice de su hogar. Tenía un colchón, una pequeña televisión que ahora mismo no le servía de nada, algún libro de esos que cuentan historias de vaqueros en el medio oeste y una lámpara. Para los cortes de luz, una linterna. Para el resto de necesidades, se aprovechaba de los baños de la piscina. Poca cosa para quien poco necesitaba.
El sonido de los niños comenzó a crecer. Primero fue un murmullo ligero para convertirse en un griterío intenso. Era su pequeño desahogo. El principio, les dejaban bajar de noche a la piscina. Al fin y al cabo, a poco que la temperatura bajase algo, era el único momento para intentar vivir. Pero el dormir se había convertido en una utopía, de manera que no se podían desperdiciar horas de sueño y su madre optó por no dejarles bajar más. Su padre… su padre bastante tenía con sobrevivir.
Años de lucha contra todo: contra el desempleo, contra el desánimo y contra sí mismo, para terminar derrotado por el alcohol. Comenzó como una manera de pasar las mañanas en que el mundo se le hacía grande, con su mujer en el trabajo y los niños en el colegio. Mano sobre mano, comenzó a dar pequeños paseos que, indefectiblemente, terminaban en el bar. Allí, rodeado de iguales, se desinhibía entre vasos de whisky y bailes a deshora. Y de esos bailes llegaron roces inoportunos. Y de allí la culpa y un matrimonio a punto de romperse.
Eso no hizo sino empeorar su problema con la bebida. Desde entonces, su vida era una competición constante para poder beber sin ser visto, para mantener el tipo cuando la ocasión lo requería, para seguir creyendo que engañaba a todo el mundo. Pero en realidad, solo en algunos momentos era capaz de engañar a sus hijos, y a sí mismo.
El calor continuaba siendo sofocante cuando Irene ya había perfilado las cicatrices en el cráneo de la persona que daba vida a su nueva creación. Debían de ser las siete de la tarde y el estómago no paraba de pedirle que se echara algo a la boca. Se vio obligada a parar. Se acercó a la despensa a rebuscar entre las latas que consiguió acumular. Añoraba poder comer algo fresco. Había estado soñando con fruta, con verduras, con zumos. Ya estaba cansada de tantas conservas, pasta y arroz.
Abrió una lata de espárragos y se los fue introduciendo enteros en la boca. Era lo más fresco que encontró entre tanto atún. Se acercó a la nevera y sacó la botella de agua. Dejó caer el líquido permitiendo que parte se escapase por la comisura de sus labios, descendiendo por su cuello hasta ir a parar a su camiseta. Había sido el mejor momento del día. Miró el termómetro que estaba a la entrada de la urbanización. Seguían en el infierno.
En la piscina acababa de hacer su aparición el musculitos del bajo. Sin un atisbo de culpa en su mirada, caminando con seguridad, se sacó la camiseta y se lanzó de cabeza al agua. A punto estuvo de provocar un accidente al saltar tan cerca de los niños. Irene imaginó que las persianas de su vivienda seguirían bajadas, como ocurría cada vez que tenían algo que esconder, llámese moratón o brecha.
El musculitos salió del agua, abrió los brazos y se estiró durante unos segundos. Frente a la ventana de Irene, Manuel, que se había tomado un descanso en su tarde de escritura, contemplaba la escena con el mismo asco con que lo hacía la joven. El chico, desafiante, buscaba ojos fisgones en las ventanas a los que mostrarles su indiferencia. El espectáculo duró solo unos segundos más. Viéndose sin más público, se marchó a su casa sin contener una sonrisa.
Irene y Manuel se miraron, sintiéndose tan asqueados como culpables. La estrechez que fijaba ahora los límites de su mundo, había achicado la realidad hasta límites insospechados, y lo que antes eran conflictos en tierras lejanas en las noticias, eran ahora broncas en bajos cercanos. Y ya nadie pensaba en esos niños que corretean desnudos detrás de los corresponsales de guerra. Esos niños, en este mundo, lloraban, bajo una cama.
Solo la presencia de Arancha, que había vuelto a hacer una de sus breves incursiones hasta la piscina, les distrajo y les sacó de aquel carrusel de nauseas.
Caía la tarde lentamente y la urbanización volvía a sumirse en la tristeza de cada puesta de sol. Estaban perdiendo la esperanza de que aquello terminase pronto y cada día se hacía un poco más difícil.
Manuel, mientras tanto, revisaba notas sobre sus veranos en el pueblo en compañía de Adela y de los niños. En un acto reflejo, descolgó el teléfono. Seguía sin haber línea. Y otra vez se fue la luz.