La travesía

David López · Capítulo 16 de 47

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La travesía

Capítulo 15

 

P ero no era tan sencillo continuar. Tras varios intentos por adentrarse en el peligroso canal de la Beagle, el capitán tomó la decisión de cargar todos los pertrechos en los tres botes balleneros y dirigirse hacia el lugar en el que habían encontrado, años atrás, a la tribu de Jemmy Button. Esto no agradaba del todo a York Minster, perteneciente a otra tribu, aunque su rostro feo y enojado no parecía muy distinto del de otros días. En cuanto a la pequeña Fuegia, a la que mantenían en todo momento encerrada para que los marineros no abusaran de ella, parecía indiferente a su destino mientras pudiera ejercer sus amorales labores amatorias, que habían creado en torno a ella una penosa leyenda negra.

—Estos degenerados —gruñía el cirujano Bynoe—. Junte usted marineros y mujeres en un mismo barco, y yo le diré lo que ocurrirá. ¡Qué desastre! ¡Qué vergüenza!

El cirujano no les acompañaría en su viaje hacia las entrañas de la Tierra del Fuego. Con la Beagle anclada en la bahía de Goree, emplearía el receso para aliviar el cuerpo de los marineros, al tiempo que Sulivan y el resto de guardiamarinas aprovechaban para restañar, en la medida de lo posible, al maltrecho bergantín, pues podría asegurarse que la salud de los unos influía en la del otro, y viceversa. Echaba de menos a Wickham y a Stokes, los dos embarcados en sus goletas, explorando el Río Negro, pero la bondad máxima de la Marina era la de apañarse con los medios disponibles, muy a menudo insuficientes.

—Darwin, usted se vendrá conmigo —dijo el capitán—. Llévese a Covington, por supuesto… siempre necesitaremos a un buen aguador y una mano firme con el fusil.

—¿Qué ha dicho? —graznó el ayudante del naturalista, cuya sordera había empeorado en los últimos meses.

—Rowlett, véngase usted también. El viaje le sentará bien a sus pulmones, mucho mejor que pasarse tantos días encerrado en ese apestoso cubículo, con sus números y fórmulas.

—Necesitaría que mi buen Dring me acompañara. Aunque en mejor estado, todavía necesito un poco de ayuda. Dejaré a Hellyar al cargo de las cuentas: tiene mano para esos asuntos —aseguró el contador. Pese a sus palabras, sus pulmones sonaban como un fuelle roto y en su rostro pálido aparecían manchas azules. Mientras se preparaban, el capitán escogió a los casi treinta hombres que lo acompañarían, todos armados hasta los dientes, pues muchos de ellos ya habían participado en el primer viaje en las tierras australes de la Beagle y conocían bien la trapacería y falsedad de aquellos indígenas, ladrones y asesinos a poco que se descuidaran, incapaces de la menor negociación seria, de la menor verdad, de la menor confianza.

Partieron el 19 de enero, tras un breve acto religioso después del cual se sirvió doble dosis de ron a los hombres que formaban aquella expedición. Abrigados hasta las cejas pese a ser el verano en aquellas tierras, contemplaban la mole majestuosa de los glaciares, aquel hielo azul y verde que se erguía en columnas y muros de mayor majestuosidad que los de cualquier catedral en el mundo, casi llegando a tocar los flecos desgastados del cielo gris que se deslizaba sobre ellos. Tan sólo los pocos marineros escoceses que viajaban a bordo se sentían cómodos, comparando aquellas tierras a las escarpadas Highlands o al paisaje invernal y ventoso de las Orcadas. Mientras viajaban, impulsados tanto por los remos como por un viento frío y constante, las paredes de roca y hielo se alzaban a ambos lados del canal, convirtiendo el mundo en una discreta franja de aguas negras y revueltas en las que los tres botes se movían como pequeñas cáscaras de nuez.

—Fíjese, Darwin —le dijo Rowlett, que viajaba junto a él en el bote del capitán —. Fíjese en la estupidez de algunas buenas gentes en nuestra patria. Después de un año de viaje, seguro que usted podría decirme todos los bienes necesarios para fundar una misión en las tierras australes y esperar de ésta que sobreviva, ¿cierto?

