La travesía

David López · Capítulo 46 de 47

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La travesía

Capítulo 45

 

Pasaron la línea imaginaria, mil veces soñada, del ecuador, y atracaron en Cabo Verde. Y más tarde, el 9 de septiembre, traspasaron el trópico de Cáncer. La rutina de la mar, tantas veces vivida, se había instalado de nuevo en el bergantín, aunque con un importante matiz diferenciador: el rumbo era otro muy distinto.

—¡Pronto estaremos en casa! —se decían los marineros los unos a los otros. Cada noche organizaban una pequeña fiesta en el combés, cuando la mar lo permitía, y el ron que habían reservado los últimos meses lo gastaban con júbilo mientras el gruñón Covington tocaba el violín. Como estaba medio sordo, desafinaba de un modo terrible, pero no serían los gavieros los que protestaran. El violín también se encontraba en un estado lamentable, pero era mejor la mala música que ninguna música, y para desgranar un shanty bastaba una melodía más o menos bien entonada, una voz fuerte y unos pies que supieran saltar al ritmo de la música. No eran demasiados requerimientos, ni siquiera para los idiotas, los lisiados y los ineptos que trabajaban en las bombas. Hasta el doctor Bynoe hubiera podido bailar, de haberlo pretendido.

No sucedía así, por supuesto. Los marineros no lo hubieran permitido, el protocolo naval no lo aprobaba y el propio doctor consideraba que sus obligaciones nocturnas no incluían andar de francachela con los mismos lascivos y cabrones hijos de puta que acudían a sus manos cargados de enfermedades venéreas, con los miembros destrozados por subirse a las jarcias completamente borrachos, con las espaldas cruzadas de latigazos por las mil y una maneras de insubordinarse que existían en un barco de la Armada. El doctor en un barco era, a su modo, un hombre tan solitario como el capitán. Incluso el mismo naturalista tenía más libertad a la hora de mezclarse con los marineros.

—Pobre viejo Bynoe —reía el matasanos, compartiendo una botella de vino con sus fantasmas y sus recelos—, tan solo, tan gris, tan miserable, en la parca compañía de sus lancetas, sus remedios y sus cataplasmas. ¡Pobre!

Cada noche se despertaba con una aprensión hincada en el pecho, una sensación que no podía definir pero que le provocaba una enorme angustia… suficiente, sin duda, para que sus sueños estuvieran siempre sub iudice de un peor despertar. De nada le servía hablar con su ayudante, el pobre desgraciado de Kent, a quien le esperaban en su casa una esposa a la que no quería y una recua de hijos a los que detestaba. Tampoco el naturalista ofrecía consuelo.

—Tengo muchas cosas que hacer en casa, Bynoe —aseguraba, mientras le daba los últimos retoques a su monumental diario, en el que había consignado la mayor parte de los hechos sucedidos en el viaje. En aquellos momentos cubría con su letra angulosa y casi ilegible la página 758…

 

«9 de septiembre — Cruzado el Trópico de Cáncer…»

… y sus ojos se dirigían al norte, a las Azores y la añorada Inglaterra, esa Inglaterra que tal vez conocieran ahora mucho peor que los países en los que habían estado, más una idea que una realidad, ese Fiddler’s Green al que se referían los gavieros y en el que, sin lugar a dudas, moraban las almas de los que habían muerto en la mar.

Todavía más lejos de su alcance se encontraban Dring y los dos muchachos. El capitán FitzRoy, en contra de lo que cabría suponer, los había aceptado con cierta alegría. Necesitaba un par de amanuenses para sus propias notas, y tanto James como Joe podían escribir rápido y con muy buena letra, gracias a las lecciones del finado Rowlett y del propio Dring. Se turnaban no obstante, cuidando del contador, y era Joe quien más tiempo pasaba a su lado, humedeciendo trapos y velando por el sueño derrotado y hondo que parecía querer sumirle más y más en la oscuridad. Cuando despertaba era para quedarse en silencio, o bien caminar por la cubierta tan encorvado y canoso como un viejo sexagenario que hubiera visto hundirse bajo sus pies a demasiados barcos… y el último naufragio hubiera sido el peor de todos.

