La travesía

David López · Capítulo 33 de 47

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La travesía

Capítulo 32

 

Darwin, pegado al muelle bajo su ridículo sombrero, parecía todavía más escuálido y enfermizo que un mes atrás; el tiempo, las penurias, las montañas y la mala comida habían ejercido sobre él un efecto devastador. Se apoyaba en un bastón corvo y negro y, a su lado, Covington permanecía atento por si acaso su ayuda fuera necesaria, siempre con esa mirada mitad torva, mitad complaciente, que en él era tan común.

—¡Dring! ¡Dring! —Le saludó con un fuerte abrazo—. ¡Quédese en el barco, por el amor de Dios! Dicen de usted cosas terribles, y si una décima parte de ellas son ciertas, está usted en un formidable aprieto.

—Me temo que así es, amigo —suspiró el contador—. No he sido un hombre prudente, y en los días venideros lo seré todavía menos.

—¿Es ineludible?

—Por desgracia.

El naturalista dejó escapar un suspiro de descontento. Había intentado acallar los rumores durante los últimos días, pero la confirmación de labios del propio Dring no hacía sino empeorar las cosas. Tras mirar a todos los lados como buen conspirador, lo agarró por el brazo y se lo llevó lejos de las curiosas miradas de oficiales y mirones.

—¡Está usted loco! Todo el mundo da por supuesto que el conocimiento que existe entre usted y la señora Villanueva es algo más que casual y entra en el sentido bíblico de la palabra. Correa anda como loco asegurando que va a darle a usted jarabe de plomo para desayunar en cuanto ponga los pies en tierra porteña y ese monstruo llamado Portales asegura que si usted sale triunfante del más que posible duelo, caerá sobre su cabeza el peso de la Ley.

Por todas partes se veían los severos uniformes de los soldados chilenos, armados con grandes fusiles y mochilas a la espalda, y en cada uno de ellos podía atisbarse la sombra de una amenaza. ¿Sería obra de Portales o la mera curiosidad ante la llegada de un bergantín inglés?

—Las cosas se desmadraron un poco —admitió con una sonrisa pesarosa—. Pero lo hecho, hecho está.

—¿Y piensa matar a Correa?

—Quizá no haga falta llegar a ese extremo. Pero si no me deja otro remedio…

—¡Insensato! —gruñó Darwin, mientras se rascaba una llaga de feo aspecto en su brazo.

—¿Y esa herida?

—Ah, ¿se ha fijado? —Darwin se encogió de hombros—. Un desagradable insecto llamado benchuca. Un mordisco de lo más doloroso, pero capturé al pequeño bicho y ahora lo estoy alimentando puntualmente para observar su desarrollo.

—¿Y lo alimenta con sangre? ¿Con su sangre, Charles?

—No le iba a pedir la sangre a Syms, aunque admito que la idea se me pasó por la cabeza. —La sonrisa del naturalista, pese a su enfermedad, conservaba los rasgos principales que le distinguían—. Pero pierda usted cuidado… ya me han mordido tantos bichos en mis expediciones que he perdido la cuenta.

Mientras le acompañaba a la posada, le explicó los descubrimientos que había llevado a cabo en su último viaje por los Andes. Había encontrado, para su pasmo y regocijo, que la mayor parte de aquellas montañas de seis mil pies de altura, situadas a setecientas millas de la línea de costa, estaban compuestas en su mayor parte por flujos de lava submarina.

—¡Se han debido elevar a lo largo de los milenios, Dring! —explicó—. Había árboles fosilizados por todas partes, y yo me pregunto, ¿cómo es posible que crecieran en una tierra sumergida, o cómo se hundió esa tierra para que los árboles fueran cubiertos por la lava y después fosilizados?

—Demasiadas preguntas, Philos.

—Quizá. Pero si yo no las hago, ¿quién las hará?

