La travesía
Capítulo 41
La vapuleada Beagle, con los fondos cubiertos de algas y más ayustes en la jarcia de los que tanto capitán como contramaestre querrían ver, cabeceaba anclada en la bahía de las Islas, a la sombra de las colinas del norte de la Isla Septentrional, en Nueva Zelanda. Un tráfico constante de lanchas y nativos discurría desde la costa hasta las bordas del bergantín. Darwin, que se dirigía a su vez a tierra en compañía del capitán, Covington, los infantes de marina Beareley y Bute, y un misionero local apellidado Baker, miraba a los nativos de aquellas islas con una mezcla de sentimientos en los que dominaba el recelo.
—Caníbales, Bute —le decía el sargento Beareley a su subordinado—, aquí, como te descuides un momento, ya tienes a uno de esos monos pintarrajeados asándote a fuego lento para la cena. Y más al norte es todavía peor: ahí te devoran crudo.
—Diablos, sargento… desde luego, no hay lugar como Inglaterra.
El misionero Baker, un hombrecillo rechoncho de mirada turbia y voz pastosa, vestido con ropas negras y ofreciendo, en general, un desagradable aspecto de pájaro de mal agüero, explicaba al capitán y al naturalista las dificultades que encontraban para evangelizar las poblaciones costeras.
—Tercos como mulas, y no mucho más inteligentes —gruñía—. Sus actos están dominados por la perversión y el vicio. Lo único bueno que tienen es que han aprendido a no comerse a sus vecinos: hasta hace no mucho todavía mantenían esa desagradable conducta.
Pese a que el mismo Baker no parecía un modelo de rectitud, sus palabras no andaban muy erradas. Tras llegar al pueblo de Kororadika, el más grande de la zona, el propio naturalista pudo comprobar que el estado general en que vivían era calamitoso. Borrachos, sucios, violentos y lascivos, parecían vivir en un perpetuo estado de anarquía, o quizá de guerra consigo mismos. Si ese comportamiento era natural en ellos, o bien adquirido tras la llegada de los misioneros blancos, era algo que Darwin prefería no averiguar. ¿Tendría razón sobrada Thomas Hobbes cuando afirmaba que el estado del hombre anterior a la organización social no era sino un estado de guerra eterna e insensata? ¿O quizá la tuviera Rousseau, afirmando justo lo contrario?
Más allá de la iniquidad de sus habitantes yacía, de todos modos, todo un país que observar. Había escuchado maravillas de Nueva Zelanda y ardía en deseos de comprobar si todo lo que le habían contado era cierto. Aquellos bosques cubiertos de helechos y musgos debían bullir de vida desconocida para la ciencia occidental, de plantas exóticas y animales misteriosos… sin embargo, pronto descubrió que sus posibilidades de «hacer buena ciencia», como él solía decir, serían muy escasas. Aunque en su periplo ya habían pasado el intangible meridiano de los antípodas, comenzaba a sentir un hondo desasosiego en aquellas islas.
—Fíjese si son estúpidos y violentos —les decía Baker— que, no hace mucho, el jefe de la tribu de los Pas estaba preparándose para la guerra. Habían comprado puñales, espadas y mosquetes a los comerciantes ingleses, habían comprado pólvora y munición sobrada para atacar a toda una Armada Invencible. Un grupo de misioneros, entre los que me encontraba yo mismo, hicimos todos los esfuerzos posibles por demostrarle la inutilidad de la guerra, y que en realidad no tenía motivos para atacar a sus vecinos. El jefe pareció… sorprendido por nuestros argumentos, incluso atemorizado. Sin embargo, uno de sus jefes guerreros arguyó que uno de sus barriles de pólvora estaba a punto de echarse a perder, y que si dejaban pasar unos días más, más que empezar una guerra, tendrían que luchar para defenderse de sus vecinos. Así que… ya ve, estos salvajes…
FitzRoy también mostraba un extremo desagrado. Le parecía imposible encontrar allí a gentes tan amables y pacíficas, inteligentes y consideradas, como las que habían encontrado en la cercana Tahití. Mientras contemplaban la pequeña capilla que los misioneros estaban levantando allí, uno de los pocos británicos que vivían allí por razones comerciales, el señor Bushby, se les acercó y les propuso visitar la villa de Waimate, en la que los ingleses estaban llevando a cabo labores de agricultura. Junto a Bushby se encontraba otro misionero, un hombre alto y melancólico llamado Williams, reverendo y sabio local, quien nos miró con una extraña mezcla de tristeza y camaradería.