—Mmmm —masculló el naturalista—. Aperos de labranza. Muchos. Buena madera para edificar, e instrumentos de cantería y albañilería. Semillas resistentes adecuadas al terreno, como escanda o trigo salvaje. Unos pocos animales resistentes, como cabras. Ropa de abrigo. Armas de fuego para defender la misión. Nada de lujo, desde luego… ¿por qué lo pregunta?

—Dígame lo que ve aquí.

Había sido la Sociedad Misionera la encargada de pertrechar al reverendo y a los tres fueguinos con todo lo necesario para sobrevivir y prosperar en aquellas tierras inhóspitas, y al parecer le habían encargado la lista a algún estúpido párroco rural con el cerebro lleno de nieblas anglicanas, sin duda convencido de que fundar un poblado en la Tierra del Fuego era semejante a amueblar una casita rural en Devonshire. Vasos de vino de cristal labrado, cuencos de madera para la mantequilla, teteras y cafeteras, enormes soperas de porcelana blanca pintada a mano, pies de lino blanquísimo perfumado con lavanda, sombreros de piel de castor, roperos de caoba… el derroche que el naturalista vio ante sus ojos era espantoso, una horrible mezcla de negligencia y despilfarro que sólo mostraba un absoluto desconocimiento de las condiciones de vida en la Tierra del Fuego.

—Calamitoso, ¿verdad? —rezongó el contador—. No envidio la suerte de esos tres pobres salvajes, ni envidio la que correrá Matthews. Este asunto, entero, es un maldito desastre. ¡Cuánto antes salgamos de aquí, mucho mejor!

—Nos vigilan —gruñó Covington, aferrando su fusil con recelo.

—¿Cómo dices, Syms?

—Nos vigilan, señor Darwin. Están ahí.

medida que costeaban el canal, dejando atrás pequeñas islas y caletas que humeaban niebla fría y pegajosa, se iban encendiendo los fuegos de los indígenas, brotando como pequeñas flores, advirtiendo a todos de la llegada de los ingleses.

 

El encuentro entre Jemmy y su familia fue tan poco interesante como el de dos caballos en el campo; mientras el muchacho trataba de comunicarse con sus familiares, los marineros descargaban los tres botes ante las miradas de unas docenas de fueguinos, cuya presumible perplejidad podía confundirse con la más absoluta indiferencia, tal era la falta de expresividad de sus rostros. Si había nervios, sin duda era por parte de los ingleses, en ocasiones atemorizados ante las estentóreas voces con las que se comunicaban los indígenas.

—Qué potencia —susurró Dring, asombrado ante los portentosos pulmones de los yamanas—. Imagínese qué tenores podrían conseguirse de estos pobres diablos, con un poco de educación.

—Dudo mucho que conozcan siquiera el significado de la música, Dring. Son los seres más abyectos y miserables que haya podido observar. —Covington expresaba sus ideas con la fiereza de quien pisa terreno ideológicamente firme—. Parece mentira que sean humanos como nosotros, y no animales.

—Diablos, Syms, es imposible hablar con usted.

Amén de sus voces, los fueguinos podían presumir de una vista realmente aguzada. Ni siquiera los marineros, cuyo trabajo les exigía unos ojos dignos de un águila, podían competir con ellos en pie de igualdad. Parecía, a juicio de Rowlett, que la naturaleza había querido compensar los evidentes defectos de los indios fueguinos con otros dones, sin duda útiles en aquel lugar donde se quebraba el espinazo del mundo y podía ocurrir lo más insospechado.

—Tal vez —le comentó a Darwin— los hombres seamos todos iguales por nacimiento, pero la naturaleza, la cultura y la dureza de nuestras vidas nos hagan distintos a lo largo de los años. Tal vez nos adaptemos a lo que se nos exige.

—Quizá, Rowlett —respondió el naturalista, agradablemente sorprendido por tales palabras—. Es una idea refrescante.

