La travesía
Capítulo 3
D os fallos, inesperados como todos, vinieron a retrasar la partida de la expedición hasta la boca misma del invierno. El primer intento del 15 de noviembre y otro posterior, el 10 del siguiente mes, terminaron virando por través y recalando de nuevo en el puerto, bajo la protección de los oscuros brazos de la cínica y tabernaria Devonport, a la que nada podría ya sorprender. Del interior del buque surgió un Charles Darwin atrabiliario y pálido, con el peor de los mareos imaginables, bramando contra los cielos y arrodillándose a la altura de los imbornales para devolver al mar todo cuanto había desayunado.
Los siguientes días transcurrieron en un sinvivir lluvioso y frío; Musters y King, solícitos pero infantiles, lo acompañaban en sus paseos matutinos. El primero de los dos niños había sufrido tan horriblemente como el propio naturalista, y cuando se acercaba al puerto se le escapaba una mirada de puro odio hacia la causante de todos sus males.
Las lloviznas y la niebla, el viento y el frío, la suave sucesión de colinas grises y los bosques deshojados no ayudaban a hacer más soportable la espera. En tal situación, el naturalista encontraba lógico preocuparse por su futuro. Tal vez se había apresurado al aceptar el ofrecimiento de FitzRoy. ¿Qué sabía él, pobre inglés loco, de la mar, de los vientos, del sufrimiento y la angustia de las tormentas? Tan sólo por los retazos de los libros, las historias de los capitanes en las tabernas y los gritos de los marineros que se iban de la lengua cuando el ron les achicharraba la sangre. Nada más. Debía olvidarse de todas las pequeñas comodidades de la vida en tierra firme, descartarlas y convertirlas en un cuento para niños.
En ocasiones departía con el capitán, incluso comía con él. Como estaba acostumbrado a la buena mesa, entrar en la cabina de FitzRoy y deleitarse con una pitanza digna de un conde era el mayor de los placeres imaginables. FitzRoy, un hombre de alargado rostro aristocrático y mirada acuosa, guardaba unos fríos modales sobre los que se abría paso un espíritu beligerante que en más de una ocasión habría de ponerle en serios aprietos.
—Tonterías —respondía a los tímidos reproches que se le hacían sobre ese particular—. Sólo los cobardes y los pusilánimes abundan en amigos.
La presencia de Darwin no se debía a ninguno de ambos defectos. FitzRoy era un hombre supersticioso a su retorcido modo. Sabiendo que su tío, el vizconde de Castlereagh, y también el anterior capitán de la Beagle, Pringle Stokes, habían terminado con sus días mediante la poco elegante manera de cortarse el pescuezo de oreja a oreja y volarse la tapa de los sesos, respectivamente, había decidido que su salud mental estaba por encima de las disquisiciones morales. Darwin, en calidad de acompañante supernumerario y naturalista oficioso, debía ejercer de lenitivo para un espíritu inquieto y, quizá, maníaco.
—¿Qué le parecen mis indios, señor Darwin? —le preguntó al finalizar la comida. El naturalista, disfrutando todavía de los restos del postre, tardó unos segundos en recobrar el dominio de su lengua.
—Son unas pobres almas, capitán. Sin duda, la estancia en Inglaterra les habrá hecho mucho bien. Sin embargo…
—¿Sin embargo? Hable, hable. No sea tímido.
Darwin se retrepó en la silla; a través del magnífico ventanal de la cabina se divisaba una vista que, en contraste, no ofrecía mayor placer que el de un mar del color del acero frío, salpicado de ocasionales rociaduras de espuma.
—Me pregunto, capitán, qué derecho tenemos al obrar por ellos. Es cierto que son unos pobres salvajes y que, con la ayuda de Dios, podemos hacer mucho por elevarlos de su miseria. Pero me pregunto hasta qué punto serán felices ahora, que han visto lo que la civilización puede ofrecerles, regresando a su hogar.
—Comprendo sus reparos, señor Darwin, pero créame si le digo que, en este particular, he actuado con el mayor de los deseos filantrópicos.