—Ingleses —dijo—. Vienen y se van. ¿Los guía usted, Bushby?
—Así es, reverendo.
—Cuídelos. Sobre todo al muchacho barbudo. En estas tierras cualquier imprevisto puede terminar en funeral.
FitzRoy sentía más o menos lo mismo. La idea de viajar hacia el interior de la isla no le agradaba en absoluto, pero Darwin sentía que le debía esa oportunidad a aquellas tierras. Se volvió hacia los bosques de cariz eterno, demudados por la niebla, en los que se guarecían decenas de tribus enzarzadas en una guerra sin fin.
—Llévese a Sulivan y a dos infantes —dijo por fin—. Y a la menor señal de peligro, olvídese de sus especímenes, de sus rocas y de sus abstracciones. ¿De acuerdo, Philos?
—Pierda cuidado, capitán —replicó el naturalista, alegre aunque un tanto inquieto —. No es el primer país hostil que piso.
—Pero podría ser el último —gruñó Covington—. A Cook lo mataron por algo parecido, y que me aspen si no quiero volver a mi casa con la cabeza sobre los hombros.
Un par de días más tarde celebraron la Navidad junto a un enorme árbol Kauri, un monstruo vegetal de más de treinta pies de circunferencia. Darwin y Sulivan recordaron, con un punto de añoranza, que pronto llevarían ya cuatro años de ausencia, cuatro largos años de viaje.
—La primera Navidad la pasamos en Plymouth —recordó el naturalista—. La segunda, cerca del Cabo de Hornos, la tercera en Puerto Deseo y la cuarta… aquí nos sorprende, bajo las ramas de un árbol gigante y en medio de este país…
—Esperemos que la quinta nos descubra en Inglaterra —dijo Sulivan. El severo teniente, armado hasta los dientes, contemplaba con desagrado al guía de la expedición, que no era el reverendo Williams, ni siquiera el señor Bushby, sino un esclavo delgado y cubierto de tatuajes de pies a cabeza, doblado bajo el peso de la carga que portaba.
—Conozco bien a estos canallas —decía Bushby con una sonrisa taimada—. No hace mucho, trataron de matarme en mi propia granja. Me atacaron por la noche. No hay, para estos maoríes, nada más abyecto y ruin que atacar amparándose en la oscuridad. Sin duda esperaban matarme y silenciar con eso a cualquier posible testigo. Pero sobreviví. —Les mostró una cicatriz de silueta estrellada en el abdomen —. Y me dejaron este recuerdo. Cuando presenté mi queja al jefe de su tribu, se mostró tan avergonzado que juró no volver a molestarme jamás. ¡Espero que cumpla su palabra!
Bushby era un hombre animoso y fuerte, con el aspecto y la tenacidad de una vieja roca granítica. Se había pasado media vida en Nueva Zelanda, su mujer había muerto por la tuberculosis y de los cinco hijos que había tenido con ella, sólo dos sobrevivían.
Al atardecer llegaron a Waimate; el lugar se parecía tanto a una granja inglesa que Darwin creyó haberse equivocado de país y de ensueño. Tres grandes casas, pertenecientes a los reverendos Williams, Davies y Clarke, se veían rodeadas por las cabañas de los labriegos, la mayor parte de ellos maoríes rescatados de la esclavitud. El contraste con la suciedad y la miseria de Kororadika eran demoledores. ¡Hasta habían plantado, robles, robles como los que se podían encontrar en la campiña, cerca de Shrewsbury!
—Es el paraíso —susurró Sulivan, el imperturbable Sulivan, que había caminado entre las maravillas de Argentina y Chile sin parpadear. Hasta Covington asentía y mascullaba palabras de consideración hacia un buen trabajo. La tierra estaba bien arada, grandes cantidades de árboles frutales crecían por todas partes y, a una distancia de cien yardas, el agua de un pequeño arroyo había sido embalsada para poder accionar un molino.
El reverendo Williams no se encontraba en su casa, así que fue el reverendo Davies quien les recibió con alegría: no todos los días tenían la oportunidad de recibir noticias de Inglaterra.
—Todo es obra de los maoríes —aseguró—; nosotros sólo hemos aportado la dirección y nuestro propio esfuerzo, pero la mayor parte del trabajo ha venido de su parte.
El cambio con respecto a lo que habían visto en Kororadika era total. Aquí los hombres vestían ropas limpias e iban aseados, las mujeres parecían saludables y contentas, incluso los niños, muchos, eran rechonchos y alegres como sus contrapartes inglesas. La impresión general que ofrecía Waimate era la de una próspera colonia inglesa, como las que se habían establecido en Norteamérica.
