Extraño verano

Enrique Vidal · Capítulo 23 de 46

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Extraño verano

Capítulo 22

El frío que se le había metido en el cuerpo después de la charla con Carla le había permitido conciliar el sueño y se despertó extrañamente descansado. Desde que aquel infierno había comenzado, no había podido dormir tan bien como lo había hecho esa noche. Una sensación rara le recorrió el cuerpo al recordar las palabras de la chica, su dolor, sus reproches.

La luz que se colaba por las rendijas de la persiana no era demasiado intensa todavía, con lo que intuyó que hacía bien poco que acababa de amanecer. La temperatura debía de ser ya superior a treinta y cinco grados. Solo pensarlo le devolvió al estado de angustia que todos llevaban soportando desde que aquello había comenzado.

Decidió vestirse rápido y salir de casa antes de que ningún vecino anduviese pululando por ahí, antes si quiera de desayunar.

Salió al encuentro de José. A esa hora y con lo que costaba conciliar el sueño, era más que probable que lo pillara durmiendo, pero no quería arriesgarse a esperar a hablar con él en presencia del siempre incómodo público. Se acercó hasta el cuarto donde dormía el conserje y llamó con los nudillos. No se podía decir que José se hubiese alegrado al verle.

—Don Manuel, ¿qué le trae por aquí a estas horas? —dijo mientras se frotaba los ojos y se desperezaba—. ¿No habrá ocurrido nada?

—No, no, tranquilo, José. Nada grave, hombre.

—Pues perdóneme que le diga, pero no son horas para despertar a nadie si no ha ocurrido nada grave. Ni de dar estos sustos con los días que llevamos, la verdad.

—Discúlpame, José. Lo siento de veras. Es que con este calor uno ya ni sabe qué hora es ni dónde está. Me pasaré en otro momento —dijo, fingiéndose avergonzado.

—Tampoco es eso. No se preocupe. No me faltaba tanto para despertar. ¿Puedo invitarle a pasar y a tomar un café? —José también parecía tener ganas de compañía.

—Pero solo si dejas de tratarme de usted, que no sé cuántas veces te lo habré dicho ya, hombre. ¡Tendremos tiempo de recuperar los formalismos, si eso, cuando esta locura termine! —rio, aunque nunca se había mostrado muy amigo de mantener las distancias.

Pasaron al interior del cuartucho. José había hecho de aquel lugar algo más habitable de lo que Manuel hubiera imaginado. Tenía algún libro y bastante orden. No había más luz que la que entraba por las rendijas de ventilación y era, con diferencia, el lugar más fresco del edificio. José preparó café aprovechando que había luz.

—Me defiendo con pocas cosas, como ves —comentó—. La vida nunca me ha regalado demasiados lujos, así que me he acostumbrado a apañarme con cuatro tonterías: unas novelillas, café caliente y, cuando emitía, la radio. La radio ha sido mi gran compañera desde que empecé a trabajar en esto. Antes de llegar aquí estuve en otras fincas, todas por el centro. Me vine buscando familiaridad y cercanía. En el centro, a muchos vecinos nunca los veía. Salían de casa antes de que yo llegase y se volvían cuando ya se había puesto el sol y yo me había marchado hacia mi casa.

»Me vine pensando que aquí, al no haber nada en los alrededores, la gente haría más vida con los vecinos y tendría un mejor ambiente de trabajo. Me quedaba mucho más lejos de mi casa, pero el trayecto hasta aquí no se me hacía pesado, escuchando la radio en el autobús, mientras veía los coches pasar. ¡Qué equivocado estaba! La realidad es que los vecinos en estas urbanizaciones se encierran más si cabe en sus casas. Como mucho, bajan de cuando en vez a la piscina, aunque tampoco demasiado. Se aíslan y casi no se comunican entre ellos. No estoy mal, ¡eh! — reflexionó—, pero sí añoro sentarme en el portal de mi antiguo trabajo a ver a la gente pasar, yendo a la compra, paseando con niños, etc. Al menos era más entretenido. En esta urbanización, en invierno, apenas hay vida.

»Y bueno, no es que me plantease irme, pero no sé si después de que esto pase, podré seguir mucho tiempo más por aquí. Si encuentro algo lo dejaré todo atrás y me volveré a la ciudad.

—Te comprendo. ¿Sabes qué? —dijo Manuel—. Me da a mí en la naricita que no vas a ser el único que, cuando todo termine, haga las maletas y se largue de aquí para siempre. Estallará la tensión acumulada y será el momento de empezar de cero. Nos quedaremos los viejos y poco más.

—Y usted, ¿no se irá un tiempo con sus hijos?

Aquel repicar de tonos interminable de la fallida llamada de teléfono a su hijo, comenzó a retumbar en la cabeza de Manuel.