—¿Qué puedo hacer por él, doctor? —le preguntaba Joe a Bynoe.

—Alimentarlo bien y alejarlo de la borda —respondió éste—. He comprobado, por mi propia experiencia, que quienes sufren males de amor suelen caerse de las ventanas, de las bordas y de las sillas de los caballos con una frecuencia sospechosa.

De cuando en cuando, el contador agarraba su viejo violín, que le había acompañado a lo largo del mundo, y se quedaba mirando sus cuerdas, su cuerpo y su arco como si no supiera qué hacer con él. Cuando volvía a ese sueño profundo que podía durarle un par de días seguidos, era la oscuridad y el silencio lo que buscaba, no el descanso ni el consuelo: en ese vacío, sin imágenes ni formas, podía empezar de nuevo, podía ser quien quisiera ser, y no el hijo de sus acciones.

—Me gustaría volver a Australia —dijo un día, mientras se acercaban a la isla de Terceira, en las Azores. Joe, con el pelo recogido y el rostro tostado por el sol y la mar, lo miró con cautela. Era la primera frase en varias semanas en la que dejaba ver un poco de esperanza, un futuro posible más allá del abatimiento.

—¿Por qué, patrón?

—Es un buen lugar para empezar otra vida. Lo he hablado con Syms, y él también está de acuerdo. Quizá, dentro de un tiempo, cuando todo se calme, los dos emprendamos ese rumbo. Es una tierra llena de oportunidades, lo bastante grande como para que cualquier hombre, sin importar su pasado, pueda prosperar. —Aspiró hondo y le mostró una sonrisa vacilante—. Puede que necesite a una ayudante, si para ese entonces no has encontrado nada en lo que emplearte.

Joe sonrió, aunque no dio ninguna respuesta. Quizá no fuera necesaria. Se escuchaban los aullidos de Chaffers y los reniegos de Stokes y Wickham, contrariados por alguna de esas estupideces marinas que con tanta asiduidad aquejaban a los oficiales británicos. El cabeceo del bergantín se parecía al modo en que una madre acuna a su hijo. Covington discutía con Darwin y éste le replicaba con sarcásticos latinajos que hacían reír a Bynoe. El capitán, en su sacrosanta soledad, consultaba sus cartas y pensaba en un abrecartas afilado deslizándose sobre su cuello, un final que le repugnaba tanto como le atraía.

—Quizá sea necesario conseguir alguna dispensa especial del gobierno —se dijo el contador—. Pero no creo que sea un asunto complejo. Hemos viajado en la Beagle, No sé si te has percatado, pero en casa nos consideran héroes. Philos se ha convertido en una celebridad y la reina se interesa por él. FitzRoy ha ganado tanta fama que puede que se gane un destino como gobernador en alguna de nuestras colonias. Hasta Bynoe ha recibido ofertas para hacerse con las riendas de más de una consulta médica.

—Todos ganan —dijo Joe con una sonrisa sabia y femenina.

—Salvo unos pocos. —El contador no necesitaba decir quiénes—. Pero eso no es más que lo normal.

De nuevo el silencio. Darwin le explicaba a Covington que pensaba viajar hacia Shrewsbury tan pronto como la Beagle echara sus amarras en Falmouth, y que con suerte le daría una sorpresa a su padre y a sus hermanas. También tenía ganas de volver a ver a su prima Emma, una joven encantadora cuya sonrisa no alcanzaba a recordar. Syms apenas le escuchaba: tenía muchos bocetos que pasar a limpio y arrobas de fósiles y animales para clasificar hasta el día del Juicio como para perder tiempo con los delirios futuribles de su patrón.

—Necesitará usted un ayudante, ¿no, patrón? —preguntó Joe.

—Así es. ¿Lo pensarás?

—Lo pensaré. —La muchacha se cubrió los hombros con una chaqueta y exhaló un largo suspiro de cansancio—. Y ahora, ¿qué?

Ahora… Inglaterra, Inglaterra, Inglaterra.

