La travesía

David López · Capítulo 22 de 47

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La travesía

Capítulo 21

 

H abían dejado atrás el terreno desértico, la marisma, la salina y los lánguidos meandros lodosos del curso bajo del Colorado. Sobre ellos se extendía una sólida cúpula celeste que, incluso a plena luz del día, parecía esconder el brillo discreto de las lejanas estrellas. Quizá lo más sobrecogedor fuera el silencio que el paso de los caballos se encargaba de cortar. Ni siquiera el río gorgoteaba. Sus aguas parecían descender en una quietud imposible, mal enjaezadas en un cauce de unas sesenta yardas de envergadura cuyos desbordamientos eran frecuentes.

Al frente de la partida marchaban Darwin y el señor Harris, a quien la Beagle habría de transportar hasta Buenos Ayres. Después de sus sobrados esfuerzos al mando de las pequeñas goletas Paz y Liebre, con el bolsillo lleno de buena plata y una sonrisa de oreja a oreja en el rostro, resultaba un compañero mucho más agradable que un Covington más gruñón que de costumbre. Era la segunda expedición tierra adentro del naturalista desde que regresaran de Tierra del Fuego, y no dejaba de sorprenderse ante las casi inconcebibles extensiones de tierra desolada, solitaria y agreste que yacía en aquel Sur inmenso y despiadado, heredado de aquellos castellanos de estepa y secano que habían llegado de España, junto a los gallegos y asturianos de niebla y valle, andaluces de brutal calor y levantinos de mar y viento.

El campamento de Rosas constaba de un terreno cuadrangular de cuatrocientas yardas de lado, delimitado por carromatos, piezas de artillería, costales terreros y enormes montones de paja devorada por la podredumbre de los marjales cercanos. En el interior se maldisponía un maremagno de tenderetes, pequeñas construcciones de madera, fogatas enmohecidas y, como única estructura permanente, un triste edificio de adobe, quejoso de cal blanca, en cuyo tejado de cubierta plana se divisaban varios soldados. El resto del destacamento militar lo formaban hombres de caballería, varios cientos de ellos, y según cuánta sangre india tuvieran, sus nombres variaban de la simple descripción a la delirante fantasía étnica: así pues, a lomos de sus caballos, armados hasta los dientes y con todo el aspecto de ser bandidos sanguinarios, mestizos, castizos, mulatos, moriscos, españoles, albinos, tornatrases, lobos, zambaigos, cambujos, albarazados, barcinos, coyotes y chamizos formaban el núcleo de las tropas del general Rosas, y todos ellos eran gauchos y ninguno se arrepentía ni por un instante de sus rasgos o del color de su pellejo, que en cualquier caso bien podía pasar por el mismo, dada la suciedad del campamento.

—Fíjese, señor Darwin —dijo Covington en tono conspirador—. Todos parecen buscar un modo de escapar de aquí.

No era para menos. El lugar más alto del campamento eran las cuatro torres de vigilancia que, emplazadas en las esquinas del tosco cuadrilátero que delimitaban carromatos y cañones, se encargaban de avisar de la llegada de los indios patagones, dar la alarma y arcabucearlos a base de bien. Con un atisbo de curiosidad, Dring pidió permiso para subir a una de las torres. Al volver, su gesto era el de un hombre que ha intentado atisbar tras las puertas del infierno y no ha podido completar su tarea.

—Sólo se ven leguas y leguas de pantano. Cualquier persona se volvería loca con semejante panorama, todos los días, uno tras otro, sin posibilidad alguna de cambio.

Quizás a eso se debía la mirada inquietante y torcida de aquellos gauchos, y, también, tal vez por ello acogían cada oportunidad de realizar una incursión contra los turbulentos patagones como si de una fiesta se tratara. Todo con tal de escapar de aquellos insustanciales muros que los asfixiaban y galopar, galopar hasta reventar, pues un gaucho y una de sus inflexibles monturas podían realizar marchas de cien millas al día. Durísimos jinetes, de mirada salvaje y orgullo sin límite, el mismo Rosas vestía y se comportaba como uno de ellos, animando a sus propios oficiales a que abandonaran la estúpida rigidez del uniforme heredado de los españoles y se vistieran como sus propios hombres.