Sulivan lo absorbía todo con los ojos abiertos como platos y grabada en el rostro una expresión aturdida. Alrededor de la granja se alzaban colinas onduladas, cubiertas de árboles y nieblas. Un recio vallado delimitaba la granja, sus huertas, jardines y plantaciones de árboles frutales. En las casas de los misioneros se habían congregado multitud de niños, tanto ingleses como maoríes, para celebrar la llegada de la Navidad.
—Están todos cristianizados —dijo Davies con una sonrisa, acaso pesarosa—, y han abandonado sus anteriores costumbres guerreras y caníbales. Hasta no hace mucho, aquí vivían los hombres más belicosos que quepa imaginar, enzarzados en guerras interminables. Ahora hemos conseguido un vergel.
—Un vergel —repitió la esposa de Davies, una mujer delgada y bonita de pelo rojo y mejillas salpicadas por una rociadura de pecas doradas—. Gracias a Dios.
—A Dios y al trabajo duro —dijo Sulivan. Se estaba fijando en las muchachas maoríes que trabajaban en un campo cercano. Lo más llamativo era que tenían tatuados los rostros con patrones espirales y diseños geométricos, líneas negras que danzaban sin fin en sus labios y mejillas—. Nada de esto se podría conseguir sin un terrible esfuerzo. Yo… ¿por qué están… pintadas?
La fascinación de Sulivan no disminuyó ni siquiera a la hora de la cena; Davies, que conocía bien las debilidades y las necesidades humanas, sentó junto al teniente a una encantadora muchachita maorí, de rostro delineado con precisión con espirales y pétalos de flores. Toda la cena transcurrió para el teniente en un estado de completa felicidad, de absoluta beatitud, algo en lo que Darwin no pudo dejar de fijarse.
—Es increíble lo poco que hace falta para que un hombre, hasta hoy frío y despiadado, una auténtica bestia marina, se transforme, sin aviso ni advertencia, en un ser plácido, sonriente y casi feliz —dijo el naturalista—. ¡Ojalá todos los problemas tuvieran tan fácil solución como la sonrisa de una muchacha! Aunque, y aquí me gustaría dejar al margen a la señora Davies, he notado que las mujeres suelen traer muchos problemas a los marineros. No hace mucho, uno de mis amigos…
Darwin se hubiera lanzado a una narración detallada de las circunstancias trágicas que rodeaban a Dring, pero los niños comenzaron a cantar a voz en cuello, ahogando cualquier posible conversación. La mesa se combaba bajo el peso de espárragos, judiones, calabazas, manzanas, peras, higos, melocotones y albaricoques, aceitunas de brillante color negro, uvas, gruesas rebanadas de pan y toda un Arca de Noé en asados cuyo olor bastaba para sumir en el deleite al estómago más exigente.
—¡Y pensar que estoy en medio de la tierra de la guerra, del salvajismo y la antropofagia! —se dijo Darwin—. Reverendo… ahora creo que, por nacimiento, los hombres nacen del todo iguales, pero que la cultura y la educación los hacen muy distintos entre sí. No podría imaginar mayor diferencia que la que puedo ver entre estas jóvenes y las mujeres de los pueblos costeros. Parecen pertenecer a dos mundos por completo distintos. Donde allá es todo mugre, ruina y violencia, aquí…
—Esto es el cielo —dijo Sulivan, sentándose junto a él mientras la alegre muchacha tatuada regresaba con sus hermanas—. Creo que cualquier hombre podría ser feliz con una vida como ésta. Años y años de peregrinar por el mundo, sin familia ni paz, sin descanso ni placer alguno salvo el rugir de las olas y el picor en la espalda que provoca la visión de una nueva costa… Darwin, usted que es un civil, que no se ha preparado para esto, ¿cómo puede soportarlo?
