La travesía

David López · Capítulo 5 de 47

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La travesía

Capítulo 4

 

—¿ Y el naturalista? —inquirió FitzRoy mientras el día de Año Nuevo avanzaba lento hacia el atardecer.

—¿El cazamariposas, señor? —respondió Stokes—. Está tumbado en su coy, tras haber vomitado todo lo que contenía su estómago. Creo que en estos momentos desearía estar muerto.

Alertado por el inminente deceso de su acompañante, el capitán se presentó en lo que hasta aquel momento había sido el cuarto de mapas; sobre la mesa y las cartas de navegación se extendía el coy, ocupado por un bulto gimiente coronado con un montón de mantas grises. El calamitoso estado del naturalista duraría el suficiente tiempo como para que el recuerdo más duradero de su presencia fuera el de ese cadáver ambulante, ora enterrado bajo las mantas, ya deambulando por la cubierta. En parte divertido y, tenía que reconocerlo, en no menos parte exasperado, el capitán se conformaba con almorzar con aquella sombra ojerosa que se estremecía como un perro con pulgas a cada ola que pasaba por debajo de la quilla.

Cuando no almorzaba o cenaba con su joven acompañante, el capitán destinaba algunos minutos de su tiempo a aleccionar a sus guardiamarinas, grumetes y voluntarios en las siempre complejas artes de la navegación. A esas charlas a menudo acudía el ayudante del contador, el joven Dring, aunque su aspecto de liquen arborescente no le otorgaba muchas miradas afectuosas. En cuanto al resto de los aprendices de capitán, Musters y Covington destacaban por su empeño, aunque el primero lucía un rostro verdoso por los mareos y el segundo no dejaba de renegar contra los fueguinos.

—Son peor que los irlandeses —gruñó al verlos pasear por la cubierta.

—Covington, haga el favor de no decir sandeces —le reprendió el capitán en tono severo, el de un padre que se dirige a un hijo idiota y no muy querido—. Todos en este barco somos criaturas de Dios, y lo único que nos distingue de ellos es que la condición de su salvajismo es cultural y temporal, no innata.

—Lo que usted diga, capitán —musitó el joven Syms, que a sus quince años de edad hubiera podido nombrar mil lugares mejores en los que estar que no fuera la cubierta de un cascarón de nuez bajo el impasible cielo de diciembre. Miraba con desdén a los tres fueguinos, sobre todo al mayor de ellos, York Minster, un tipo violento, malencarado y hosco. Al menos Jemmy Button era un muchacho agradable, por más que limitado en sus expresiones. La niña… no dejaba de ser tan sólo una niña y jugaba con una muñeca de trapo que le había fabricado Stebbing, uno de los ayudantes del carpintero.

—Siempre lo he dicho —repetía Covington a la hora del rancho; comían entrecubiertas, en un rectángulo de sombras barradas con los ocasionales rayos de luz que descendían por los portalones y las portas de los cañones—. Nunca te fíes ni de irlandeses, ni de escoceses… y estos salvajes son todavía peores.

McCormick, en una esquina, le lanzaba furibundas miradas que también delataban el intensísimo desagrado que le provocaba la presencia de Darwin, por el que podía sentir cierto afecto como persona, pero no como colega. A bordo de la Beagle no podía existir ningún primum inter pares, pero FitzRoy favorecía con claridad a uno de ellos.

—¡Ni siquiera sabe mantener el estómago en su sitio! —mascullaba el cirujano. Luego se refugiaba en su pequeño cubículo, un nido en el que tan sólo la oscuridad mantenía las paredes a raya, y pensaba en las largas horas del viaje, en la soledad, los mosquitos y las enfermedades que asolaban a las tripulaciones que navegaban por los mares tropicales, y su ánimo desfallecía aún más.

 

