La travesía

David López · Capítulo 10 de 47

Páginas del PDF

La travesía

Capítulo 9

 

A juicio de John Edward Dring, la mera comunión de un solo interés, sólo uno, en un mar de incomprensiones, bastaba para unir a dos personas, por distintos que fueran sus pareceres y almas. Y, ¿qué mejor lugar para descubrir esas afinidades que los mares australes, donde el corazón del hombre perdía contacto con la realidad de su mundo?

De entre todas las personas a bordo de la HMS Beagle, quizá la más opuesta en espíritu, rencores, filias y pasiones al ayudante del contador fuera el jovencísimo Syms Covington, sirviente de la cámara de oficiales, violinista y ayudante de Darwin por unos generosos honorarios. Nadie podía haber más distinto, desde luego, pues si bien Dring era un hombre silencioso y tímido, afable por naturaleza e incapaz de maldad ninguna, Covington era, por el contrario, un joven apuesto y fornido, de nariz recta y mirada feroz, violento por naturaleza y convicciones, hablador como el demonio, pero abstemio y severo como un Catón redivivo. Dring, en cambio, melancólico y soñador en cuanto se le aferraba la cerveza a la lengua, nunca le hacía ascos a un trago antes de cenar, en compañía del resto de oficiales del barco: Wickham, Sulivan, Forsyth, Hammond, Johnson, Mellersh, Stewart y Stokes. Formaban un alegre grupo, sobremanera cuando el vino corría en abundancia y se olvidaban las preocupaciones de un largo día de navegación rumbo a ese maldito sur al que algunos de ellos volvían por segunda vez.

Covington no comía con los oficiales, aunque sus estrictos hábitos religiosos, más parecidos a los de un mahometano que a los de un cristiano, le hacían impopular entre ciertos sectores de la tripulación.

—No vemos con malos ojos un buen sermón cada domingo —decían esas voces altisonantes, encabezadas por el viejo y detestable Fuller, el despensero del capitán—, porque elevan la moral… pero que me aspen dos veces si pienso dejar que un beato meapilas me amargue el ron.

Fueran cuales fuesen las faltas de Covington, lo cierto era que cada día, sin necesidad de acuerdo previo, lloviera o nevara, luciera el sol o cubriérase el cielo con nubes negrísimas, los dos violinistas se sentaban en el castillo de popa, al pie del profundo combés del bergantín, y desentumecían los dedos, liberándolos de la humedad y el frío casi antárticos que embargaban hasta el último rincón de la Beagle. Entre el silbido del viento y las voces de los marineros se asomaban las notas de un trémulo Bach, de un tímido Mozart.

Mientras tanto, la Beagle costeaba las provincias argentinas rumbo a Bahía Blanca, en la desembocadura del río Negro. A su partida de Montevideo, los marineros españoles se habían reunido en el puerto para verles partir, con una media sonrisa en los labios que no parecía indicar nada bueno.

—¡Adiós, ingleses! ¡Adiós! —gritaban, como si la separación fuera definitiva. Y contemplando aquellos mares del color del acero negro, las sensaciones de Dring no iban muy desencaminadas. Covington, por su parte, renegando contra su inmutable y frío Dios, maldecía el día en que había decidido hacerse a la mar, en compañía de bebedores, fornicadores, escoceses y salvajes… y lo peor de todo era que él mismo no sabía en qué categoría incluirse.

El país que se les abría ante los ojos cada vez que se acercaban a la costa no invitaba a nada más que un somero vistazo y una retirada pronta… pero Covington se mostraba ansioso y perdía el hilo de la melodía. A intervalos podían ver compañías de jinetes coronando los escasos promontorios, vigilando su marcha hacia el sur. Tras sus ponchos, sus sombreros de ala ancha y sus boleadoras se extendían haciendas de un tamaño que rivalizaba con cualquier terrateniente inglés.

—Cincuenta mil cabezas de ganado —mascullaba Covington, insensible a la belleza de Boccherini—. ¿Te lo imaginas, Dring, maldito rufián? ¡Cincuenta mil! Y todas en manos de esos bastardos españoles…

—Ya no son españoles, Covington.

