La travesía

David López · Capítulo 43 de 47

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La travesía

Capítulo 42

 

De entre todos los hijos de perra que abundaban al sur del Mar de la Plata, el nostramo Uribarri era uno de los peores. James Ryan, quien creía haber cambiado su suerte a mejor enrolándose en la tripulación de la Gaviota, un mercante español que hacía la ruta entre Valparaíso y Montevideo, pronto descubriría que no había hecho sino cambiar el presidio manso y monástico de Chiloé por un infierno flotante.

—¡Nada de haraganear aquí! —le había dicho el nostramo con una sonrisa de dientes ennegrecidos—. Aquí uno se embarca para trabajar, y por mis cojones que vas a partirte ese estirado espinazo, ¿me oyes?

La Gaviota era una polacra muy poco marinera, rechoncha como el vientre de un pato y muy dada a darse media vuelta por avante cuando las olas sobrepasaban los veinte pies. Transportaba lo primero que tuvieran a bien en estibar en sus bodegas, lo que fuera con tal de mantener a la Gaviota en un constante trajín. El patrón era un viejo andaluz de mirada acuosa y rala barba blanca, Guzmán de Villalonga, que se pasaba borracho todo el tiempo que no empleaba en dormir. Cuando lograba despertar, Villalonga desgranaba una sarta de incoherentes historias en las que él mismo era perenne e imposible protagonista. Sin embargo, la mayor parte del tiempo se la pasaba con la mirada perdida en ese punto del horizonte en el que el mar y el cielo comulgan a regañadientes.

La Gaviota se encaminaba hacia el sur. Tras atracar en Chiloé y almacenar en sus bodegas un cargamento de nitrato de chile, se dirigiría hacia Montevideo. La pequeña Joe había partido hacía ya muchos meses, y si James quería regresar a Inglaterra tendría que aguzar el ingenio. Por tanto, la Gaviota había sido una elección forzosa. Carente de conocimientos navales, había sido inscrito en el rol como grumete. La primera semana había resultado tan dura que el mismo James había deseado esa muerte que el resto de la tripulación consideraba como el verdadero puerto de arribada de sus penurias. Las guardias se disponían de modo que apenas disponían de cuatro horas seguidas para dormir. Las incesantes tormentas convertían el mar en un alborotado lecho de espuma en el que se alzaban olas de treinta pies de altura. La mitad de la tripulación padecía escorbuto y tisis; la otra mitad se arrastraba entre hernias, males hepáticos, pelagra y la simple locura. Tras un par de días llegó una tregua inesperada: un casco macizo y la jarcia de un buque de guerra.

—Chilenos —dijo uno de los marineros—. Que Dios los confunda.

—¿Qué nos harán? —preguntó el muchacho.

—¡Quién sabe! Tal vez nos dejen marchar, o tal vez nos maten a todos y hundan la polacra. —La idea de una muerte rápida parecía agradar al marinero—. ¡Ojalá!

James se aferró a los obenques, aguzando la vista. Era un barco de tres palos, el doble de grande que la Gaviota y aparejado para ser veloz y mortífero en aquellas aguas negras y revueltas. Se encontraba lejos, casi allí donde se perdía la vista en el horizonte, y no daba signos de querer virar para seguirlos.

—No viran —dijo alguien.

—¡Nos dejan en paz!

—¡Al trabajo, holgazanes! ¡Mirando no hacéis nada! —Uribarri sacudió golpes y patadas hasta colocar a cada marinero en su puesto. El viento cobraba intensidad y la espuma que arrancaba de las crestas de las olas se adhería a la cabuyería de la nave, encrespándola de sal y frío. James corría a cumplir con sus encargos, esquivando a los marineros y agachándose cuando una ola reventaba contra la proa y se vaciaba por los imbornales. El cabeceo de la polacra era tan intenso que al descender al seno de las olas el estómago le trepaba hasta la garganta. Cuando se detenían, allá en el fondo de la marejada, la siguiente ola se agigantaba hasta semejar una montaña que parecía estar a punto de desplomarse sobre ellos.

—¡Nos sigue! ¡Ese cabrón nos ha seguido! —gritó alguien. Los marineros miraron hacia popa, con distintos grados de espanto reflejados en sus ojos. A dos o tres millas de distancia, un fantasma de velas grises entre la lluvia, el navío chileno les seguía como un perro de presa.

 

La persecución los llevó a adentrarse en el sur mucho más de lo que habían previsto. Era Uribarri quien había tomado las riendas del barco, mientras que el patrón Villalonga se limitaba a permanecer en popa, con los ojos clavados en la corbeta chilena.

—Es como el mismo demonio —gruñó el patrón—. Vamos, muchacho, ayúdame con los cañones.

James y dos grumetes más trasladaron las culebrinas a la popa del barco, donde quizá pudieran hacer algo más que estorbar en las maniobras. Mientras trataban de encontrar pólvora que no se hubiera echado a perder en las tormentas, la corbeta comenzó a disparar contra ellos. Pronto las redondas bañas de ocho libras comenzaron a hender las aguas a poca distancia de la polacra.

—¡Traed balas, metralla, todo lo que le podamos lanzar a ese hijo de perra! — gritó el patrón—. Quizá podamos acertarle en el ojo a su artillero, o quizás en algún sitio más doloroso, ¿no lo crees, barbián? ¡Vamos, vamos! ¡Daos prisa!