Un ave marina que sobrevolara los grises mares que mediaban entre el cabo de San Vicente y la isla de Madeira hubiera visto a la Beagle como una lenta flecha errabunda, quebrando el espinazo de las olas. Al tiempo que los primeros días de 1832 se iban cumpliendo, el estómago de Darwin iba recuperándose poco a poco, aunque lo único que podía tolerar eran las pasas que su padre, previsor como pocos, le había metido en un saquito. ¿Existía alguien más desgraciado? Lo había, quizás, aunque no en el interior de aquella pequeña y atestada cabina, en la que hasta la última pulgada cúbica de espacio parecía tener un uso concreto y planificado. Armarios, alacenas, cajones, mesas, instrumentos de trabajo, un excusado y el palo de mesana justo en el centro de un espacio trapezoidal cuya máxima dimensión no alcanzaba los doce pies. La altura libre del suelo al techo tampoco era muy grande y hombres como Dring tenían que encorvar el espinazo para no sacudirse terribles testarazos contra los baos. La iluminación era abundante, pero teñida de un tono grisáceo. Mientras tanto, el ayudante del contador permanecía de pie, cimbrado como si sufriera del lumbago. Sentados en el suelo, los grumetes observaban el amplio elenco de maravillas que el naturalista había considerado arrastrar consigo: un catálogo de fórceps, redes, lupas, lápices, cuadernos, un telescopio y un microscopio, un clinómetro, una cámara oscura, un rifle, dos pistolas, una docena de libros y un apolillado mechón de cabello rubio que colgaba del techo pendido de un cordel.

Las explicaciones acerca de la naturaleza del viaje no eran sencillas, pero el ayudante del contable había tratado de resumirlas para las mentes infantiles. Ya que España había sido la descubridora y propietaria de casi todas las tierras al sur del Río Grande en las inmensas Américas, también a los españoles había pertenecido el derecho exclusivo de comercio con un millar de artículos que en los hogares ingleses sonaban a leyenda. Después de la Guerra de Sucesión al trono español y con el ventajoso Tratado de Utrecht, los ingleses habían conseguido permiso para un viaje de comercio anual y el derecho de asiento en los puertos de ultramar. El siniestro paso del siglo anterior había dejado entre España y la Gran Bretaña unas cuantas guerras más hasta que, por fin, la alianza entre la primera y Francia, y la derrota de ambas, había propiciado la independencia de la mayor parte de las colonias. El comercio con Sudamérica ya era posible, pero todavía se necesitaba seguridad.

—Todo es el dinero —dijo Darwin en tono fúnebre, mascando las pasas mientras la mirada se le desahuciaba en una lejanía imposible—. Siempre el dinero. Al menos tenemos la oportunidad de redimir esta expedición mediante la ciencia.

—Y la labor filantrópica —añadió Dring—. No se olvide de los fueguinos.

—Ni de la joven Fuegia —resumió Musters, a quien le dominaba cierta atracción siniestra hacia la niña, que debía tener más o menos su edad—. Todo motivo importa, ¿no es así?

Durante la cena, el naturalista contemplaba los reflejos que los fanales de popa pintaban en las aguas y la lenta danza de las olas, cruzando el horizonte y queriendo atrapar a la luna en su seno. FitzRoy, avezado marinero, había espesado el consomé con galletas machacadas hasta convertirlo en un puré al que el cabeceo del navío no le afectaba en lo más mínimo.

—Mañana avistaremos Madeira —dijo—. Seguro que usted querrá desembarcar y tomar algunas muestras, algunos… animales.

—Si me encuentro en condiciones, será un auténtico placer. He escuchado grandes cosas acerca de Madeira y de las islas Canarias. En particular ansío ver el Teide con mis propios ojos.

—Un espectáculo fascinante, cierto —aseguró FitzRoy, volviendo a rellenar las copas con un vino que parecía hecho con sangre, un caldo de lágrima persistente y olor a frutas—. Espero que el buen tiempo acompañe. Parece que el viento está cambiando, y eso no es buena señal.

Los dos permanecieron en silencio un rato, mientras la Beagle entera parecía crujir al paso de las olas y los segundos. La cualidad atemporal de la navegación estaba a punto de romperse con la llegada a uno de los muchos destinos del viaje.

—Parece que llevemos navegando un año —dijo por fin el naturalista.

—Siempre es así. Nos creemos que la vida sobre la mar es eterna, y cuando llegamos a tierra nos vemos desconcertados, solitarios y mohínos… no somos seres anfibios, Charles. No lo somos.

—¿Y sus fueguinos?

El capitán aspiró hondo, bebió un trago y dejó que el mar le arrullara un rato antes de responder. Mientras lo hacía, se fijaba en la nariz de Darwin… una nariz que le hablaba de una persona de poco valor y a la que había que conceder menos crédito, si era posible.

—Usted no se inmiscuya en mis labores misioneras y yo no diré nada de sus bichos y plantas y rocas. ¿Le parece?

El naturalista se preguntó si la llegada al poder y las actitudes despóticas estaban ligadas de un modo íntimo. Y se preguntó si, en el caso de llegar él a detentar alguna clase de influencia, la usaría a su antojo y discreción, convirtiéndose en esa clase de persona vulgar, falsa, dual y miserable que tanto detestaba.

