La travesía
Cuarta parte. Los cerros de Valparaíso
Cuarta parte
Los cerros de Valparaíso
Capítulo 24
Sloan y Lester, silenciosos y contritos como la oveja a la hora de la esquila, soportaban mal que bien la mirada ceñuda y rabiosa de Bynoe; el cirujano de la nave, solemne y sobrio en su vestimenta negra y blanca, daba vueltas en torno a ellos como un lobo, buscando el momento y el lugar en el que dar la dentellada. Cuando al cirujano del bergantín se le atravesaba en el garguero la espina de la inconveniencia se convertía en una penosa compañía, más dada a los sermones morales que a las purgas físicas.
—¡Sífilis! —les gruñó—. ¡Deberíais sentir vergüenza, libertinos! Vuestros compañeros se rompen la espalda, por no hablar de las costillas y los dedos, en su empeño por sacar este barco de tan procelosas aguas, y vosotros no sentís más inclinación que por satisfacer un apetito abominable…
—Oiga, doc, ya vale —gruñó Sloan—, que no hemos hecho nada que no haya hecho todo el mundo. Que a nosotros nos ha salido el tiro de la culata, sí, pero eso no quiere decir que seamos más culpables. Aquí todo el mundo juega con los mismos naipes, y si ellos lo hacen ¿por qué no nosotros?
—Sloan es un bocazas —apuntó Lester, quizá sintiendo las primeras punzadas de la vergüenza en el pecho y la boca del estómago—, pero no por ello miente, señor Bynoe.
El cirujano se detuvo tan sólo para llevarse las manos a la cabeza; el diminuto lugar en el que enmendaba heridas, roturas, quiebros y dolencias de la tripulación, incluso a la luz de los candiles, no pasaba de ser un cuchitril infecto por debajo de la línea de flotación. Del bajo techo de madera, entre baos y cuadernas, pendían los instrumentos del sangriento oficio del matasanos, que en tiempo de guerra más llegaba a parecerse al de un carpintero que al de un médico con bastón y levita… cortar y componer, coser, entablillar y reducir, practicar resecciones de miembros hinchados por la gangrena, todo sangre y enmiendas, siempre enmiendas. Al otro lado del tabique de madera de la entrada se encontraba la enfermería, ocupada por media docena de hombres de los que el más grave era el pobre Rowlett, de nuevo derrotado por la tisis.
—Saldré de ésta, Bynoe —aseguraba el contador, mientras la hemoptisis le hacía doblarse sobre sí mismo entre toses y convulsiones. Su aspecto era terrible: las mejillas hundidas, el pecho blanquecino y la cabeza calva y sudorosa… sus ojos, que de tan azules brillaban en la penumbra como ascuas de hielo, se escondían en unas cuencas tan profundas como pozos que llegaran hasta un lejano infierno lleno de enfermos, miserables, moribundos y desahuciados—. No puedo morirme ahora. Es demasiado injusto.
—La justicia no tiene nada que ver con esto, amigo —dijo Sloan, irreverente como siempre, ya fuera en presencia de Dios o del diablo—. Cuando la escrófula se adueña de uno, ya puede encomendarse a los santos, pero tarde o temprano…
—¡Sloan, por todos los demonios! —gruñó Bynoe—. Cállese de una vez o me encargaré de que el señor Chaffers le deje la espalda como el butacón de un arriero, ¿queda claro? Aquí no se va a morir nadie, a menos que el capitán lo ordene.
Sloan soltó una mezcla de rebuzno y risotada; de entre todos los gavieros de la Beagle era el más canallesco y salvaje. Había sido de los más asiduos visitantes del pasivo regazo de Fuegia Basket cuando ésta todavía formaba parte de la tripulación, lo que le había valido una docena de latigazos y dos semanas sin ron por cortesía del capitán y del bruto salvaje del contramaestre.
—Cabrones todos —gruñó mientras se tomaba las píldoras mercuriales—. Como si ese cerdo no se la beneficiara también. ¡Aviados vamos! ¡Sepulcros blanqueados!
—Ya, pero nosotros ni siquiera tenemos cal que echarnos por encima, Sloan — gruñó Lester, rascándose con la persistencia de un perro de aguas—. En este mundo, sea acuático o no, las apariencias cuentan tanto o más que lo que se guarda dentro del pecho. ¿Que Chaffers también la metía en caliente con la putilla fueguina? ¿Y eso a quién cono le importa? ¿O crees que todos los coronados son santos y castos?
