Extraño verano
Capítulo 20
Las escaleras se le hicieron eternas. Le faltaba el aire y se sentía mareado. Tal vez, por la mezcla del alcohol con las emociones. Puede que por esa llamada que nunca fue. Hacía muchos años que no tenía a sus hijos tan presentes como en los últimos días. La vida tiene estas cosas.
Ya casi había llegado al portal cuando le sorprendió un ruido que venía de los trasteros y que se infiltró en sus pensamientos. Aunque los de los dos bloques estaban conectados por un pasillo subterráneo, Manuel nunca había estado en esa parte de la urbanización. Viviendo solo y con pocas cosas, no necesitaba ir al trastero a menudo, de modo que se había organizado bien la casa para no tener que ir salvo caso de fuerza mayor.
El ruido se hacía cada vez más claro según se iba acercando. Distinguió una voz. Hizo lo posible por moverse de la manera más sigilosa posible. No quería dejarse ver. Con un asesino suelto, interesaba mantener el factor sorpresa bajo mano. Nunca se sabía cuándo iban a pintar bastos, y sabía de uno que habría preferido que los ases no saliesen a relucir tan pronto.
Agudizó el oído. A unos metros de donde él estaba, Paco se encontraba inmerso en un monólogo visceral, mezcla de bilis, miedo y odio. Manuel se acercó todo lo que pudo. Los ruidos que hacía su vecino en su ir y venir por la jaula imaginaria por la que se movía, se confundían con el latir de su corazón cansado. Contuvo la respiración unos segundos para intentar recuperar la calma.
No le quedó duda al escucharlo hablar. Paco estaba completamente borracho y deambulaba de un lado a otro del pasillo, sirviéndose al parecer de una vela para guiarse, a juzgar por el centelleo de la luz que se reflejaba en las paredes y en las puertas metálicas de los trasteros. Le llegó un olor nauseabundo a alcohol fuerte y rancio, como si algo se hubiese desparramado hacía tiempo y nadie se hubiese ocupado en limpiarlo. Y olor a orina seca. Por el motivo que fuese, José hacía tiempo que no se pasaba por allí. Tendría que hablar con él, aunque eso lo resolvería en otra ocasión.
Esperó paciente. No tenía nada especial que hacer allí, salvo esperar a que Paco, bajo los efectos del alcohol, descubriese una carta que marcase toda la jugada. Desde la conversación con Carla de hacía tan solo unas horas, que seguía teniendo clavada en las paredes del estómago y que había conseguido retorcerle la cena en las entrañas, estaba convencido de que Marco, Paco y aquel lugar tenían mucho más en común de lo que podría esperarse a priori.
—No quería, idiota, no quería —aquella voz desgarradora que le llegaba de los trasteros captó toda la atención de Manuel—. Pero tuviste que llegar al límite, meterte donde nadie te dejó entrar. ¿Qué sabrás tú de todo eso? Eras un imbécil.
Paco se movía de un lado a otro golpeando las puertas metálicos, haciendo que el sonido retumbase por toda el pasillo. Esto permitió a Manuel acercarse algo más.
—Me llevó al límite. ¡Me sacó de mis casillas! —gritaba como un poseso—. ¡Niñato imbécil! Si hubiese dejado las cosas como estaban… sí… ¡No era asunto tuyo! No era tu cuerpo, no era tu vida. Era mi secreto.
Se desplomó. Manuel escuchó como ese cuerpo inerte golpeaba la puerta de uno de los trasteros, tirando la vela al caer hasta dejarlos a oscuras. Y después, la nada. El silencio más absoluto.
No tenía claro cómo actuar. A escasos metros de donde se encontraba, Paco dormitaba yendo de la ira al llanto. Se sentó en las escaleras a escucharle respirar. No esperó demasiado. Ahora sabía que tenía un puerto al que volver.