—¡Como si lo fueran! Hablan español, comen como españoles y son tanto o más cobardes. Es imposible que un hombre competente y tenaz sea pobre en este país, Dring, se lo digo yo. ¡Capones! ¡Apocados!

Aquellos fieros jinetes gauchos, observando la marcha de los forasteros ingleses, no le parecían del tipo de personas que huyen con el rabo entre las piernas ante las adversidades, reales o fingidas. En ocasiones les mostraban los fusiles, o enseñaban los dientes en una sonrisa agresiva que, de tan cerca que el bergantín pasaba de la costa, era del todo visible. Tras ellos, más allá de sus sombreros, fusiles y ponchos, yacía la Pampa cuasi infinita, las montañas lejanas, los pastos inacabables y esas cincuenta mil vacas argentinas que turbaban el sueño de Covington con sueños inexplicables, cornúpetas, bovinos.

—Y, al fin y al cabo —gruñía el jovenzuelo—, ¿qué nos importa a nosotros todo esto? Los mapas, las aguas, los infectos argentinos… todo es un despropósito en el que no alcanzo a ver ningún provecho. ¡Australia!

—¿Perdón?

—Lo que oye, Dring: Australia. Ese sí es un país con futuro. Sólo le hacen falta unos pocos conejos y unos zorros, y todo será como en la mismísima campiña inglesa. ¡No perdamos el tiempo con estas tierras! Aproemos hacia ese maravilloso país, abandonemos a esos malolientes indios que no son más que el juguete diabólico del capitán y desembarquemos… un hombre de mediana inteligencia y determinación puede hacerse rico en Australia a poco que le sonría la fortuna. Véngase conmigo, Dring.

Dring se sonreía ante la vehemencia de su joven compañero de notas y partituras.

No es que no le atrajera la idea de establecerse en una tierra virgen llena de posibilidades, pero ya había visitado esa Australia tan bien glosada, y no le había parecido nada del otro mundo.

—Está loco, Covington.

—Quizás, amigo, quizás —gruñía el muchacho, arrancando de las cuatro cuerdas una escala musical mal entonada: tenía otitis y le costaba distinguir algunas notas—. Pero es una locura mucho más promisoria que toda la cordura que encierra este barco. Que no creo que sea mucha, por cierto.

 

La otitis de Covington empeoraría hasta convertirse en un cruel tormento y tumbarle en una de las hamacas de la enfermería, bajo los cuidados de aquel bromista impenitente llamado Benjamin Bynoe.

—No tengo acompañamiento musical tan a menudo como para querer perderlo por una triste infección del oído —aseguró, atiborrándolo de píldoras de dudosa eficacia, más destinadas a provocar una violenta purgación intestinal que a lograr una sanación completa—. ¿Se siente mejor, muchacho?

—Mucho mejor —aseguraba Covington, deseando marcharse de allí lo antes posible antes de que tamaña dieta de mercurio y plomo terminara por matarle—. Tengo el oído tan fino como el de un perro… ¡déjeme marchar!

Bynoe estaba tentado de hacerle caso, desde luego. Aunque le gustaba la música, y los duetos del ayudante del contador y aquel loco en potencia eran lo más parecido a una orquesta de cámara que se pudiera encontrar en muchas millas a la redonda, no era menos cierto que adoraba la soledad de su pequeña cabina, donde podía leer a los grandes de la filosofía natural, afición que compartía con Darwin. Muy a menudo, el joven se pasaba por la enfermería y ambos discutían acaloradamente sobre temas tan apasionantes como el origen de las montañas, la erosión de las costas, los animales extintos y la relación de todos estos factores con sucesos bíblicos tales como el Diluvio.

—No es que niegue la existencia de un Diluvio, tal y como se explica en las Sagradas Escrituras —afirmaba Darwin—, pero dudo mucho de que una simple inundación pudiera causar todos los destrozos, extinciones y cambios naturales que se le atribuyen. Mi pensamiento se inclina hacia las tesis del señor Lyell, cuyo excelente tratado de geología estoy devorando en estos días.

