La travesía

David López · Capítulo 44 de 47

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La travesía

Capítulo 43

 

Centenares de gaviotas seguían la singladura del bergantín mientras se acercaba a Ciudad del Cabo, como si quisieran alimentarse de sus despojos. A intervalos irregulares, a medida que se agotaban los barriles de carne salada, galletas, bizcochos de mar y ron, éstos se iban arrojando, vacíos, por la borda. Como un rosario desvencijado y negro, los barriles seguían por un rato el rumbo de la nave antes de adoptar las corrientes y dispersarse por todo el mundo.

Tras abandonar Mauricio, la pequeña Beagle aproó hacia Sudáfrica, lamiendo las costas de la isla de Madagascar. El ánimo de la tripulación era tan alto como se pudiera esperar, incluso pese a haber dejado atrás uno de los pocos paraísos que quedaban en vida. Para Darwin y los oficiales, la estancia había sido tan placentera como haber regresado a Inglaterra antes de tiempo, o quizá más aún, puesto que aquella deliciosa isla disponía de maravillas naturales y climáticas que jamás se hubieran podido dar en la lluviosa, gris y enmohecida Albión. Cenas, veladas musicales, ópera en un espléndido teatro, hombres educados y mujeres tan hermosas como lo permitía la etiqueta. Había algo de obsceno dentro de aquellos universos contenidos en sí mismos, en el hecho de hablar del extranjero, de lo que se extendía más allá de sus fronteras, de lo que nadie encontraba de interés porque nadie podía ver ni tocar ni sentir, porque en sus vidas y sueños y certezas se excluía todo aquello que se encontraba más allá de la redonda panza del horizonte. ¿Para qué soñar con lo que estaba tan lejos que, a la hora de la verdad, no existía?

El mar era otro mundo, también, más oscuro y letal que cualquier otro. Soñaban de distinto modo los hombres que dormían sobre él que los que lo hacían en tierra firme: distintos países, distintas mujeres, distintos sabores, distintas ansias y distintos terrores que los asaltaban sin piedad hasta hacerlos despertar entre temblores, recitando entre dientes todas las oraciones que recordaban de su niñez. El mar era ese territorio que nadie deseaba explorar más que en superficie, dejando la oscuridad y los abismos para los monstruos que aparecían en los espacios vacíos de las cartas marítimas. El mar era el telón de fondo de las pesadillas. El mar gruñía bajo la tablazón y los fondos de cobre. El mar era, para los marinos, tanto un camino como una frontera.

FitzRoy al igual que el resto de la tripulación, empezaba a sentir un extraño nerviosismo que le carcomía el pecho día a día. Intentaba tranquilizarse repasando sus cartas de navegación, listando los datos que había recogido a lo largo de miles de millas de costa, escribiendo una y otra vez los nombres de todos los puertos en los que había recalado… porque tras Ciudad del Cabo sólo quedaría el Atlántico y después la vieja Inglaterra. Ya habían hecho su trabajo y regresaban, a los brazos de sus esposas e hijas, a sus casas y negocios, a sus pueblos y a Londres, a la gran Londres, la ciudad más grande del mundo, puta entre las putas, alocada, cruel, whig y tory, llena de periódicos, chismes, políticos y ladrones. Volvían a lo que ya habían olvidado y, entre tanto, regresaba FitzRoy al recuerdo de todas las mujeres con las que se había acostado, de puerto en puerto, y a cada una de ellas, a su debido momento, les había endosado el rostro de su desconocida prometida inglesa, esa muchachita con la que habría de casarse y cuya presencia siempre había estado patente en el fondo de su alma, como la remembranza de ese sueño que nunca ha llegado, pero que se aguarda con una mezcla de ansiedad y pánico. Cada uno de esos devaneos prostibularios, ya fuera en Maldonado, en Valparaíso, en Callao, en Sydney o en Montevideo, habían dejado en él cierta huella, no venérea ni sentimental, ni siquiera un remordimiento. Había sido, se justificaba a sí mismo, esa parte de sí mismo que no atendía a razones y que, en el peor de los momentos, se adueñaba de sus actos, le impulsaba al abismo y le convertía, quién sabe el motivo, en un monstruo.

 

Sorprendía a Dring la velocidad con la que el mundo cambiaba, pero no así el mar. A medida que la Beagle devoraba millas hacia el norte el mar permanecía como un icono de sí mismo, casi una representación pictórica de una realidad mucho más amplia. Sin embargo, la tierra que no se podía ver sí que cambiaba, y a una velocidad asombrosa.

¿Cambiaban a la misma velocidad las personas, o las transformaciones que sufrían eran más lentas, discretas, insidiosas? Desde luego que ninguno de los tripulantes del femenino y maltrecho bergantín era el mismo que había partido de Inglaterra hacía ya cuatro años y medio. Habían envejecido. Algunos habían muerto. Otros habían descubierto, en el interior de sí mismos, una verdad trascendente que podía significar algo o nada; otros, en cambio, se habían hundido más y más en su propia miseria. Los guardiamarinas ya no eran un puñado de chiquillos muertos de hambre y asustadizos como ratones. Los grumetes se habían convertido en adolescentes nervudos, y sedientos de grog, cerveza y mujeres de moral distraída. Rowlett había muerto, al igual que Musters, al igual que Hellyar: todos ellos se habían transformado en pesarosos espectros griegos que debían ser aplacados con el recuerdo de sus compañeros de viaje. El capitán había descubierto, en el fondo de su alma, esa doble vertiente que lo convertía en su peor enemigo. Darwin… ¿qué contar acerca del bueno de Pililos? Vomitando hasta la primera papilla por el espantoso cabeceo, mostraba sin embargo una extraña sonrisa de oreja a oreja, a medida que la proa se acercaba más y más a la vieja Inglaterra. Había mudado de piel el cirujano Bynoe, ahora más semejante a un jain indostaní que a un respetable inglés. Hasta los oficiales se habían convertido en un grupo silencioso y eficaz de cartógrafos, olvidadas ya las maneras de la Armada, lejos de los cañones y las sangrías de antaño.