La construcción de la misión, las cabañas, la iglesia y los almacenes, fue observada por una discreta muchedumbre de yamanas. Todos portaban sus lanzas, sus pringosas pieles de guanaco y algunos de ellos pequeños cuchillos de acero, robados o intercambiados a algún ballenero a lo largo de los últimos siglos, transmitidos de generación en generación como si fueran tesoros. Sin embargo, no había ambiente alguno de expectación. Los indígenas, con la familia de Jemmy Buttons a la cabeza, asistían a los afanes de los marineros ingleses con la misma expresión ausente que los pájaros o las mismas piedras. Parecían incapaces de sentir ninguna otra cosa que no fuera una inmoderada codicia a la vista de los utensilios de acero o metal.

—¿Qué diablos es ese yammerschooner que no dejan de balbucear? —gruñó el marinero Sloan, cuyas enormes manos callosas eran de gran utilidad a la hora de halar las sogas—. Me ponen nervioso.

—Creo que quiere significar «dámelo», compañero —dijo Lester, herrero del barco, mientras daba forma a los clavos que se usarían para afianzar los maderos de la iglesia—. Estas pobres almas sólo parecen poseídas por los más básicos pecados, desde la lujuria a la codicia.

—Y tanto —gruñó Sloan, que había visto a los fueguinos fornicar a la vista de todo el mundo, en las más absurdas posturas y sin importar que luciera el sol sobre ellos, que fuera de noche o que el reverendo Matthews rondara por las cercanías.

Sin embargo, aquellos pobres diablos también mostraban signos de tener entre ellos sus propias diferencias. Tan sólo los varones miraban los trabajos de los marineros, holgazaneando, preguntando y robando todo lo que caía cerca de sus manos, mientras que las mujeres se partían el lomo sobre los arbustos, recolectando bayas, raíces y pequeños animalejos que les servían para su magro sustento diario. Darwin y Covington cogieron sus pertrechos y se dedicaron a explorar las colinas circundantes. La estampa de los dos, cargados con sus bultos, cajas y redes, y Darwin todavía más reconocible por el gracioso sombrero de color rojo que le cubría la cabeza, se había convertido en una imagen familiar, incluso reconfortante, para la tripulación del bergantín.

—Parece ser que el cazamariposas se encuentra en su salsa.

—Déjalo en paz, Sloan, es un buen tipo. Joven, sí, pero con una cabeza que ya la quisiéramos muchos de los presentes. —El que hablaba era Lester, quien sentía por el naturalista un afecto tranquilo y extraño—. Es un estudioso de las Escrituras y de la filosofía natural, sabe más de las bestias y de las plantas que un doctor en Cambridge.

—A mí me parece un payaso —gruñó el marinero Hughes, apuntando a los presentes con la gastada boquilla de su pipa—. Y sus ideas son blasfemas. ¡El otro día le escuché afirmando que no había que interpretar literalmente las palabras del Señor en la Biblia!

—Por tu afición a meterte en las camas ajenas, tampoco es que tú seas un cristiano modélico —le espetó Lester, arrancando un coro de risas de los presentes.

 

Al amanecer del tercer día sucedió el inevitable altercado. El marinero Sloan descubrió a uno de los fueguinos, un viejo esquelético de mirada febril, metiendo las manos en uno de los arcones del pan, masticando a toda la velocidad que le permitían sus debilitadas mandíbulas.

—¡Eh, largo de aquí, animal del infierno! —gritó Sloan, sacando de su cinto un enorme puñal con el que estuvo a punto de rebanarle el pescuezo de un solo tajo. El anciano saltó hacia atrás, gritando y gesticulando, lo que atrajo la atención del resto de los fueguinos y de los marineros.

—¿Qué pasa aquí, Sloan? —preguntó el capitán en tono severo—. ¿Qué diablos ha hecho?