Las olas parecían ahora todavía mayores. ¿Cuánto más podían crecer antes de que se tragaran la polacra y todo su contenido? Ascendían por la pared de espuma, rodeados de silentes albatros de plumas grises, y tras ellos la corbeta descendía hacia el seno de la ola que ellos mismos acababan de abandonar.

—¿Y la pólvora?

—Tenemos sólo un par de sacos, patrón.

—Poca cosa me parece. Pero a lo mejor podemos hacerle un desconchón o dos a ese malparido.

Una nueva cascada de agua les aplastó la cabeza entre los hombros, robándoles el aire… cuando parecían a punto de perder la conciencia, el rugido del viento y un nuevo cañonazo les indicaron que seguían vivos. Cargaron metralla y abrieron fuego contra la corbeta; a medio camino de la proa se perdió una rociadura de eslabones de hierro y postas. Los chilenos respondieron con un certero cañonazo que fue a destrozar un buen pedazo del coronamiento de popa, arrojando una lluvia de astillas contra una brigada de gavieros. La inevitable ola los arrastró a todos, mutilados y ciegos, hacia una muerte rápida y fría, y ni siquiera dejó de ellos el rastro de la sangre.

Una cadena de olas, altísimas, como árboles, bastó para que Uribarri decidiera prescindir de todas las velas salvo el juanete del trinquete. A intervalos irregulares hendía los cielos un relámpago violáceo. Bajo aquella luz demoníaca, la corbeta se hacía más y más grande.

—Cazadora. La corbeta se llama Cazadora. Mal nombre, vive Dios.

Otro muro de agua pulverizada y entre ella, un cañonazo que envió por los aires a dos gavieros, junto a los restos de una verga. Hubo un estrépito de poleas, cabos y palos rotos, y los marineros corrieron de inmediato con hachas para liberar a la polacra del peligroso nudo de deshechos en que navegaba.

—¡Cortadlo todo!

—¡Con brío, con brío!

El patrón apuntó con cuidado y disparó una bala hacia la corbeta. Entre el humo blanco y acre de la detonación, James no pudo verla, pero uno de los grumetes dio un brinco, gritando en medio del estruendo.

—¡Le hemos dado! ¡He visto astillas! ¡Le hemos dado! ¡Hurra!

La corbeta no parecía haber sufrido ningún daño, y los dos siguientes cañonazos estremecieron a la Gaviota hasta los baos más hondos. Una astilla voló a través del combés para hincarse como una pica de lanza en el cuello del timonel. Privada de su gobierno, la polacra comenzó a virar lentamente por el través, empujada por los vientos y las olas. James saltó hacia el timón y lo agarró con fuerza de las cabillas, luchando como un condenado para enderezar su rumbo.

—¡Se acercan! —gritó el mismo grumete que antes había vitoreado el disparo del capitán—. ¡Están encima!

James podía escucharlo: el tajamar de la corbeta rompía las aguas a pocos metros de la popa, y se sentían discretas detonaciones que sólo podían ser mosquetes abriendo fuego… se agarró con fuerza al timón y, por primera vez en mucho tiempo se encontró rezando con el fervor del ateo, confiando su vida, su salud y su futuro a un dios en quien no creía, en unas circunstancias en las que toda fe era bienvenida. La siguiente andanada de cañonazos hizo volar por los aires buena parte del castillo de popa de la Gaviota. Las astillas volaron alrededor de James, aunque por milagro o por capricho, ni una sola le rozó. La siguiente ola se acercaba, tan rápida, tan amenazante, que le parecía que no sería capaz de enderezar la nave lo suficiente para salvarla. El agua, pulverizada y convertida en una lluvia de diminutos cristales de hielo, le golpeó desde todas las direcciones al mismo tiempo. Cuando pudo respirar, se percató de que seguían de una sola pieza: habían sorteado la ola y encaraban en mejor disposición la siguiente. La corbeta estaba tan cerca que casi podían ver los ojos de los marineros chilenos, prácticamente navegando a tocapenoles.

—¡Patrón, agárrese! —gritó, virando todo a babor, hacia la corbeta. A bordo de la Cazadora hubo un momento de espanto al percatarse de que el bauprés de la polacra iba a destrozar la arboladura del trinquete, como si de un espolón de galera se tratara. Las dos naves chocaron por un momento y después se separaron, como dos perros que miden sus fuerzas a empellones. Pero el daño ya estaba hecho. La mayor parte de la cabuyería de proa de la corbeta estaba destrozada sin arreglo posible, y las velas se rasgaban y salían volando como legiones de fantasmas. El palo de trinquete parecía a punto de caer y todas sus vergas se desplomaban sobre la cubierta, atrapando bajo ellas a los gavieros, arrojando sus cuerpos a unas aguas que, más que nunca, se abrían como fauces de dientes negros.

—¡La dejamos atrás! —jadeó un marinero—. ¡Bendita sea la Divina Providencia! ¡Estamos salvados!

James no acertaba a pronunciar palabra alguna. Durante el breve momento en que las dos naves habían chocado, había creído ver que el capitán de la Cazadora le estaba mirando con una expresión de intenso odio… y se preguntó qué podría haber hecho para merecer algo así.

 

—Conozco este lugar.

Una bahía angosta, montañas altas y peladas, decenas de fuegos salpicando la lejanía y mesnadas de cuerpos morenos y desnudos corriendo por las playas, gritando y señalándoles con lanzas y cuchillos que habían robado a previas tripulaciones.

—¿Y cómo es eso, muchacho?