Más allá de los insustanciales muros del campamento, alrededor de hogueras que en la noche resplandecían como joyas ambarinas, los refuerzos indios del propio Rosas, unos seiscientos hombres, aguardaban al momento en que su intervención fuera necesaria. Cuando esto sucedía así, indistinguibles de los verdaderos gauchos, se lanzaban sobre sus congéneres con un ansia salvaje.

 

El general Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rosas y Gustavo de Coria era un hombre alto y corpulento, de pelo oscuro y rizado y tez curtida por el frío viento de las Pampas. Resultaba uno de los más prominentes líderes en las Provincias Unidas.

—Según se comenta —dijo Dring en voz baja— es dueño de casi ochenta leguas cuadradas de terrenos, con trescientas mil cabezas de ganado en ellas. Sus cultivos de trigo son los más productivos al sur del Río de la Plata. Hablamos con el hombre más poderoso de la Argentina: podría ignorarnos con toda la facilidad del mundo.

—Tenemos una carta de recomendación del gobierno de Buenos Ayres, seguro que atenderá a…

Rosas se detuvo ante ellos y se fijó, más que en los dos ingleses, en los cinco gauchos que los habían acompañado hasta aquel instante. El español que hablaba era demasiado rápido para los oídos de Darwin, pero al parecer uno de aquellos jinetes le había ofendido en uno de los extraños y arbitrarios modos en que los españoles y su prole consideraban como digno de aclarar los términos. Con una carcajada que poco tenía de simpática, ordenó que lo detuvieran, lo ataran a una estaca de madera y le asestaran una docena de correazos en la espalda: cada uno de ellos resonó con una fuerza desproporcionada. Mientras el gaucho soportaba con dignidad el castigo, los ojos de Rosas se detuvieron en los dos ingleses.

—Usted debe ser el señor Darwin —dijo—. He leído la recomendación que trae. No es éste… un buen lugar para que cuatro ingleses se pierdan. Demasiados pantanos, demasiados seres extravagantes, demasiados peligros. No puedo destinar a ninguno de mis hombres para protegerlos, y sería muy enojoso para mí, y para mis hombres, que sufrieran alguna clase de daño mientras viajan por estas tierras. ¿Me entiende?

Darwin lo entendía con claridad meridiana. Rosas se sentó en una silla de tijera y se cubrió el cuerpo con el poncho. Estaba mal afeitado, y la sombra de la barba arrojaba un cariz adusto a sus rasgos. Parecía un hombre atrapado tanto por la obligación como por ese honor que era una maldición para todos los que vestían uniforme.

—Venga conmigo, señor Darwin.

Ascendieron a una de las torres de vigilancia, donde soplaba una brisa fresca y constante que arrastraba, como en un ensalmo, los densos olores de la putrefacción, de las yerbas altas, las aguas estancadas y algo picante, intenso, vegetal…

—Eso que huele son las hogueras de los indios patagones —dijo el general, mientras se apoyaba en el andamiaje de troncos mal desbastados que constituía el armazón de la torre—. Nunca están tan cerca como para que los podamos ver, pero tampoco tan lejos que no sintamos su presencia. Es mi tarea la de pacificar estas regiones, y es por ello que, con una frecuencia lamentable, me veo obligado a realizar incursiones a fuego y espada entre esos salvajes. Salvajes que, como ha visto, también constituyen buena parte de mis tropas auxiliares. Aquí, en la Patagonia, la frontera entre lo que es bueno y malo, entre el aliado y el enemigo, entre la misma verdad y la mentira, es lo bastante tenue como para que en ocasiones se desvanezca… como una llamita en un vendaval. Es natural que un hombre de mi posición se ciña a un solo pensamiento, con tal de no perderse en esta marejada de confusión. No son estos años de luz, sino de tinieblas.