 

Para el contador Rowlett, la vida en el mar era un tránsito doloroso, pero necesario, entre los diversos puertos que componían su ordenado mundo. Por ese motivo le dolió tanto como a Darwin, si no más, que una fuerte galerna les impidiera llegar a Madeira. La Beagle, lenta y silenciosa, se deslizaba hacia el sur, rumbo ahora a las islas Canarias. No habría mejor suerte allí. A la sombra del imponente volcán del Teide, las autoridades españolas les exigirían doce días de cuarentena anclados en el puerto de Santa Cruz. Darwin se tiraba de las patillas de pura angustia al no poder pisar una isla que bullía de maravillas sin descubrir.

—Es una desgracia —dijo el capitán—, pero nuestra misión principal no acepta demoras de ningún tipo. No podemos malgastar doce días de navegación, tanto más cuanto que en invierno las demoras pueden prolongarse varias semanas. Lamentándolo mucho, señor Rowlett, debemos partir hacia Cabo Verde.

El contador lo lamentaba, pero mucho más el naturalista. Mientras el pico del volcán, eternamente nevado y perfecto en su ígnea conicidad, se perdía en el horizonte, Darwin se apoyaba en el andarivel, con aspecto de haber sufrido una derrota moral.

—Dicen —susurró al cabo de un rato— que desde las costas de la Mauritania puede verse ese volcán, en un día claro y luminoso.

—Es usted joven —le consoló Rowlett—. A buen seguro que tendrá más oportunidades de viajar a las Islas Afortunadas. ¡Arriba el ánimo! No le ocultaré que los marineros odian a los melancólicos y a los cenizos, y suelen arrojarlos por la borda a la menor oportunidad. No querrá usted terminar alimentando a los tiburones, ¿verdad?

Ni siquiera esas advertencias fueron capaces de elevar la moral del joven. Rowlett, no obstante, tenía más asuntos a los que atender y pronto se recluyó entre sus libros, sus cuentas, sus mercancías y compromisos, todos ellos de suficiente entidad como para que el viaje no durara para él lo mismo que para el resto de sus compañeros.

Uno de los pocos que se aventuraban en aquel reino de tinieblas era el teniente Wickham, en su papel de oficial más veterano de todos los presentes en la Beagle. El afable teniente, medio calvo y risueño, se traía debajo de la chaqueta una botella de vino tinto como la sangre y entre los dos la ajusticiaban en un tete a tete que sólo tenía fin al cambio de guardia, momento en el que el visitante se marchaba, con pasos más o menos firmes, hacia el alcázar y el horizonte que desembocaba en la isla de Santiago, en Porto Praya, donde la Beagle terminaría por atracar.

Aunque aquel cubículo fuera su imperio particular, ¡qué distintas eran sus circunstancias de los momentos en los que vivía en tierra firme! Tal vez no fueran muchos, pero bastaban para convertirle en uno de esos seres anfibios de los que FitzRoy gustaba tanto hablar. En Londres dejaba a una mujer y a dos hijos que ya habían crecido demasiado y de los que no sabía nada más que estaban vivos. En cuanto a su esposa… tan espinoso tema hubiera protagonizado material suficiente para que el contador escribiera sus propias novelas. Quizá por ello su alegría a la hora de embarcarse fuera tan grande como poca la de su ayudante o la del joven Covington, con cuya mueca se hubiera podido agriar la leche fresca. Cuando llegaba el final del día y resonaba el bronce de la campana del último cambio de guardia, se refugiaba en su coy envuelto en mantas gruesas y repasaba las cartas de Angélica, imaginándosela en sueños a partir del pequeño retrato que le había enviado. ¿Cómo sería? ¿Qué clase de mujer se encontraría al otro extremo del mundo? Sus manos serían pequeñas, sus ojos grandes, su sonrisa enorme y bondadosa, ¿cómo?

Los desayunos y las comidas las compartía con el propio Wickham o con Sulivan, el segundo teniente, un muchacho de veintiún años que se tomaba sus funciones con la mortal seriedad de quien acaba de recibir el cargo. También acudían Augustus Earle, el pintor, cuyo estado de salud no le permitía comer más que gachas de avena y galletas, y el cirujano McCormick, en cuyo rostro las sonrisas no tenían suficiente sitio para expandirse. El artista había adelgazado pavorosamente desde la partida y los ojos se le habían transmutado en piedras negras, brillantes y febriles, en el fondo de profundas fosas de hueso excavadas en su rostro; el matasanos, por su parte, lacónico y pendenciero como todos los de su estirpe, engullía la pitanza cotidiana y se limitaba a criticar, impasible, todo lo que estuviera al alcance de sus ojos. Ocasionalmente se les unían Dring, el pendenciero Stokes o los dos mellizos Ryan (cuyos nombres el contador no podía recordar, salvo que empezaban por J), a los que adaptarse la vida marinera no parecía haberles supuesto demasiado esfuerzo.