Quizá fuera así, pero al disconforme Sloan no le parecía que la clase social, ni siquiera en aquella Inglaterra, fuera óbice para que él tuviera que guardarse las ganas… mientras el marinero se alejaba con sus quejas a cuestas, Bynoe auscultaba el pecho de Rowlett con una trompetilla. Lo que crujía bajo las costillas del enfermo sonaba tan mal como se había temido.
—No debe realizar más esfuerzos, George —le advirtió el matasanos con severidad—, o de lo contrario tendremos que celebrar un funeral que nadie a bordo desea.
—No se preocupe por mí —jadeó éste—. Dígame, ¿qué ocurre con los marineros? Parece que las enfermedades de Venus se extienden entre ellos como el fuego.
Cada palabra le costaba un supremo esfuerzo. Bynoe contemplaba a su compañero y —¿por qué no decirlo?— amigo, con una expresión de hondísima pena. El hombre que tres años antes era rechoncho y saludable como un tabernero de Cardiff se veía reducido a poco más que un esqueleto azulado que se estremecía a cada resuello.
—Sodomía, mi buen amigo.
—¿Está seguro?
—¿Qué puede ser en caso contrario? —El cirujano se encogió de hombros—. El barco carece de mujeres accesibles y hace meses que no visitamos un puerto en el que existan, ya no abunden, especímenes del sexo femenino. Si la ocurrencia de casos hubiera cesado tras dejar en tierra a la pequeña y perniciosa Fuegia, si no hubiera tenido que recetar más de estas píldoras tras dejar atrás el último de los puertos habitado por prostitutas y alcahuetas… pero no ha sido así, George. No hay otra opción, y pobres de los culpables cuando lleguen sus nombres a oídos del capitán.
Rowlett ya no escuchaba: agotado, se había sumido en el constante sopor en el que la enfermedad lo mantenía. Junto al lecho del enfermo se mantenía el jovencito Joe, con los ojos muy abiertos en su rostro de querubín ya crecido, porque su edad ya debía rondar los trece años. Su hermano, James, se había habituado al peligroso ambiente de las jarcias y, dado su poco peso y su innata agilidad, se balanceaba entre burdas y estayes cuando era necesario arrizar alguna de las velas.
—Tu patrón se va a morir, joven Joe.
—Lo sé. Usted dijo que todos nos morimos, señor Bynoe, pero unos mueren antes de lo que deben y otros viven más de lo que tendrían que vivir.
—Bueno —dijo el cirujano—, intentaremos que tu patrón tarde en morirse algo más de lo que el destino parece desear. ¿No te parece?
El muchachito sonrió de oreja a oreja y asintió, voluntarioso como un tamborilero en primera línea de fusiles. Y al contemplar aquella sonrisa el galeno tuvo una revelación, una epifanía circunstancial, tan clara y brillante que estuvo a punto de tumbarle de espaldas.
—¿Cómo que es una mujer? —gruñó Dring, arqueando una ceja—. Bynoe, está usted ebrio como una mona. ¡Es Joe, nuestro pequeño Joe! Usted no lo sabe, pero yo mismo vi cómo nuestro teniente Wickham lo compraba a su tío cuáquero allá en Devonport, pagando con unos pocos peniques y la promesa de no venderlo a ningún tratante de carne brasileño. Sin duda se equivoca.
El ayudante del contador se encontraba aferrado a los andariveles de cuerda que los marineros habían tendido de proa a popa para evitar inoportunos deslices al seno de las olas, que allí parecían más montañas de vidrio negro. A cada una de ellas, el bergantín entero se estremecía antes de afrontar el terrorífico ascenso de la cresta de agua. Dring, envuelto de pies a cabeza en tela alquitranada, afrontaba cada una de las olas con una risotada demencial, mientras en su interior se debatían extraños demonios de los que nada antes había sabido y que se rebelaban a medida que la ciudad de Valparaíso se iba acercando. No muy lejos de allí, con aspecto de haber vomitado una docena de veces, Darwin seguía con la mirada el vuelo impasible y lejano de un albatros.
—Como lo oye, Dring —dijo el cirujano—. Hasta este momento no me había percatado, ¿cómo he podido ser tan ciego?