Darwin miró hacia abajo, hacia la monótona extensión de forraje pantanoso que rodeaba el campamento. Los miasmas húmedos y fétidos que ascendían de las aguas provocaban toda suerte de enfermedades entre los soldados: la mayor parte de ellos, débiles y agostados por el padecimiento, no parecían sino aguardar al momento de morir, salvo en el instante en que el general daba la orden de partir en una de las frecuentes algaras que aterrorizaban a los patagones. No muy lejos de los límites del campamento, empezaban a florecer las hogueras en los vivacs de los auxiliares indios. Sus caballos, enormes y de temperamento belicoso, pastaban con impaciencia con las patas trabadas para evitar que escaparan a galope tendido. En uno de los campamentos…

—Es sencillo pensar que nos comportamos con una crueldad indebida — proseguía Rosas, quien no parecía hablar con el naturalista sino consigo mismo—. Demasiado sencillo, incluso. Ninguno de nuestros actos se rige por la injusticia o la arbitrariedad. ¿Cree que fue duro el castigo que le impuse a ese gaucho que viajaba con ustedes? Cinco días lo dejaré atado a esa estaca, porque la última vez que estuvo en mi campamento no dejó de importunarme con sus extravagantes peticiones. En este lugar, señor Darwin, se ha de ser inflexible en las decisiones: la menor muestra de indecisión se considera como una debilidad intolerable.

Allí abajo, en uno de los campamentos, los indios estaban interrogando a varios de sus compatriotas, capturados en alguna razia nocturna. Atados de pies y manos, recibían patadas y puñetazos mudos por la distancia, y sus gestos de dolor se hacían cada vez más borrosos a medida que el atardecer devenía en noche. Darwin observó, atónito, cómo sus propios hermanos de tribu, aunque vestidos de gauchos, agarraban a uno de ellos, lo ponían de pie y lo mataban a bayonetazos lentos y crueles, desgarrando el vientre y desparramando sus entrañas por el suelo. El indio patagón, quizás uno de los pertenecientes a la tribu del cacique Pincheiras que ya había atacado la ciudad y el puesto militar de Patagones, a las orillas del Río Negro, bramó sin ruido alguno, cayó de rodillas intentando sujetarse el mondongo y recibió más bayonetazos en la espalda y el costado, hasta que por fin cayó de bruces, estremecido por los estertores de una dolorosísima agonía. El naturalista creía enfermar de asco, horror y piedad, pese a saber que aquellos mismos patagones cometían a sus cautivos abusos todavía peores.

—Pero…

—No hay pero que valga, señor Darwin. Quedaban cuatro cautivos y todos ellos permanecían en el suelo, sin decir una sola palabra, con una resignación que hubiera sido digna de encomio de no ser porque tanto unos como otros no eran sino vulgares asesinos. Los gauchos agarraron a otro y lo interrogaron con la brutalidad que en aquellos pagos se consideraba usual, rompiéndole los dientes con culatazos y destrozándole los dedos contra rocas. Aun así, no daba su brazo a torcer. Darwin observó con el rabillo del ojo al general. Corpulento y confiado, su sola presencia imponía respeto. Parecía uno de esos hombres capaces de cambiar el mundo con su sola voluntad y, al tiempo, de ser los más crueles, los más salvajes, los más sanguinarios.

—Me pide usted un pase, un salvoconducto, para estas tierras, hasta Bahía Blanca. Se lo daré. Y no porque venga usted recomendado por los intelectuales de Buenos Ayres. Sus promesas y mandatos me son ajenos: no han estado aquí, no saben lo que es la Pampa, el patagón, el silbar de las chusas y el grito del hombre que intenta escapar con una lanza clavada en las tripas. No saben nada, y aun con ésas intentan mandar. ¡Idiotas! No… se lo daré porque veo que no es usted como otros ingleses, no es usted como sus amigos a bordo de ese bergantín que cartografía nuestras costas. Es usted un imbécil, sí, pero carece de maldad y ambición: es tan inútil para mis fines que resulta por completo inofensivo. No soy un iletrado como el mayor Silva, en el fuerte Argentina. Sé lo que es un naturalista. Es usted un sabihondo, un cazamariposas sin mayor repercusión en la historia. Nadie lo recordará a usted dentro de cincuenta años, mientras que otros… otros aspiramos a fines más elevados, que levanten ecos en la Historia. Podría dejarlo a usted corretear libremente por estas tierras sin que eso me quitara el sueño, salvo que su inevitable muerte podría traerme algún problema con las autoridades inglesas. Pero no será usted tan imbécil como para dejarse matar, ¿no?