Era aquélla una apacible rutina. El mar no era el dominio de Rowlett, que sólo se encontraba cómodo en el limitado reino de las matemáticas contables, en los asientos y vencimientos, entre latas de carne y enormes sacos de galletas en los que pululaban los gorgojos, grandes como ratónenlos de campo. El mar era un mundo oscuro sobre el que se movía sin saber muy bien qué era ni qué representaba. Su universo se acotaba a su almacén, los sollados, las provisiones y las futuras compras, su red de contactos y los mil banqueros que se encontraría en su camino, todos ellos deseosos, por encima de todo, de hacer buenos negocios. ¡Qué sencillo era el mundo cuando se contemplaba desde la óptica de las finanzas! ¡Cuánto se ganaría si en lugar de guerras hubiera tan sólo buenos tratos comerciales!

Uno de esos contactos que constelaban los mares por los que Rowlett navegaba era el cónsul norteamericano en Santiago, que oficiaba también de embajador para los intereses británicos a fin de reducir costes y molestias. Residía en una pequeña casa, no muy lejos de las estancias del gobernador de la isla, y trataba de ponerle buena cara a un muy mal tiempo. Mientras se dirigían hacia sus estancias, Dring señalaba con regocijo los enormes montones de naranjas que los lugareños vendían a un precio ridículo. Cien por un chelín, proclamaban en una calamitosa mezcla de portugués, inglés y francés. Las calles, un sinuoso laberinto de barro seco que serpenteaba entre casitas de adobe, estaban pobladas con una increíble cantidad de chiquillería de piel oscura.

El cónsul les saludó con efusividad y sugirió que podían alojarse en su casa mientras duraran sus negociaciones. El trabajo de un contador en la Marina era, quizás, uno de los más provechosos que se pudieran encontrar si se tenía un poco de sentido común. Armado de sus contactos, de todas las influencias que el dinero pudiera comprar y la negligente estructura de los ejércitos navales británicos, el contador compraba los suministros que necesitaba en tierra para después revenderlos, con pingües beneficios, a los barcos en los que viajaba. De él dependía la calidad y cantidad de objetos y suministros tales como comida, agua, balas y pólvora, por no mencionar ropas y sogas y palos y lonas… todo pasaba por sus manos.

—Descanse, hombre —le dijo el cónsul—. Relájese. El mar es ancho y el tiempo es abundante. Pruebe las frutas. Los vinos. Las patatas dulces asadas. Refocílese en la áurea mediocridad de los hombres ocupados. Cuando se encuentre en Río de Janeiro podrá dar rienda suelta a todos sus instintos… aquí, como ve, sólo están el mar, las montañas, los cocoteros y esta hueste de pequeños mulatos…

Los pequeños mulatos parecían ser miles, ubicuos y con una perenne sonrisa anclada a los labios. Rowlett permaneció cerca de diez días en los aposentos del cónsul. La casa era amplia y estaba orientada al sur, por lo que ni siquiera el parco sol del mes de enero lograba enfriar las habitaciones. El único pero que se le podía encontrar era la parquedad del mobiliario y la escasa variación en el menú. Una continua legión de pequeñas criadas mulatas atendía todas sus necesidades, incluso aquellas que no necesitaban expresarse por medio de palabras. Dring realizaba un viaje cada día al barco, hablaba con el capitán y regresaba con las órdenes o las sugerencias pertinentes. El resto del tiempo, lo ocupaba perdido en sus numerosas ensoñaciones.

El contador, entre tanto, redactaba sus cartas de amor.

 

El cambio llegó, sin esperarlo siquiera, el día 26 de aquel extraño mes de enero. Dring acababa de marcharse a toda velocidad hacia la bahía de Porto Praya: un mercante portugués aproando a Río de Janeiro partía al sonar el mediodía y el contador enviaba en su paquete de correo un par de misivas a su lejana amada chilena, cada una de ellas tan larga como el libro del Génesis. El último barco correo procedente de Inglaterra les había dejado un fajo de viejos periódicos y estaba estudiando algunos ejemplares cuando, a lomos de mulas y con grandes sombreros de paja, el naturalista y el ayudante del cirujano se presentaron ante sus narices con la peregrina idea de que los acompañara en una expedición hasta Ribera Grande. Rowlett estuvo tentado de negarse, pero algo en su interior le hizo cambiar de idea. Quizá fuera la expresión del ayudante de McCormick, un jovenzuelo brillante e irónico apellidado Bynoe, quien parecía mirar al cielo como si se preguntara qué clase de pecado había cometido para merecer un destino tal.

