Extraño verano

Enrique Vidal · Capítulo 44 de 46

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Extraño verano

Capítulo 43

Se despertó de golpe. Como si acabasen de tirarle un jarro de agua fría por encima. El calor… el calor… Manuel se sorprendió al no sentirse tan asfixiado como los días anteriores. No es que el invierno hubiese llegado de repente, pero la temperatura había descendido considerablemente y, por primera vez en muchos días, debía de rondar los veinte grados por la mañana.

Se sorprendió y alegró a partes iguales. Pero no era el descenso térmico lo que le había hecho dormir tan plácidamente. La noche anterior, entre sombras, la verdad había ido a visitarle por sorpresa. Como si de un fantasma se tratase, había vivido escondida entre signos claros que nadie se paró a ver antes. Camuflada, jugando con la gente que, atónita ni se hacía preguntas ni quería hacérselas. Y se le reveló gracias a que la verdad, escapa siempre de la locura para que esta no la atrape y se confundan. Por eso Alonso tenía la clave.

Se duchó mientras escuchaba música. Esa mañana no estaba en absoluto lento ni denso. Puso a sonar un disco que recordaba haber escuchado cientos de veces en el coche en compañía de Adelita mientras recorría España de punta a punta. Y se volvió a ver allí, joven, con un futuro por delante. Como ahora, que, por breve que fuese, el futuro volvía a nacer delante de él.

Dejó haciéndose el café y echó un vistazo el termómetro. El infierno parecía haber pasado. Abrió el grifo del agua y, cuando se disponía a meterse en el baño, escuchó un ruido fuera. Salió enrollado en la toalla y se acercó a la mirilla de la puerta. Con el corazón en un puño y el eterno pinchazo en el pecho de vuelta. Miró hacia el pasillo. Tal vez solo fueron imaginaciones suyas.

Se había dado una ducha rápida y se visitó con lo primero que encontró. Se tomó el café a la carrera y se preparó para salir. Cogió su pipa y bajó las escaleras todo lo rápido que su edad le permitía mientras daba las primeras caladas. No acostumbraba a fumar fuera de casa, y mucho menos por las escaleras del edificio, pero la ocasión lo merecía.

Salió a la calle y descubrió que el edificio se encontraba extrañamente en silencio. Tal vez el descanso que el calor había decidido darles había obrado el milagro de hacer que todos durmiesen hasta tarde por fin. Se imaginó a Lola durmiendo a pierna suelta, despreocupada, sin tener que vigilar los instintos más sucios de su ya difunto marido. Se le revolvieron las tripas. «Sueña en paz, Lola», pensó.

El portal del bloque estaba abierto. Manuel intuyó que se la habría dejado abierta él mismo la noche anterior. Todo podría ser en el estado en el que se encontraba. Además, así José tendría algo que recriminarle.

Subió las escaleras hasta el piso de Miguel. Sabía que era temprano y que la noche anterior la cosa se les había ido un poco de las manos, pero no podía esperar y era hora de actuar. Escuchó ruido en el interior y golpeó la puerta con los nudillos. No era cuestión de despertar a todo el edificio.

—¡Manuel, qué sorpresa! Pasa, pasa. Estoy preparando café.

—No tenemos tiempo, Miguel. Es hora de que nos sentemos a hablar.

—Ya, ya, yo también estoy sorprendido. ¡Por fin parece que este calor de locos nos da un respiro!

—No es ese el tema del que he venido a hablarte —dijo Manuel, con rostro serio y casi en un susurro.

—Estás empezando a preocuparme. Dispara de una vez mientras sirvo los cafés.

Se hizo el silencio. La conversación siguió entre susurros.

—Miguel, ya sé quién ha matado a Marco y Paco.

—¿Estás seguro? —se sorprendió.

—Nunca he estado tan seguro de algo como ahora lo estoy: Irene es la asesina.

A Miguel se le cayó al suelo la taza de café que sostenía, provocando un fuerte ruido que casi infarta a Manuel, desparramándose el líquido por toda la cocina.

—Llevo tiempo detrás del caso. Créeme que no me equivoco. Ella mató a Marco con ayuda forzada de Paco, y después se deshizo de este.

—Pero…

Ya tenían unas nuevas tazas entre manos cuando Manuel empezó su relato. Despacio, desgranando cada nota.