—No, no lo seré.

Darwin había enrojecido primero y palidecido después ante la absoluta falta de compasión de Rosas. Allá, en el pantano, el segundo de los patagones caía al suelo, tras haber recibido una cuchillada en el gaznate por la que la vida y la sangre se le escapaban a borbotones. Todo ocurría en aquel silencio de la distancia que resultaba tan obsceno como sacro. Un tercero murió inmediatamente después, al intentar levantarse y embestir con el hombro a uno de los gauchos. Éste cayó sobre el fuego y se levantó con aspavientos y más de esos chillidos mudos. Entre las risas, el indio trató de huir, pero fue abatido por una cerrada descarga de disparos de pistola.

—Dirijo este lugar, señor, con mano férrea, porque así ha de ser para mantener una ficción de normalidad. No sé si se habrá dado cuenta que ésta es la última de las fronteras. Al sur del Río Negro, nada existe que merezca la pena observar ni conservar. Tan sólo las tribus de los patagones y, todavía más allá, los hielos, el frío y los malditos fueguinos. Usted ha estado allí, comprende lo que digo. Soy, mal que me pese, el guardián de lo poco que hay de civilizado en este mundo, y para ello, muy a menudo, he de usar métodos que nada tienen que ver con la sociedad que defiendo. Pero lo hago, señor Darwin, porque alguien como yo ha de existir.

El gaucho que había caído en la hoguera agarró por los largos y enmarañados cabellos al penúltimo de los cautivos patagones y lo apuñaló tantas veces como para convertir su pecho en un montón de carne picada. El resto de jinetes se encaró con el homicida, quizás enojados por no haber participado en la diversión. El último de los patagones, resignado a su suerte, ni siquiera intentaba escapar de sus captores. Había asumido que, hiciera lo que hiciera, moriría antes del amanecer, y lo haría en una forma tan espantosa y preñada de sufrimiento que de sólo pensar en ella el cuerpo se le estremecía.

—Le daré ese salvoconducto, Darwin. Confío en que sabrá usted cuidarse, pero ése no es asunto mío. Ahora bien, y como ya le he dicho, no es éste un lugar para usted. Inglaterra es una tierra muy distinta a esta América del Sur. Aquí hay otras gentes, otras guerras, otros pueblos. Y, sobre todo, está la Pampa aquí, la Selva al norte, el Hielo al sur. Ninguno de esos lugares tiene nada de complejo: son sencillos, señor Darwin. Tan sencillos como una puñalada en el pecho. Ahí radica su malignidad, y también nuestra incapacidad para comprenderlos… en este país, para los indios y para los gauchos, la justicia no existe, no es ni siquiera un sueño, es un cuento loco del que hablan los ingleses y los españoles. Ahora bien, no me pida una escolta… esos gauchos y el guía que trae con usted son hombres más que suficientes. Prescindir de una docena de mis jinetes en estos momentos sería poco menos que un suicidio. Necesito hasta el último de los hombres en sus puestos y sobre sus caballos, y me quedaría incluso con sus cinco compañeros si no fuera porque me sentiría después culpable de arrojarles a los pantanos sin ninguna escolta. En cualquier momento podemos enfrentarnos a una horda de patagones en pie de guerra y en ese momento ni todas sus prevenciones ni mis propias ideas servirán de nada cuando nos claven sus chusas en el pecho. No crea que le digo esto como descargo de conciencia… es tan sólo para que entienda cómo son las cosas en esta parte del mundo: sencillas, sí, pero no por ello agradables. También veo que no es usted muy proclive a hacer amistad con gente de uniforme. No le culpo. Los civiles y los militares pertenecen a dos universos muy distintos, para los que rigen leyes filosóficas que no guardan ningún parecido. Cuando no llevamos estos atavíos somos, quizás, un tanto más sociables. Cuando no… no le culpo: a los militares se nos hace así con un propósito, y el trabajo que hacemos es tan necesario como el suyo desenterrando huesos y recolectando plantas. Si yo no hiciera esto, alguien más lo haría.