—Hasta el capitán encuentra difícil la soledad, Sulivan —dijo el naturalista en tono compasivo—. Yo mismo, si no fuera por mi dedicación a las labores naturalistas y las noticias que me llegan desde mi hogar, encontraría muy dura esta vida. Demasiado, quizá, como para poder soportarla con entereza. La vida en la mar no hace hombres felices, Sulivan, salvo en determinadas ocasiones… ya sabe usted, la novedad, el riesgo, el dulce placer del peligro…
—Al infierno con el placer del peligro, Philos —susurró Sulivan—. Tengo veinticinco años y jamás he conocido el placer de una familia, de unos brazos amantes… ya me entiende usted. Esta fachada fría sólo me sirve de escudo contra esa horrible tristeza que me asalta cuando zarpamos rumbo a Dios sabe dónde. Yo no soy como Stokes, que podría vivir indefinidamente sin contacto humano. Tampoco soy como Wickham, que es capaz de hallar la felicidad en los detalles más pequeños. Yo… diablos, Charles, miro estas granjas, estos rostros felices, estas muchachitas maoríes de rostro tatuado, y me digo que yo también podría ser feliz aquí, mucho más que en otros lugares.
El teniente le mostró las manos. Callosas, duras, grandes y vacías.
—Cuando llegue a casa, Charles, salvo mis recuerdos, no habré conseguido nada. Nada. Y descansaré un tiempo y tal vez conozca a alguna mujer inglesa de carácter tranquilo que llorará a mares cuando me marche de nuevo y después se olvidará de mí y dejará de quererme y criará a unos hijos para los que seré un desconocido…
Aspiró hondo y trató de recomponer el gesto.
—Pero pronto saldremos de aquí… recalaremos en Australia y después, hacia el oeste, cruzaremos el índico y llegaremos a las costas de Sudáfrica. ¡Y después, hacia casa, Charles! ¡A casa!
En la Beagle, no obstante, se dilucidaba un problema de muy distinta índole. El misionero Baker había hablado largo y tendido con el pobre y entristecido Matthews, cuyas obligaciones en el interior del bergantín se habían ido reduciendo con el paso del tiempo. Tras el terrible fiasco de la misión en Tierra del Fuego, Matthews ardía en deseos de dedicarse a otra tarea en la que pudiera enmendar todos los errores que había cometido. En la Beagle se sentía inútil, ya que sus atribuciones se limitaban a pronunciar los sermones de los domingos, cuya influencia en la marinería del bergantín era muy limitada. Baker le había ofrecido la posibilidad de rehabilitarse, tanto a la sociedad como a sí mismo, ayudando en la evangelización de aquellas tierras.
—Y ahora desea usted abandonar nuestra compañía —resumió FitzRoy. Matthews y Baker aguardaban su reacción, mientras que Dring, todavía debilitado, pero alerta, oficiaba de testigo de la reunión—. ¿No es así?
—Aquí no tengo mayor utilidad, capitán —dijo Matthews en tono apagado. Era doloroso verlo, con el sombrero entre las manos y una mirada de cordero degollado. «He ahí a un hombre derrotado», se dijo Dring, y al tiempo se preguntó si él mismo ofrecería un aspecto semejante.
—¿Y qué utilidad podría tener usted en esta comunidad, Richard? —FitzRoy se levantó para mirarle a los ojos—. Comprenda que no pretendo intimidarle a usted, sino tan sólo asegurarme de que toma la decisión correcta. Este barco abunda en decisiones apresuradas y… erróneas.
Aunque no miraba a Dring, algo en su voz parecía indicar que se refería a su contador, más allá de toda duda razonable; aunque ni Bynoe, ni Stokes ni Darwin se habían ido de la lengua, no se llegaba a capitán de la Armada sin tener un mínimo de sal en la mollera: todos los problemas que Dring arrastraba consigo debían tener una fuente común, y si la encontraba, ¡ay de ellos si llegaba a encontrarla!
—Creo que es la mejor de las decisiones, capitán —dijo el reverendo—. Sé que el balance general de mi viaje no puede ser positivo. La misión en Tierra del Fuego se convirtió en un fiasco, amén de en una trampa… y mi comportamiento en el barco no ha sido, quizás, el que tanto usted como la tripulación esperaban de mí. No tengo excusa posible salvo la sal, la soledad y… la confusión. No he sido yo mismo en estos años, la persona que me miraba desde el otro lado del espejo era un completo desconocido. Quizás aquí me encuentre de nuevo, capitán. Le pido esto como un favor personal.
FitzRoy asintió. Aunque deseaba oír las razones de Matthews para quedarse en Nueva Zelanda, más por una cuestión de protocolo que por necesidad, ya había decidido dejarlo marchar. Ya a solas, lo consultó con Wickham y Dring.
—Me parece una buena idea —dijo el teniente—. El reverendo, con todos los perdones, se estaba convirtiendo en una carga, tanto para el barco como para la tripulación. Muchos empezaban a verlo como a un Jonás en potencia. Si hubiera seguido a bordo… bueno, no quiero ser agorero, pero si hubiera seguido a bordo quizás hubiera sufrido un accidente antes de llegar a África, capitán.