—Vamos, hombre, debe de ser un error. —Dring aspiró hondo a medida que la proa del barco se hundía en una ola monstruosa y un muro de agua pulverizada avanzaba hacia ellos a la velocidad del rayo. Durante unos segundos contuvieron la respiración mientras una rociada salobre y fría los golpeaba por todas las direcciones a la vez. Cuando parecía imposible soportar más tanta agresión, de pronto se vieron de nuevo al aire libre, y el barco descendía hacia un seno oscuro y calmo en el que volaban más albatros y petreles—. De todos modos, la solución es muy sencilla: se le quita la ropa y punto. Si nuestro Joe es una mujercita la evidencia será… incuestionable.
—Por Dios, Dring, no puedo hacer eso. ¿Y si realmente resulta ser una… una jovenzuela? Incluso usted debe tener en cuenta que hay ciertas maneras, ciertos decoros que deben cumplirse, incluso en circunstancias como éstas.
Acto seguido, con las interrupciones necesarias dado el espantoso oleaje y los gritos enloquecidos del capitán, Bynoe le relató las pistas que le habían llevado a tal conclusión: la poca estatura y esbeltez de Joe en comparación con su hermano James, su temperamento apacible y reservado, cierta hermosura en los rasgos que ya no se podía atribuir a un supuesto carácter de efebo complaciente, incluso ya un acusado cambio en la forma general del cuerpo que quizás revelara la llegada del sangrado menstrual.
—Si alguien puede saberlo, ése es el señor Rowlett —dijo Dring en tono pensativo, mientras trataba de construir una hipótesis razonable con todos los elementos de juicio que fabulába el matasanos—. De todos modos, ¿qué diablos importa que sea una mujer? Mientras se encargue de ayudar a mi patrón, como si es un hermafrodita con cuernos y rabo. El sexo no tiene ninguna importancia ahora, Bynoe: las olas sí que la tienen, y hay muchas, por si no lo había notado usted.
Bynoe sacudió la cabeza, exasperado por la insólita terquedad de su buen amigo. En el combés, esquivando las piernas de los gavieros, el pequeño James Ryan ayudaba en la medida de lo posible a la flotabilidad general del femenino bergantín del que formaba parte. Calado hasta los huesos y surcado por los cardenales de mil y un tropezones, ahora ya en poco se parecía a su mellizo.
—Seguro que él lo sabe.
—No nos dirá nada. —Dring sacudió la cabeza, pesimista—. No sólo comparten sangre, sino que lames no se parece en nada a su hermano Joe… o hermana, si está usted en lo cierto, cosa que me permito dudar. Si el primero es disoluto y pendenciero, el segundo es constante y serio; si el primero holgazanea todo cuanto puede, el segundo no deja de trabajar a las órdenes de mi patrón… pero lo que los dos comparten es ese absurdo código de silencio que hace impune a cualquier verdugo en estos navíos.
—No hay nada que los marineros desprecien más que a un delator —razonó Bynoe en voz baja—. Es lo primero que aprenden al subir a bordo, antes incluso que la diferencia entre babor y estribor, antes que las direcciones cardinales o cómo arrizar una gavia. Y jamás delatarán a nadie, por nefando que sea su pecado, traidor, blasfemo, sodomita o ladrón: si acaso, lo juzgarán y castigarán ellos mismos. No… tiene usted razón, Dring, nunca nos dirá nada. Si queremos averiguarlo, tendrá que ser de otro modo.
—¿Y por qué demonios querríamos averiguarlo?
—¿No ve la relación causal, Dring? Los casos de sífilis aumentan en el barco y hay una mujer a bordo. ¿Acaso está ciego? ¡Ella es la culpable!
—Por Dios bendito, Bynoe, ni siquiera sabemos si existe ella o su presencia es sólo un delirio provocado por el mareo y el ron. ¿No cree que reacciona en demasía usted?
El cirujano no lo creía así. Todo, de repente, cobraba un nuevo sentido, mucho mayor que la suma de sus diversas partes. La presencia de una mujer a bordo explicaría el aumento de los casos de sífilis, la conducta sibilina y artera de los marineros y la cerrazón general que en el barco se respiraba a tal efecto.
—Debemos espiarle.
—¡Bynoe, por todos los…!
—Es la única solución, Dring. —El cirujano, con la mirada de un lunático brillando bajo las espesas cejas, le agarró por las solapas de la chaqueta y a punto estuvo de zarandearlo como a un árbol cuajado de fruta madura—. ¡Despabile, hombre! Puede que no podamos verla como lo que es, pero si la dejamos campar a sus anchas convertirá este barco en un sanatorio flotante o en un burdel, lo que usted prefiera.