 

La Beagle recaló el tiempo justo en las Azores como para completar la aguada, reponer alimentos y dar a los marineros un par de jornadas de bien merecido descanso antes del último tramo de tan largo y fatigoso viaje. Situadas en medio del Atlántico, protegidas por acantilados, volcanes, fortalezas de piedra y cañones, las islas semejaban barcos por siempre varados, inexpugnables, indomeñables. De ellas lo último que vieron fue una cubierta de nubes sempiternas que doraban de niebla y rocío las laderas del volcán de Pico y, después, nada más que mar, agua, agua hasta donde alcanzaba la vista y se perdía el ánimo.

Unos pocos días más tarde, FitzRoy le pidió a Darwin que le permitiera ojear su diario. La petición no pilló por sorpresa al naturalista, que ya se había esperado algo así, pero no por ello dejó de sentir cierto placer, tal vez morboso, en que fuera por una vez el orgulloso capitán quien le pidiera algo a él… y nada menos que con un «por favor» por delante.

—¿Puedo preguntarle el motivo, Robert? No crea que me niego, pero concédale ese capricho a mi curiosidad.

FitzRoy, con la tez pálida y tanto la voz como la confianza asaltadas por unos inusuales nervios, le explicó los motivos: él mismo había tomado sus notas a lo largo del viaje, en muchos casos tremendamente exhaustivas, en las que había dado fiel reflejo a lo que había sido aquel viaje de reconocimiento, supervisión, cartografía y exploración de miles de millas de costa. Tal vez el punto de vista de un naturalista, por fuerza distinto al de un capitán, aportara un interesante matiz a lo que él planeaba que fuera un diario conjunto, una relación detallada del esfuerzo científico inglés.

—Creo que ambos podemos complementarnos —dijo FitzRoy—. Ya sabe, dos cerebros piensan más que uno solo, ¿no cree, Philos?

—Accedo con gusto, Robert —dijo Darwin—. Ojee mi diario y, sobre todo, disculpe la letra. Este terrible mareo a veces no me ha dejado en el mejor de los estados posibles, y mi caligrafía…

No fue tanto la espantosa caligrafía del naturalista como sus ideas lo que disgustó a FitzRoy. Si bien cinco años antes él mismo hubiera suscrito, punto por punto, algunas de sus afirmaciones, sobre todo las que hacían mención a las ideas de Charles Lyell sobre la formación de las masas terrestres y el gradualismo como formadoras de montañas, abismos y llanuras, su viaje le había convencido justamente de lo contrario. En contra de las ideas de Darwin y Lyell, quienes sostenían que las Escrituras, si bien eran una fuente de moral y sabiduría imperecedera, no podían considerarse como la última palabra en Ciencia, él mismo estaba dispuesto a demostrar que todas las explicaciones que aquellos gradualistas ofrecían para la creación del mundo podían encontrarse en la Biblia, mediante una lectura literal y renovada de la misma.

—Robert, sea razonable —le decía Darwin, tratando de razonar con él—. ¿Cómo explica usted, entonces, las capas de material sedimentario en las montañas, formado de un modo casi exclusivo por conchas marinas? ¿Cómo explica las tierras emergidas, las…? Diablos, si resulta evidente que el periodo a lo largo del cual se ha creado la tierra es mucho mayor que seis días y seis noches.

—Creo, Philos, que cuarenta días y cuarenta noches de lluvias, y la consiguiente inundación, bastan para explicarlo. En cuando a su última aseveración… si esos seis días y seis noches hubieran durado los eones que ustedes proponen, todas las plantas hubieran muerto: le he ganado, admítalo.

—Pero, pero… —Darwin aspiró hondo y sacudió la cabeza—. Es evidente que nunca nos entenderemos, Robert. Transcriba mi diario, pero hágalo verbatim se lo entrego. De otro modo, me negaré a cualquier tipo de publicación y difusión de unas ideas que no serían las mías.

—Lo dejaré como tercer volumen de las memorias del viaje —aseguró FitzRoy, mientras descorchaba una botella de vino—. Por cierto, ¿le he dicho que contraeré matrimonio en cuanto lleguemos a tierra? Me parece oportuno que lo sepa.