—Únase, Rowlett —dijo Darwin—. Será divertido. Veremos catedrales, compraremos bananas y observaremos toda suerte de extraños fenómenos geológicos.

—Claro, hombre —apostilló Bynoe con una mueca—. O quizá no, pero al menos sufriremos todos juntos, como buenos cristianos.

—No sea cenizo, Bynoe —rió el naturalista, dándose palmadas en el muslo—. Cualquiera diría que lo hace usted a regañadientes. Así y todo, no niego que su compañía resulta más gratificante que la que he tenido ocasión de soportar estos días.

Rowlett tardó un rato en comprender que había sido McCormick la compañía del naturalista durante los últimos días y que los celos profesionales entre ambos habían desembocado en un mar somero de acusaciones veladas y odios sin disimulo del que había surgido como ganador Darwin.

—De acuerdo —dijo por fin—. No me vendrá mal un poco de ejercicio. La cocina portuguesa es, quizás, un poco demasiado grasienta para mi gusto.

Regresaron a Porto Praya y alquilaron como monturas a tres buenos caballos, bajos, nervudos y resistentes, el equivalente equino del propio Bynoe. El parecido se extendía incluso a su rostro, un semblante alargado y plácido en el que brillaban dos grandes ojos castaños, bien separados por una nariz de generoso tamaño.

—Mis gustos se extienden a los ámbitos de la filosofía natural —explicaba éste —. La geología, el estudio de la zoología y la taxonomía, la botánica… ningún conocimiento es inútil en estos días que nos han tocado vivir. Mi ocupación como cirujano es, huelga decirlo, muy secundaria.

Holgaba decirlo. No era McCormick un personaje afecto a compartir cargos, responsabilidades ni beneficios. Los tres tomaron un largo y ameno café con el principal comerciante de la ciudad, un americano llamado Johnson y su encantadora mujer, una jovencita española de ojos negrísimos y sonrisa capaz de estremecer el hielo ártico. Mientras ésta servía las tazas y las pastas, canturreando entre dientes alguna coplilla, los ojos de los tres se dirigían de un modo mecánico a su redondo trasero. Esa imagen, como un sortilegio de extraña factura, acompañó la partida del grupo a lomos de los pequeños jamelgos, hasta que la agreste y silenciosa realidad de las islas se superpuso a los recuerdos. Bynoe, que de los tres viajeros parecía tanto el más experimentado cerno el más dispuesto a disfrutar de los pocos placeres de aquella travesía, cortó una caña de azúcar con su machete y se pasó todo el viaje libando el delicioso jugo azucarado y proclamando que el Paraíso, en el caso de existir, no debía ser muy distinto.

—¿Duda usted de la existencia del Paraíso? —preguntó Darwin al rato.

—Digamos que las pruebas que me han aportado hasta este instante a favor de su existencia pesan tanto como las que me aseguran lo contrario.

—Bynoe está haciendo el doloroso tránsito de la simple incredulidad a la paganía más flagrante —aseguró Rowlett—. Aunque no es algo que me extrañe, visto lo visto.

—¿A qué se refieren? —preguntó Darwin, perplejo.

Bynoe detuvo su montura. En sus ojos anidaba, de pronto, un fuego tan brillante como el del más ciego de los fanáticos.

—Como bien sabrá, mi buen amigo, no es éste el primer viaje de la HMS Beagle. Ya tuvimos ocasión de hacer otro, hace unos años, y en la misma dirección en la que ahora nos encaminamos. Hacia el sur, hacia esa inmensa daga de tierra que se hunde en los mares australes y en la que nadie debería vivir, si existiera realmente un Ser Superior en cuyo bondadoso designio creer. Se lo digo porque al mando de la expedición se encontraba el capitán Pringle Stokes, y su salud mental quedó muy alterada en ese viaje…

—De lo que puedo ser testigo —apostilló Rowlett.