—Otro viaje, hace tiempo.

Tras dejar atrás a la malherida corbeta chilena, la Gaviota había doblado hacia el norte, buscando de nuevo las costas de Sudamérica. La Tierra del Fuego. Cuando creía haberla dejado atrás para siempre, regresaba al hogar de Jemmy Button en una circunstancia por completo distinta, pero no mejor. Quizá él, Fuegia y York estuvieran en las cercanías, al calor de uno de aquellos fuegos…

Uribarri no parecía muy conforme con el recibimiento de los fueguinos. Había abierto fuego contra la más cercana de las canoas, y parecía dispuesto a degollar con sus propias manos al primer indígena que se le acercara. El patrón Villalonga, por su parte, había regresado a su monumental borrachera. Su comportamiento errático no hacía más que irritar al nostramo, quien terminaba por pagarlo con los marineros a golpe de patadas y azotes. Al descubrir a James mirando sobre la borda hacia los fueguinos, le asestó un bofetón que a poco estuvo de saltarle un ojo.

—¡Muévete, mocoso inglés de mierda! —le aulló—. ¿O es que quieres que te tire al agua para que esos amiguitos tuyos te sodomicen?

Las atenciones de Uribarri con James rozaban en ocasiones la pura ofensa, sin previa provocación, sin torpeza ni descuido. Quizá sabedor de que el muchacho estaba al límite mismo de su tolerancia, el nostramo se complacía en aguijonearlo, en azuzarlo e insultarlo para observar cómo palidecía y apretaba dientes y puños en un casi vano intento por tranquilizarse.

Atracaron en una pequeña cala en la que las olas, heridas de muerte tras atravesar una angosta abra entre dos farallones de roca, lamían la costa con persistencia perruna. Un pequeño grupo de fueguinos los miraba sin emoción aparente, tan pétreos como la misma tierra en la que malvivían.

—Malditos monos —gruñó—. Ladrones, gusanos. ¡Son peores que gitanos!

No sería ése el único incidente que tendría con los fueguinos. Movidos tanto por la curiosidad como por una codicia primaria, los indígenas abandonaban sus hogueras en las laderas de las montañas y acechaban la Gaviota durante la noche. Lograban trepar a la cubierta y robar lo primero que encontraban. Con cada hurto, el enfado de Uribarri crecía, y crecían también los castigos con los que trataba de imponer la brutal disciplina que creía necesaria.

 

Apenas podía dormir; con la espalda desollada y un dolor incesante instalado donde moría el cuello, James optó por subir a cubierta y observar el lento vals de hogueras y sombras que se producía allí donde no alcanzaban mosquetes y fusiles. Prefería, no obstante, ese baile silencioso y funesto al recuerdo de la travesía.

Los desperfectos que las tormentas y los cañonazos habían provocado eran tan cuantiosos que hubiera sido un verdadero milagro que se mantuvieran a flote un día más. Cuadrillas de marineros se turnaban para empalmar y guindar los mástiles, mientras otros cazaban y pescaban lo que buenamente podían.

—Señor Ryan. Eh, señor Ryan.

La voz le distrajo de inmediato de sus negros pensamientos. Nadie a bordo de la Gaviota conocía su apellido, y mucho menos le hubiera llamado señor. Se asomó y miró hacia abajo. Allá, en una pequeña canoa, había una familia entera de indios fueguinos, embozados y silenciosos, sin el perenne fuego que ardía siempre en sus embarcaciones. Tan sólo sus ojos, óvalos blancos, eran visibles sin asomo de duda.

—¿Jemmy? ¿Eres tú, Jemmy?

—Soy yo, señor Ryan. Reconocer de lejos. —El muchacho mostraba en sus rasgos impasibles una sonrisa estremecedora—. ¿Volver con capitán FitzRoy? Capitán dijo que no dejaría solo a Jemmy.

¡Pobre diablo! Creía que la polacra venía a buscarlo. James se aseguró de que nadie los estaba observando y se asomó todavía más. Con el antiguo miembro de la tripulación de la Beagle se encontraban dos personas más: una mujer rechoncha y bajita como un garbanzo y un niño de pecho que mamaba del pecho de ésta. Pobre, pobre Jemmy, creyendo que FitzRoy había regresado para llevárselo con él a Inglaterra, junto a toda su familia.

—El capitán no está aquí, Jemmy.

—¿No vendrá? —La decepción que mostró su cara fue tan intensa que James sintió el escozor de la vergüenza—. ¿Se ha olvidado de Jemmy?

—No, Jemmy, no se ha olvidado de ti. Vendrá a buscarte. Pero está muy ocupado ahora mismo.

—Pero no se olvida.

—No, no se olvida.

—Bien. —Jemmy volvió a sonreír—. Si el capitán dice que volverá, Jemmy lo cree. Si el capitán dice que no nos abandonará, lo creo.

—Lo creo —repitió la mujer, aunque ella no sonreía. El fueguino se lanzó a una breve relación de los hechos que habían ocurrido desde que la Beagle los dejara allí. York y Fuegia se habían marchado lejos, a otro país del que Jemmy no sabía nada. Un ballenero francés había llegado un mes atrás y había disparado contra ellos. Jemmy todavía hablaba inglés, como los caballeros, y su familia comía con cuchillo y tenedor.

—¿Y el señor Dring?

—Rumbo a casa, Jemmy.