—Ojalá tuviera yo esa seguridad, capitán —dijo Darwin, regresando al café, a los bollos y a la absorta contemplación de esa inmensa nada, salobre y ventosa, que bullía tras los imperfectos cristales. Quizás el joven aspirante a pastor para el descarriado rebaño inglés sintiera en el pecho el insidioso mordisco de la duda. Quizá pensara en su porvenir, en las oportunidades que había dejado pasar para convertirse en un hombre de provecho. Mientras vagabundeaba por las callejuelas que bordeaban el puerto, desoladas y sucias a esas horas posteriores al almuerzo, pensó en que la vida podía dibujarse, si es que esa metáfora fuera admisible, como un árbol altísimo con miles y miles de ramificaciones que el jardinero de turno se encargaba de podar cruelmente, eligiendo de cada dicotomía sólo un camino, que a su vez se ramificaba para ser de nuevo podado… y así ad aeternum, o al menos, hasta que el árbol cesaba de crecer, con todas las implicaciones fúnebres subsiguientes.
Discurrió, encadenando las ideas unas a las otras que sus propias decisiones, hasta aquel momento, no habían sido todo lo acertadas que pudieran ser. Había dejado pasar muchas oportunidades, había desperdiciado otras y se había conformado con una vida de mediocridad, de muy poco mérito. ¿Era el momento adecuado para descollar, para encontrar un motivo, cualquiera que fuera, para embarcarse en el viaje de su vida?
Era Rowlett el hombre más celoso de su intimidad y guardaba las cartas de Angélica como si de reliquias se tratasen. No obstante, eran tantas las misivas y, en ocasiones, tan prolijo su contenido, que se había visto forzado a trasladar muchas de ellas a lugares con una segundad mucho más dudosa… como el interior de sus libros de contabilidad, a los que Dring tenía acceso limitado. Ese pequeño descuido y la propia maña del muchacho para sortear dificultades tales como cerberos, arpías, cerraduras imposibles y otras lindezas hacían que las palabras de la muchacha criolla no cayeran en uno, sino en dos pares de ansiosos oídos que bebían cada una de sus fantasiosas descripciones de la vida provinciana en aquel Chile exótico como si de agua de mayo se trataran. ¡Chile! Dring ya soñaba con un país que no había visto nunca y que, en realidad, ni siquiera sabía dónde se encontraba, a excepción de lo que podían decirle los mapas. Pero los mapas no son retratos especulares de la realidad y sólo atienden a las razones de la navegación o de la geografía, que son razones poco humanas. Si Chile se encontraba más allá de un océano, al otro lado de unas montañas y cruzando el peligroso estrecho de Magallanes, eso habría de descubrirlo por sí solo.
Estimado, querido, muy querido señor Rowlett,
¡Me dice usted que partirán dentro de pocos días! Es una noticia que me
conmueve y estremece, que hace que los próximos meses parezcan transcurrir mucho más lentos de lo que sería natural en su discurrir, pero sabré que al menos tendrán fin. Espero que Dios Todopoderoso y la Virgen María les ayuden en el viaje, les protejan y lleven a buenos puertos. La mar océana es un lugar tenebroso y duro, al que nuestra ciudad de Valparaíso se asoma de vez en cuando, pero guardamos cuidado de no fiarnos de sus arteras promesas de riqueza o de aventura. ¡Tenga cuidado!