—… hasta el punto de que, en algún lugar de esas malhadadas tierras, donde el corazón se pierde entre olas de espanto y la tierra, tan helada como la mente, parece incapaz de ofrecer más frutos que la desesperación y el abandono, el capitán cayó en una profunda depresión. La medicina no puede hacer nada en estos casos de extrema melancolía, salvo esperar a que el paciente recupere la razón por sus propios medios. Pero el capitán Stokes no recobró la cordura. Se encerró en su cabina catorce días, y el último de esos días salió a cubierta con el uniforme bien abotonado hasta el gaznate, saludó a sus oficiales, miró hacia tierra y se pegó un tiro en la cabeza. Como lo oye, Darwin. Pero en el último momento le tembló el pulso y la bala no le destrozó por completo la cabeza, sino que se desvió… con lo que, en lugar del alivio instantáneo y completo del descanso eterno logró una agonía que se prolongó doce días más hasta que, por fin, logró morir. Resultó difícil de creer que un hombre tan delgado y enfermo pudiera soportar tanta miseria, tanta presión, tanta hambre y dolor. Dígame usted si para ese hombre, o para cualquiera de los que tuvimos ocasión de contemplar su espantosa muerte, puede existir siquiera la posibilidad de un Paraíso.

—Lo que sí que existe es, sin lugar a dudas, un infierno —dijo Rowlett.

—Eso sin duda —prosiguió el ayudante del cirujano—. Pero el más cierto de los infiernos no es el que se nos promete en las iglesias, el que habremos de encontrar tras la muerte si no hemos cumplido con todos esos mandamientos, con todas esas leyes y preceptos, o si no incurrimos en esa caprichosa Gracia en la que debemos confiar a la hora de nuestra Salvación. No, mi amigo… el verdadero infierno es el que todos llevamos dentro, listo para abrirse al mundo si aflojamos las defensas, si fallamos. Así que, a su pregunta, le diré: sí, amigo, tengo muchos motivos para dudar de la existencia del Paraíso. Y de Dios mismo, si me apura.

las palabras de Bynoe vino, remedo de corolario, la visión de la vieja y arruinada catedral de Ribera Grande, como un esqueleto pétreo y silencioso, el derrelicto de una época pasada en la que aquellas islas habían bullido de vida. Junto a la catedral esperaban un guía español y un cura papista, un mulato de aspecto bonachón que no hablaba sino portugués y un latín cargado de acento imposible de entender. El español, que resultaba ser un hombre alto, delgadísimo y con aspecto de haber cometido demasiadas fechorías como para esperar por ellas una absolución futura, les comentó que no por ser negro era peor cura… aunque quizá por ello no quisiera sino decir que a sus ojos todos los sacerdotes, fueran católicos, anglicanos o protestantes, eran iguales y la misma suerte merecían.

—Les mostraré la ciudad —se ofreció el cura, con una enorme sonrisa de complacencia. Así lo hizo. Los antiguos esplendores de Ribera Grande se habían convertido con el paso del tiempo en un conjunto de telarañas sobre las que se asentaba el grueso polvo de la Historia. El enclave estaba erigido al pie de un hondo desfiladero de piedra negra, por cuyo fondo discurría un riachuelo de aguas sorprendentemente frescas y claras. Grandes árboles de cacao crecían con una fertilidad grotesca, como si encontraran algo en aquel suelo que los impulsara a un desarrollo inmoderado, ajeno a toda ley y proporción. En contraste, la ciudad se asemejaba a un montón de polvo labrado por los siglos de vientos y lluvias torrenciales, que eran las únicas que parecían golpear, más que bendecir, aquellas islas; más allá de las últimas casas, como si la paleta de colores del Creador se hubiera agotado, tan sólo se extendían malpaíses de lava negra y marrón, colinas harinosas y el viento, visible por mohíno y zumbón, arremolinando la ceniza que se amontonaba en las vaguadas y valles. El padre les condujo por las sinuosas calles, entre las viejísimas lápidas del siglo XIV, a través de las cuatro esquinas del cuadrilátero en el que se situaban la iglesia, la sacristía, el hospital y el albergue para moribundos. La muchedumbre era asombrosa y parecía imposible que pudieran vivir tantas personas en un lugar tan desolado y yermo. Alguien cantaba entre la multitud, con una hermosa voz grave de barítono, y aunque lo hacía en portugués, el sentido trágico y triste de sus palabras era, en realidad, universal. Por todas partes olía a suciedad, sudor rancio, salitre y vegetación reseca, un hedor denso, casi insufrible.