—Casa. —El fueguino paladeó la palabra como si de un trago de néctar se tratase —. A veces creo que mi casa está aquí, pero otros días pienso que no. Que ya no tengo casa en ninguna parte.

—No, Jemmy, no lo sé. ¿Por qué…?

—¡Ajá! —Un tremendo golpe lanzó a James contra la borda, golpeándose la frente con una fuerza espantosa. Las manos del nostramo Uribarri lo lanzaron contra el palo mayor, con un crujido de huesos—. ¡Confraternizando con los salvajes!

—Déjeme que le explique, no…

—¡Que el salvaje no se escape! —gritaba Uribarri, ya sin prestarle atención alguna—. ¡Ja! Ya me olía yo algo así, que putas y frailes andan a pares, y todos a bordo sabemos lo que eres tú, inglesito de pacotilla. ¿Pretendías vendernos como nos vendiste a los chilenos? Esa corbeta que nos perseguía… ¿qué tienes que ver con ella?

—Nada, yo…

—Y no contento con eso, nos vendes a los salvajes por menos de treinta monedas de plata, Judas. ¡Aherrojad a este hijo de perra y tiradlo a la bodega!

—¿Y qué hacemos con el salvaje, nostramo? Ha salido disparado como alma que lleva el diablo.

Uribarri no tardó mucho en decidirse. Contemplaba las estrellas, fijas, frías, impasibles, con algo que se parecía demasiado a la determinación del asesino.

—Vamos a cazarlo. No irá muy lejos.

 

Al menos ya no le azotaban, aunque apenas podía moverse tras la espantosa paliza que Uribarri le había regalado.

—Te quedarás aquí hasta que encontremos a tu amigo salvaje —le había dicho el nostramo—. Y cuando lo atrapemos, os colgaremos a los dos.

James lo habían encerrado en uno de los sollados, tras una tosca reja que el herrero del barco, un tal Velázquez, había improvisado con cuatro remiendos de hierro y mucha mala saña. Cobardes como el que más a la hora de la verdad, toda la tripulación se alegraba, en su fuero interno, de que la ira del nostramo se cebara en él. Tan sólo el patrón parecía indiferente a su suerte. Se había mudado con armas y bagajes al sollado, y le observaba desde el lado bueno de la reja, con su botella, su borrachera, su mansa sonrisa de borracho y un canturreo muelle en los labios.

—Estás bien jodido —le dijo, y fueron las únicas palabras coherentes que pronunció en todo el día. James no esperaba nada más: hasta pensar le dolía. Por un instante deseó no haber salido nunca de la Beagle. Los abusos, las noches sin dormir, la terrible vergüenza… todo se le antojaba un pequeño precio por la seguridad de poder regresar a su casa.

Uribarri regresó a la noche: no habían logrado encontrar a Jemmy, y los fueguinos, emboscados, habían logrado herir a uno de los marineros con una lanza. Sus gritos duraron hasta el amanecer, hasta que entró en un sueño pesaroso y febril del que ya no despertaría.

—Tu amiguito nos la ha jugado.

—No es mi amigo.

—Cierra la boca, Judas. A ti y a él os daré lo vuestro… ajo entero salta del mortero, y me parece que tú eres de esa clase de hijos de puta, ¿no?

La rabia de Uribarri eran tan ciega como implacable; hombre capaz de desollar a uno de sus hombres si con ello creía obtener alguna clase de beneficio, ¿qué no haría con James? El muchachito cerró los ojos y sólo los abrió para ver de nuevo al patrón, sentado al otro lado de los barrotes, observándole con los ojos entrecerrados.

—Se ve que estoy metido en un buen lío —se dijo James—, ¿no es así?

El patrón sonrió, malicioso, pero no nada salió de sus labios salvo sus usuales murmullos. Poco le podía importar a James. Lo único que quería era regresar a Inglaterra, a un lugar en el que no sentirse un extraño en tierra extraña, en el que cada hombre con el que se encontrara no albergara la tentación de herirlo, de humillarlo o de matarlo.

El nostramo regresó a la caída de otra noche; la caza seguía resultando infructuosa pese a todos sus esfuerzos. Jemmy y su familia les llevaban ventaja dondequiera que fueran, y el resto de las familias fueguinas, ahora decididamente hostiles, les hacían llover flechas y lanzas con la peor de las intenciones.

—Pero yo le daré lo suyo —aseguró Uribarri, ennegrecido el rostro por la rabia y la impotencia—. Vaya que si le voy a arreglar las costas… nadie se burla de mí, y mucho menos un salvaje medio mono.

James hubiera podido advertirle de que aquel «medio mono», como lo llamaba, con la ayuda de sus familiares y sus hermanos de tribu, podía acabar con toda la tripulación de la Gaviota a poco que se esforzara. Sin embargo, los planes del nostramo eran otros, y bien distintos.

—Nos ayudarás a capturarlo —le dijo a James—. A ti te conoce. Le atraerás hasta nosotros y entonces le meteremos tanto plomo en el cuerpo que parecerá un santo. Y lo harás sin rechistar.

—No lo haré.

Uribarri le asestó un bofetón tan violento que lo lanzó contra las cuadernas del casco. James se retorció de dolor durante unos instantes, con la vista nublada y la sensación, extraña e invencible, de que iba a estallarle la cara.

—Lo harás.

—Váyase al diablo.