Y, sobre todo, él mismo, John Edward Dring, ya no se reconocía.

Conservaba todavía una pizca de esperanza en reencontrarse con su amada epistolar, pero la perdía cada vez que se asomaba por la borda, agarrado a los andariveles, y contemplaba aquella inmensa extensión de agua del color del acero. ¿Cómo creer que las casualidades y los milagros podían existir en un mundo tan enorme, tan hostil, tan indiferente a sus deseos? Si algo había aprendido Dring en aquellos años, si algo tenía claro, era que al mundo no le importaban los deseos de sus habitantes. Y si existiera un dios, cosa que dudaba, debía ser uno lejano, inmisericorde y frío, un dios de soledad y vacío, más un demiurgo cínico que una divinidad de amor y compasión.

Aunque eran pocos los que conocían su historia con detalle, la mayor parte de la tripulación, por no decir toda ella, se maliciaba por dónde iban los tiros en lo tocante a su continua tristeza.

—Hágame caso —le había dicho Stokes—. Como dicen los españoles: «no hay mal que cien años dure, ni mancha de mora que con otra no se cure».

—Ya estoy harto de manchas de mora, Stokes.

Cuidaba de los suministros y trabajaba como el que más, pero un aire de indefinible apatía envolvía todos sus actos. Kent, voluntarioso como el que más, abogaba por tratar su depresión con una recesión quirúrgica por debajo del abdomen, algo que Bynoe descartaba con una mirada de absoluto horror. El capitán lo invitaba a sus cenas en compañía de Darwin, pero ni las bromas náuticas ni las anécdotas del naturalista conseguían levantar su maltrecha moral; las veladas terminaban sumidas en un silencio espeso y lánguido como el puré de guisantes, en el que sólo se escuchaban el industrioso masticar del capitán y el ruido de las cucharas rascando el fondo del plato. Hasta el gruñón y detestable Fuller cerraba el pico. Parecía que, allí donde fuese, el contador extendería una gruesa manta de melancolía de la que sería muy difícil librarse.

—Deberíamos arrojarlo por la borda —proponía Sloan—. ¡Ningún Jonás a bordo!

—El único Jonás que conozco eres tú, desgraciado —replicaba Lester—. ¡Trabaja más y deja de quejarte! Si toda la tripulación fuera como tú, todavía estaríamos en Buenos Ayres.

—¡Y bien contentos!

Las discusiones eran prontamente abortadas por el ínclito Chaffers con su fusta, su silbato, su camisa de rayas y su sombrero hongo. Uno de sus azotes bastaba para mantener activo y bien dispuesto durante horas al más holgazán de los grumetes. Una docena podían amansar a un león como Sloan, aunque fuera un león medio calvo y huesudo al que la fuerza se le iba por la boca.

—Seguro que ha llegado a Inglaterra y está sana y salva —trataba de animarlo Darwin—. Además, tiene a Joe con ella. Es un muchachito ingenioso y capaz: no creo que haya tenido dificultades en encontrar un barco para regresar a casa. ¡Anímese! A buen seguro que le estará esperando a usted en una hermosa casita en los Downs.

—Ojalá, Philos. Ojalá.

Aunque la imagen era tentadora, también podía ser perfectamente falsa. Quizás el mayor depositario de los miedos del contador fuera, cómo no, Bynoe. El matasanos estaba acostumbrado a oficiar tanto de médico como de confesor extemporáneo, así que el requerimiento de su amigo no le extrañó.

—¡Me gustaría librarme de ella y de su recuerdo! —exclamó Dring, con todo el pesar de quien ya no es dueño de su destino, ni capitán de su alma—. ¿Qué opina usted, Bynoe?

—Que se ha vuelto completamente loco.

—¡Dígame algo nuevo!

—Creo —apuntó el galeno, ofreciéndole una copa de vino reforzada con dos gotitas de láudano—, que debería usted tomar un poco de este elixir embotellado, que le proporcionará una tranquilidad de espíritu de la que ni los niños disfrutan. Por cierto, ¿sabe que tendremos que desviarnos hacia Brasil?

—¿Lo dice en serio? —Dring sorbía el vino con cierta cautela; el sabor del láudano se camuflaba bajo la asquerosa mezcla de vinagre, trementina y vitriolo que el propio contador había comprado en Ciudad del Cabo.

—Completamente. El capitán se ha percatado de que existen ciertas medidas incorrectas de las que tomamos en San Salvador. —Bynoe, sin embargo, libaba de su copa como si aquel veneno estuviera embotellado en Burdeos—. Volveremos a Brasil, nos empaparemos de sus selvas y playas, ¡otra vez!, y mientras usted deambula por las sucias y estrechas calles de esos pueblecitos, plagados de esclavos y niños desnudos, el capitán volverá a recorrer las costas, a lanzar la sondaleza y a… a hacer lo que diablos hagan esos marinos. ¿No le parece maravilloso?

—¿Brasil? —inquirió el infante de marina Middleton, que había escuchado toda la conversación mientras amolaba con paciencia el filo de su bayoneta—. ¡Diablos, Philos! Si hay algo que odie en el mundo, amén de gabachos, españoles e irlandeses, son los vampiros y los mosquitos, y de ambas cosas Brasil va muy sobrado. ¡Maldita sea! ¿Por qué no podemos volver a casa por el camino más corto, como Dios manda? ¿Qué clase de espíritu demente anida en este barco?