Se despidieron con un fuerte apretón de manos, con una indefinible sensación de fatalidad. Dring se aseó y vistió lo mejor que pudo y montó en una mula de alquiler rumbo a la casa de Correa. Si eso era una temeridad, sólo él podía decirlo. Quizá tan sólo buscara que Correa, enloquecido por los celos, le asaltara por las bravas y le descerrajara dos balazos a bocajarro. El día moriría rápido y el capitán pretendía proseguir el periplo hacia el norte, hacia Coquimbo, antes del anochecer. Si algo debía hacerse, debía ser rápido y definitivo: las cuestiones de honor no admitían dilaciones. Si en algo pensaba, sumido en una terrible confusión, no era en la proximidad de la muerte, ni en el peso de las armas en el interior de su chaqueta, ni en un sacerdote susurrando sobre su tumba et lux perpetua luceat eis, ni en el brillo de los ojos y la sonrisa de una mujer, ni… no, no pensaba en nada que no fuera el arrullo lejano del mar, el blando movimiento de su coy y el sordo rumor de los marineros al escuchar el sermón dominical del capitán. Tan sólo podía pensar en esos momentos, esos fragmentos de vida que tal vez desaparecieran para siempre al filo de la pólvora.

Todavía seguía sumido en la confusión cuando fue recibido por el mismo Correa. Vestía de punta en blanco y en el rostro, pálido como la cera, se asomaba una mueca de preocupación. Quizá de miedo.

—¿Ha venido a disculparse?

—He venido a concretar los detalles —respondió Dring; le temblaban las piernas y grandes gotas de sudor frío le rodaban por la espalda—. Puedo enviarle a mis padrinos esta tarde, si quiere. Mi barco zarpa antes del anochecer: deberíamos solucionar este asunto lo más rápido que sea posible.

Correa musitó, sin llegar realmente a hablar, una maldición.

—¿Esta tarde?

—No habrá otra oportunidad. Y no quiero privarle a usted de la oportunidad de resarcirse. O, si usted lo prefiere, envíeme a los suyos. Yo me alojo en la posada El Narval, en las cercanías del puerto. Allí podrá encontrarme.

Correa asintió; él también parecía sumido en la contemplación privada y muda de viejos recuerdos, de momentos intrascendentes que, de pronto, se convertían en lo más importante del mundo.

—Así será. Ahora, discúlpeme: debo poner en orden muchos asuntos.

Dring abandonó la casa en silencio; el sol golpeaba sus hombros con la fuerza de un martillo. Volvió la vista atrás, esperando quizá ver a Angélica, pero las ventanas estaban cerradas a postigo y cortinas. El aire caliente ascendía hacia el cielo con un leve chirrido, fútil, vano, desasosegante.

 

El atardecer era un borrón de ocre sobre el mar; la suave brisa marina, que durante todo el día había soplado de mar a tierra, rolaba lentamente de dirección y arrastraba consigo el seco polvo amarillento que pasaba por ser la tierra porteña. El descampado, a las afueras de Valparaíso, ofrecía una propicia intimidad tras una pantalla de altos y siniestros pinos negros.

—Esto es una locura —le decía Darwin a Dring; a su lado, el oficial Stokes comprobaba las armas que le iba pasando la pequeña Joe, anónima, fría y cenicienta bajo el enorme sombrero de fieltro; lejos, sentados sobre unas piedras, el matasanos Bynoe y el doctor que los padrinos de Correa habían traído conversaban amigablemente. Tan sólo ellos presenciarían el duelo. Al otro lado del campo de duelo, acompañado de dos hombres graves y silenciosos, Correa se preparaba del mismo modo. Entre los dos litigantes no había miradas ni palabras: tal vez sintieran demasiado miedo como para pensar en otra cosa que no fuera el acero entre los dedos, el temblor de las manos y el sudor que empañaba la vista.

—Por favor, señores —les apremió el juez de la contienda, un anciano de mirada reptiliana que parecía curtido en vinagre—. No tenemos todo el día.