Algo duro le golpeó en la sien con la fuerza de un mazazo. Rodó por el suelo hasta quedar hecho un ovillo, desmadejado por completo, a punto de desmayarse. Quiso caer en la oscuridad, la buscó con ahínco, pero los golpes de Uribarri le trajeron de nuevo a la realidad. El nostramo le había agarrado por la mugrienta solapa de la chaquetilla y le descerrajaba a puros huevos bofetada tras bofetada, mientras de entre los labios se le escapaban hilillos de saliva. James, de un modo inconcebible, sonrió.

—¿De qué diablos te estás riendo? ¡Harás lo que te digo, te guste o no!

El muchacho se derrumbó como si le faltaran los huesos en el interior de las piernas. El dolor que le carcomía el interior del pecho no le impedía seguir riéndose, como un loco, de modo que pareciera que su vida, su muerte, su destino y su suerte se le daban un comino, y que tan sólo el cielo estaría allí para acogerlo cuando decidiera rendirse. Vomitó débilmente, y entre las gruesas lágrimas que empañaban sus ojos vio cómo el nostramo Uribarri se acercaba hasta él, le asestaba una patada en la boca y, acto seguido, se quitaba el cinturón y los pantalones, con un gruñido que sonaba tan familiar en sus oídos que estuvo a punto de rogar por la muerte, antes que sufrir de nuevo aquella ignominia.

Pero no murió.

 

El patrón seguía allí. Inmóvil como una estatua tallada en vieja madera renegrida, con su botella, su pichel y sus ojos opacos.

—¿Estoy muerto? —preguntó James. Esperaba que la respuesta fuera afirmativa. Durante una semana había soportado las visitas del nostramo Uribarri, todas ellas idénticas, todas ellas capaces de sumirle en un intenso dolor que nacía más en el pecho que en su cuerpo—. ¿Patrón?

Calló. Un silencio extraño, innatural, se había adueñado del sollado. Un barco, incluso un barco anclado en una bahía con gran parte de su tripulación en tierra, no es un lugar reposado. Las cuadernas crujen, las velas gualdrapean, suenan silbatos y campanas y se escuchan las toses, voces y murmullos de sus almas, tanto las vivas como las muertas. No es un cementerio un barco, pero en aquellos instantes…

El patrón estaba muerto. Alguien le había rajado el cuello de oreja a oreja y la sangre, oscurísima, había formado a sus pies un charco ahora espeso como la mermelada a medio cuajar.

—Señor Ryan. Señor Ryan.

—¿Jemmy? ¡Dios mío! ¿Has sido tú…?

Ahora podía ver más sombras en la propia sombra del sollado; figuras chaparras, desnudas e inexpresivas, armadas con toscas lanzas, cuchillos y grandes piedras que sin duda usaban a modo de mazas. El más próximo de los fueguinos podía ser, o no, Jemmy Button. No había manera de saberlo.

—Jemmy liberar a señor Ryan —dijo el indio, acercándose a él con los andares algo torpes de un pato. Jemmy se acercó a los barrotes y, con la ayuda de una de aquellas piedras, destrozó el cerrojo a golpes que sonaron como tañidos de campana.

—¿Has matado al patrón, Jemmy?

—Era un hombre malo, señor Ryan. No me gustan los hombres malos y tontos. Hacen daño a Jemmy cuando Jemmy no les ha hecho daño antes. Yo enseño a mi familia, les enseño a no robar, a decir la verdad, a comportarse como hombres blancos, señor Ryan. Pero luego son los hombres blancos los que se comportan mal. ¿Cómo es eso? Jemmy no lo entiende. Me pone triste. —Algo cruzó por su rostro, rápido como un rayo, quizá el esbozo de una emoción—. Ahora, vamos.

—¿Dónde?

—Lejos. Otro barco se acerca, a oscuras. —Los ojillos de Jemmy, habitualmente tan vacíos de toda expresión humana, en aquellos instantes brillaban con una comprensión demasiado penetrante—. Debemos irnos, ya.

Subieron a cubierta; James tropezaba y jadeaba a causa de sus heridas, y apenas podía dar un par de pasos sin apoyarse.

—A la canoa, rápido.

—No puedo —gimió James—. Estoy…

Jemmy no perdió el tiempo en explicaciones. Se echó a James al hombro como si de un saco de carbón se tratara, y descendió hacia la canoa por la misma cuerda que habían usado para subir a bordo. El resto de la familia había saqueado a conciencia la polacra y se llevaban tenedores, cucharas, cuchillos, tazas y largas frazadas de tela blanca, yardas y yardas de algodón, de dril y de lino.

—Ahora a salvo —dijo Jemmy, con una sonrisa.

La Cazadora, sólo podía ser ella, llegó poco antes del alba, envuelta en jirones de niebla. Jemmy y su familia dormían sin preocupaciones ni miedos, al calor de su pequeña hoguera, en lo alto de una de las lomas que rodeaban la cala. No se despertaron en ningún momento, ni siquiera cuando comenzaron los cañonazos.

—¿Por qué…?

No había respuesta posible para una pregunta que no era sino retórica. La Cazadora, en completo silencio, se colocó junto a la Gaviota y descargó toda su batería de babor. Aprovechó el viento, viró y descargó la de estribor. No hizo falta mucho más: la polacra se hundía, desarbolada e inerme como un pez destripado. James sintió un escalofrío de terror: tenía la convicción de que la Cazadora lo buscaba a él.