Ajeno a la charla filosófica de sus dos compañeros y el sacerdote, Rowlett sonreía, pero sus pensamientos volaban con alas ligeras hacia Valparaíso y la fuente de todas las cartas que atesoraba con tanto celo como si de ello dependiera su propia vida. Quizás así fuera. Con los anteriores viajes y los servicios prestados a la Marina de Su Majestad, Rowlett se había ganado el derecho a descansar en tierra el resto de su vida, disfrutando de una cómoda paga y las rentas de sus inversiones. Si bien para muchos de los tripulantes de la Beagle la mar era, más que una profesión, una manera de entender el mundo, no era así para el rollizo y rubicundo contador, cuyos intereses se centraban en la parte material del mundo y no tanto en la satisfacción del espíritu. Y ese mundo material se había derrumbado con la intromisión de Angélica Alcázar, a quien sólo había visto una vez en toda su vida y de cuyo color de ojos era, todavía, desconocedor.

Bynoe y Darwin ya se despedían del sacerdote, dejando en sus manos unos pocos chelines que le servirían para comprarse una sotana nueva y unas sandalias. A mitad de camino, el español desvió los pasos de su mula hacia los miserables pueblecitos de la costa; su aspecto de abatimiento y cansancio hicieron que Darwin le recomendara precaución, no fuera a ser que le asaltaran y cosieran a puñaladas, dejando su cadáver abandonado para los cuervos y las gaviotas. El español sacó una enorme pistola de sus alforjas y la cargó ante sus ojos.

—Esto viene bien para los negros —chapurreó en un inglés macarrónico. Espoleó a la mula y desapareció entre los desnudos matorrales con lentitud, poco a poco, con la apesadumbrada cachaza de los nacidos al sur de los Pirineos.

Muy querido, estimado, bienhallado señor Rowlett,

En ocasiones creo que esta ciudad de Valparaíso no es sino la cuna de los

secretos, las traiciones, las medias verdades y los corrillos de viejas. ¡Cuánto echo de menos tener un oído amigo! Y no, no crea que me estoy quejando… au contraire, mi buen amigo, no podría encontrar a nadie más eficaz que usted para tales menesteres, pero en muchas ocasiones lamento con amargura que nos separe la envergadura de la mar océana, en lugar del espacio que media entre dos corazones próximos, dos corazones cuyo latido puede escucharse al tiempo, pero, ¡ay!, eso no será posible hasta dentro de muchos meses, años quizá.

Es en esta época estival (pues aquí las estaciones discurren de modo

contrario al modo del hemisferio norteño) cuando las nubes abandonan los cielos y el calor, pesado como una manta de lana, envuelve las colinas con un abrazo de niebla. Pero ni siquiera el calor puede detener la interminable cadena de fiestas, de recepciones, de conciliábulos en los que se decide la suerte del país después de la caída del gobierno liberal. Por todas partes se huelen traiciones, y la delación es el fenómeno más frecuente, más incluso que los romances y los duelos por mujeres, que suelen celebrarse a la caída de la noche en alguna de las colinas. Cuando llega el amanecer, es algo común observar a las jóvenes prometidas desplazarse hacia esas colinas, buscando los cadáveres de sus amados. Hasta tal punto es así que en ocasiones creo que no hay mayor número de habitantes en esta nuestra ciudad que los muertos. Pero no será ese nuestro destino, mi querido señor Rowlett… no, a nosotros nos aguarda un porvenir glorioso, lejos de la miseria y la trivialidad de este mundo que se arrastra cargado de cadenas y grilletes pesados como la plata de Chañarcillo.

Estos días han transcurrido para mi espíritu en una tensa calma, como la

que se respira antes de que las tempestades rompan sus lanzas sobre la tierra. Ya antes le he relatado muchas de las iniquidades que el monstruo de mi

marido ha cometido contra mí, pero en estas últimas semanas su actuación ha derivado hacia una singladura mucho más siniestra. Su sola presencia, que antes me enervaba e imbuía de un ardor casi guerrero, del ethos belicoso del criollo, de la bonhomía chilena, aunque quizá debería llamarse bonfemenía, dado que es una mujer quien la siente, esa presencia ahora drena mi energía, me aplasta y anula. En su vecindad me convierto en un ser privado de voluntad y de juicio. ¡Ahora sé lo que se siente al estar sumida en la más honda de las esclavitudes! Porque esto es a lo que me somete: a la privación del libre albedrío, al silencio forzado, a la anulación de mis actos y apetitos, al lento marchitamiento que habrá de convertirme en una anciana a los treinta años, con los pechos sin haber amamantado a ningún niño, y perdone que sea tan franca, mi querido señor Rowlett, pero sólo así creo poder transmitirle toda mi angustia. Sufro indeciblemente, y sólo en la soledad encuentro un momento de respiro. Sin embargo, este monstruo ha llenado la casa de criadas conspiradoras que de un modo constante acechan hasta el último de mis movimientos. Temo volverme loca. Todas ellas forman una extraña tribu, como de pigmeas africanas, salvo el hecho de que ninguna es africana, sino perteneciente a alguna tribu aimara. Su sigilo tan sólo es comparable a su malignidad, ya no potencial, sino presente en todos sus actos. No sólo me siguen como perros de presa, también inmiscuyen especias extrañas en mi comida, cuchichean horribles conjuros a mis espaldas y, cuando cae la noche y creen que no las veo, celebran aquelarres en los que el nombre del Barbado infernal no se pronuncia, pero se teme.