—¡Tiene catorce años!
—Pues mejor ahora que cuando cumpla quince.
La tormenta quedaba atrás, y en el abrazo de la oscuridad se convertía en una mole nubosa más negra que la propia noche, cuajada de relámpagos púrpuras que la iluminaban desde el interior. Más allá de la espuma que impregnaba el aire y de las veloces luminarias que debían su existencia a los misteriosos fenómenos de la electricidad, el mundo era una incógnita absoluta en la que la única certeza, establecida en la brújula del capitán, era el rumbo de la nave: hacia el norte, siempre hacia el norte. Ya habían doblado el estrecho de Magallanes y se encaminaban hacia la distante Chiloé, donde se reaprovisionarían de víveres antes de proseguir viaje hacia Valparaíso.
¡Valparaíso! Parecía mentira que el objeto de su viaje estuviera tan cercano. El ayudante del contador creía poder ver el puerto y los edificios si trepaba a lo alto del palo mayor… naturalmente, no era más que una ilusión provocada por la abstinencia sexual, por la angustia y por los nervios que lo atenazaban al adentrarse en la cabina en la que dormían los mellizos en compañía del resto de grumetes del barco. En cualquier otro barco no hubieran gozado de tamaño privilegio, pero la prevalencia de enfermedades venéreas y la insistencia de Bynoe habían bastado para que el capitán los encerrara cada noche bajo siete llaves, «para su propia seguridad».
Dring abrió la puerta con sumo cuidado. En el centro de la exigua cabina una llama amarilla, bien protegida en el interior de un fanal de latón y vidrio, pintaba de oro viejo los coyes, los rostros dormidos, las ropas costrosas de sal y mugre y la tablazón negra de hollín y malos presagios.
Era una estupidez. Si el pequeño Joe no fuera un muchacho sino una chica, a buen seguro que alguno de los grumetes se habría dado cuenta: quizá no fueran lo más perspicaces de todos los miembros de la tripulación, pero no estaban ciegos. Pero… ¿y si, en realidad, no se hubieran percatado de ello porque no lo habían estado buscando? La idea, insidiosa como una serpiente, se estaba colando en el interior de las hasta ahora firmes convicciones de Dring, forzándole a reconsiderar lo que hasta ese mismo instante había tomado por imposible… y que ahora parecía tan sólo improbable. ¿Y si fuera cierto?
—Es una locura —susurró. James y Joe dormían al fondo de la cabina; para llegar hasta ellos tuvo que sortear los cuerpos de Biliet y Davis, que dormían en el suelo entre ronquidos. El rufián de Billet aferraba, incluso en sueños, un enorme pedazo de pan en cuyo interior había camuflado un generoso pedazo de tocino entreverado. Tras cada uno de sus ronquidos esbozaba en sus asténicos labios una sonrisa de satisfecha complacencia.
—Parecen más distintos de lo que lo eran —se dijo al contemplar a los mellizos. Seguían siendo criaturas delgadas y rubias como en aquella lejanísima noche de noviembre en la que él y Rowlett llegaran a Devonport, pero James había crecido más y mostraba en sus rasgos, ya próximos a la adolescencia, cierta dureza de la que carecía Joe. Y tal vez fuera el efecto de las elucubraciones de Bynoe, pero tal vez en los rasgos del segundo hubiera cierta redondez, cierta feminidad que…
—¿Qué ocurre? —masculló Joe, sin abrir los ojos. Dring, horrorizado, salió de la cabina a toda velocidad, y dio fe de su agilidad incluso en tales momentos el hecho de que no atropello a ninguno de los infantes durmientes que yacían en el suelo. Tan sólo dejó de correr cuando se encontró bajo el cielo cuajado de innumerables estrellas. El oficial de guardia, el joven King, le miró con cierta sorpresa.
—¿Ha perdido el juicio, señor Dring?
—Seguramente, señor King —respondió éste con sequedad—. Seguramente. Y que me parta un rayo si vuelvo a dejar que me embauquen ni el chalado de Bynoe ni sus cantos de sirena. ¡Que se los meta por…!