El quinto indio no hablaba. Los gauchos, a los que el jueguecito ya empezaba a aburrir, decidieron matarlo degollándolo. El cuerpo, convulso y roto, cayó al suelo, donde se agitó por unos instantes antes de que la oscuridad se hiciera cargo de él y de sus ojos.

—Váyase ahora, señor Darwin —musitó Rosas, al que la proximidad de la noche pintaba los rasgos de una inquietante locura—. Sea rápido y no se demore: los militares argentinos no nos ocupamos de los soñadores y los intelectuales más que en un modo, y no le gustaría experimentarlo en sus carnes.

Estimado, querido, mi muy querido señor Rowlett,

¡Qué largos se me hacen los días cuando la espera se agiganta hasta hacer

palidecer el resto de quehaceres! El tictac de la manecilla del reloj se hace cada vez más lento, como si el tiempo se convirtiera en mis manos en una miel espesa y fría. Los minutos parecen horas, las horas días enteros, y ya no sabría decir qué se me antojan los días, porque si pensara en ello moriría de la pura angustia.

No sé si estas cartas llegarán hasta usted. Mi marido, el monstruo, el

ánimo exacerbado por las sospechas y los celos, ha optado por recluirme en esta casa, que ahora no es sino una prisión de rejas doradas, donde peno, yazgo, languidezco, muero poco a poco, pues en esta calamidad todo me resulta vano, fútil y artificioso. Los alimentos no me saben a nada, el vino se parece al vinagre, las sedas y los encajes de Chantilly no son más que harapos… lo único que queda es esa débil brizna de esperanza que tanto puede mantener la cordura como hacer que ésta se desvanezca. ¿Será éste el destino que le espere a todas las mujeres, como parece haber sido hasta ahora?

¿No habrá una manera de escapar a esta debilidad, a esta sinrazón? ¿Seremos, por los siglos de los siglos, el sexo débil y maldito, atadas a nuestra propia incapacidad? Ni siquiera puedo contactar con mis viejos amigos conspiradores: tanto el monstruo como Portales se han asegurado bien de que mi aislamiento sea casi total. Mi fiel amanuense puede acceder hasta mí, pero no sé por cuánto tiempo podrá mantenerse esta situación. Tarde o temprano, por hábiles que sean sus métodos, terminarán por descubrirlo.

Pero no crea que no presto oídos a sus propias tribulaciones, mi querido

amigo. Me hago eco de esa plaga de horribles enfermedades que aqueja a su barco y que, según tengo entendido, se contraen mediante el trato carnal con mujeres de baja estofa. Es muy extraño que, sin tener mujeres a bordo, esas enfermedades se propaguen entre los marineros, de no ser por ciertos rumores y terribles ideas que una dama bien educada jamás repetirá. ¿Es posible que ese «paliducho», como lo llaman los marineros, sea el causante de todos sus males? ¿No podrá ser uno de esos animales mitológicos de los que tanto hablan los hombres de la mar, una sirena o una arpía, un manatí incluso? Me asombra pensar que hombres tan valientes y arriesgados como los marineros sean capaces de cometer actos inenarrables movidos por la más baja de las pasiones.

También recibo con agrado las noticias sobre las excursiones de su amigo,

el señor Darwin, junto a su joven ayudante, el señor Dring. La narración de sus hazañas en compañía de los gauchos (¡he oído hablar tanto de ellos sin ver nunca a ninguno!) es la única brizna de luz en este cautiverio, y ha de creerme si le digo que guardo estas cartas como oro en paño, no sea que el monstruo las descubra y haga caer sobre mí su ira. Pero, por más desoladora que pueda ser mi situación, mientras pueda disponer de estas palabras que me transportan a un mundo más grande y azul que el que me toca ver, seré feliz.