—Esto es una maldita locura —repitió Darwin—. ¿Cómo es que hemos terminado aquí? Cuando le dejé esta mañana pensé que intentaría usted arreglar las cosas, pero la violencia…

—Cierre la boca, Philos —gruñó Stokes en tono tajante—. No es el momento de sembrar dudas. ¿Ha comprobado las armas?

—Sí, dos veces, y ahora lo está haciendo usted. —Darwin estuvo a punto de callar, pero la impetuosidad se impuso a la prudencia—. Pero esto es el triunfo de la insensatez sobre la mesura: ¿qué lograremos si…?

—¡Que se calle, demonio! —gruñó Stokes; estaba absorto el oficial en los preparativos del duelo y detestaba que lo distrajeran con quejas que no venían a cuento. El naturalista, concedía en su fuero interno, era bueno a la hora de cazar albatros y si se le daba algo de tiempo tenía tan buena puntería como un buen infante de marina, pero sus melindres iban a sacarlo de quicio.

—No se preocupe, Stokes —dijo Dring—. Philos sólo desea mi bien.

—De acuerdo, pero yo también deseo lo mismo, y la única manera en que lo puedo plasmar es cuidando de sus armas, maldito sea.

Eran buenas armas, como todas las que salían de las manos de la armería de Mantón, pero a Stokes no le preocupaban ni el cañón ni las balas ni la pólvora, sino quién las manejara. Y, siendo sinceros, se hubiera sentido mucho más tranquilo si el duelista fuera el pacifista pero competente Darwin, antes que el decidido pero torpe Dring.

Hubo una señal del juez y los dos duelistas, acompañados de sus padrinos, se acercaron al centro del campo; la brisa arremolinaba la arena y la enredaba en el pelo de Dring. Correa se había quitado la chaqueta y se batiría en camisa y calzones, con un fajín rojo en torno al abdomen. Dring todavía vestía sus ropas de faena y tenía una mirada adormecida, como si estuviera caminando en sueños: apenas había pronunciado palabra alguna en toda la tarde. Joe, también silenciosa, parecía llorar sin emitir un solo quejido.

—Esto es de lo más inusual —dijo el juez con mirada furibunda—. Un duelo como Dios manda debe celebrarse al amanecer, para que no haya injerencias de ningún entrometido. Esto es… inadecuado.

—La necesidad es la necesidad, señor —dijo Stokes con una sonrisa torcida y socarrona—. ¿No lo cree?

El juez le miró con severidad, en absoluto divertido por las estupideces de Stokes. Comprobó que las armas estuvieran cargadas y no fueran disímiles, que los dos duelistas estuvieran sobrios y fueran conscientes de que se estaban jugando la vida y pasó a relatar las condiciones del duelo:

—Este duelo se celebrará a pistola —les dijo—. Entre los dos se dejará una distancia de diez pasos. La parte ofendida, en este caso el señor Correa, abrirá fuego en primer lugar. Estas son las condiciones que los padrinos han acordado con antelación. Si el primer disparo no tuviera ninguna consecuencia, se disparará por segunda vez. Si el segundo…

—¿Cuántos disparos serán necesarios? —preguntó Stokes.

Correa miró a Dring con ánimo asesino; abría y cerraba los puños como si deseara lanzarse al cuello del contador.

—Cuantas veces desee usted, señor inglés. He traído un saco de balas y una petaca de pólvora.

—¡Vaya un asesino! —siseó Darwin mientras regresaban a su lugar en el campo, medido varias veces promediando los pasos de Stokes, que eran deliberadamente largos, con los de uno de los padrinos de Correa, que eran tan cortos como los de una mujer con las rodillas quebradas—. Dring, ese hombre quiere su sangre.

—Dadas las circunstancias, no me extraña —aseguró Stokes, quitándole la chaqueta y la camisa al contador—. Quítese la ropa, hombre. No le conviene batirse con ropa, si le aciertan con una bala le introducirá tela en la herida y se infectará. Vamos, vamos, apúrese, o el muy canalla le disparará por la espalda.