No llegó a completar su maldición. Joe salía de la cabina en dirección al «jardín», eufemístico apelativo para el beque de los marineros, apenas un agujero en la tablazón que comunicaba directamente con el mar. El viento de la noche, fuerte y racheado, aplastaba sus ropas contra un cuerpo delgado en el que el ayudante del contador creyó ver ciertos indicios que…
—¡Aaaarg! ¡Ya basta! —aulló, ante el pasmo de un atónito King. Dispuesto a terminar de una vez por todas con las dudas y los recelos, corrió en pos de Joe. Para cualquier tripulante hubiera supuesto un espantoso susto encontrárselo: con los ojos abiertos de par en par, los dientes apretados hasta resquebrajar el esmalte y los tendones del cuello tensos como la soga de un ahorcado. Sin pensarlo más, abrió la portezuela del endeble excusado y se presentó ante un atónito Joe, que se subía los pantalones con aire adormilado.
—¡Ajá! —farfulló el ayudante del contador, sumido en un paroxismo de ideas contrapuestas—. ¡Bynoe tenía razón!
—¿Señor Dring? —Joe parecía no dar crédito a sus ojos—. ¿Qué hace?
—¿Que qué hago? Quizás esa pregunta debería hacértela yo a ti, muchachi…
Calló de golpe. Algo afilado y mortalmente frío le presionaba en la espalda, a la altura del hígado. Joe terminó de vestirse, cubriendo las palpables evidencias de lo que era y dejaba de ser. Un brazo moreno y fuerte rodeó el cuello de Dring y le obligó a entrar por completo en el beque.
—Quieto —dijo la voz de James Ryan—. No me cae usted mal, señor Dring, pero si grita o hace alguna tontería, por la memoria de mi madre que lo degüello y arrojo su cadáver a las aguas. ¿Le queda claro?
—Como el agua. —El ayudante del contador se frotó el gaznate, contento de seguir vivo y de una pieza; a su lado, Joe bajaba la mirada—. ¿Por qué no lo habíais dicho nunca? Seguro que el capitán os hubiera dejado en algún buen puerto, seguro que…
James hizo un gesto amenazador con el enorme puñal, casi una espada. Dring dedujo que semejante ademán significaba que era mejor guardar silencio hasta que un poder superior decidiera lo contrario. Aquel filo de acero azulado, afilado mil y una veces, podía afeitar en seco las barbas de un hebreo, y Dring sabía que también sería muy capaz de degollarlo como a un cordero lechal.
—Nos habrían dejado en puerto, sí —dijo James—, ¿y qué habríamos hecho mi hermana y yo, señor Dring? Ya ve usted lo que ha pasado con los indios fueguinos. ¿Cree en serio que iba a permitir algo parecido? Habríamos terminado muertos de hambre en algún albañal, esclavos en alguna plantación de caña de azúcar, o muertos con toda seguridad. Al menos aquí tenemos comida caliente, ropa y un techo. Joe está aprendiendo un oficio con el señor Rowlett y cuando regresemos a Inglaterra sabrá mucho más que lo que hubiera podido aprender en cualquier escuela… y mucho más de lo que el animal de nuestro tío nos hubiera podido enseñar. ¿Cree usted que iba a renunciar a todo esto, señor Dring?
No tenía ni siquiera quince años, pero hablaba con más sensatez que muchos ancianos. Desde luego que la vida en la mar los había hecho madurar más rápido de lo que hubiera podido esperarse en tierra.
—Pero tu hermana…
—Nadie sabe que es mi hermana, salvo usted.
—Y yo mismo —apuntó Bynoe, apareciendo en la puerta con un gesto serio, concentrado; bajo la débil luz del fanal parecía haber envejecido veinte años. James cogió de inmediato el descomunal puñal e hizo un amago de atacar, pero pareció comprender que si bien era en cierto modo posible matar a Dring y deshacerse de su cadáver, llevar a cabo la misma maniobra con dos hombres adultos que lo aventajaban en fuerza y experiencia era un imposible. Soltó el arma y, de pronto, rompió a llorar con desconsuelo.
—Han ganado —hipó—. Ya nos pueden echar del barco. Cabrones. Échennos de una vez y váyanse al diablo, que es donde todos los hipócritas como ustedes deberían estar.
—No queremos echaros del barco —aseveró Bynoe, arrodillándose junto al muchacho; el joven matasanos no tenía hijos y jamás había tenido contacto con ningún niño necesitado de unas palabras de ánimo, salvo en el caso de algún grumete con una astilla clavada bajo la uña. ¡Qué distinto era aliviar el dolor de la mente que el del cuerpo!—. Pero debes comprender que no podemos dejar a tu hermana sin vigilancia, o la mitad de los hombres de este barco enfermarán.