Mi situación, por otro lado, sigue siendo desesperada. El monstruo a quien
debo obediencia, por más que no amor ni devoción, emponzoña mis días con su maldad y su desprecio. Aunque no menor que su desprecio es el mío, con el que pago todas y cada una de sus ofensas. Insiste en tratarme como a una niña despechada por la que no siente más que una pasión carnal y execrable. Creo que no le he hablado en profundidad de este ser miserable con el que mi viejo padre cometió el error de desposarme, movido por la desesperación y las ansias de asegurarme una buena posición en la vida. Pero incluso casada con el más humilde de los calafates del puerto mi vida sería más agradable, ¡tanto es el odio que le profeso! Como ya le he referido, se llama este hombre Manuel Santiago Correa, y desde siempre ha pertenecido al bando de los pelucones, que es como aquí se llama a los hombres de talante conservador, de los que ahora secundan a Portales y sus adláteres. A los otros, que gustan de ser liberales, se los llama pipiolos por todo el mundo. No sé ni entiendo mucho de estas cosas, pero a mi modo de ver unos y otros están errados, aunque se considera poco edificante que una mujer tenga opinión en asuntos de política. Como usted bien sabrá, mi estimado señor, hace dos años sufrimos una verdadera guerra civil que enfrentó de un lado a los pelucones,
los estanqueros y los partidarios de O’Higgins, mientras que el bando opuesto era el formado por los pipiolos. Pues bien, verá usted que nadie resultó vencedor, sino ese monstruo llamado Diego Portales, de quien mi marido y amo es amigo y siervo leal. Ese Portales, hijo de aristócratas, es un hombre frío y despectivo, con el rostro afilado y los ojos tan claros como el hielo. Dicen que quedó destrozado tras la muerte de su esposa y que desde entonces ni siente ni padece, pero yo creo que nació siendo lechón y morirá siendo marrano. Fue Portales quien aniquiló a todos los partidos políticos, quien alzó a Prieto y a Ovalle a los laureles del poder, quien… oh, son tantas las maldades que ha cometido que si las narrara todas, hundiría su barco con el peso de las páginas. Sólo decirle, mi querido Rowlett, que por su mandato todos los liberales que se le podían oponer, mi padre entre ellos, fueron exiliados de este lugar que algunos llaman país y yo ahora llamo cárcel. Mi pobre padre, enfermo, no pudo soportar la deshonra y murió al cabo de unas pocas semanas.
Mi esposo, este monstruo apellidado Correa, y nunca hubo mejor apellido
ni más adecuado, siempre ha estado al lado de este Portales, que el diablo se lo lleve pronto y lejos, le ha prestado apoyo y ayuda financiera e insiste en arrastrarme a todas las fiestas y bailes que organiza. Fue en una de ellas donde tomé convencimiento de que toda la maldad que existe en el mundo se ha concentrado en él. ¡No lo sabe usted bien, mi querido señor Rowlett! La recepción la organizaba el Gremio de Comercio de Chile, que aquí llaman «El Consulado», y la anfitriona era una mujer llamada Constanza de Nordenflicht, que pasa por ser la barragana de Portales. Nadie lo dice en voz alta, pero todos los saben. El muy ladino aduce que los hombres de gobierno han de ser morales e íntegros, pero se da el gusto con esa furcia… pero perdone mis palabras, que expresan toda la rabia que siento en estos momentos. La tal Constanza, una teutona alta y opulenta, un cardo entre amapolas, defendía con uñas y dientes la actuación de su querido y el resto de los Estanqueros en el vergonzoso caso de la concesión del monopolio del tabaco (del que ya le he hablado a usted, mi querido amigo), y nadie se atrevía a contradecirla. ¡Es una auténtica arpía! Los canapés eran horribles y el vino estaba picado. Portales andaba de un lado para otro, zumbón y malhablado como un granuja de puerto, y desafiaba a los presentes a que refutaran sus ideas políticas. Cuando uno de los comerciantes, un hombre bajito y melancólico llamado Rosas, preguntó qué ideales eran ésos, le respondió que las cosas políticas no le interesaban, pero que podía y debía censurar los actos del gobierno cuando no le eran convenientes. La democracia, en opinión de esta bestia sanguinaria que mató a cientos en Lircay, aseguró que era un gobierno de ilusos y que el único destino de Chile era una república de hombres sensatos y juiciosos, con regentes que sean modelos de virtud y patriotismo. Y todo esto lo aseveraba el
muy canalla cogido de la mano de su barragana, ofreciendo un espectáculo obsceno a los invitados. Huelga que le diga que la Nordenflicht estaba henchida de orgullo. El comerciante bajito insistió en el principio de autoridad bajo el que debía operar el gobierno, y Portales contestó que ese principio debía ser «el peso de la noche», algo que alarmó mucho a los presentes.
