Extraño verano
Capítulo 39
No parecía que nadie le estuviese esperando en aquella casa y eso agradó a Manuel. Lola le abrió la puerta con una mezcla de sorpresa y desagrado en el rostro. No parecía estar para interrupciones. Los niños, que ya hacía un rato que habían vuelto de la piscina, le saludaron amablemente y tardaron poco en irse a su habitación a ocuparse en lo que sea que se ocupasen los chiquillos de su edad que acababan de perder a un padre a manos de un asesino.
—Pasa, Manuel, pasa. Estaba en el salón ordenando un par de cosas.
—Espero no interrumpirte —se excusó como hacía siempre, para romper el hielo.
—Tampoco estaba haciendo nada que no pueda esperar. Perdona mi brusquedad.
—¡Sobran los formalismos!
Se sentaron en el sofá. En aquel portal de la urbanización, el sol azotaba los salones de las viviendas por las tardes y el calor era todavía más sofocante que en el resto del edificio. Con los cortes constantes de luz que impedían trabajar con eficiencia a los aparatos de aire acondicionado, la temperatura en aquella estancia, aun con las persianas bajas y los toldos desplegados, debía de superar los 45.º. Era imposible resistir así mucho tiempo más.
El salón de aquella casa era un lugar extrañamente ordenado para tratarse de un hogar con dos niños. Todo parecía estar en su lugar y la limpieza destacaba sobre cualquier otra cosa. A Manuel le costó no mostrarse asombrado ante tanta disciplina.
—Ahora que Paco… ahora que no está, podremos relajar un poco las normas —le soltó Lola—. Mientras él vivía, la casa tenía que estar en orden para que él pudiera luchar mejor contra sus desórdenes. No sé si me entiendes.
—Eh, no creo que a nadie se le escapase que tenía un problema con la bebida, y.
—No, no. Es el problema de juzgar las cosas desde fuera. Paco jamás tuvo un problema con la bebida. Para él, la bebida era una solución. La medicación que lo tenía flotando por encima de sus obsesiones.
—Perdona, pero no te comprendo —dijo Manuel, bordeando la difícil línea que separaba su curiosidad de la falta de educación y el cotilleo.
—Nunca le he contado esto a nadie, y vamos a necesitar, nosotros también, algo de alcohol para que, en mi caso, las palabras salgan de mi garganta, y en el tuyo que se amortigüen y amansen antes de llegarte al corazón. No es fácil escuchar lo que vas a escuchar, ¿estás dispuesto?
Manuel asintió mientras agarraba la copa de güisqui que Lola puso en su mano. No sabía cómo le iba a sentar el trago entre el calor y los nervios, pero era el momento de arriesgar.
—Paco tenía un problema. Un problema serio. De toda la vida. Un problema que le llevó a intentar quitarse de en medio en más de una ocasión y contra el que luchó hasta el final de sus días. Ya de niño Paco se sentía distinto. Veía como se comportaban los demás y sabía que él no era «normal».
—Hoy en día… —Intentó hablar Manuel.
—Shhhh… tranquilo. No intentes absolverlo antes de conocer el pecado. Los tiros no van por donde tú estás pensando. No. Lo de Paco era otra cosa. Sin paños calientes: Paco era pederasta.
—Pero… ¿y los niños? —El corazón de Manuel le dio un nuevo susto. Otra vez esa punzada ardiente.
—¡Jamás hubiese permitido que los tocase! ¡Ni él lo hubiese hecho! —gritó Lola, enfurecida—. Desde joven Paco se sintió atraído por los menores. No era raro cuando tenía doce o trece años que se fijase en chicas o chicos de diez, pero cuando creció, sus preferencias no cambiaron. ¡Nunca le puso las manos encima a ninguno! Al menos que yo sepa, claro, pero casi pondría la mano en el fuego por ello —las fotos que encontró Manuel en el trastero, golpeaban de lado a lado las paredes de su cráneo, pero Lola pareció leerle el pensamiento y se adelantó a ello.
»Se trató toda la vida e incluso, en algunos momentos, parecía estar mejor. Veía fotos de menores, pero siempre vestidos. Y participaba en algunas fiestas organizadas por un psiquiatra chalado que creía que así mejoraban su autocontrol. Bajo su supervisión, varios de esos hijos de puta se juntaban y bebían en guateques atendidos por niños a los que no se les podía ni tocar ni proponer nada. ¿En mi opinión? Ese médico era la misma mierda que los demás y esas fiestas eran su excusa para contactar con los niños. Pero Paco, al menos hasta dónde yo sé, jamás les tocó. Ni a ellos ni a ningún otro —iban a necesitar rellenar los vasos y puede que no fuese la última vez.
»Así que el alcohol le mantenía en una nebulosa que le impedía pensar y desear. Pero eso es imposible de controlar y acabó alcoholizado, que así es como lo conocisteis vosotros. A cada impulso indeseado, le acompañaba un sorbo. Después vino el paro, la soledad y demás condenas. Si fue pena suficiente, solo el de arriba lo podrá saber. Yo bastante tenía con sobrevivir y mantener a mis hijos a salvo — rellenaron sus vasos una vez más—. Así que, ¿sabes qué te digo? Ahora me toca descansar. Y me da igual este calor de perros que tenemos, porque por primera vez me puedo tirar a dormir sin tener que dejar un ojo abierto.
Sin llegar a chocar los vasos, Manuel brindó con ella. Por su futuro y por el de aquellos niños. No había mucho más que decir.
Le acompañó a la cocina mientras preparaba la cena de los chiquillos. Entre idas y venidas al frigorífico, Manuel dejó caer alguna mirada fugaz, pero aquel viejo aparato acababa de perder para él todo el interés.
No tardó demasiado en marcharse.