El naturalista le miró con la boca abierta un buen rato. ¿FitzRoy, comprometido? Jamás hubiera supuesto que hubiera mujer alguna que fuera capaz de soportar su carácter cambiante, su mal humor y sus accesos de ira… pero, al parecer, ese animal mitológico existía. ¡Y no había contado nada! ¡En cinco años de viaje! Jamás hubiera supuesto… pero así era. ¡Qué extraño!

—¿Cómo se llama la afortunada? —se escuchó preguntar, echando mano de la primera copa que encontró.

—Mary Henrietta O’Brien.

—Pues… me alegro por usted, Robert. ¿Por eso abre la botella?

—Por eso y porque llegamos a casa. Al fin en casa.

Los dos subieron a la cubierta; las nubes se acumulaban sobre esa sombra alargada y oscura que pronto se delinearía y terminaría por transformar en la costa de Cornualles. El marinero Blight cantaba en voz alta y desentonada.

The first land we sighted was called the Dodman, Next Rame Head off Plymouth, off Portsmouth the Wight; We sailed by Beachy by Fairlight and Dover,

And then we bore up for the South Foreland light.

—Están contentos —dijo Wickham, soltando una carcajada de puro regocijo; las nubes se deshilachaban sobre la mar y comenzaban a desgranar una lluvia pesada, fría y mansa, tan mansa como la sonrisa de un idiota. Tras Blight, otros gavieros continuaban con la canción:

We will rant and we’ll roar like true British sailors We’ll rant and we’ll roar all on the salt sea.

Until we strike soundings in the channel of old England; From Ushant to Scilly is thirty five leagues.

—Ya estamos en casa —dijeron al mismo tiempo Sulivan y Stokes. Sonreían también. Todo el mundo sonreía. Hasta el puñetero Chaffers, siempre con la fusta en la mano, mostraba una mueca de satisfacción en su cara de perro bulldog. FitzRoy se apoyó en el pasamanos. Se había quitado el sombrero y los mechones de cabello, empapados de sudor y costrosos de sal, le caían por la frente. Se sentía viejo y cansado.

—¿Qué siente, Philos? Ya vuelve usted al hogar.

—Si le digo la verdad, Robert, me avergüenza confesar que siento lo mismo que al ver la costa de Brasil, o de cualquier otro lugar. No me sorprendería ver que en ellas no encontramos nada más que un miserable pueblecito portugués. Pero al tiempo, hay algo…

Había algo, sin duda. Darwin sentía que todo el sufrimiento que había padecido a lo largo del viaje no compensaba, en modo alguno, las ganancias que había obtenido de él. Porque no sólo eran cinco años de vida para él. También lo eran para sus familiares, para los amigos, y también para aquellos a quienes había llegado a apreciar durante el viaje y a los que posiblemente no volvería a ver jamás. Muchas de esas pérdidas estaban asumidas de antemano, pero no por conocidas dejaban de doler, y tan sólo el ansia por el regreso al hogar venía a compensar, aunque sólo fuera en mínima medida, las amarguras, el hambre y la sed, el confinamiento, el temor a morir… el mar no era sino un espantoso desierto azul que hasta los mismos marineros odiaban con rabia, y por más hermosas estampas que pudiera dispensar de cuando en cuando, había un límite para la hermosura impersonal y silenciosa que un hombre podía apreciar antes de perder la ilusión primero, la paciencia después y, por último, la propia cordura. Por los ojos del naturalista pasaban, con una velocidad aterradora, pequeños fragmentos de todo aquello que había vivido: la grotesca fertilidad de Brasil, la muerte y el silencio de las hogueras en la Tierra del Fuego, las manos destrozadas de un esclavo, los rostros pintarrajeados de los parientes de Jemmy Buttons, la mirada muerta de los aborígenes de Tasmania, las sonrisas traviesas de las muchachas de Buenos Ayres, la voz dura y exenta de humanidad del general Rosas, el gesto pétreo de las tortugas de las Islas Galápagos, una bandada de pinzones en pleno vuelo, la mirada de Dring mientras lo llevaban herido de gravedad a la Beagle, el brillo de la piel de una serpiente venenosa en la selva, el extraño ornitorrinco con su mezcla de caracteres, el gesto orgulloso de O’Hara mientras Stokes le quitaba las pistolas de sus manos, la isla de Tahití con sus hermosas mujeres desnudas, el llanto desgarrador del reverendo Matthews, la desolación del sur y el hielo, una partida de gauchos alrededor de una hoguera, la desolación de la Patagonia… poco a poco se acercaban a tierra, bajo una suave lluvia que poco a poco habría de convertirse en una ruidosa tormenta inglesa, y en las ondulaciones de tierra adentro creía ver un asomo de las tierras que ya había dejado atrás.