Los dos niños se miraron por un momento. Dring supo en ese mismo instante que tanto él como Bynoe habían estado acertados sólo en la mitad de sus postulados.
—No comprendo —dijo James, abriendo unos ojos enormes y asustados, de un líquido azul irlandés—. ¿Por qué mi hermana…?
—Tu hermana está enferma, James —dijo Bynoe en tono instructivo—. Y si permitimos que los marineros la sigan… visitando, los irá contagiando a todos. Pero no te preocupes, podemos curar a todo el mundo. Sólo es necesario que…
—Mi hermana no está enferma, y nadie la ha tocado —musitó James, doblándose en el suelo y aferrándose a sus propias rodillas, Joe se acercó, con una mirada preñada de un dolor tan intenso que no parecía ser real. Bynoe parpadeó, de repente confuso.
—¿Cómo que…?
—Bynoe —intervino Dring, poniéndole una mano en el hombro—. No era la muchacha nuestro problema, sino el chico. Ha sido él, desde un principio, desde que Fuegia dejara el barco. Él, y no ella.
James lloraba sin gemidos. Joe, si tal nombre era válido o siquiera conveniente, se abrazaba a él, también llorosa, consciente del terrible sacrificio de su hermano. El barco, a su alrededor, crujía como un almacén de ataúdes, cabeceando en el fuerte oleaje que era el hijo bastardo de la galerna. Toda la Beagle se mostraba ajena al dolor de aquellos niños… que ya no eran, en realidad, niños, cuya infancia yacía muerta en decenas de noches frías, en suspiros callados, en lágrimas que no se soportaban y corrían por sus rostros hasta caer sobre la cubierta.
—Santa Madre de Dios —susurró Bynoe, consciente ahora de lo que había ocurrido durante años—. ¿Y qué hacemos ahora, Dring?
Mi muy estimada señora Alcázar,
Es, como siempre, un verdadero placer poder dirigirme a usted, aunque
sea por el insuficiente medio de estas cartas, en las que tanto se puede expresar y, a la vez, tan poco se puede decir. Pero, gracias al cielo, poco
tiempo falta para que podamos encontrarnos, para que este medio no sea más que un recuerdo, feliz sin duda, que aluda al modo en que nos conocimos.
Debo informarla, por desgracia, del empeoramiento de la salud del señor
Rowlett. Su estado es ahora tan grave que muchos dudamos que pueda llegar vivo a Chiloé, mucho menos a Valparaíso. La tisis, su debilidad por los largos meses de postración y el terrible mal tiempo que hemos soportado en el paso de un océano al otro han sido alimento suficiente para el monstruo que le roe las entrañas. El Cabo de Hornos, con su estampa gris y maléfica, ha firmado una sentencia de muerte que todos asumíamos como ineludible, pero que también todos deseábamos aplazar el mayor tiempo posible. Ahora mismo el buen hombre duerme, aunque su respiración es espantosa de observar. No se culpe usted por nada, mi buena amiga: aunque de aspecto terrible, el final para esta enfermedad llega de una manera dulce. Quizá sea la muerte para estos enfermos el remedo de la amante para el desesperado. Quién sabe. Tal vez pueda eludir a la muerte durante unos días más. O quizá no muera. Nadie a bordo lo sabe, y mucho menos el señor Bynoe, nuestro cirujano, en cuya compañía he experimentado extrañas aventuras que procedo a relatarle, aunque omitiendo ciertos detalles que tal vez sean demasiado escabrosos para sus oídos.
es que, mi lejana amiga, ¡tenemos una mujer a bordo! Tal descubrimiento
lo hemos realizado hace pocos días, después de arduas disquisiciones que nos llevaron a unir el aumento de cierto morbo maligno en los marineros de nuestra femenina Beagle, ¡y nunca más apropiado el calificativo!, con la presencia de una mujer. Sin embargo, cuál sería al descubrir que la citada muchachita, que cuenta casi catorce primaveras y que hasta ese preciso momento se había hecho pasar por uno de los grumetes a cargo del señor Rowlett en las tareas de contabilidad, no era la culpable de los males venéreos de nuestro bergantín, sino su propio hermano. Y lo que en un principio hubiera podido ser un flagrante caso de sodomía con consentimiento, digna de desvergonzados y merecedora del peor de los castigos, demostró convertirse en un caso de abnegación y sacrificio. El pobre muchacho, mellizo de nuestra extraña polizona de género, había ofrecido su cuerpo a modo de pecaminoso agnus Dei, evitando de ese modo que el acoso de los marineros, que son bestias insensibles en la mayor parte de los casos y desconocen la diferencia, si es que la advierten, entre el bien y el mal, se cebaran en ella. ¿Cuánto habrán durado sus humillaciones, su sufrimiento, su voluntad de salvar a su pobre hermana?