—Es posible. Es posible. Y tú, José, ¿echas mucho de menos tu casa?

—Es inevitable pensar en ello a diario, pero intento controlarlo. Saber cómo estarán, si tendrán para comer, si les llegarán las medicinas… Pero no puedes dedicarle mucho tiempo a eso si tienes intención de mantener la cordura. El tiempo nos dirá qué nos vamos a encontrar —una mancha de tristeza acompañó cada una de sus palabras; cada día que pasaba, el miedo iba instalándose con más fuerza en sus corazones, hasta ocuparlo prácticamente todo. El límite de cada uno estaba cerca.

Bebieron el café en silencio durante unos minutos, navegando cada cual por sus recuerdos. Manuel dejó que su mente volara al cuarto que habitó cuando estuvo viviendo en casa de Gabriel al enviudar. En realidad no se estaba allí tan mal. La compañía de sus nietos podría llegar a compensar cualquier gesto desagradable o ingrato. Podría leerles cuentos, ahora que ya eran un poco más mayores. Y enseñarles cosas. Porque eran pocas, pero alguna sabía.

No debía extender demasiado la visita por si a algún vecino se le diese por aparecer con cualquier urgencia.

—Quería comentarte una cosa, José —dijo Manuel, sin tener muy claro por dónde comenzar—. Ayer estuve por la zona de los trasteros. Me encontré aquello hecho un auténtico desastre. Meadas, algún cristal roto, el suelo pegajoso. ¿Ha pasado algo? Siempre tienes todo en perfecto estado de revista y me extrañó.

—Verás, Manuel. Te voy a decir que casi lo doy por imposible. Esa cueva…

—¿Quieres decir que ya sabías que estaba así?

—¡Ojo! Que yo siempre cumplo con mis quehaceres. Limpio todo, friego el suelo, arreglo desperfectos, mantengo la piscina, incluso con este calor horroroso, etc. No creo que se me puede achacar nada.

—¡No me malinterpretes, hombre! —Manuel quería ver hasta dónde podía llegar, pero sin enemistarse con un posible aliado.

—Ya lo di por imposible, como te decía. Yo estoy para limpiar y arreglar lo que haga falta, pero no para fregar las meadas de ningún borracho, con perdón.

—No hace falta que te disculpes.

—Ya hace tiempo que empecé a notar que esa zona era un estercolero. Yo no me quiero meter donde nadie me llama, son cosas de los propietarios, pero aquello es un asco desde que… bueno, desde que Paco y ese pobre chico empezaron a meterse allí a correrse sus juergas. ¡Ala! Ya lo he dicho.

Manuel sabía que la conversación estaba donde él quería. Era cosa de encomendarse a la suerte.

—¿Paco y Marco, el muerto? —Se hizo el tonto.

—A ese también le gustaba el alpiste, no te vayas tú a creer que no. ¿Otro café? —Le rellenó la taza sin esperar la respuesta—. Ya sabes que esa gente siempre se encuentra. Puede que el primer día guardaran las formas, pero seguro que al segundo ya se cogieron una buena curda. Y claro, con las restricciones que tenemos, no tardarían en llegar los problemas. Cada mañana aquello estaba peor. Todo tirado, botellas rotas, las asquerosas meadas en cada esquina. Todo. Aquello parecía un campo de batalla. Y ya te imaginas, porque yo verlos nunca los vi, pero encontré sangre. Así que alguna vez seguro que se zurraron.

»Yo no era quién de decirles nada. Pero una vez sí que se me hincharon… y bajé a los trasteros cuando sabía que Paco andaba por allí. Le dije que no sabía qué había pasado, pero que iba a hablar con todos los vecinos para que se solucionara eso, por ver si así se ponían las pilas. Pero nada, no se dio por enterado y al día siguiente todo volvió a estar hecho un asco. De modo que, al final, opté por no hacer nada. Desde que el calor comenzó nadie baja a los trasteros. ¿Quién va a necesitar la ropa de invierno o una bicicleta si no se puede salir? Así que pensé que, si alguna vez alguien me decía algo, contaría lo que allí estaba pasando, y a quién Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.

—Te entiendo. Y bien que haces. Total, basta que limpies para que vuelvan a bajar a ensuciarlo —era su momento, y Manuel se lanzó—. ¿Me harías un favor?

—Sí, claro.

—No toques nada de momento. Luego bajaré a hablar con Paco. No te pases por allí para que no crea que me has dicho tú nada. Pero hablaré con él.

—De acuerdo —contestó José—. No es ningún sacrificio aguantar sin bajar a esa cochiquera —los dos rieron.

Se acabaron el café y Manuel se marchó. Parecía que todos los vecinos seguían aún dormidos, así que no se lo pensó dos veces y se marchó a casa a ponerse el traje de baño.

