La travesía

David López · Capítulo 26 de 47

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La travesía

Capítulo 25

 

Cenaba FitzRoy en compañía de Darwin y el teniente Sulivan cuando se presentó el joven Billet con aspecto de estar a pique de sufrir un infarto en su menudo cuerpo malnutrido.

—El señor Rowlett, capitán.

Los tres comensales compartieron la digestión de una mirada breve y pesarosa, sazonada con una maldición por parte del teniente. Habían dejado atrás Chiloé, una mancha de roca hundida en el vientre de lluvias incesantes, y aunque la Beagle se comportaba como una heroína devorando millas hacia el norte, todos sabían que ya era tarde para el contador.

—Creí que podríamos llegar a Valparaíso a tiempo —dijo el capitán, contrariado —. ¡Maldita sea, Charles! Todo esto ocurre por la insensatez de ese hombre. Si se hubiera quedado en Buenos Ayres o en Bahía Blanca, ya estaría restablecido y corriendo tras las criadas como un sátiro. Y ahora, sin embargo…

—Todos tenemos motivos, Robert —musitó Darwin en tono pensativo—, y aunque todos son válidos, algunos son más poderosos que otros.

Mascullaba esto el naturalista mientras pensaba en las confesiones que el propio Rowlett le había realizado meses atrás. Él, que había abandonado toda su vida pretérita (incluyendo a Fanny Owen y sus hermosísimos ojos de azul oxfordiano) en pos de un ideal, podía comprender mejor que nadie la extrema pulsión, el afán y el deseo, que habían movido al contador… pero, asimismo, se veía incapaz de comprender cómo podía arriesgarse reputación, salud y vida por el posible amor de una muchachita criolla que acudía a él en alas del tedio de un matrimonio de conveniencia.

Un amor que ya nunca vería.

En la enfermería, alargado cuartucho mal ventilado en el que la única luz que entraba eran las hebras de miel de los fanales de la cubierta superior colándose entre las rendijas de la tablazón, malgastaba sus últimas horas el contador. Su aspecto era terrible, apenas un despojo huesudo, un saco de huesos en un pellejo azulado y ya derrotado por la enfermedad. Los ojos, entrecerrados, miraban ya sin ver al techo nudoso y bajo. El trémolo jadeo de su respiración, ahora más un estertor, resonaba por encima del rumor del mar y las voces de los marineros en cubierta. A su lado, Bynoe sacudió la cabeza a la muda pregunta implícita en los ojos de FitzRoy. También permanecían junto al lecho del moribundo su ayudante Dring y la pequeña y furtiva Joe. La Beagle había dejado a James en Chiloé, y en los oídos de la niña resonaba todavía el fúnebre silencio con el que se habían despedido.

—No has de temer —le había dicho Dring—. Ni Bynoe ni yo descubriremos tu secreto. Tan sólo has de ser tan cauta como lo has sido hasta ahora.

No mencionaba Dring el hecho de la creciente feminidad que la amenazaba a la vuelta de la esquina. Pronto, muy pronto, sería difícil en extremo ocultar los síntomas de la edad, las menstruaciones, los pechos cada vez más turgentes, las caderas anchas o la voz meliflua y cantarina… Joe se convertiría en una pequeña diosa rubia de tez morena y sonrisa blanca en un mundo de marineros embrutecidos por el ron, los meses de viaje y la soledad, terrible soledad que embotaba los sentidos y las almas.

—¿Sufre? —preguntó FitzRoy, acercándose.

—No. Ya está lejos de nuestros cuidados. El aspecto externo de esta clase de muerte es horrible, pero una vez que se cruza el umbral, el paciente deja de sentir y padecer. Pronto habrá pasado a mejor vida, una en la que no hay ni muerte ni dolor, ni miseria ni pobreza, nada que turbe la memoria o arruine una hermosa mañana de campo.

Hablaba Bynoe con un gesto extraño, impotente y soñador al tiempo. La respiración de Rowlett parecía enlentecerse de un modo casi imperceptible. El resto de los enfermos observaban su lenta derrota con aire fascinado.

—Está listo de papeles, compañero —le decía Sloan a Lester—. Éste ya no se toma el café mañana.