Sea como sea, una vez descubierto el origen de nuestros males venéreos,
no debería resultar muy difícil atajarlos. Dentro de pocos días llegaremos a Chiloé, y allí dejaremos a nuestro joven James Ryan, al cuidado de Ernest Galloway, el representante inglés del puesto comercial y un hombre de la
entera confianza del señor Rowlett y, por ende, en el que yo también deposito mis esperanzas. Esperemos que el muchacho sepa recuperarse y olvidar los terribles meses que ha vivido a bordo. Cuando sus heridas sanen y sea capaz de perdonarnos por haber sido tan ciegos a sus penurias, volveremos a recogerlo, o mandaremos que lo lleven a Inglaterra. La Armada es un ama cruel, muy cruel, pero en ocasiones recompensa a los que se sacrifican por ella. Quizá el caso de este joven sea uno de ellos.
En cuando a la pequeña Joe, (o Josephine, como Bynoe se empeña en
llamarla) ahora se encuentra a mi cargo, dado que el señor Rowlett está incapacitado para ejercer de tutor. La pobrecilla, aterrada como un ratón de campo, cree que la vamos a tirar por la borda en cualquier momento. Tal vez sus temores no sean tan infundados: tan sólo Bynoe y yo mismo sabemos de su celoso secreto. Si llegara a oídos del capitán o de cualquiera de sus oficiales, ella misma seguiría los pasos de su hermano y abandonaría nuestra compañía en Chiloé, con lo que su futuro haríase todavía más negro y duro de lo que ya lo es. Quizá fuera lo más sensato, pero es un acto de caridad albergarla entre nosotros y ofrecerle una educación que en tierra jamás podría conseguir. Una vez que regresemos a Inglaterra sabrá más que cualquier chica de su edad y podrá convertirse en una mujer de provecho, y no sólo en un mero florero decorativo en la casa de algún terrateniente de mano larga y dura. Sea éste el mejor resarcimiento que podemos ofrecerles después de haberlos comprado en una oscura taberna de Devonport por un precio que no repito aquí para no ofender más al Altísimo.
En lo tocante a este cascarón flotante en el que hemos cruzado ya medio
mundo, tan sólo decir que hemos logrado dejar atrás las feroces tormentas del Cabo de Hornos, las peores que jamás haya visto hombre alguno. El señor May, nuestro carpintero, a quien todos llaman Astillas, intenta componer los muchos daños que la Beagle ha sufrido, pero poco puede hacer en unas aguas tan duras como éstas. Más aún, el capitán alberga una prisa terrible por llegar a Valparaíso y apenas se detendrá un día en Chiloé. Esto, que tan bien suena a mis oídos (pues largos son los días en esta espera, mi señora) no nos conviene en absoluto, puesto que una tormenta más fuerte de lo normal podría hundirnos con demasiada facilidad. El señor Sulivan, que en ausencia de mi buen amigo Wickham es nuestro primer oficial, destila una seriedad faraónica en cada uno de sus gestos. ¡Si se llegara a enterar de los tejemanejes que nos traemos entre manos Bynoe y yo mismo! No tengo dudas de que nos mandaría encerrar en el sollado, con el agua de la sentina llegándonos a las rodillas y las ratas devorando nuestros pies. Pero Sulivan, al igual que el resto de los hombres que visten uniforme, no ven más que lo que desean ver. No es esto tanto una crítica como una constatación de la realidad, y en este caso nos viene al pelo su particular ceguera.
Mandaré esta carta en el primer barco correo que parta desde Chiloé. Con
un poco de suerte llegará un par de días antes que nuestro bergantín, pues nos demoraremos en nuestras medidas cartográficas. Espero con ansia el día en que podamos encontrarnos, mi señora, y espero poder dar solución al problema que la aqueja, sea con palabras, sea con acero.
Suyo, afectuoso, febril,
John Edwards Dring,
bordo de la HMS Beagle,
en algún lugar al sur de Chiloé,
10 de junio de 1834.