Bajó a darse un chapuzón cuando todavía seguía todo en silencio. Intentó hacer el menor ruido posible y disfrutó del agua casi fresca que empapaba su cuerpo. Debían de estar ya a unos cuarenta y cinco grados.

Salió del agua y, sin parar siquiera a secarse, se fue directo de vuelta a casa. No había comido nada en todo lo que llevaba de mañana y tanto café en ayunas no solía sentarle demasiado bien, así que se preparó unas tostadas con mermelada y se las comió antes incluso de vestirse.

Después, se dio una ducha rápida y se vistió. Ya en salón, se preparó una pipa y se sentó en un sillón a mirar por la ventana. El aire acondicionado le proporcionaba la sensación placentera de fresco que necesitaba y eso le daba una mayor lucidez mental. Nunca había valorado tanto tener luz eléctrica. No desaprovechó el momento.

Se sentó frente a sus notas y recopiló todos los datos nuevos que tenía. Las frases sueltas que escuchó a Paco, los claroscuros que dejó entrever Carla y la charla con José.

Consideró que había pasado el tiempo necesario y se paró a observar las hierbas que había arrancado del jardín y que, posteriormente, había manchado con sangre. Como se temía, seguían exactamente igual que como las dejó. Aquello confirmaba sus sospechas: a Marco no lo mataron en el jardín. Era imposible que, con la carnicería que tenía en el cuello, no hubiese llegado al suelo ni una sola gota de sangre. Y era seguro que nadie se hubiese parado a limpiar el césped con un cadáver allí, colgando de una verja, a sabiendas de que cualquiera podría verle. A Marco lo trasladaron hasta el lugar después de haberlo asesinado, lo que explicaba que nadie hubiese escuchado nada. Y Manuel tenía claro dónde había ocurrido todo.

Pero seguía sin tener nada concluyente que involucrara a nadie. Nada más allá de las sospechas que tenía y que iban creciendo en su interior sobre el papel de Paco en todo aquel lío.

Sin embargo, necesitaba algo más. Necesitaba saber que Paco había estado en el jardín mientras el cuerpo de Marco colgaba crucificado.

Todavía era bastante temprano a tenor de lo que costaba conciliar el sueño en ese horno, y Manuel se decidió a seguir aprovechando la coyuntura. Cogió su bloc de notas y un bolígrafo y se lanzó de nuevo escaleras abajo. Al pasar por el segundo escuchó a Carlos tosiendo. Otra vez. Aquello no pintaba bien.

Esta vez no quiso arriesgar tanto y bajó a los trasteros desde el portal de su bloque. Allí podía estar la pieza que completara el puzle de sus sospechas.

Ayudado por la vuelta de la luz, se encontró con el caos que suponía. Aquello era un auténtico vertedero, lleno de restos de comida, bolsas, botellas vacías y trozos de cristal desparramado. Como a la ausencia de limpieza se le sumaba el calor, el olor se hacía nauseabundo. Echó un vistazo rápido. Paseó entre los restos que las juergas de los dos borrachos habían dejado buscando alguna pista. Tardó menos en llegar de lo que esperaba. Parecía que la suerte estaba de su lado.

Uno de los trasteros tenía el bombín de la cerradura extraído. Manuel abrió la puerta metálica mientras intentaba que su corazón cansado y excitado no le jugara una mala pasada. Aún con la luz encendida, le costó creer lo que estaba viendo.

Las paredes del trastero estaban empapeladas con fotos de Paco vestido de mujer. Con trajes de noche, uniformes de colegiala, biquinis. Ese hombre se había vestido con cualquier prenda femenina que Manuel se pudiese imaginar. Algunas de esas fotos hechas, casi todas en el interior de una vivienda que, para Manuel, era del todo familiar. Le vino a la mente una junta de vecinos de hacía años en la que Arancha había comentado que no era la primera vez que le faltaba ropa que había dejado en el cuarto común de tender. Puede que algunas de aquellas prendas, estuviesen entre la colección de Paco.

Porque eso era lo otro que Manuel encontró. Las estanterías estaban hasta arriba de prendas de mujer. Faldas, vestidos, tops. Había de todo. Pronto reconoció alguna de las prendas que acababa de ver en las fotografías.

Así que ese era su secreto. Parece ser que Marco había descubierto el extraño hobby de su vecino y compañero de borracheras y era posible que, habiendo tenido que racionalizar la bebida, le hubiese chantajeado con desvelar su afición al resto de vecinos, o incluso a una ilusa y ajena Lola, a cambio de quedarse con un mayor trozo del líquido pastel. Pero seguía sin ser suficiente para incriminar a nadie.

Dejó la puerta como estaba y se largó.