—¡No seas irreverente, Sloan!

—Sólo digo lo que veo, no es culpa mía.

Darwin notó cómo el pecho se le encogía a la vista de la muerte de un amigo. No era el primer fallecimiento que tenía la desgracia de presenciar a lo largo del viaje, pero sí que era la primera vez que el fallecido iba a ser no sólo un conocido, sino alguien próximo, alguien en quien confiar. La pérdida de Rowlett supondría un terrible golpe a la moral de la Beagle. Todos lo conocían y, en mayor o menor medida, lo apreciaban. No era avaro con los suministros, mantenía en buen estado el barco y sus pertrechos, y si era necesario hacer un esfuerzo y obtener varios barriles de buen ron caribeño para elevar el ánimo de la marinería, no era él el menos dispuesto a realizar el gasto. Y ahora, ese prohombre, ese adalid que en su género tan poco se frecuentaba en la Armada, iba a morir sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo. Angustiado, optó por salir a cubierta a llenarse el pecho del aire chileno, cada vez más cálido a cada hora que transcurría.

—No es un buen momento —dijo Sulivan, que había seguido sus pasos. El joven teniente, que ya no era tan joven, aparecía labrado de arrugas hondas que tenían su origen en el enfermo que dejaban atrás—. Nunca me ha gustado la muerte.

—Dudo mucho que a nadie le guste, Sulivan.

El teniente le hizo una seña a Fuller, el despensero. Éste se acercó con un par de tazas de café caliente, brebaje que se había convertido en sustancia imprescindible para todos los oficiales y el propio Darwin.

—Malos presagios, muy malos —gruñía Fuller—. Cuanto antes lleguemos a Valparaíso y dejemos atrás estas aguas, mucho mejor. ¡Y menos mal que dejamos a nuestro Jonás en Chiloé!

—¿De qué demonios habla? —preguntó el naturalista.

—Son una panda de cabrones supersticiosos —aseguró Sulivan—. Creen que el joven James era un Jonás… un gafe, lo llamarían ustedes, los de tierra adentro. Y nada les hace más felices que poder deshacerse de ellos, ya sea dejándolos atrás o arrojándolos por la borda.

—¡Cristo bendito! —susurró Darwin—. ¿Y en todos los barcos hay creencias semejantes?

—Amigo mío, en la Marina hay todo tipo de creencias y todo tipo de miedos y leyendas. Las palabras tienen dos, tres o diez significados distintos, y muchos de ellos varían de barco en barco. Utilizamos una jerga que nos calificaría como de dementes en la mayor parte de los países civilizados, destinamos los mejores años de nuestra vida a cruzar océanos en los que nada se nos ha perdido, dejamos atrás mujeres, hijos, familia y nos aferramos a una vida que se nos escapa entre los dedos a cada milla que navegamos. Lo que para nosotros, pobres diablos, significa algo y tiene importancia, para el resto de los mortales no es sino espuma, polvo y viento. Así que, amigo mío, la única lección que le puedo dar es que diga lo que tenga a bien decir y piense lo que tenga a bien pensar, sin preocuparse por lo que el resto del mundo haga o deje de hacer.

 

Creció la noche como una colosal burbuja de oscuridad punteada de luminarias celestes. Darwin seguía en cubierta, observando el lento discurrir de la nave, el cabeceo armonioso o la estela, de una fosforescente palidez, que dejaban a su paso. Todo con tal de no pensar en el amigo que moría en la enfermería, ni en el terrible secreto que había cargado sobre sus espaldas.

«Valparaíso, nada menos. Y una muchachita llamada Angélica. ¿Qué pinto yo en todo esto? Rowlett no debería haber confiado en mí, pero… ¿a quién más tenía a mano? Aaaaah, esto es una locura».

—¿Pensativo, señor Darwin?

Era Dring el que se había acercado a él en completo silencio. Sus ojos, del color de la malaquita, brillaban en la oscuridad tanto como si tras ellos anidara un fuego secreto. Había arrugado entre las manos una carta y no se despegaba de ella ni a sol ni a sombra.

—La muerte no me agrada.