Los siguientes días, James vagó por los alrededores de la cala, pidiéndole al cielo una explicación que necesitaba, aunque tan sólo fuera para exonerar su alma de cualquier posible culpa. Aunque ignoraba el motivo, no podía sino creer que alguien le buscaba con ánimo de matarlo… y que esa brutal inquina tal vez tuviera que ver con los turbios asuntos que su hermanita y el señor Dring se habían traído entre manos. Poco le había explicado ella en Chiloé, pero se barruntaba mucho más de lo que hubiera podido parecer. Y si habían ofendido en Chile a alguien lo bastante poderoso como para mandar buques de guerra en su búsqueda…

—Que Dios nos proteja.

Seguía vivo, si eso significaba algo. Si tenía hambre, Jemmy y su esposa estaban encantados de acogerlo a su frugal mesa, ilusionados los dos de poder demostrar sus habilidades con cuchillos y tenedores, de poder dejar clara la diferencia entre ellos y sus hermanos salvajes. Si tenía frío, podía acercarse a su fuego. Si tenía sed, había ríos y agua en abundancia, tan gélida y clara como sólo lo es el agua que acaba de fundirse de un glaciar. Tenía todo cuanto necesitaba para sobrevivir.

Regresó a la cala; los restos de los cadáveres de la Gaviota, devorados a medias, le devolvían hoscas miradas vacías, amojamadas. James creyó que le pedían una última tarea, y tras meditarlo, no le pareció descabellada. Durante una larga semana se dedicó a recogerlos y amontonarlos, formando una irregular pirámide de madera, lona y hierro retorcido. Llegó el turno de los cadáveres. Los colocó sobre la monstruosa pira, uno por uno, sin importar su rango ni la condición que habían tenido en vida. Si la muerte juzgaba por igual a ricos y a pobres, él no iba a ser menos en su oficio de enterrador.

la noche, la pira ardía tan alto, tan fuerte, que hasta las estrellas palidecían. Los fueguinos se habían acercado de los alrededores, en su habitual mudez, con los ojos llenos de chispas naranjas que bailaban y revoloteaban al son de la descomunal hoguera. Al llegar la mañana el montón de cenizas y tizones todavía humeaba y desprendía un terrible calor. No muy lejos, ya solo y exhausto, James dormía sin imágenes, sin sueños ni temores, tan abandonado que no se percató de la llegada de una chalupa, ni de los pasos que se acercaron hasta él.

—¡Válgame Cristo! —dijo una voz inglesa, tan ronca como jovial—. ¡Pero si es el joven James Ryan! El mundo es un pañuelo, ¿verdad, señor Forsyth?

—Vaya si lo es, señor Usborne —replicó otra voz, ésta aniñada y frágil—. Recojámosle y llevémoslo lejos de aquí. Es un milagro que haya sobrevivido entre estos salvajes. ¡Qué frío tan horrible! Se me mete en los huesos.

James no abrió los ojos en ningún momento. Temía que, de hacerlo, lo único que vería sería el espinazo quebrado de las montañas del fin del mundo, el rostro de un salvaje y un montón de cucharas de latón, sucias e incongruentes.

 

Viajaban como pasajeros, pero tanto Usborne como Forsyth insistían en vestir, no sin cierto orgullo, los uniformes que habían usado en la Beagle. Los dos seguían las órdenes, firmadas por el capitán FitzRoy el 24 de agosto de 1835, en las que se le ordenaba cartografiar la costa de Perú a bordo de la pequeña goleta Constitution, para después regresar a Callao y desde allí volver a Inglaterra por el mejor medio posible. Y ese medio no era otro que la bricbarca bautizada como Calíope, una nave recia, fea y tan torpe para navegar de bolina como excelente con el viento por la aleta. Su capitán era un escocés llamado Sean MacVurrich, un anciano barbudo, gruñón y tostado por décadas de inclemente sol caribeño: el cambio de latitud no le había sentado nada bien.

—Vimos la hoguera —explicó Forsyth—, y convencimos al capitán MacVurrich para que enviara a la chalupa. Sus hombres son voluntariosos, pero les falta…

—Disciplina militar —concluyó Usborne—. Son unos pipiolos.

—Y le encontramos a usted tumbado en la arena, como si quisiera morir. —El antiguo guardiamarina de la Beagle le observaba con el gesto curioso de una ardilla —. Le trajimos a bordo y pusimos rumbo a Buenos Ayres… llegaremos en unos pocos días, así que le sugiero que se ponga cómodo. Recupérese de su incursión sureña a placer: en este barco no faltan lujos.

Era bien cierto; tratábase de un mercante inglés que viajaba con gran cantidad de personas calidad a bordo desde Callao y Valparaíso, sin un destino concreto salvo cualquier lugar más allá del Atlántico.

James tardó unos días en comprender qué le había sucedido. La suerte, que en tantas otras ocasiones le había sido de lo más esquiva, ahora le sonreía con todos los dientes, pretendiendo quizá resarcirle por tantas ofensas pasadas. Le habían dado buenas ropas, comida y bebida en tanta cantidad como pudiera tolerar, y a la hora de la cena le sentaban junto a una discreta pléyade de jovencitas de grandes ojos londinenses y voz agitada por toda suerte de temblores internos.

medida que los hielos quedaban atrás, James se sentía más liberado. La bricbarca no avanzaba muy rápido, bien era cierto, pero su rumbo era inamovible, como el de una montaña de hielo. A bordo, el ambiente mezclaba la frivolidad con una palpable sensación de fragilidad: todos a bordo sabían que la relajación de las costumbres que se daba bajo cubierta finalizaría al término del viaje. Hasta el señor Usborne se había transformado, como por arte de magia, en un caballero grave, sosegado y capaz de escuchar con la máxima atención las divagaciones dinásticas de una vieja parlanchina.