No se llegarían a tales niveles de barbarie, pero no sería por falta de ganas. Correa se movía nervioso sobre sus pies, levantando nubéculas de polvo amarillento. Los padrinos se separaron a una distancia prudencial. El juez consultaba un ostentoso reloj que pendía de una hermosa leontina de plata.

—Es angustioso —susurró Joe—. ¿Por qué? ¿Por qué no solucionan sus problemas hablando?

—Si eso fuera la norma, jovencito, me quedaría sin trabajo —aseguró Stokes con toda la seriedad del mundo.

—Cuando gusten, señores —dijo el juez. Correa aspiró hondo y cerró los ojos por un momento, como si estuviera confesando a una deidad invisible y silente todos sus pecados. Dring aguardaba a los pactados diez pasos de distancia, con las piernas ligeramente abiertas y presentando franco todo el cuerpo, con el pecho desnudo cubierto de una fina capa de sudor. Se dispuso Correa a apuntar, pero el dedo se le enganchó en el gatillo y el disparo, perdido, fue a morder la tierra no muy lejos de donde se encontraban los dos galenos. Éstos saltaron a esconderse tras unas piedras mientras el proyectil aullaba y se perdía a lo lejos.

—¡Vaya! —masculló Darwin.

Correa había perdido todo el color del cuerpo; su rostro presentaba ese aspecto entre perplejo y aterrado de quien comprende que todo lo que tenía a su favor se ha trocado en su contra.

—Ha sido un error —balbuceó—. Un error. Yo no pretendía… no quería…

Sus padrinos se dirigieron al juez tratando de hacerle ver que el disparo había sido erróneo, que a todas luces estaba claro que su protegido no pretendía errar. Fue inútil.

—Un duelo no es un asunto de niños —les recriminó el anciano, que había sido general de infantería en los tiempos en que España todavía se enseñoreaba de América. Ante sus ojos habían desfilado guerras, sangrías, traiciones y orgullos maltrechos. Para él, la sangre no era algo que se vertiera al afeitarse, sin más protocolo—. El caballero inglés tiene el disparo.

—¡Espere…! —Correa temblaba como el azogue, todavía con la pistola vaciada en las manos. Un retortijón le hizo doblarse y vomitó entre sus pies el almuerzo que a duras penas había ingerido horas antes. Un fuerte olor a bilis inundó el campo de duelo. Darwin, también pálido, desvió la mirada. Joe ya hacía tiempo que había cerrado los ojos. Tan sólo Stokes permanecía en silencio, con los ojos clavados en los duelistas: pero su trabajo era sangriento y duro, y estaba más acostumbrado a la muerte que sus compañeros.

Correa terminó de devolver todo lo que le restaba en el estómago, aunque las últimas arcadas no ofrecieron sino saliva y bilis como producto. Despeinado, lívido y con el rostro ahora cubierto de manchas rosáceas, se irguió y aguardó al disparo de Dring con los ojos entrecerrados. El contador aspiró hondo. No tenía ningún sentido. Nada tenía sentido. Ni siquiera podía pensar qué le había llevado a ese extremo, y el mero recuerdo de Angélica no bastaba para convencerle de que, allí, en aquel instante, estuviera haciendo lo correcto. De pronto sólo sentía la necesidad de volver a la Beagle, a lo único que conocía bien en el mundo, y de descansar allí y olvidarse de aquel maldito mundo que se encontraba más allá de sus cuadernas, olvidarse de la cartografía, de las ciudades españolas de casas blancas, de las señoritas de ojos negros y voz ronca, de duelos y martirios, de todo lo que no pudiera consignar en sus libros de cuentas.

Cogió su arma, apuntó al suelo y disparó. La bala se incrustó entre las rocas con un aullido frustrado, casi humano.

—¡Pero qué hace, idiota! —aulló Stokes, a punto de tirarse de los pelos.