Intento escaparme. El buen señor Rebolledo intenta consolarme en la

medida de lo posible, pero en ocasiones creo que lo mejor sería intentar escapar lejos, muy lejos, bastante como para que todo el mundo me tome por soltera y poder así empezar una nueva vida, acaso con una brizna de felicidad que aquí, ¡lo sé bien!, jamás me será concedida. Pero tal vez sea un sueño insensato, una esperanza de niña fatua y presuntuosa que cree que su felicidad es un asunto trascendente para el resto de mundo, cuando la única verdad es que no hay Verdad, que todo es relativo y que incluso en esta República de Chile domeñada, que no dominada, por curas y militares, la sombra del relativismo hace mella poco a poco en estas mentes torpes y provincianas, pazguatas y atentas sólo al estómago y al púlpito. Muchas de estas ideas las comparte el señor Rebolledo, a quien ni los años ni el gobierno en la sombra de Prieto han hecho perder el coraje de los hombres de estado. Quizá no sea asunto mío, pero a veces creo que sin el concurso de hombres fuertes y decididos como él, pese a su ancianidad, el país entero se iría a la quiebra, al más absoluto de los marasmos. Todo el júbilo que sobrevino en el país después de Maipú y la derrota de los realistas se ha disuelto en la más honda de las apatías… supongo que ustedes, allá en la brumosa Inglaterra, poco

habrán oído hablar de nuestro humilde Chile, pero verá que no desmerecemos de otras naciones que nos rodean.

El señor Rebolledo, pese a su vejez, es ahora mi principal aliado en mi

soterrada lucha con el monstruo. Éste pasa rara vez por casa. ¡Me imagino que andará encamado con sus barraganas! Cuando se digna a brindarnos su presencia, no hace sino vituperar al bueno de mi confidente, proclamar sus odios hacia Perú y Bolivia, su adhesión incondicional al movimiento patrio de Portales y tantas otras sandeces que en ocasiones creo que me va a estallar la cabeza. Se lo juro, mi buen amigo, mi querido Rowlett, en esas ocasiones siento una presión que crece y crece dentro de los huesos del cráneo, y creo reventar de pura rabia por no ser lo bastante valiente como para acercarme a ese canalla que anula y aniquila mi existencia y clavarle un cuchillo bien hondo en esa barriga de sátiro que tiene. Oh, Dios mío.

Ya está, ya lo he dicho. Deseo su muerte. ¡Si tan sólo fuera lo bastante

valiente…! Desde luego es un hombre que no merece la existencia que tiene. Mientras imploro por un cambio en mi vida que me devuelva a la senda de la esperanza, abandonada ya hace tanto tiempo, procuraré frecuentar la compañía de hombres sensatos como el señor Rebolledo, junto al que me siento casi tan comprendida como escribiéndole a usted, mi muy querido amigo. He sabido que en ausencia de libertad y debate público y político, descabezadas las filas de los pipiolos por las macabras artes de Portales, en el exilio sus principales representantes y temeroso el país bajo la sombra de su sicario Prieto, un grupo de librepensadores, irreductibles en su ansia por desafiar la opresión de Portales y sus tiralevitas, han comenzado a reunirse con la intención de no dejar que el conformismo y el miedo hagan de este país su coto de caza privado. En esas reuniones me verá usted, mi querido señor Rowlett, haciendo gala de ese espíritu ilustrado y sansculottino que tan grandes frutos ha dado al mundo desde 1789. ¡Libertad, Igualdad, Fraternidad! La sola mención de tan grandes principios me enaltece.

Debo dejarle ahora. Confío en que los vientos que llenan el vientre de sus

velas le lleven pronto a mi lado. Entonces podremos hablar más y mejor sobre ese futuro que algún día podremos compartir.

Siempre suya, trémula, afectísima,

Angélica Villanueva Alcázar,

en la ciudad de Valparaíso,

20 de septiembre del año del Señor de 1831.