—El capitán nos ordenó que cartografiáramos la costa de Perú —le explicó a la vista del Mar de la Plata—, a bordo de una diminuta goleta, con la ayuda de unos pocos voluntarios. Cuando terminamos vendimos a la Constitution a un potentado chileno y llegamos hasta Callao. Allí nos enteramos de que este paquebote del infierno tenía como destino último Inglaterra, y compramos los pasajes. Si hubiéramos sabido que nos embarcábamos en una Gomorra flotante, quizá…

—Pero la comida es excelente —dijo Forsyth, escupiendo migas pardas en todas direcciones—, y las muchachitas…

Los ojos del guardiamarina se perdían en los tremedales de piel suave que se extendían bajo los hombros de aquellas extrañas ninfas. Usborne le recriminó su actitud licenciosa, para advertirle acto seguido que, de continuar en tal empeño, pronto sufriría toda clase de males, desde la ceguera al enanismo, que desde siempre han acompañado a quienes frecuentan mujeres de mala…

—Un buque nos sigue.

James sintió cómo un líquido pesado y caliente como el plomo fundido le llenaba las entrañas. En el horizonte había aparecido un velamen que creía conocer… y en la popa una enorme bandera chilena, con su estrella solitaria.

—Parece una corbeta, una corbeta chilena —dijo Forsyth.

—Tonterías. Chile no tiene una Armada digna de tal nombre —gruñó Usborne—; fue desmantelada después de la independencia del Perú. Lo sé porque Lord Cochrane se encargó de administrarla.

El perseguidor soltó más trapo en la lejanía. Navegaba atagallado, como si se lo llevaran los demonios.

—Es una corbeta. —James tragó saliva—. Se llama Cazadora, y pertenece a la armada chilena. Sé que me busca a mí, y no parará hasta capturarme o darme muerte… y mil veces maldito si sé el motivo.

—Algo que tendrá que ver con el contador Dring y su hermano, señor Ryan — dijo Usborne en tono suspicaz—, y quién sabe si con usted, amigo mío. Si alguien en Valparaíso tiene tanto interés en verlo muerto, no podemos por menos que ponerle las cosas difíciles, ¿no cree?

 

La Cazadora navegaba mejor que la Calíope en cualquier circunstancia meteorológica. Con una brisa fresca y fuerte, la mar rizada y cuatro nubes blancas navegando raudas hacia el este, la distancia entre las dos naves se redujo a la nada en cuestión de horas.

—¿Qué harán? —preguntó James, que se había pasado todo ese tiempo encerrado en un pequeño camarote, temblando por el pánico—. ¿Nos atacarán?

—No lo creo —dijo Forsyth—. Es una corbeta bien pequeña, tendría dificultades contra todos nuestros cañones. Además, por muy buque de guerra que sea, está tripulada por españoles, y ya sabe que Nelson dijo que los españoles construían buenos y bonitos sus barcos, pero en cuanto al modo de tripularlos… pierda cuidado, Ryan, que está usted tan a salvo como se pueda estar.

Reconfortado, no tanto por las palabras, sino por la actitud de Forsyth, el muchacho subió a cubierta. A cuatro o cinco cables de distancia, cabeceando en el oleaje, la Cazadora semejaba a un ave de presa todo lo que una corbeta podía semejarse. Sobre la cubierta corrida se alineaban un buen número de soldados, y todos ellos, sin excepción, tenían los fusiles prestos y las bayonetas caladas.

—No parecen muy contentos —dijo Usborne.

Sin previo aviso, la corbeta disparó un par de cañonazos por encima de la jarcia de la bricbarca; las balas zumbaron como mosquitos enfurecidos, levantando dos columnas de agua varios centenares de yardas a estribor de la Calíope. Con un gañido de impotencia, uno de los gavieros se cayó al agua desde el juanete del mayor.

—¡Hombre al agua! —aulló Usborne.

—¡Fachear! ¡Fachear! —gritó el capitán.

—¡Mercante inglés! —Era la Cazadora, quizá su capitán; sorprendentemente, hablaba en un perfecto inglés con acento de los Downs—. La corbeta Cazadora les conmina a detenerse. Estamos buscando a un peligroso fugitivo. Detengan el barco y colaboren. De lo contrario, abriremos fuego y les destruiremos.

—¿Peligroso fugitivo? —gruñó Forsyth, mirando de reojo a James—. Me parece que se equivocan un poco.

—Sea como sea, no pienso razonar con ellos —aseguró Usborne, llevando al muchacho ante el capitán—. Señor, creo que buscan a este muchacho que recogimos en la Tierra del Fuego. Se llama James Ryan, y durante varios años fue miembro de nuestra tripulación. No creo que haya hecho nada digno de reprobación, pero debo pedirle permiso para esconderlo en el sollado.

—No le hace falta mi permiso —dijo MacVurrich, observando con odio a la corbeta chilena—. Creo que conozco al hombre que comanda esa nave, y sólo puedo decir que me avergüenza que un buen marino inglés se venda al mejor postor.

—Cochrane hizo lo mismo —apuntó Usborne—. Y para el mismo gobierno.

—Y lo mismo pienso de él —recalcó el escocés. Usborne asintió y condujo a James al interior del casco de la bricbarca, descendiendo escalera tras escalera, atravesando escotillones y apagando las luces a su paso.