—Considero que no hay necesidad de más disparos —dijo Dring en voz alta y clara—. Por mi parte, ya sólo queda el olvido.

Darwin y Joe guardaban un silencio reverente, aunque por motivos bien distintos. Stokes, tras su exabrupto, se limitaba a mascullar por lo bajo una retahíla de maldiciones escatológicas, sin dirigirlas a nadie en concreto. Los dos padrinos de Correa se acercaron hasta ellos, con el alivio pintado en sus rostros a brocha gorda.

—Creo que podemos dar por zanjado este asunto —dijo el primero de ellos, un comerciante apellidado Lacalle—. Ha sido un día largo.

—Demasiado largo —intervino el segundo, un político de la facción conservadora de vientre hinchado y manos carnosas, un tal Izaguirre—. Creo que sería hora de…

—¡Dadme otra pistola!

Era Correa, mirándoles con los ojos hinchados por la rabia. No se había movido de su sitio, ni siquiera al ver cómo Dring fallaba el disparo a propósito, y en modo alguno parecía dispuesto a olvidar, mucho menos a perdonar. Los dos padrinos se miraron, exhibiendo los mimbres de la angustia.

—Manuel —dijo el primero—, creo que deberías…

—¡Otra pistola, he dicho!

—Diablos —barbotó Darwin, incrédulo—, esto sí que no me lo esperaba.

—Yo sí —graznó Stokes—. El deloper era una práctica común cuando entre los dos duelistas no hay un odio enconado, sino tan sólo un asunto de honor. Se prohibió hace casi sesenta años. Pero sólo en asuntos de honor.

—¿Y qué hay aquí? —inquirió Joe.

—De todo menos eso.

Correa cogió otra pistola, y de igual modo hizo Dring. En el rostro del contador se anidaba una expresión pacífica, ya no más presa de los tormentos anteriores. Sus ojos rasgados estaban llenos de unas lágrimas extrañas y picantes.

El chileno aspiró hondo y apuntó con cuidado en esta ocasión. Dring se encontró mirando al ojo ciego y negro del cañón del arma, la personificación última de la sinrazón de los hombres. La detonación del disparo fue pareja a un fuerte golpe que el contador recibió en el pecho, en un principio sin dolor alguno.

«Alguien me ha dado un puñetazo», pensó. Hasta que bajó la vista y vio cómo la sangre brotaba, mansa pero en gran cantidad, de un limpio agujero en el pecho, entre las costillas, a un lado del esternón. Alguien chillaba, pero el grito parecía provenir de un lugar muy lejano, situado al otro lado de una bahía, o tras una gruesa pared de piedra. Todo su costado derecho se había entumecido y el brazo no le respondía, así que se cambió el arma de mano. Correa, en cuyo rostro brillaba una sonrisa de triunfo, apenas tuvo el tiempo suficiente de prepararse. Dring apuntó con cuidado y disparó. El otro se tambaleó, trató de agarrarse al aire y cayó de espaldas. Intentó levantarse un par de veces, se arrastró un corto trecho, gimió y, por fin, quedó inmóvil, herido, muerto.

—Dios mío —susurró Dring. Iba a desplomarse, pero alguien le recogió. Reconoció, por un instante, la voz de Bynoe…

—… en el pulmón, creo. Hay que llevarlo rápido a la Beagle.

—¡Canalla, miserable, desgraciado!

—… y sin embargo, ha sido un disparo magnífico…

pero el resto de las voces se confundían en una mezcla absurda. Abrió los ojos. Sobre él, el rostro de la pequeña y fiel Joe, congestionado por el llanto, le pareció la cosa más hermosa del mundo, semejante al rostro cándido y decidido de las vírgenes medievales de las iglesias francesas. Incluso creyó ver un aura blanca y radiante que crecía en torno a ella y que por momentos se hacía tan brillante que le impidió verla. Y en medio de esa claridad sin sentido, perdió el conocimiento, la razón y la esperanza.