En esta mi ciudad de Valparaíso, las cosas parecen ir de mal en peor. La

promulgación de la constitución ha abolido el cargo de Vicepresidente del país, por lo que parecería que Portales ha abandonado el gobierno, Sin embargo, su recuerdo en esta ciudad es mucho más infausto, por los meses que, durante el pasado año, ejerció el cargo de gobernador de la ciudad. Todavía están las calles llenas de cárceles ambulantes para castigar a los delincuentes. Es horrible observar, aunque sea desde la ventana de mi cautiverio, esos terribles armatostes de hierro y madera, atestados de hombres casi desnudos y heridos, llagados de pies a cabeza, asomando piernas y brazos por los barrotes de sus jaulas. Cuando su condena se cumple están tan debilitados por el espantoso trato recibido que son presa fácil de criminales con todavía menos escrúpulos morales. Aparte de esas abominables prisiones móviles, las calles están pobladas de cuadrillas de la milicia cívica, que si bien dice no actuar en su nombre, para todos está muy claro qué intereses

defienden. En esta ciudad, el nombre de Portales vale más que el del presidente Prieto, y tan sólo el ministro Rengifo parece capaz de hacerle sombra. Sin embargo, no significa eso que simpatice con su causa: no es más que otro pelucón enemigo de las libertades, como el propio Portales, y ni siquiera su enemistad con este mi archienemigo le convierte en amigo mío ni de mi causa, que es la causa de la libertad y el liberalismo. Quizá sea éste el destino de mi país. En el escudo de esta patria mía, que vaticino verterá sangre abundante a lo largo de siglos, reza este lema en el idioma de los antiguos romanos: Aut consilio aut ense. ¿Será éste nuestro espíritu nacional? El mismo Portales hablaba de traducir el lema y cambiarlo por un mucho más rotundo «Por la razón o por la fuerza». Dios quiera que no se cumplan sus belicosos designios.

Y, mientras tanto, aguardo en esta jaula de tafetán y cojines, custodiada

día y noche por esta cohorte malhadada de criadas indias cuyos gemidos nocturnos escucho sin cesar. Durante el día son sus cuchicheos y susurros los que quieren hacerme perder la razón, retrepando por mis oídos, agusanando mi conciencia hasta volverme loca, demente, amente y amante de ideas peregrinas que revolotean en mi presente como si quisieran labrar nidos de pesadillas en los que perderme cada noche. Y, entretanto, dando rienda suelta a un desenfreno del que no me siento partícipe más que en mente, nunca en cuerpo, aguardo, aguardo mi querido Rowlett, a que llegue usted y me libre de esta terrible espera en la que languidezco cada vez más, pues temo que uno de estos días el monstruo con el que me casaron pierda la paciencia o decida que he cometido alguna invisible falta y, con ello, dé al traste con mi propia existencia. Le ruego, señor Rowlett, venga; no tarde: venga.

Suya, trémula, afectísima,

Angélica Villanueva Alcázar,

en la ciudad de Valparaíso,

29 de marzo de 1833.

 

Estimada señora Villanueva,

He recibido su carta y, tras largas deliberaciones en las que no sólo me he

enfrentado con mis propios demonios, sino con todas las prevenciones y todos los consejos que desde niño se me dieron, todas las imprecaciones para que me convirtiera en un hombre de provecho, en un bienhechor, en alguien que cumpliera a rajatabla las leyes del rey y de Dios, he decidido que sí, la ayudaré a deshacerse de su marido y de ese odioso Portales que tanto daño le ha hecho a usted y a la causa del liberalismo en Chile, aunque tanto usted como esos hombres no sean, en realidad, asunto del que deba ocuparme. Sin

embargo, la trampa ya está tendida y he caído en ella limpiamente, sin que pueda acusar a nadie de engaño o ardid alguno.

En estos instantes, en este lluvioso cinco de octubre, nos encontramos en

la ciudad de Santa Fe, donde hemos llegado tras un largo y azaroso periplo en el que no han faltado peligros, expediciones arriesgadas, bandidos en cada recodo del camino y la siempre inquietante Pampa a nuestro alrededor, con sus océanos de yerba y sus gauchos salvajes, en cuyos grupos siempre creo ver la sombra de una mujer cuyo nombre no alcanzo ni alcanzaré a conocer.