¡Pero eso no fue todo! Porque poco después de la cena, cuando las
mujeres estábamos a punto de retirarnos con la propia Nordenflicht y su hueste de admiradoras rubias e idiotas, el ogro se levantó con una copa en lo alto y bramó que con ley o sin ella, a la señora que llamaban Constitución había que violarla cuando las circunstancias lo requirieran. Y después añadió, ante el silencio horrorizado de todos, que eso debía hacerse en pro del bien general.
Sin embargo, mi maravilloso confidente, no todo fue horrible esa noche.
Más tarde tuve la oportunidad de hablar con el viejo Saldaña, que fue un protegido de O’Higgins y alberga en su cabeza vieja y calva más cerebro que todos los pelucones juntos. El venerable señor es muy anciano (¡ya tiene noventa años!), pero todavía mantiene la cabeza lúcida y camina por el malecón todas las mañanas para despejarse de los vapores del sueño y de los licores que todavía bebe. No fuma, eso sí, pues considera como yo que el tabaco es pernicioso y molesto. Saldaña me confirmó que el verdadero poder en la sombra en este Chile convulso y gris no es otro que Portales, a quien todos obedecen y temen, incluso en el vecino Perú. Saldaña no tiene miedo a hablar en voz alta, incluso pese a las amenazas de los cívicos, que le califican de traidor, amigo de españoles e ingleses y cosas aún peores, y no crea que intento ofenderle con estas palabras, mi muy querido amigo, pero es lo que se comenta en estos lugares. Al día siguiente tuve una interesante charla con Tomás Alfonso Rebolledo, de quien ya le he hablado en más de una ocasión. Es un magnate del nitrato y está felizmente casado con mi prima Adelaida. ¡Me comunicó que van a tener un hijo! Dentro de cinco meses, así que nacerá en primavera, una época excelente. Me alegró la mañana y me hizo irme a la cama con una sonrisa en los labios, sonrisa que le transmito a usted en estas líneas. La llegada de una nueva criatura siempre es un motivo de alegría para nosotras, las mujeres, aunque si lo pensáramos de un modo frío nos daríamos cuenta de que, en realidad, hay pocos motivos para festejar esos nacimientos. Nada más nacer, condenamos a estas inocentes criaturas a una pléyade de sinsabores, decepciones, torturas y engaños, los arrojamos como sacrificio a unos leones que nada tendrán de clementes y celebramos con su inocencia un holocausto que nos nutre… pero me estoy desviando del tema, debe disculpar mi verborrea, ¡son tan pocas las ocasiones en las que me puedo explayar, en las que puedo confiar mis más íntimos sentimientos! Como le iba contando, el señor Rebolledo me hizo partícipe de una declaración del propio Portales en
la que aseguraba que el mal de este país era que la mayor parte del pueblo creía en Dios, cuando en realidad en quien debían creer era en los curas. ¿Se lo puede creer? A veces me asombra el grado de iniquidad al que pueden llegar nuestros próceres. No dudo que algunos tengan buenas intenciones, pero en ocasiones creo que lo único que tienen en mente es enriquecerse a costa de los pobres diablos que no tienen más remedio que agachar la espalda y someterse, siempre someterse.
Le esperaré con ansias, señor Rowlett, y cada día será como un año. Dese
prisa, y prométale el oro y el moro a los vientos si logran acelerar su viaje, aun cuando sea un año.
Siempre suya, trémula, afectísima,
Angélica Villanueva Alcázar,
en la ciudad de Valparaíso,
15 de octubre del año del Señor de 1831.
Dring cerró con cuidado la carta. En sus oídos, melifluas, resonaban las campanas del cambio de guardia y el paso de los jóvenes guardiamarinas camino de la cubierta. Las últimas mujeres que quedaban a bordo se marchaban a sus casas, en tierra firme, donde se arroparían entre niebla y sueños pesados. Los grumetes, borrachos como abejas, zumbaban en alguna parte, reían y cantaban sin saber lo que decían.
La HMS Beagle estaba pronta para zarpar.