—Tardé en darme cuenta, Miguel. Cuando apareció el cadáver de Marco allí colgado, en forma de cruz, me imaginé que alguien estaba haciéndole pagar sus pecados. Pensé en una suerte de Dios vengativo haciéndole saldar su deuda. Pero no era posible. Una persona sola hubiese tenido auténticos problemas para subirlo hasta allí, pero de eso me di cuenta después.

»Supe que él y Paco habían tenido sus más y sus menos en varias ocasiones, por líos de borrachos, así que todo apuntaba a este. Además, la hierba aplastada cerca de donde apareció el cuerpo hacía suponer que una persona coja, o al menos lesionada, como estaba Paco en ese momento, había arrastrado el cuerpo hasta allí. Descubrí que no había ni rastro de sangre en el lugar, lo que me llevó a pensar en que lo habían matado en otro sitio y habían trasladado su cuerpo hasta allí un tiempo después. El suficiente para que, con la sangre ya coagulada, no quedase rastro. Estaba equivocado: a Marco, como a Paco, le extrajeron la sangre al matarle.

—¿Cómo? —preguntó Miguel, cada vez más atento a la explicación.

—Todo a su debido tiempo. Las pruebas apuntaban a Paco y a una discusión de borrachos, como te he contado, de ahí mi sorpresa cuando, al ir a enfrentarme con él, me lo encontré muerto. Asesinado. Nuevamente, ni rastro de sangre. Sin testigos. Sin ruidos. ¿Sin móvil? Eso no estaba tan claro.

»Cuando me ayudaste a preparar el cuerpo para intentar que la sorpresa que inevitablemente se tendría que llevar Lola fuese menor, aproveché para hacer mi pequeña inspección del lugar. Nuevamente, le habían extraído la sangre. En el lugar encontré lo que parecía una pequeña pestaña y, en su trastero, fotos. Muchas fotos. Fotos comprometedoras. Es largo de contar, Miguel, pero Paco era pederasta.

—¡Ese hijo de puta! —gritó Miguel, incapaz de contenerse y deseando que aún estuviese vivo para poder matarlo con sus propias manos.

—Nunca tocó a sus hijos, me oyes. Lola me lo confirmó. Y la verdad, la visita que le hice fue para poder descartarla a ella, algo que me costó. Nadie tenía tantos motivos como Lola para hacerlo. Pero no lo mató.

—Ya me supongo.

—Después vino el encierro. Y ahí se desencadenó todo. Alonso me dio la pista clave. «¿Dónde van a parar las gotas… dónde terminan?», me dijo. Tardé en descifrar el significado, pero cuando lo hice, lo comprendí todo: si era capaz de encontrar la sangre, encontraría al asesino. Un viejo libro que tenía por casa y al que le había echado un vistazo cuando encontré esas extrañas marcas en el cuello de Marco, me lo confirmó: flebotomía. Es una técnica antigua que consistía en evacuar sangre, muy asociada a terapias ya en desuso.

»Inicié una ronda por las casas buscando descartar a todos. Sí, me adelanto a tus pensamientos: también lo hice en esta casa. Era necesario y espero que sepas perdonarme. La búsqueda fue infructuosa. Ni rastro de sangre. Hasta que ayer, según salí de aquí, borracho como estaba, desperté. Ya ves, a veces la luz nace de la bruma más espesa.

»Irene había seguido pintando todo este tiempo, pero nunca me planteé de dónde sacaba el material. Hace años leí un par de artículos sobre artistas que pintaban con sangre humana sus cuadros. “La joven de la perla”, que es como yo le llamo, es uno de esos artistas. Por eso desde el encierro está tan mal: perdió la sangre de Paco por no poder tratarla correctamente y no puede seguir pintando.

»Su casa es un caos y parece haber caído en la más absoluta de las sombras. Fui a visitarla buscando la sangre sin tener claro si era ella la asesina. Cuando salí de aquí, até cabos. Irene trabajó en un laboratorio y es por eso que sabe cómo tratar la sangre. Los cuadros que encontré a medio pintar en su casa, colgando del techo formando un árbol tétrico, estaban suspendidos usando las mismas bridas que sujetaron el cadáver de Marco. El salón olía a aguarrás, disolvente muy usado por los pintores y cuyo rastro llevaba metido en mi nariz desde que estuvimos con el cuerpo de Paco en los trasteros.

»Se fue haciendo la luz. Aquella pestaña que encontré, no era sino una de las cerdas de los pinceles de Irene. Esto la situaba en el lugar del crimen.