—¿Por qué no me entregan? —preguntó James, antes de que el ayudante del contramaestre lo encerrara en lo más hondo de un armario con doble fondo, bajo una capa de dos pies de viejos pantalones de dril mohoso, llenos de cagadas de rata y enormes cucarachas, tan grandes como musarañas.

—Porque sigues siendo miembro de la Beagle, aunque no lo sepas —dijo Usborne—. Ahora, en silencio hasta que vengamos a buscarte.

La puerta del armario se cerró y se hizo para él una total oscuridad, húmeda y trufada de los inquietantes ruiditos de los seres que moraban en las tinieblas de un navío, y no eran pocos.

¿Cuánto tiempo permaneció allí encerrado? ¡Quién sabe! Para el que no tiene referencias, las horas pueden ser minutos, y los minutos tan largos y penosos como horas. A medida que los segundos se acumulaban en aquella prisión angosta y fétida, algo se iba retorciendo en su interior, un gusano, una anguila de inquietud y rabia. ¡Él no había hecho nada! ¿Por qué demonios le perseguían?

Salió de su escondrijo y descendió a toda velocidad las escaleras que llevaban hasta la sentina; el olor que le golpeó tenía la fuerza de un puñetazo. Vomitó sin poder remediarlo, y decidió que nadie tendría voluntad suficiente para buscarlo allí. Se aferró a los baos y a las cuadernas que allí se unían entre brea, latón y grandes clavos de hierro, y aguardó, aguardó con el alma en vilo y el corazón latiendo tan fuerte en el pecho que creía escucharlo retumbar como un regimiento de infantería con pífanos y tambores.

James Ryan sentía miedo. Pavor.

—… no hay nadie, ya se lo he dicho.

Las voces llegaron desde la escalera que descendía a la sentina. James se apretó contra la pared, con los pies hundidos en la mezcla de gravilla y lingotes de plomo que el barco usaba a modo de lastre y que profundizaba hasta la misma quilla. Súbitamente, un punto de luz cegadora, amarilla como el rostro de un chino, se asomó entre traviesas y cuadernas, arrojando sombras chinescas, absurdas y fugaces, sobre el agua.

Eran tres figuras las que atisbaba al fondo: una de ellas era la del capitán MacVurrich, otra la de Usborne y la tercera era la de un desconocido que, sin embargo, parecía serle muy familiar: un hombre alto, vestido de uniforme, y hablando en perfecto inglés.

—Estoy muy interesado en encontrarlo —decía la tercera voz en discordia—. He recibido órdenes muy precisas que incluyen encontrar su paradero y llevarlo de vuelta a Valparaíso, Son órdenes que no admiten excepciones.

—Y yo le aseguro que no hay nadie a bordo que se asemeje al fugitivo que busca —dijo el capitán, con el tono empecinado que caracterizaba a todos los escoceses—. Si quiere registrar la nave, allá usted: perderá el tiempo. Pero mi tiempo es valioso, y más lo es el de mis pasajeros.

—Se le pagará.

—¿Cuándo y dónde? El gobierno de Chile no tiene dinero suficiente para mantener una Armada digna del tal nombre, así que dudo mucho que…

—Tengo una corbeta con veinte cañones, mi estimado capitán. Y una tripulación que arde en deseos de gastar pólvora.

James, a punto de ahogarse, pugnaba por no provocar ningún ruido que lo delatara. Pero sabía que no debían encontrarlo. Por más que no supiera a qué se debía el interés del gobierno de Chile en su persona, ¡si es que era él a quien buscaban!, sí que presentía que un fallo por su parte significaría problemas para su hermana y para el señor Dring… y aunque el contador podía irse al infierno si por él fuera, jamás se perdonaría que algo malo le pasara a su hermana.

Esperó hasta que el trío se alejara y nadó hacia la entrada de la sentina; se sentía enfermo de asco y miedo, y aunque se le retorcía el estómago por las náuseas, no era capaz de vomitar nada más que hilillos de bilis. Tras un instante para recuperar fuerzas, trepó hacia la cubierta usando manos y piernas. Los primeros rayos de sol le hicieron cerrar los ojos, heridos de penumbra. Cuando pudo habituar su vista a la intensa claridad de aquel día austral, se percató de que la Cazadora se estaba abarloando con la Calíope, que en la cubierta de la corbeta se amontonaban dos docenas de infantes armados hasta la pluma del quepis, y que la costa de Sudamérica se encontraba a unas pocas millas de distancia.

James sabía nadar. Quizá no como las nutrias, pero sabía nadar. La alternativa era volver a la sentina y aguardar a que lo sacaran a rastras. No tenía mucho tiempo para decidirse, pero lo hizo sin pensarlo dos veces. Se deslizó sobre motones de cabos y velas dispuestas en completo desorden sobre la tablazón y alcanzó la borda. Lo sentía por Usborne y por Forsyth: les haría romperse la cabeza en vano tratando de encontrarlo, pero más obligación le debía a su hermana.

—Ellos llegarán a Inglaterra antes que yo —susurró. Y con un murmullo que era tanto una plegaria como una maldición, se descolgó por la red de abordaje, se sumergió en el agua con el mayor de los sigilos, siempre procurando dejar entre él y la Cazadora el orondo continente de la Calíope, y comenzó a nadar, hacia una costa que resultó estar bastante más lejos de lo que había pensado en un principio.

Mucho, mucho más lejos.