—Hay algo —repitió Darwin.

—Como despertar.

—No… como volver a soñar.

 

Decidida, diminuta, rechoncha y femenina, el 2 de octubre de 1836, bajo un gris aguacero y envuelta en canciones, tras una ausencia de cuatro años, nueve meses y dos días, la HMS Beagle regresaba a casa.

Estimada señora Villanueva,

El teniente Stokes, de cuya amistad me enorgullezco, me ha transmitido

por medio de una carta la desdichada noticia de su regreso a la maldita ciudad de Valparaíso, a la sombra de cuyos cerros malgasté tantas horas de mi vida. Por lo que he inferido en su misiva, he de suponer que el capitán O’Hara logró encontrarles a usted y al señor Lyndon en la populosa ciudad de Nueva York, donde tantas rebeliones contra la corona británica se han fraguado.

El capitán O’Hara es un hombre implacable. Si ha regresado usted a

Valparaíso, eso sólo significa que el señor Lyndon ha huido, o bien ha perecido a manos de nuestro común perseguidor. Conociendo como conozco a nuestro antiguo delegado comercial, no dudo de que, de haber podido escoger, habría optado por la primera de las opciones, aunque eso hubiera supuesto dejarla a usted atrás. Sin embargo, también soy consciente del terrible celo con el que el sicario de Portales les estaba buscando, y dudo mucho que le haya dado una sola oportunidad de defenderse.

Estas noticias me provocan, al mismo tiempo, una dolorosa congoja y una

extraña sensación, mi señora. Quizá sea alivio. Porque desde que he regresado a esta Inglaterra nueva y demente, me he visto asaltado por dos deseos por completo contrapuestos. El primero me impelía a verla a usted de nuevo, a poder bañarme en la luz negra y fría de sus ojos, que incluso ahora, en sueños, se me aparecen. Lo he deseado con tanta fuerza que he creído que podría hacerse realidad sólo con esa apetencia.

Pero no ha sido así.

El otro sentimiento ha sido, mi señora, el de verla a usted sufrir, y ver

sufrir al señor Lyndon. Y en el caso de este último, ignoro si el motivo era que le odiaba tanto que deseaba verlo muerto, o bien que deseaba que muriera para que usted sufriera tanto o más de lo que yo mismo he padecido, y que esa agonía la acompañara el tiempo suficiente para que mis deseos de satisfacción quedaran saciados.

No lo sé, mi señora.

Ignoro qué dispondrá Portales de su suerte, señora. Quisiera pensar que no

la matará, pero sobre sus designios nada sé. Lo mejor que le podría pasar sería un dorado retiro, encerrada de por vida en una mansión lujosa, rodeada de amantes. Eso sería lo mejor, mi señora, y aunque no le deseo el terrible mal de pasar el resto de su vida prisionera de sus actos, lo cierto es que una parte de mí que no admito como propia lo ansia con verdadera fuerza.

Y eso me asusta tanto como me complace.

Por mi parte, nada más queda por decir. Pronto dejaré este país, en el que

ya soy casi un extranjero, y viajaré a otras tierras. Quizás allí encuentre un poco de la paz que perdí en este maldito viaje, que jamás debí emprender. En cuanto logre culminar mis asuntos pendientes, seré un hombre libre, quizá más de lo que lo haya sido nunca. No será algo permanente, pero ahora ya no

me importa.

No me importa en absoluto.

Cuídese, mi señora Villanueva, aunque sé bien que lo hará.

Siempre suyo,

John Edward Dring,

en la ciudad de Londres,

1 de junio de 1837.