—Y esas ideas…

—Afirman que no es el catastrofismo el que determina la faz de este mundo, sino el gradualismo. ¿No es más lógico pensar que los cambios que vemos en el mundo se deben a un lento cúmulo de pequeños hechos insignificantes, más que a la inesperada aparición de cataclismos? La arena de las playas, o el crecimiento de los volcanes… en Sicilia, el volcán Etna ha hecho aparecer del fondo del mediterráneo una sección de tierra que…

—Pero para eso que usted me cuenta haría falta una cantidad de tiempo muy considerable, Charles.

—Lo sé, Benjamin, lo sé. Mucho mayor que las estimaciones para la edad de la Tierra que ha dado el obispo Ussher, sin duda. —Darwin se pasaba la lengua por los labios. Al igual que el resto de tripulantes, se estaba dejando una poblada barba para combatir los rigores invernales del sur—. Quizás esa fecha del año 4004 antes del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo no sea más que una alegoría…

—¿Qué es una alegoría? —preguntó el marinero Moore, que convalecía con una costilla rota por una mala caída.

—Un conjunto de metáforas, Moore —explicó Bynoe.

El rostro del marinero expresó un ramalazo de comprensión insuficiente.

—¿Y qué es una metáfora? —preguntó acto seguido.

—Lo que quiero decir —intervino Darwin— es que esa fecha no debe ser tomada al pie de la letra, sino como una representación del infinito paso del tiempo. Esos 4004 años pueden ser diez, cien o mil veces más. Es… es como esa pamplina de tener que perdonar setenta veces siete. Nadie cuenta las veces que perdona a su enemigo. Setenta veces siete no significa más que «siempre». Y esos 4004 años significan «mucho tiempo».

El marinero Moore no parecía muy convencido, y tampoco sus compañeros de infortunio en las gavias. Él sí era de esos hombres que contaban las ocasiones en que otorgaba el divino regalo del perdón, y en el caso de su esposa ya sumaban sesenta y nueve veces siete. Ya había pensado en el terrible castigo con el que la fustigaría cuando se cumpliera ese número y no le hacía mucha gracia que un muchachito casi imberbe, por más estudioso de la Biblia que fuera, le dijera que sus creencias eran tan erróneas como las de un arriano o un papista. Todavía pensaba en esa extraña manera de interpretar lo que, en un principio, no debería interpretarse, cuando trajeron a la enfermería al señor Rowlett, pálido como un queso de bola y tosiendo como si se le fuera a partir en dos el pecho. A su lado, preocupado pero no sorprendido, Dring asistía a lo que tenía todo el aspecto de ser una dolorosa agonía.

—¿Se va a morir? —preguntó.

—Sí, pero no hoy —aseguró Bynoe. Rowlett, pese a la asfixia y a la sangre que brotaba en cada ataque de tos en forma de espumajos rojizos, soportaba sus males con una entereza extraña y fantasmagórica. Demasiado británica, incluso.

—Esta noche será larga —dijo el cirujano al fin, tras un largo y silencioso reconocimiento—, pero mañana habrá mejorado su tono vital y en unos días volverá a trotar como un gamo por la cubierta, ya lo verá. Dieta blanda, vino tinto, un poco de ron y como nuevo.

Sus palabras escondían una mentira de la que muchos eran conscientes, pero que casi nadie quería admitir. Con los ojos cerrados y hundidos, muy hundidos en aquel rostro gordinflón al que el color gris parecía amortajar por anticipado, Rowlett dormía el ligero sueño de los enfermos. Era el contador un hombre apreciado en el barco; pese a la fama de ladrones, miserables y tacaños que tenían los de su posición y desempeño, no había nada en su pulcra hoja de servicios, en sus veinte años de fiel cumplimiento del deber con más de cuatro barcos, que hiciera sospechar ánimo de lucro en sus actos. Pese a que la enfermería era un pozo lóbrego y maloliente, la mayor parte de la tripulación y toda la oficialidad, sin excepción, hicieron lenta cola para visitarle. El último de todos fue el propio capitán FitzRoy. Joven, alto y elegante pese a todo, su rostro alargado y aristocrático exhibía una genuina preocupación por la salud de su subordinado. Mientras Bynoe le informaba de los progresos del paciente, su ceño pálido se arrugaba al son de las malas noticias, alisándose cuando se le informaba de alguna mejoría. Sólo con mirar su rostro, los tripulantes se hacían una idea de lo cerca o lejos que se encontraba el contador de su última morada.