—A mí tampoco. Pero todos debemos afrontarla, tarde o temprano. —El ayudante del contador, en aquellos momentos ya en plena posesión del cargo, clavaba los ojos en el distante y promisorio norte—. ¿Cuánto cree que falta para que lleguemos a Valparaíso?

—Eso podría saberlo mejor el capitán. —El naturalista se encogió de hombros, dando por sentado que todos los asuntos que atañían a la mar resultaban para él igualmente confusos—. Quizás unas dos semanas. Es difícil decirlo. ¿Por qué lo pregunta, Dring?

—Tengo… asuntos pendientes allí. Asuntos que requieren de toda mi atención y que puede que me lleven a abandonar temporalmente esta nave y la compañía de la tripulación. —Dring sudaba, a pesar de que la noche era fresca—. Es algo ineludible.

—Yo también tengo asuntos allí que merecen mi atención —aseguró el naturalista, deseando encontrar un compinche para una tarea que le parecía colosal—. Hace… hace cierto tiempo, ya sabedor del triste final que le esperaba, maese Rowlett me hizo una confesión, que no por sorprendente deja de resultarme… obvia. Pero todos somos excelentes augures adivinando el pasado, ¿no cree?

—Suele suceder así.

—Rowlett me comentó que el verdadero motivo de su viaje era una mujer. — Darwin se sentía cómo un miserable al revelar el secreto del contador, pero no era menos cierto que el miedo y la impotencia le abrasaban en el pecho, y también el deseo de contar con un apoyo entre la tripulación. ¿Y quién mejor que el ayudante del propio Rowlett? Ni el capitán ni los oficiales se avendrían a ningún trato con una persona civil, y menos todavía si era mujer y casada. En Bynoe no podía confiar: aunque buen amigo, tenía serios problemas para distinguir lo posible de lo imposible. La marinería no le serviría, pronto correría la voz y las posibilidades de actuar con discreción se esfumarían como la llama de una vela en un vendaval. Dring era la elección obvia—. Una mujer casada. Al parecer ha estado carteándose con ella, y…

—No se apure, Charles —le interrumpió—. Conozco la historia.

—¡Ah! —El naturalista aspiró hondo y suspiró, aliviado—. Reconozco que me quita usted un enorme peso de encima, Dring, un peso realmente enorme. Hasta este momento había pensado que la última voluntad del pobre Rowlett descansaba sólo en mis hombros, y lo cierto es que no me veía con fuerzas como para poder cumplirla.

—Lo entiendo mejor de lo que usted se imagina. —Dring mostró el amago de una sonrisa amarguísima, más el tajo púrpura que deja un cuchillo que un gesto humano —. Mucho mejor.

—¿Y también se lo confesó su patrón?

—Más o menos.

Darwin aspiró hondo. A cada momento que pasaba se sentía más y más liberado. Si Dring estaba al tanto, quizá pudiera dejar el grueso del problema en sus manos y dedicar su tiempo en Chile a sus viajes por el interior, tierra adentro, coleccionando fósiles y extraños animales que causarían el pavor y la risa entre sus compañeros de tripulación. Sí, quizá…

—Lo difícil será, creo, convencer al marido de que la deje marchar. Y también será difícil hacerla llegar hasta algún lugar en el que pueda vivir con tranquilidad, lejos de abusos y groserías. Pero creo que con un poco de paciencia y la ayuda que nos podamos dispensar, nada debería resultarnos imposible, ¿no cree?

Dring le miró durante un largo rato. Parecía querer decir algo, boqueando como una merluza recién pescada, pero, o bien no se atrevía, o bien no encontraba las palabras necesarias para hacerse entender. Tras un instante en el que sin duda luchó consigo mismo, algo en su interior pareció quebrarse y, de pronto, toda la determinación que pudiera sentir se diluyó en un mar de dudas y pesares.

—Usted no se preocupe, Charles. Yo me encargaré de todo.

Muy señor mío,

O debería decir canalla, o quizá ni tan siquiera canalla, puesto que se ha

comportado como un rufián indigno de cualquier tratamiento cortés. Bandidos y canallas, más bien, como todos los hijos de esa gran puta que es la Gran Bretaña, que de tantos modos ha perjudicado al mundo entero con sus felonías.