Nuestro naturalista, el joven e ingenuo Darwin (ya no tan joven ni mucho

menos ingenuo, en realidad), ha caído enfermo de unas extrañas fiebres intermitentes que lo mantienen postrado en cama en nuestro alojamiento provisional, una casa de huéspedes de habitaciones desnudas que regenta la señora Villaplana, una anciana viuda española de mirada de halcón pero modales regios y señoriales, pese a que vista faldas descoloridas y remendadas. Este pobre hombre, cuya salud es frágil pese a que su ánimo sea inquebrantable, parece no salir de una calamidad para zambullirse en otra. Junto a él he recorrido tantas millas de estas pampas argentinas que la infinita distancia, la total falta de fronteras, la libertad exacerbada hasta un límite en el que propio objeto a definir se convierte en un abstracto y, por tanto, en algo incapaz de aprehenderse con los sentidos.

Tras abandonar el campamento del general Rosas en la margen del

Colorado, nos dirigimos hacia Puerto Belgrano, donde habíamos escuchado que nuestra Beagle había echado las anclas. Tras descansar unos pocos días, ¡y qué pocos días parecen reposar estos naturalistas!, la Beagle partió hacia el estuario de La Plata, mientras nosotros procedimos a otra incursión tierra adentro, en la vecindad de Buenos Ayres. A lo largo de la costa descubrimos infinidad de fósiles de épocas remotísimas, que colectamos con gran satisfacción. La vida de este buen amigo mío no puede ser más distinta que la que yo mismo llevo a bordo del bergantín, y agradezco al capitán la licencia que me permite acompañarlo, incluso con la penosa enfermedad que aflige a mi patrón y que cada día le consume más y más. De todos modos, parece haber tomado a uno de los mellizos Ryan bajo su mando, y el mocoso aprende el oficio con avidez.

En este viaje, el señor Darwin me ha transmitido alguna de sus dudas.

Todos los animales extintos que nos hemos encontrado eran de un tamaño muy considerable. Para alimentar a animales tan grandes es necesaria una enorme cantidad de forraje, que estas pampas no pueden proporcionar hoy en día. ¿Es posible que estas tierras hayan sido hogar de selvas en otros tiempos, y que al desaparecer esos bosques tropicales los animales murieran de hambre? ¿Qué pudo, en ese caso, haber provocado tan espantoso cambio de las condiciones? ¿Y, hace cuánto tiempo se produjo?

Regresamos a Buenos Ayres, en la compañía de cinco gauchos leales cuya

compañía nos duraba desde nuestra excursión al campamento de Rosas. Tras otro descanso, de nuevo demasiado corto, partimos con esos mismos guías hacia esta ciudad de Santa Fe, que besa con desmayo las curvas del río Paraná. En estos últimos días, el sol ha golpeado nuestras cabezas con la fuerza del martillo de un herrero. Este mes de octubre, caluroso y polvoriento, ha castigado la marcha y ha provocado el actual desmayo del señor Darwin, cuyos gemidos de dolor se pueden escuchar a todas horas. Cuando sus males remiten, garabatea sin cesar en ese voluminoso diario suyo que conserva entre sus pertenencias y por el que sería capaz de dar la propia vida, por lo que he supuesto.

aquí, en Santa Fe, esperamos el momento oportuno para regresar a Buenos

Ayres, donde dicen que estallan revueltas día sí y día también. Dada la actual inseguridad de estas costas y el calamitoso estado de la cosa pública en todos estos nuevos países, me pregunto si el descalabro del Imperio Español ha sido una buena cosa, en realidad. Bien es cierto que nuestra nación ha ganado en comercio y posibilidades de inversión, pero… ¿es suficiente motivo para provocar este marasmo, esta guerra, esta vorágine insensata que dejará secuelas durante décadas?

Entre tanto, maquino cómo cumplir con la palabra que le he dado, mi

señora. Su marido y Portales morirán por mi mano. Aunque no sé cómo cometer tal crimen.

Suyo,

John Edward Dring,

en Santa Fe, octubre de 1833.