—¿Y por qué ellos? —preguntó Miguel.

—Eso es lo más curioso y lo que tendrá que respondernos ella. Miguel, creo que, a su manera, Irene estaba impartiendo justicia. Mató porque necesitaba la sangre, eso es cierto. Pero mató a Marco porque maltrataba a Carla y al otro por pederasta. Sospecho que, después de matar al joven ayudada por un alcoholizado Paco a quien previamente habría chantajeado con las fotos, en una de sus idas y venidas a los trasteros, ya sin pintura ni sangre, se acordó de las imágenes y por eso eligió a Paco. A un confiado Paco que no pensaría que también lo fuese a matar a él. De ahí que uno apareciese con los brazos en cruz, a la vista de todos, y el otro violado por sus propios genitales. Era su contribución a la justicia.

—¡Asombroso! —dijo un maravillado Miguel.

—Guárdate el asombro para más tarde. Primero tendremos que ir a buscarla y arreglar cuentas con ella. Después podremos hacerle más de una pregunta y resolver otro enigma. Tal vez quiera contarnos la verdad sobre la desaparición de su novio.

—¿Su novio? —preguntó Miguel, asustado.

—Es otra larga historia, pero puede que estos dos imbéciles no hayan sido los primeros botes de pintura en los cuadros de «la joven de la perla». Ahora me encaja más de una conversación con ella.

Se levantaron sin decir nada, como queriendo digerir todo aquello que Manuel acababa de destripar allí mismo. Las palabras seguían flotando en el ambiente, sin llegar a posarse. La duda disipada deja un regusto amargo en la memoria. Miguel no había querido plantearse quién demonios estaba detrás de aquellas muertes. A veces, la negación del horror hace este más llevadero. Tardarían años en asimilar que, durante una etapa de su vida, vivieron encerrados, aislados y rodeados de muerte. El infierno debía de parecerse demasiado a aquel lugar.

Con el sol dándoles una tregua y una asesina que detener, la vida parecía darles otra oportunidad. Tal vez aquellos refugios de los que hablaron la noche anterior los tres, no estuviesen tan lejos.

—¿Dónde está Arancha? —preguntó Manuel—. Creo que deberíamos ponerle sobre aviso de lo que va a suceder antes de que todo se desencadene.

—Se marchó a su casa hace un rato. Necesitaba coger varias cosas —respondió Miguel.

—Pasaremos por allí antes de ir a buscar a Irene, si te parece.

Salieron de casa. Miguel, por primera vez en mucho tiempo, dejó las ventanas abiertas y las persianas subidas. Puede que así, la esperanza encontrase un lugar por el que colarse.

La vida parecía haber vuelto al edificio. La tregua de calor, había permitido que algunas risas de niños se escapasen por las ventanas abiertas de par en par. Risas más necesarias que nunca.

Con paso firme y decidido, los dos hombres cruzaron el patio y se adentraron en el portal de enfrente. Nada más entrar, Manuel volvió a acariciar el desconchado en la pintura de la pared que le había hecho abrir los ojos hace tan solo unas horas. Subió las primeras escaleras sin perder de vista la puerta de la casa de Alonso. Sabía que estaría viéndoles por la mirilla y se le escapó un «gracias», en voz alta.

No necesitaron llamar al timbre al llegar al piso de Arancha. La puerta se encontraba entreabierta y se escuchaba una ligerísima música de fondo. Los dos hombres se alertaron. Miguel abrió la puerta de un manotazo y se colaron en el interior de la vivienda casi a la carrera.

Ni rastro de Arancha. Tan solo algo de ropa tirada sobre el sofá permitía intuir que había llegado a entrar en el piso. Pero ni rastro de ella.

—Arancha nunca hubiese dejado esto así —comentó Miguel.

Se giró buscando la complicidad de su amigo, pero este estaba ocupado en otra cosa. Desde la ventana del salón, observaba el piso de «la joven de la perla». Las persianas estaban bajas y las ventanas cerradas a cal y canto. Se giró.

—Irene no está en casa. Esperemos que no sea demasiado tarde.

Salieron a la carrera hacia los trasteros, en una lucha feroz por no trastabillarse e intentar llegar a tiempo. Saltando los peldaños de dos en dos y de tres en tres, contando los segundos. Manuel, al pasar por delante de la puerta de Alonso, alcanzó a escuchar al viejo chiflado mientras gritaba detrás de la mirilla: «Tarde, tarde, tarde».