—¿Sabe qué puede ser su enfermedad? —preguntó.

—Quizá tisis, quizás el mal de Pott. No lo sé con certeza.

FitzRoy se alejó del paciente de un modo poco menos que imperceptible, pero lo hizo. La presencia del mal absoluto. Tisis. Tuberculosis. La mera mención bastaba para aterrar a hombres que se enfrentarían a la muerte en combate con la barbilla alta y el corazón a ritmo firme; que había muertes y muertes, y la que dispensaba un balazo era dolorosa pero terminaba pronto, mientras que cambiarse el fusil de hombro vomitando las entrañas como un perro tenía muy poco de honroso y mucho de miserable.

—Espero que sepa lo que hace, señor Bynoe.

—No se preocupe, capitán. En un tiempo cuidé enfermos de escrófula en Bath, y he estudiado a los mejores especialistas en consunción. Si logramos alcanzar zonas de aire más liviano y frío, lejos del trópico, la mejoría del señor Rowlett será espectacular.

Las palabras de Bynoe transmitían toda la tranquilidad que el rostro macilento y gris del contador se encargaba de robar. Durante la cena, con un medroso Covington rascando el violín en el castillo de popa, tanto Darwin como FitzRoy guardaban un silencio incómodo, sólo roto por el rítmico crujir de las cuadernas. La calidez de los trópicos. El capitán no dejaba de pensar en esas palabras. La alternativa era el frío del sur, de ese terrible paso hacia el Pacífico, el estrecho de Magallanes. No, no volverían al norte, pero no por amor a la salud del contador, sino por deber, simple y unívoco deber. El capitán FitzRoy haría todo lo posible porque Rowlett no se muriera en pleno viaje, pero las órdenes del Almirantazgo eran unas, como uno era Dios y uno el rey, y no cumplirlas significaba algo peor que una simple reprimenda.

—Las órdenes son las órdenes —masculló.

—La tisis es una enfermedad muy variable —dijo Darwin—. Ni siquiera dejándole reposar en un sanatorio en los Alpes estaríamos seguros de su recuperación.

—¿Y bien…?

—Creo que Rowlett es un hombre fuerte. Sabrá salir de esta.

—Y si no es así, morirá —sentenció el capitán—. ¿De qué discutía usted el otro día con esos dos muchachos, Darwin?

—Geología, capitán. —En la mesa, sujeto al cabeceo del bergantín y ligado con espesa salsa, un oloroso cocido de carne y patatas no provocaba el apetito del naturalista. Las copas de vino se deslizaban sobre el mantel y la sopa, espesada con harina de maíz hasta convertirla en un engrudo blancuzco, permanecía tal y como Fuller la había dejado. El capitán comía con los movimientos mecánicos de un autómata de feria. Quizá pensara que a sus breves pero desagradables ataques de insania sólo le faltaba unir la desnutrición para ofrecer el cuadro de un fracaso en los mares del sur. La comida a bordo de la Beagle no era abundante en ningún caso, y distaba mucho de regalar los sentidos, pero era suficiente para no matar de hambre a los marineros—. Discutíamos acerca de las nuevas ideas en el estudio de la formación de los accidentes orográficos.

—¿No está ese tema de conversación alejado de las capacidades de un mozo de servicio y un violinista?

—Verá, capitán… lo cierto era que la mayor parte de los argumentos los exponía yo mismo. Además, no he dejado de notar que Covington se está volviendo un poco sordo en mi compañía.

FitzRoy se lo había supuesto. Aferró el cucharón de plata, comprobó en el reflejo del metal que su aspecto era lo bastante digno para un capitán de la Armada británica y procedió a servir las raciones del cocido de carne y patatas, cuyo olor se extendía por el barco como el hálito de Dios, con unas consecuencias igualmente fatales. Y de todos los tripulantes, no hubo ninguno que no quisiera encontrarse allí en aquel instante, disfrutando de un extraño momento de paz en un mar erizado de montañas de agua negra que desfilaban hacia un océano implacable y durmiente.