—¿Es eso cierto?
—Lamento decir que sí. —Wickham se encogió de hombros—. Ya conoce a la tripulación, señor… Sloan había comenzado a propagar rumores, y de los rumores a la acción no media mucho tiempo.
—Sloan es un mal bicho —dijo Dring; su voz sonaba tan oscura como una noche de invierno, una noche con tormenta y lluvia—. Si de mí dependiera, le haría cada semana una camisa de sangre a puros latigazos. Pero el contramaestre es el primero en escuchar sus estupideces, y ese imbécil de Chaffers habla demasiado y Astillas May propaga esas insensateces con su alegría de perenne borracho. Sí, yo también creo que Matthews estará mejor aquí que en nuestra compañía.
FitzRoy parecía pensar, aunque en realidad ya había tomado todas sus decisiones. Mucho había pensado en el fracaso de la misión en Tierra del Fuego: sus causas, sus consecuencias, los pasos que había dado y que bien podían haber sido erróneos, o quizá fuera que la naturaleza del hombre y de la misma tierra que pisaba no era la idónea para un empeño tan incierto. Y, de un modo indirecto, toda reflexión acerca del reverendo era una reflexión acerca de sí mismo. Se preguntaba si sus decisiones habían sido las más adecuadas, si no habría pecado de un optimismo indecente, si no habría creído que tan sólo con la fuerza de su solo deseo podía vencer todas las dificultades, cuando resultaba evidente que muchas cosas dependían del azar y no de sus designios, y al parecer una de esas cosas había sido el propio devenir de la colonia y sus esperanzas de fundar un puerto franco en las aguas del Canal de Beagle.
—Dígale a Matthews que entre, John —le dijo a Wickham. A continuación se volvió hacia Dring—. ¿Cuánto tiempo necesitamos para completar la aguada y limpiar los fondos, en la medida de lo posible?
—Unos tres días, capitán. El agua está garantizada: Nueva Zelanda abunda en buenas fuentes y arroyos. En cuanto a los fondos, tenemos a una cuadrilla de indígenas encargada de esos menesteres.
FitzRoy ya lo sabía. Las palabras de Dring no venían más que a confirmar lo que ya sabía y lo que ya había tenido en cuenta: Nueva Zelanda era un episodio pasajero en el periplo de la Beagle y Matthews quizás hiciera bien en abandonar el buque en este preciso instante.
Matthews ya esperaba sus palabras, con aires de perro apaleado. Valiente misionero en tierra de caníbales… pero no era FitzRoy hombre amigo de juzgar ni a locos, ni a tontos ni a insensatos.
—Tiene mi permiso para partir, si es que en algún momento lo necesitó —dijo, firmando un par de papelajos sin mucho valor, acaso el simbólico, certificando su marcha—. Al fin y al cabo, no es usted miembro de la tripulación, no está anotado en el rol, sino que es un invitado más. Así pues, buena suerte y buena proa.
Matthews lo miraba con aire suspicaz, como si se aguardara alguna clase de estratagema. A su lado, Baker parecía más un mendigo que un hombre de vida virtuosa… y por lo que le habían contado al capitán, lo cierto era que si el misionero sentía algún tipo de devoción, la escondía bien hondo.
—¿Tan rápido? ¿Sin ceremonias, ni nada por el estilo?
—No es necesario. Tenga, aquí tiene un pase que quizá le facilite tomar algún barco de regreso a las Islas, en caso de que desee hacerlo en un futuro. —El capitán aspiró hondo y le estrechó la mano—. Bien, Richard, ha sido un placer tenerle con nosotros. Y ahora, si me disculpa…
El ahora misionero se retiró con aire entre aliviado y ofendido, como si todavía no se pudiera creer que FitzRoy le dejara marchar con tanta facilidad. Antes de salir de la cabina se dio la vuelta, como si quisiera añadir algo, acaso una frase lapidaria con la que dejar constancia que los años que había pasado a bordo habían sido una completa pérdida de tiempo. Pero se tragó la lengua y acabó por marcharse sin mayor alharaca, como se marcha la niebla y el atardecer.
—Le ha desairado usted —dijo Dring.
—Y porque no puedo desairarme a mí mismo —fue la desabrida respuesta del capitán. Y por más que sólo la masculló, a nadie en la cabina le pasó desapercibida, a nadie se le pasó por alto y a nadie dejó de provocarle un doloroso nudo en el estómago.