—Estaba robando, señor —respondió Sloan. Ante ellos, el viejo todavía gesticulaba y gritaba, señalando hacia los ingleses y después hacia todos sus congéneres, que no parecían especialmente interesados. Más bien guardaban un silencio idéntico al de días anteriores, que no decía nada, que no aseguraba nada. Sloan trató de agarrar al viejo, pero éste se escabulló como una anguila y le escupió a la cara, no sin robarle antes el cuchillo y salir disparado, serpenteando entre las rocas y matorrales.

—Sloan, no debería usted provocarlos —dijo el capitán en voz baja, mirando a su alrededor con cautela—. Nos superan en número.

—No tienen armas, señor.

—Quizá no las tengan, pero eso no los hace menos peligrosos. Si estos… salvajes estuvieran un poco menos cerca de la frontera de la barbarie, si fueran conscientes de la idea del peligro, de la muerte, de la imposibilidad de la victoria contra hombres mejor armados… pero no lo son, Sloan. Carecen por completo de esos conceptos. Si nos atacan, lo harán con la furia de bestias salvajes, y con la misma falta de mesura, o de piedad. Y por eso debemos evitar en todo momento llegar a ese enfrentamiento.

Una tristeza hondísima encharcaba el corazón de FitzRoy al ver a aquel pobre anciano, escuálido y desnudo, amenazándolos de muerte. Ahora se percataba de que incluso el hosco y temible York Minster parecía un corderillo al lado de aquellos seres silenciosos. ¿Cómo esperar el éxito cuando incluso la comprensión estaba fuera de su alcance?

—Son hombres malos, capitán —le dijo el joven Jemmy mientras preparaban el almuerzo—. Hombres malos.

medida que avanzaba el día, los fueguinos se fueron retirando, tan silenciosos como habían llegado, sin mirar atrás, sin amenazas ni reproches. Pronto la misión quedó rodeada de un anillo de tierras vacías y, muy a lo lejos, tanto que apenas si eran visibles, los indígenas plantaron sus hogueras, esos fuegos que nunca morían mientras alguien en la tribu tuviera fuerzas para mantenerlos encendidos, hasta la última brasa. ¿Se preparaban para atacarlos?

—Lo mejor será que esta noche no durmamos aquí —dijo el capitán—. Nos alejaremos unas millas y observaremos desde la distancia. El reverendo y sus tres pupilos se quedarán. Estarán más seguros aquí.

El reverendo no parecía conforme, pero no era de esa clase de personas que destacaran por un firme carácter. Con la vista baja y el gesto cariacontecido de los hombres que asisten en tercera persona al desarrollo de su propia vida, no pudo sino asentir a los planes que trazaban para él. Se aferraba a una vieja pistola de la manufactura de Mantón, un trasto casi inservible que debería haber disparado su último cartucho en los tiempos de las guerras americanas. Tanto Darwin como Dring lo miraban con una mal disimulada piedad. Pobre diablo, enfrentándose a lo desconocido sin haber sabido de la vida más que las mentiras que le habían contado allá en la vicaría, en su pueblo natal.

—No durará mucho tiempo —auguró Darwin, sombrío tras la espesa barba casi pelirroja que le cubría el rostro ajado por la intemperie—. Es un hombre débil, timorato y falto por completo de energía. Su fatalismo será su perdición.

—Es usted un juez severo, Darwin.

—Tan sólo imparcial, Dring. Más severas son estas montañas.

La noche transcurrió larga, pero sin incidentes. Todo estaba en calma. Casi hubiera parecido un paisaje idílico de no ser porque, soterrando la belleza aparente, se encontraba la frialdad de unas tierras que con dificultad acogían a los extranjeros en su seno. Darwin apenas durmió. Pensaba en aquellos pobres desgraciados, en sus cuerpos chaparros, en sus rostros pintarrajeados de blanco y azul, embadurnados los cuerpos de grasa, los cabellos enredados, las voces discordantes, los gestos carentes de propósito y dignidad. Viendo a tales criaturas, ¿cómo creer en su humanidad, más allá de toda duda?

—Y, sin embargo, lo son —masculló el naturalista para sí. Nadie oyó sus palabras, y es que su eppur si muove no estaba destinado a convencer a nadie, salvo a sí mismo.