Es mi nombre Manuel Santiago Correa y Fuentes y soy el legítimo marido

de la señora Angélica Villanueva, con la que tanto usted ha mantenido una correspondencia pecaminosa y obscena que me avergüenza leer siquiera. Apenas puedo dar crédito a todo lo que dicen estas misivas, y menos todavía puedo creer que mi esposa haya confabulado con usted para acabar con mi vida. ¿Y cómo pretendería hacerlo, mis señor? Sepan que estoy en mi perfecto derecho de reclamar lo que es mío, tanto a mi esposa como mi honor, honor que ya se ha encargado usted de mancillar repetidamente. Pues bien, sepa que no me quedaré de brazos cruzados observando cómo maquina a mis espaldas. Dispongo de poderosos amigos en el gobierno, y no vacilarán en ayudarme si les acudo con un caso en el que mi dignidad ha sido tan gravemente herida.

¿Qué le ha motivado a usted, señor mío, para comportarse de un modo tan

grosero, tan falto de toda delicadeza? Un hombre de posición, respetable, que debería ser digno o al menos parecerlo… ¿es ésa la manera en que se comportan los súbditos de Guillermo IV? ¿Son todos los ingleses un hatajo de ladrones de esposas, actuando al amparo de la noche? Sepa que de ningún modo permitiré que se lleve a mi esposa. Es una muchacha idiota e impresionable, pero me casé con ella por buenos motivos y no deseo desprenderme de su presencia. La verdad, ignoro qué ha podido usted ver en ella para atravesar medio mundo en su búsqueda, pero desengáñese: no logrará nada en estas tierras salvo un monumental fracaso. Que ese fracaso sea íntimo y secreto, o bien público y humillante, sólo depende de usted y de lo que haga al llegar a esta mi ciudad. Porque no lo olvide, señor Rowlett: se encontrará en mi ciudad. Aquí seré yo el dueño de todo lo que vea, y de lo que no sea yo el amo, lo será mi buen amigo Diego Portales, a quien me ata una amistad sólida como una montaña.

Espero que no se atreva usted a poner pie en tierra. Si lo hace, sepa que no

será bienvenido a Valparaíso.

Vaya con Dios, señor Rowlett. Y olvídese de sus necias fantasías. Será lo

mejor para usted.

Manuel Santiago Correa,

Valparaíso, 1 de junio de 1834

Dring dobló con cuidado la carta y apoyó la cara en el hueco que formaban las palmas de sus manos. Le temblaba todo el cuerpo y sentía cómo unas lágrimas impotentes, frías y viscosas, rodaban por su rostro hasta enredarse en la fea y rala barba que le crecía en las mejillas. Azogado y enloquecido, no podía quitarse de la cabeza las imágenes que le esperaban en Valparaíso, ni el destino que, implacable, se cernía sobre su gaznate. Tenía miedo… tanto miedo…

—Dring.

Era Bynoe, asomándose a la puerta de la cabina. Bastó un gesto para decirlo todo: Rowlett descansaba por fin en paz. A la mañana siguiente lo envolverían en su coy, lastrado con un par de balas de cañón, y lo lanzarían al seno de un mar eterno y paciente en el que hallaría, si existía alguna clase de bondad celeste, algo parecido al descanso que nos aguarda al final de todas las cosas, haya o no haya Dios en lo alto. Y como había pasado antes con el pobre Musters, o con Hellyar, o con el finado Pringle Stokes tras volarse la tapa de los sesos, sus compañeros los esperarían hasta el momento en que ese mismo mar en el que yacían, silente y sobrecogedor, devolviera a la vida a los muertos que guardaba en su interior, para esa vida futura en la que todo sería muelle y no habría nada por lo que llorar ni preocuparse. Hasta entonces, y pues suyo era el poder y la gloria, por los siglos de los siglos, sólo quedaba respirar hondo, rezar lo inútil y despertarse en la certeza de que habría más días, más noches, más penas y más alegrías. Y en esa misma certeza trató Dring de dormir.

Huelga decir que no lo consiguió.